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sábado, 3 de enero de 2015

La militancia, Scioli y el consejo de Sócrates






               





Uno de los rasgos que definen la figura del militante político es la de adherir a una causa  o proyecto que enarbola el partido o el movimiento político al que pertenece. Pues, la adhesión a ese cuerpo doctrinario o conjunto de principios es, en su origen, el factor determinante de su incorporación a la militancia. 
Por ende, si a posteriori la institución a la que pertenece "desdibuja" o desnaturaliza el proyecto en cuestión, es muy probable que el militante abjure de pertenecer a dicha organización.
Este proceder que en una primera instancia parece solo una hipótesis es, como diría un positivista -en términos filosóficos-, empíricamente verificable.  Ha sucedido en la Argentina de finales de los años 80 y profundamente más acentuado en la década de los 90.
Por aquél entonces, el “desánimo” se adueño de una vasta franja de jóvenes y no tan jóvenes que habiendo recibido exultantes la recuperación de la democracia vieron declinar ese entusiasmo con el correr de los años. Hecho éste que, por suerte, no hizo mella en la profesión de fe democrática de la ciudadanía que supo valorizar la importancia del sistema constitucional; pero que sí comenzó a cuestionar seriamente el funcionamiento de los partidos políticos despojándolos, en consecuencia, de “legitimidad representativa”. Nadie olvida que, a principios del presente siglo, la voz de la ciudadanía en las calles se hacía escuchar bajo el lema. “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.
Paradojas de la historia, más de uno de los que fueron repudiados por el conjunto de la población, en aquel momento, hoy integran las filas de la oposición y, menester es reconocerlo,  uno de los aspirantes a la presidencia del propio Frente para la Victoria se encontraba perfectamente ubicado en el conglomerado de los “no queridos”.
Lo cierto es que la militancia de entonces, sufrió un proceso de deserción que, entre otras cuestiones -y más allá de la inidoneidad y de la propuesta de ciertos personajes que llegaron a la presidencia de la república-, terminaron incinerando a uno de los partidos tradicionales de nuestro país, dejando sus ruinas en poder de un reducido número de opacos “dirigentes” que, al parecer, solo se proponen declarar “museo histórico nacional” al edificio de la calle Alsina, sede del Comité Nacional de la UCR.
Obviamente, el partido justicialista de la mano de Carlos Menem sintonizaba la misma frecuencia, si bien de forma más astuta, supo "embaucar" a gran parte de la población durante un determinado período de tiempo merced a la ayuda mediática e incorporando un componente adicional que por desgracia aún persiste en el escenario político local. Nos referimos a la farandulización de la política; hecho éste que provocó y, al parecer, sigue provocando una degradación del quehacer político nacional.
Y no es porque estemos en contra de que cualquier ciudadano aspire a ocupar un cargo público, en absoluto. Lo que sí es digno de rechazo es que el único fundamento que se esgrima para ocupar ese cargo descanse exclusivamente en ser una “ilustre figurita mediática”.
Y aquí es preciso hacer una diferenciación, no es lo mismo entrar en la política a través de la “ventana televisiva” que llegar a través del ejercicio de la militancia. Cualquiera puede argüir que la militancia también sufrió un proceso de descomposición durante el reinado de la concepción neoliberal y sería de necios negarlo. Ahora una cosa es reconocerlo y otra equipararlo; pero aun así la diferencia es abismal.
Quien abraza una causa por ideales, y no por ambiciones de reconocimiento (aunque posteriormente los tenga) o personales con el afán de sacar provecho, no arranca ab initio pensando en primera persona; sino por el contrario, lo hace por vocación de servicio, esto es pensando en “el otro”. Puede resultar que a futuro se corrompa, pero eso no quita que su accionar primigenio este imbuido de honestidad. En cambio, quien desde el vamos acepta un cargo político sin haber abrazado previamente un proyecto, sin tener idea de la militancia, sin haberse interiorizado, ni haber realizado actividad alguna al respecto, está actuando “deshonestamente” para con la ciudadanía porque se ofrece a ejercer una función sobre la que ni siquiera conoce no ya el manejo ejecutivo, sino las necesidades de la población. Lo que encierra de por sí un alto grado de irresponsabilidad. ¿O acaso es lo mismo que la representación la ejerza un militante que durante años ha estado tomando contacto con la comunidad y preparandose para ello que, por ejemplo, "Chiquita Legrand" que nos habla de "la gente" como un concepto abstracto imposible de asociar con el ciudadano "de carne y hueso"?
Fue, precisamente, con la llegada de Néstor Kirchner quien -además de salvar de las ruinas al Partido Justicialista, la otra fuerza política mayoritaria- imprimió un nuevo sesgo que despertó el interés político comunitario. Reverdeció así la militancia y los jóvenes comenzaron a sacudirse el hastío de la política para involucrarse de lleno con el país. Obviamente, cuando hablamos de Néstor no estamos disociando la figura de Cristina, al fin de cuentas estamos hablando de una misma “alma” que habitaba en dos cuerpos simultáneamente. Para nuestra desgracia, Néstor no se encuentra entre nosotros y Cristina no puede ser candidata por un impedimento constitucional. 
Lo que nos empuja a navegar por las aguas de la incertidumbre; potencializando nuestra intranquilidad
con vistas al porvenir.
Para peor, uno de los aspirantes a hacerse del timón no garantiza en lo más mínimo mantener intacta la nave del Estado.
De ahi que nos preocupa enormemente la “lógica” que viene desarrollando uno de los principales aspirantes a reemplazar a la Presidenta de la República. Nos referimos al actual gobernador de la Provincia de Buenos Aires, quien es uno de esos personajes que irrumpió en el escenario político a través de “la ventana mediática” y que al parecer no solo le gusta en demasía moverse en esas "aguas"; sino que además, disfruta tomar contacto con ellas cuando los propietarios de las mismas le sugieren su presencia.
Por lo que podemos apreciar sigue manteniedo una "natural" inclinación a la recurrencia mediática (actitud preocupante hacia el futuro, puesto que fruto de esa ponderación puede terminar pactando con “los medios”; la hipótesis no resulta desatinada si tenemos en cuenta que ayer participó de la inauguración del Espacio Clarín en la Ciudad de Mar del Plata)  y, en virtud de esa recurrencia, optó por impulsar las candidaturas a intendente de Sergio Goycochea y el “Chino” Tapia, ex jugadores de River y Boca respectivamente.
Lo que pone en evidencia que su “proyecto” goza de ciertos denominadores comunes -en ocasiones se empieza por las formas y se prolonga en los contenidos- con el que expresa Mauricio Macri quien tambien optó por llevar entre sus candidatos a Julio Cruz y al “colorado Mac Allister, uno de River y otro de Boca precisamente.Es notable que "pájaros del mismo plumaje gocen de las mismas inclinaciones".
Sin embargo, Daniel Scioli es un enigma para el ciudadano común, no tanto para algunos militantes que ya en sus gestos advierten cierta señal intranquilizadora para la continuidad del proyecto. 
Quizá la diferencia más notoria con los otros candidatos de la derecha, como lo son Massa o Macri, es que el gobernador bonaerense prefiere no hablar mucho de su propuesta, lo que ya de por sí exacerba la desconfianza.
Tal vez la militancia debería recurrir, antes que sea demasiado tarde, a aquella vieja expresión socrática para evitar sobresaltos en el futuro y exclamarle: “Habla para que yo te vea”.

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