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martes, 30 de abril de 2013

¿Que se esconde detrás del republicanismo opositor?






 




Hace mucho tiempo que venimos escuchando, muy especialmente a partir del corrimiento del velo que cubría los intereses “ocultos” de los medios hegemónicos de comunicación, que la población argentina se encuentra dividida en dos posturas antagónicas. No comparto semejante postura, pero apelemos a las simplificaciones con las que suelen deleitarse ciertos periodistas "No K" -rótulo que traducido fácticamente equivale a decir: anti K- y aceptemos por un momento esa separación.
 Por un lado, estamos los que acompañamos (con mayor o menor postura crítica) el proyecto de país impulsado por Néstor Kirchner en el año 2003 y continuado por la actual Presidente de los argentinos, la Sra. Cristina Fernández de Kirchner.
Y por el otro, los que dicen expresar “un modelo de país distinto” bajo el ropaje de un republicanismo tan multifacético que uno no termina de percibir su verdadero rostro.  
De la concepción política de lo que se ha dado en llamar “el kirchnerismo” no es necesario  indagar; pues, ya se han dado sobradas muestras durante estos últimos años (y es precisamente por eso que lo apoyamos) respecto de cuál es el modelo de país que, con aciertos y desaciertos, pretende configurar.
En cambio, resulta imprescindible observar el comportamiento político de quienes subidos al impoluto Carruaje Republicano expresan y ejecutan, tanto desde la función pública como en su proceder diario, esa concepción que dicen abrazar.
Si hay algo que debe caracterizar a quien se digne de ser un espíritu auténticamente republicano es, entre otras cosas, la reivindicación y protección de la libertad –en el marco de los derechos personales-, el respeto a la ley, y el pleno reconocimiento de que el fundamento del poder político reside en la voluntad soberana del pueblo.  
Recientemente, uno de los más “ilustres” miembros de esta cofradía, tan particular, de republicanos, el Sr. Mauricio Macri, ha dejado en evidencia el grado de desconexión que existe entre lo que profesa ante las cámaras de TV y lo que ejecuta en su carácter de Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
La violenta represión desatada, mediante un procedimiento ilegal, en el Hospital Borda sobre un conjunto de trabajadores de la salud, enfermos y ciudadanos indefensos que procuraban evitar la destrucción del Taller de Oficios para los internos, es una muestra fehaciente de que ideología se encubre detrás de la máscara republicana.
Los presuntos republicanos ignoraron la medida cautelar dispuesta por la justicia que paralizaba el derrumbe de los mencionados talleres y destrozaron los mismos mediante el uso de la fuerza.
Notorio contraste con el “abuso de poder” de la Presidenta Cristina Fernández, que debe soportar hace años, y estoicamente, la vigencia de una medida cautelar sancionada por una Cámara Civil sobre la cual recaen serias sospechas de parcialidad.
Mientras la “dictadura” kirchnerista  agota todas y cada una de las instancias judiciales a los efectos de poder poner en vigor una ley sancionada por el Congreso de la Nación; los “conspicuos hombres republicanos” ignoran la justicia y balean a quienes invocan derechos que se oponen a sus intenciones.

 No faltara algún incauto que manifieste que este acto “aislado” no empaña la vocación republicana de Macri; frente a ello sería bueno recordar otra serie de "hechos aislados", tales como: la represión desatada en el Indoamericano, la feroz agresión a los vecinos de Parque Centenario que se oponían al enrejado; sin olvidarnos la tristemente prestigiosa UCEP (Unidad de Control de Espacios Públicos) destinada a “limpiar las plazas de personas sin techo”. Limpieza hecha a base del garrote, obviamente.
Pero eso sí, medidas éstas adoptadas con fervoroso ánimo republicano.
Claro que como bien lo expresaban los antiguos griegos: “Pájaros del mismo plumaje gustan estar juntos”. Así observamos que, con diferencias de formas, los republicanos tienen siempre el mismo propósito: oponerse a toda propuesta kirchnerista.
En ese terreno se sitúa tanto Elisa Carrió equiparando a una presidenta constitucional con un dictador y denunciando “pactos espúreos” absolutamente inexistentes, pero que los medios se encargan de sobredimensionar para que parezcan reales; como  el senador Sanz, cuando exteriorizando sus deseos públicamente se atreve a expresar: “Ojalá que al gobierno le vaya mal porque si la economía mejora un poco ¿Qué pasaría en las elecciones?”.
Esto es lo mismo que decirle al comerciante: “Ojalá tus ventas caigan así me votas” o al trabajador: “Ojalá te reduzcan el salario así me das tu voto”. Más lógico sería que ofrezca una propuesta (cosa que, conforme a los hechos, no entusiasma al arco opositor) que fundamente porqué deberían votarlo.
El único problema es que el “amigo” Sanz ya sentó varios precedentes junto a sus correligionarios en el 2001; si bien es cierto que al parecer algunos ciudadanos se olvidan de aquél significativo aporte realizado por estos hombres y reconozcamos algunas mujeres (Bullrich, entre otras) también.
En verdad, a uno no le causa placer estar mencionando las actitudes abyectas y mediocres de la oposición; pero es inevitable no destacarlas porque a diario las ponen de manifiesto. Y, bajo el amparo de los medios hegemónicos, se divulgan a los efectos de generar miedo y rechazo en una franja de la ciudadanía que, lamentablemente, está cooptada por la comunicación mediática.
No le temen, concretamente,  a que el kirchnerismo se apropie del poder absoluto, porque son plenamente conscientes de que este gobierno no persigue eso en lo más mínimo. Solo le temen a que la ciudadanía despierte del “eterno sueño colonizante”; ese que impide contemplar y comprender la realidad de un país desde la perspectiva de los intereses nacionales.

Es paradójico esto de los “opositores republicanos”, en vez de querer ampliar los derechos de la ciudadanía procuran obstaculizar todo intento de ampliación; en vez de respetar la dignidad humana se encargan de reprimir a quienes se manifiestan, en vez de reconocer que la soberanía radica en el pueblo tratan de “deslegitimar” a un gobierno elegido por la mayoría popular; en vez de defender los derechos de la ciudadanía defienden los derechos de las corporaciones.
Por suerte, cuando uno estudia los principios del republicanismo no lo hace mirando el comportamiento de los supuestos “republicanos argentinos”; sino, que mal parada quedaría la República.

lunes, 22 de abril de 2013

Los cultores del desierto





 





“El desierto avanza” decía un brillante pensador  alemán y con ello expresaba, metafóricamente, el avance de la mediocridad. Sin duda, si el filósofo en cuestión -muy controvertido por cierto, al menos en el terreno de su ideario político- hubiere conocido a buena parte de la dirigencia opositora local, tal vez hubiese afirmado categóricamente que el desierto se expandió más allá de los límites imaginables.
Por suerte, el denominado “loco de Turín” no alcanzó a conocer la realidad política argentina de lo que va del siglo XXI, porque, sin lugar a dudas, hubiere reafirmado con mayor énfasis su expresión metafórica. Si bien es dable reconocer que la misma estaba circunscripta, en virtud del etnocentrismo reinante en el siglo XIX, al espacio geográfico europeo.  
Pero como podemos apreciar la mediocridad no es privativa de continente alguno, sino que es capaz de aparecer en cualquier rincón del planeta diseminando sus nocivos efectos sobre las mentes de un sector de la población que, lamentablemente, no se detiene a analizar los hechos y, en el caso argentino, los hueros discursos de una dirigencia decadente.
Un claro ejemplo de lo que estamos manifestando es la reacción opositora a la tenue “Reforma del  Poder Judicial”
Los dirigentes de la oposición -al igual que los medios de comunicación- al unísono nos hablan de que es una propuesta destinada a cercenar la independencia de los jueces en beneficio de ampliar las atribuciones del poder ejecutivo.
Argumento absolutamente falaz que no resiste el menor análisis; y que solo puede resultar “convincente” en aquellos ciudadanos que no se detienen a auscultar medianamente la propuesta. Por el contrario, para nuestro gusto se trata de una iniciativa relativamente moderada en la que se podía haber profundizado un poco más. Sin embargo, la mediocridad opositora se encarga de sobredimensionarla:
¿Acaso la propuesta de obligatoriedad de hacer pública, y el libre acceso por internet, la declaración patrimonial de los funcionarios judiciales es avanzar sobre sus atribuciones?
¿Puede alguien argüir que la creación de tres nuevas Cámaras de Casación es un mecanismo para mutilar la independencia del poder judicial? A sabiendas de las inconmensurables demoras existentes en materia de resolución de causas.
¿El hecho de querer establecer un Consejo de la Magistratura interdisciplinario (académicos, científicos, ciudadanos) y, no exclusivo de los versados en derecho, no puede ayudar a tener una visión más abarcativa de la realidad?
Es paradójico, años atrás los medios de comunicación se encargaban de incriminar a la “Justicia” de permanecer ajena a los reclamos sociales en cuestiones de seguridad. Ahora, cuando se quiere establecer una “tibia” reforma para obtener un moderado avance en el desarrollo de las causas judiciales, nos salen a decir -conjuntamente con el coro de opositores- que se está avasallando la independencia del Poder Judicial.
La actitud de los medios hegemónicos (Clarín y Nación) es entendible en función de sus intereses, al menos en el marco de su manifiesta oposición a la estipulación de plazos de duración de las medidas cautelares. 
No olvidemos que -cautelares mediante- uno (Grupo Clarín) viene obstaculizando indefinidamente la aplicación de la ley de medios que produciría un quiebre de su poder monopólico; y el otro (Grupo Nación) viene prolongando la vigencia de una medida de este tenor que lo protege de hacer efectiva una deuda que tiene con el fisco de 28 millones de pesos.
Lo que no resulta entendible -excepto que sean meros subordinados de los grupos de comunicación referidos- es la actitud de los dirigentes de la oposición que se podrían haber prestado a incentivar el debate, enriquecer las modificaciones y tornarlo una auténtica reforma con miras al mejoramiento del funcionamiento del poder judicial.
Es una lástima no contar con opositores de talla; de esa manera, se hubiere podido discutir y promover  la extensión de la oralidad a todos los procedimientos, ampliar los mecanismos de acceso a la justicia, la regulación de los jueces subrogantes, la posibilidad de discutir el juicio por jurados, etc., etc., etc.
Pero como bien señala el refrán, no se le pueden pedir peras al olmo.
A esta altura de los acontecimientos, y más allá de los intereses para quienes trabajen los mentados opositores (sin lugar a dudas, con actitudes semejantes nos llevan a concluir que no tienen interés en representar al pueblo; sino confundirlo), solo podemos “justificar” su accionar como portavoces del desierto.
En última instancia, están procurando que la “Corporación Judicial” se regule a sí misma; lo que es verdaderamente un contrasentido, pretender que los propios jueces "dicten sus normas" para su propio control. 
Resulta ahora que el Poder Legislativo no puede, ni debe, sancionar leyes que regulen y determinen el funcionamiento de la Justicia.
Eso es un verdadero disparate en el marco de un sistema republicano; ya que no es otra cosa que cercenar los atributos de uno de los poderes constitucionales.
Y como añadidura los presuntos republicanos (específicamente, la diputada Carrió, Bullrich, el diputado Amadeo, con el apoyo de Macri, Moyano, Piumato, entre otros) convocan a una marcha “popular” para rodear el Congreso y evitar la aprobación de un proyecto de ley que es, como lo establece nuestra Carta Magna, prerrogativa inherente al parlamento. 
La verdad que, en las páginas de la historia argentina, estos personajes dejarán una triste impronta de su paso por la función pública. No obstante, lo más lamentable es que todavía hay pocos ciudadanos, pero ciudadanos al fin, que siguen creyendo en “la vocación republicana” de estos cultores del desierto cuya verdadera intención es obstaculizar toda tentativa de racionalidad política.

domingo, 14 de abril de 2013

Paradigmas, Carrió y enlaces "non sanctos".




 






La predisposición a universalizar su teoría ha sido la ambición de todo teórico; en ese contexto, el autor de una tesis despliega todo su esfuerzo a los efectos de no presentar fisuras en la estructura argumental de su obra. Ahora bien, si partimos del presupuesto de que la realidad es extremadamente compleja y, por ende, la mente humana no está en condiciones de captarla en su totalidad; es lógico concluir que teoría y realidad jamás podrán superponerse simétricamente.
Sin embargo, los paradigmas teóricos -especialmente aquellos que responden a las denominadas ciencias sociales-, en mayor o menor grado, siempre han contado con una faceta cautivadora que permitió, a lo largo de los tiempos, la conquista de adeptos que (ignorando las limitaciones de toda teoría) se lanzaban “a las calles” a propagar  la teoría de referencia como si, la misma, encerrara en sí el germen de la verdad.  
Seria extenso -y, obviamente, excede nuestro conocimiento- pretender analizar cuantos paradigmas cobraron existencia con el propósito de legitimar situaciones de hecho preexistentes (como, por ej., la teoría de la esclavitud en la antigüedad) y cuantos fueron ganando terreno, por motu proprio, en el campo de las ideas hasta ser aceptados por la mayoría de los miembros de una comunidad en un momento histórico determinado.
 No obstante, lo que sí podemos mencionar es que la historia de la humanidad nos provee de un sinnúmero de “teorías” (esclavistas, racistas, religiosas, de inferioridad de la mujer, maniqueístas, lombrosianas, del derecho divino, e incluso económicas como la neoliberal,  etc., etc.) que hegemonizaron el pensamiento de una época, algunas de ellas causando grandes catástrofes en vidas humanas, y que fueron dejando su impronta de generación en generación perdurando aun, hoy en día, a través de muchos prejuicios sociales.
Hoy somos conscientes que “la verdad” es una construcción humana y como toda obra del hombre está sujeta a las variaciones del tiempo y del espacio. Pues, nadie en su sano juicio podría aseverar, por ejemplo, que la verdad del mundo medieval es exactamente la misma que la verdad del mundo contemporáneo. Con esto no queremos minimizar las injusticias y atrocidades cometidas bajo el amparo de “la verdad”  en el mundo del Medioevo, ni tampoco las que se cometen en el mundo actual. Simplemente, intentamos decir que la verdad (como ya lo han expresado una pluralidad de pensadores a lo largo de los tiempos) es una construcción cultural que, instalada en un determinado momento histórico, responde a las necesidades de los grupos dominantes existentes en cada una de las sociedades.
Se podrá decir que ante el fenómeno globalizador las sociedades dominantes imponen “paradigmas universales” a las sociedades subalternas, y por cierto que es así; solo que para ello deben contar con la colaboración de los grupos de poder dominantes arraigados en cada lugar. Lo que acontece actualmente en los países periféricos de Europa es una clara muestra de lo que estamos manifestando; al igual de lo que aconteció en la Argentina durante el reinado en la era neoliberal.  
 Sin embargo, es muy común que cuando se habla de la verdad il uomo qualunque  no acostumbre a referenciar ésta con las relaciones de poder existentes en el seno de una sociedad determinada. Si, por el contrario, el hombre común tuviese en cuenta esa faceta de la realidad; muchas de las “verdades” que hoy se profesan se desvanecerían en el aire casi instantáneamente.
Tampoco debemos olvidar que el lenguaje no es neutral, en consecuencia, condiciona la manera de interpretar la realidad.
No es fruto de la casualidad que los medios de comunicación incidan tanto sobre la percepción de la realidad en buena parte de la población; después de todo, diariamente, acceden a nuestros hogares predicando su palabra a cada uno de los oyentes y/o televidentes en forma ininterrumpida. Son verdaderamente sorprendentes las diferencias que uno observa al dialogar con un hombre influenciado culturalmente por su afición a la TV y con quien no se encuentra bajo su influjo.
Por ejemplo, es digno de observarse como en los últimos tiempos (y, fundamentalmente, a raíz de la sanción de la ley de medios de comunicación audiovisual) los canales de la TV privada se han empeñado en descalificar al gobierno equiparándolo a una “dictadura”. 
Sin duda, establecer un paralelismo entre un Estado de Derecho y una dictadura es una aberración, tanto política como jurídicamente hablando. No hace falta ser un constitucionalista para discernir una cosa de la otra. Solo quien desconozca las más elementales formas de gobierno que han existido a lo largo de la historia de la humanidad no estaría en condiciones de percibir tamaña diferencia.
Sin embargo, en su afán por descalificar al gobierno, los medios reportean a un conjunto de distorsionadores políticos que se empeñan en repetir falazmente (al igual que un número destacado de “periodistas estrellas” signados por la mediocridad y el mercantilismo) semejante paralelismo. De esa manera contemplamos anonadados como se recurre a la mala fe para confundir y desgastar el auténtico significado de los conceptos; que terminan siendo utilizados con propósitos oscuros. Logrando, entre otras cosas, que un oyente o televidente desprevenido internalice como cierta semejante falsedad.
Así, en virtud de esa manipulación deliberada, las nuevas generaciones podrían llegar a interpretar  -erróneamente por cierto- que si una “dictadura” es equivalente a la existencia de un estado de derecho (como sucede con el gobierno de Cristina Fernández) puede que no sea un instituto político deleznable. Cuando en realidad sí lo es.
Lo que no expresan estos señores es que una dictadura gobierna bajo el estado de sitio, que suprime la libertades y garantías individuales, que practica la censura previa, que dispone el arresto de las personas sin necesidad de orden judicial pertinente, que sustrae a sus ciudadanos de sus “jueces naturales”, que impide el derecho de reunión de las personas, que conculca los derechos políticos de la ciudadanía, que según su grado de crueldad ejecuta, o hace desaparecer, ciudadanos indefensos sin derecho alguno y que su único fundamento y sostén en el poder es el uso indiscriminado de la fuerza.  
Una portavoz oficial de este ejército de “desnaturalizadores de conceptos” es la diputada “Lilita Carrió” -recientemente “asociada” a Pino Solanas- que se “arroga” ser la abanderada anti-corrupción; pero que no cesa recurrentemente en corromper los auténticos significados de los conceptos. Cualquiera podría argüir que esta señora "no goza de sanidad de juicio”, cosa que no creo; de ser así, sería la única persona en esa condición que los medios interrogan (en los hechos apadrinan) para que vierta sus opiniones. Lo cierto es que no solo califica de dictadura al gobierno de Cristina Fernández; sino que emparentó a la actual Presidente Constitucional de los argentinos con el ex dictador Leopoldo Fortunato Galtieri.
Demás está decir que además, es una absoluta falta de respeto para todos aquellos argentinos que tuvieron que soportar las sangrientas decisiones de un auténtico dictador que envió caprichosamente a la guerra a buena parte de una generación.
Generación ignorada absolutamente por la mayoría de los gobiernos (y entre ellos, alguno de los que la Sra. Carrió formó parte) y que recién ahora -a más de tres décadas de la Guerra de Malvinas- está siendo considerada por políticas de estado, en virtud del valor y el sacrificio desinteresado puesto de manifiesto al momento de defender a la Patria.
Indigna escuchar expresiones de esta naturaleza; que solo son “entendibles” si se las relaciona con los intentos  destituyentes (antiguamente se los conocía como golpistas) de un sector minoritario de la sociedad.
Como también indigna las expresiones vertidas en la última asamblea de la Mesa de Enlace realizada esta semana en la Sociedad Rural de Santa Fe. Nada más que en ese aspecto han sido mucho más sinceros al sostener que: “El problema que tenemos es frenar  al gobierno. Después, pongámonos de acuerdo en cómo nos distribuimos la riqueza del campo”.
Si, a esta altura, alguno tiene dudas que el embate de los medios, la desnaturalización de los conceptos y las reacciones de los grupos de poder, no están al acecho de potenciales propósitos destituyentes, pues, puede llamarse entonces un verdadero optimista.

martes, 2 de abril de 2013

El dolar y las profecías liberales





 








Una de las “secuelas culturales” más perniciosas que nos ha legado el neoliberalismo, con la complicidad de los medios hegemónicos de comunicación, ha sido la concepción bimonetaria  en cuestiones económicas. A diferencia de otras poblaciones del mundo, una buena parte de los argentinos, sostiene la mira, no precisamente en la moneda local u oficial de nuestro país, sino en la divisa estadounidense. Lo tragicómico es que no solo se la utiliza en cuestiones comerciales de poca monta; sino inclusive al momento de efectuar interpretaciones o análisis de orden interno que se encuentran fuera del ámbito comercial.
Lo cierto es que, éste enfoque bimonetario, tuvo su origen a partir del golpe del 76 con el entonces ministro de economía, José A. Martínez de Hoz, y su inefable “tablita cambiaria” que dio lugar al surgimiento de la denominada “patria financiera” y, posteriormente, su consolidación en la década del 90 con la intervención de uno de sus discípulos más renombrados: Domingo F. Cavallo.
Claro que la tarea de que los argentinos observen diariamente “las fluctuaciones del tipo de cambio” no fue obra exclusiva de los ministros mencionados; si bien éstos, con las medidas adoptadas estimulaban el instinto de supervivencia de la población que veía en la divisa norteamericana la única posibilidad de preservar sus ahorros. También, es preciso reconocer que, un conjunto de “hombres notables” efectuaron su aporte, a lo largo de los años, para "desvalorizar" la moneda local. No solo con el propósito de referenciar la divisa internacional posibilitando, de ese modo, la realización de sus negocios; sino porque además, la existencia de una doble referencia monetaria es una forma de restarle poder al gobierno de turno al momento de ejecutar un programa distinto al que el neoliberalismo propone.
Así vimos en el curso de esos años -y lo continuamos viendo hoy en día- como los programas políticos, tanto de la televisión como radiales, se encargaron de reproducir hasta el cansancio las opiniones de economistas como Cavallo, Redrado, Prat Gay, Melconian, Sturzenegger, O. Ferreres  y  tantos otros que, al amparo de su concepción ideológica, acentuaban el enfoque bimonetarista.  Actualmente, esos mismos exponentes, siguen fracasando en sus pronósticos y proponiendo las mismas recetas que condujeron (y que promovieron desde la función pública) a la Argentina del 2001.
Todos ellos abogan por la devaluación, la reducción del gasto público, el endeudamiento para financiar aquellos gastos del Estado que no se puedan achicar y reducir los índices de precios (inflación). Sin lugar a dudas, una devaluación implica una transferencia de recursos en beneficio del sector exportador y en detrimento del sector de ingresos fijos (asalariados) que verían reducido sustancialmente su poder de compra. Si a ello le añadimos una reducción del gasto público, nos encontraríamos con una fuerte contracción de la demanda interna que provocaría una merma en el índice de precios.
No hace falta señalar que adoptar medidas de este tenor, sería promover el suicidio de nuestro crecimiento económico. La pregunta que surge indefectiblemente es: ¿Pues, entonces, porqué lo promueven? Y la respuesta, que ellos ocultan, es: por el simple hecho de querer apropiarse de la tasa de ganancia. Aquí lo que se plantea, en forma subrepticia, es “distribuir el ingreso nacional” en beneficio de un sector minoritario de la población.
 Lo problemático es que la lógica instalada en la Argentina, en definitiva, es la lógica que logró imponer el neoliberalismo y debemos reconocer, mal que nos pese, que una importante franja de la población analiza la realidad desde esa óptica. Sin percatarse, si quiera, que dicha lógica esta puesta al servicio de intereses que no son los suyos.
 Se podrá argüir que es difícil enfrentar “prejuicios arraigados” en la población; y nadie desconoce que no es tarea fácil. Pero, no obstante, es menester que alguna medida se adopte al respecto. Pues, el gobierno actual debe realizar (si bien es cierto que la Presidenta se encarga de hacerlo en oportunidad de sus discursos) una suerte de docencia para romper con ese “ruinoso legado cultural” que tanto daño despliega sobre nuestra economía. Pues, debería contrastar las medidas que estos señores proponen con los resultados obtenidos a lo largo de la historia; para que de una vez por todas queden al desnudo estos profetas de la decadencia.
Es paradójico escucharlos, por un lado, plantean la necesidad de combatir a la inflación y, por el otro, sugieren –entre líneas algunos, otros directamente- que el dólar está retrasado; por ende, habría que devaluar. El remanido discurso “antiinflacionario” les dio resultado luego de la traumática experiencia nacional de los años 80 y abonó el terreno para la consagración del libre mercado en los 90. Lo que no explicaron nunca estos señores, ni van a explicar, es quienes fueron los responsables directos de la hiperinflación padecida por la sociedad argentina en aquel entonces.
Pero volviendo al presente, es dable señalar que la inflación no es mala per se. En un contexto de crisis internacional,  tener una “inflación controlada” y que se sostiene sobre la base de la demanda es una manera de atenuar los efectos externos  garantizando, paralelamente, la estabilidad del consumo en el orden interno. Sin embargo, los profetas continúan su prédica sin reparar en los antecedentes históricos; tal vez porque si echamos una mirada sobre la historia descubriríamos cuánto daño han causado sus predicciones.
Las políticas que estos señores sugieren (sin dejar de reconocer el retraso en la adopción de medidas al efecto por parte de la actual administración) posibilitaron que en el exterior existan 190 mil millones de dólares en  cuentas bancarias de unos pocos argentinos. Cifra que apalanca la recuperación económica de otros países, en vez de favorecer el desarrollo de nuestra economía.
Los números son elocuentes, solo cuando Argentina se despoje de la concepción bimonetaria, y muy pocos sigan las profecías manipuladoras, podremos estar seguros que el neoliberalismo perderá la batalla.