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domingo, 19 de agosto de 2012

La Cámpora, Voltaire y los estigmatizadores






       








El célebre Voltaire expresó la conocida frase que dice: “Si Dios no existiera habría que inventarlo”. El motivo de semejante expresión posibilitó una multiplicidad de interpretaciones respecto de  porqué esa necesidad -en el supuesto caso de ausencia- de crear la mencionada deidad. Algunos sugerían que “esa invención” es la que da lugar a la esperanza en el más allá y, de esa forma, el hombre no padecería la angustia de saberse parte de la nada; otros aducían que el temor “al castigo divino” operaría como un freno en el proceder de los hombres sin escrúpulos, de ahí la necesariedad; otros sostenían que la presunción de la existencia divina posibilitaría, de algún modo, imponer sobre los hombres un conjunto de valores que facilitáse la coexistencia humana sin dañarse los unos a los otros.
Obviamente, estas dos últimas hipótesis se desvanecen con solo contemplar los acontecimientos históricos o, en su defecto, los hechos de actualidad que se desarrollan -o que se desarrollaron- en nuestro planeta a lo largo de los tiempos. Precisamente, el fanatismo religioso, del signo que fuere, ha sido ( y lo sigue siendo) factor determinante en materia de acumulación de víctimas humanas.  Ya que, para algunos grupos, la convicción religiosa ha sido una verdadera fuente de legitimación para justificar grandes “sacrificios humanos”. Y, es preciso recordarlo, no han sido pocas las veces en que esa extrema identidad religiosa ha estado asociada con una exacerbada identidad étnica.
Lo cierto es que, invento o no, los hombres han manipulado muchas veces la imagen de Dios para desencadenar acciones afines a sus intereses.
Pero lo mismo aconteció -y acontece- con la figura de su presunto enemigo, conocido como Satanás; si bien es dable reconocer que esta figura cobra preponderancia recién a partir del siglo XIII, cuando irrumpe en la escenografía mística la terrorífica figura del “purgatorio”. Estadío éste en donde las almas purgaban sus “impurezas” antes de acceder a ese anhelado y placentero lugar de descanso denominado “Paraíso”.
Claro que la purificación no estaba desprovista de suplicios; por el contrario, los espíritus que allí se alojaban debían soportar las mas despiadadas atrocidades a efecto de liberarse de sus pecados, en un ámbito dirigido por el mismísimo Diablo.
No obstante, en aquél entonces, el Vaticano se las ingenió para evitar el sufrimiento de una pluralidad de almas e instituyó el “benéfico” mecanismo de las indulgencias. En virtud de las cuales, y previo desembolso de una sustanciosa suma de dinero, se otorgaba una suerte de “salvoconducto” que posibilitaba al alma del futuro difunto acceder al paraíso sin la obligación de hacer escala en el temible purgatorio. Este “inteligente mecanismo”  posibilitó, sobre la base del temor, un incremento nada desdeñable en las arcas del erario (caja, como dirían ahora) privado del Vaticano.
Como vemos la expresión voltaireana fue susceptible de ser modificada a los efectos de sanear las otrora magras cuentas de los sucesores de San Pedro quienes bien pudieron decir: “Si el diablo no existiera habría que inventarlo”. Por suerte, suponemos que eso ya no acontece en el ámbito de la Iglesia Católica, y nadie que se precie de hablar con fundamento se atrevería, en el sigloXXI, a invocar la existencia del purgatorio. 
Sin embargo, y fuera de la órbita confesional; no son pocos los que todavía invocan la “existencia” de lo demoníaco para sembrar temor en una franja de la ciudadanía y, paralelamente, descalificar a aquellos que, directa o indirectamente, expresen una posición antagónica a la avidez de dominación que caracteriza a ciertos sectores minoritarios. 
El método al que acuden es el de antaño, pues, simplemente se requiere cubrir con el manto de lo detestable, de lo pernicioso o de lo maléfico a toda persona o grupo de personas que por su condición, raza, credo, religión y, fundamentalmente, ideas políticas representan un obstáculo para la concreción de ciertos fines non sanctos.
Para ello hoy en día se apela a los medios de comunicación, quienes se encargan de machacar insistentemente sobre “el peligro” que acecha a la sociedad por el avance creciente de una determinado grupo de personas que por sus creencias pueden desestabilizar el sistema de relaciones de poder existente en una sociedad.
Ocurrió y, lamentablemente, sigue ocurriendo en la acongojadora historia de la humanidad a lo largo de las distintas épocas.
Recordemos la persecución de los cristianos, que en su momento representaban un factor desestabilizador al poder del imperio. Más, posteriormente, cuando Constantino decide abrazar el culto cristiano y elevarlo a la categoría de religión oficial de Roma, la persecución se desata sobre aquellos que no aceptaban al “nuevo” Dios, es decir, los paganos.
Podríamos citar infinidad de ejemplos: la matanza y persecución de los cátaros, de los hugonotes, de los judíos, de los “díscolos” al stalinismo, de los armenios, de los palestinos, de los actuales opositores en Sudan,  de lo que paso en nuestro país hace escasos 36 años; etc., etc., etc.
No obstante, la constante en cada uno de estos ejemplos fue primero estigmatizar a los "dignos de ser perseguidos"; y, luego, “hacer creer” a la amplia franja de la población, no comprometida ideológicamente, que aquellos corporizaban la reencarnación del mal.
Ahora bien, una vez inficionada "la conciencia" de la mayoría de los habitantes con semejante discurso, la legitimación para proceder al exterminio masivo ya estaba garantizada, y con ello se salvaguardaba el sistema de poder de relaciones pre-existente; es decir, eso que tradicionalmente designamos como Status Quo.
Por suerte, en nuestro país, ese tipo de prácticas se visualizan como una mancha negra en las páginas de nuestra historia; sin embargo, existen, al parecer, algunos sectores que añoran reeditarlas. Sino, no se explica como determinados medios de comunicación se ensañan recurrentemente contra esa corriente de pensamiento kirchnerista denominada “La Cámpora”.
A ella le asignan ser portadora de todos los males; entre los cuales se encuentra el “endemoniado” atributo de la juventud; condición ésta que estimula la imaginación de desvalorizados “periodistas” (en realidad, lobbystas de grandes corporaciones) que ven en La Cámpora la representación de los temibles “jinetes del Apocalipsis”.
Curiosamente, son los mismos periodistas que, en las páginas de “La Nación” y “Clarín”, cuando ardía en llamas nuestra sociedad y se pauperizaba a la gran mayoría de la población nos hablaban del cálido futuro que nos tenía reservado el mágico encanto del “Libre Mercado”. Los mismos que durante el proceso dictatorial “gozaban de plena libertad” para escribir sus notas; proceso que, por cierto, jamás emparentaron con “el infierno” pese a la ininterrumpida desaparición de ciudadanos indefensos. Sin embargo hoy, en pleno desarrollo de la democracia, no cesan de vincular a los jóvenes politizados con el demonio. Ahora le atribuyen "el adoctrinamiento" de chicos de jardín de infantes y de las escuelas primarias. ¿Será que los muchachos camporistas estan pensando en las elecciones del 2050?
No tengo una opinión formada de “La Cámpora” ya que, en los hechos, tampoco es una estructura de “cuadros políticos consolidados”; sino simplemente una corriente interna que va buscando su cauce en la difícil topografía del peronismo. No obstante, esta lejos de infundir miedo, y tampoco sobresale por posiciones contestarias; por el contrario, su postura de encolumnarse fielmente detrás de las decisiones gubernamentales la transforman más en una corriente de contención que de avanzada. Característica ésta que, por cierto, no es criticable; siempre y cuando –y como así sucede- se acepte en su seno la discusión y el debate dentro de un marco ideológico determinado.
Los que sí en cambio son de temer, son precisamente “los periodistas” de los grandes medios que han dado, a lo largo de nuestra historia, sobradas muestras de intolerancia y de asociación con el poder conservador en la Argentina.
Son los mismos que brindaron cobertura informativa a la dictadura y legitimaron con sus artículos la concentración del poder en pocas manos.
Los mismos que recientemente se opusieron a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central porque intentan evitar que se desarrolle un sistema financiero al servicio de las necesidades del país.
Los mismos que cuestionan al gobierno por su reclamo sobre las Islas Malvinas y ven con buenos ojos la postura británica.
Los mismos que salieron en defensa de Repsol cuando la Presidenta Cristina Fernández adoptó la sabia decisión de recuperar YPF.
Los mismos que no se ajustan a la ley (por ej. la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual), ni a las disposiciones judiciales; pero califican de “autoritario” a un gobierno que garantiza el Estado de Derecho.
Los mismos que no vacilan en distorsionar la información para la consecución de fines más que oscuros.
Los mismos que apelan al falso esquema de “bueno o malo” para arrogarse a si mismo los atributos de bondad, posicionando a quienes no comulgan con sus intereses en la vereda de lo diabólico. Para luego, entonces, alentar la llegada de un "inquisidor" que venga a purificar las almas de quienes osan ubicarse en la vereda opositora.
Los mismos que saben que el diablo no existe, pero no vacilan en inventarlo. Al fin de cuentas, para ellos, todo es justificable siempre que se trate de acumular poder o evitar que lo pierdan.

sábado, 11 de agosto de 2012

Macrí, el rey del laissez faire







 










Cuando en el siglo XVIII un fisiócrata francés expresó aquello de “laissez faire laissez passer, le monde va de lui même” (Dejad hacer, dejad pasar, el mundo va solo); seguramente no imaginó, en aquél entonces, que su mentada frase iba a transformarse en el lema, por antonomasia, de los neoliberales.
Claro que Vicent de Gournay -el fisiócrata en cuestión- tampoco hubiera imaginado que un siglo más tarde en el continente americano, y como consecuencia del desarrollo de un proceso emancipatorio en la región, tendría lugar la formación de lo que hoy se conoce como República Argentina.
Obviamente, ni por asomo se le hubiere cruzado por la cabeza que en el siglo XXI, un “dirigente (a)político” argentino, que responde al nombre de Mauricio Macrí, concibiera el ejercicio de la función pública desde la lógica del “dejar hacer, dejad pasar”. Claro que la lógica de don Mauricio es dejar que otros hagan y él, entonces, abstenerse de hacer algo útil; no obstante cuando se trata de hacer cosas con nulo sentido utilitario (como las bici-sendas) o desplegar comportamientos reñidos con los más elementales principios éticos (ej.: realización de escuchas ilegales, creación de una suerte de “grupo de tareas” a los efectos de desalojar a los sin techo de las plazas públicas)  u obstaculizar avances (veto mediante) en la legislación porteña que contengan preceptos imbuidos de justicia o de equidad social, el Sr. Macrí procede. De lo contrario, se abstiene; ya que para su concepción política la mejor administración es la que se limita a no hacer, absolutamente, nada.
Una muestra de lo que estamos diciendo es el cada vez más prolongado “conflicto con los subtes” que tienen a maltraer a millones de argentinos que utilizan a diario ese transporte público.
La historia se remonta a comienzos de este año; más precisamente, al 3 de enero fecha en que el gobierno porteño y el gobierno nacional firmaron el acuerdo donde el primero aceptaba el traspaso de los subterráneos.
Inmediatamente formalizado el acuerdo el Jefe de Gobierno porteño incremento el precio de la tarifa de subte en un 127%, justificando dicha decisión en que la Nación reduciría los subsidios en un 50%. Subsidio éste que, por otra parte, la gestión porteña viene recibiendo.
Esta posición (la del aumento tarifario) fue claramente expuesta por el Ministro de Hacienda de la Ciudad, Néstor Grindetti, el día 5 de enero del corriente año (ver Clarín del 5/01/2012). Es dable destacar que semejante determinación se adoptó ignorando las disposiciones de la ley 210 que requiere convocar a una Audiencia Pública para el incremento de tarifa. A pesar de ello, el gobierno porteño se arrogó la facultad de hacerlo.
En el ínterin también surgió el problema de cual de las policías, la dependiente de la ciudad o la federal, debía ejercer la vigilancia en el mencionado transporte.
El Jefe de gobierno porteño sostuvo que la policía metropolitana no podía hacerse cargo de la vigilancia en la red subterráneos exigiendo, paralelamente, al gobierno nacional que se hiciese responsable de la custodia. Pues, a la Ciudad, según el funcionario, no le daban “los costos”. Y vale la pena reflexionar unos instantes sobre estos parámetros de “racionalidad mercantil” que utilizan ciertos empresarios devenidos en políticos; ya que trasladan al terreno estatal esa lógica absurda de costo-beneficio en términos exclusivamente monetarios, sin reparar en los beneficios sociales que un Estado debe brindar a todos sus habitantes y que son imposibles de mensurarse en dinero.
Pero retornando al conflicto en sí, es menester mencionar que el Gobierno de la Ciudad, envió, antes de que se desate la huelga por mejoras salariales, un pedido de endeudamiento por U$S 216 millones a la legislatura porteña con el propósito de destinarlos a la compra de vagones para la línea H de la red de subtes.
Es insólito que alguien que sostiene no corresponderle la gestión de los subterráneos, aumente la tarifa y solicite la aprobación para contraer una deuda destinada a la compra de material rodante para ese servicio. ¡¡¡Verdaderamente de locos!!!
Si a esto le añadimos que la red en cuestión solo se desplaza dentro la zona geográfica de la Ciudad de Buenos Aires, es inadmisible que por lo menos el Jefe porteño no se involucre así sea para intentar restaurar el normal funcionamiento del servicio. Es inimaginable suponer que la Estatua de la Libertad se este por desmoronar y el Alcalde de Nueva York  se desentienda de la situación porque (hipotéticamente) los fondos se los debiera proveer el gobierno federal.
Lo concreto es que el paro continúa y la Justicia tuvo que conminar al Jefe de gobierno porteño a convocar a una mesa de negociación para resolver el conflicto. Mientras tanto, los días transcurren y millones de usuarios de la red no sabemos como ha de finalizar esta  historia.
Lo que sí sabemos -algunos- es que la inoperancia demostrada por el Sr. Mauricio Macri es inconmensurable; pero goza de la protección de los grandes medios de comunicación que se empeñan en preservar su imagen para proyectarlo como candidato presidencial en el 2015. Y es lógico que lo protejan, al fin de cuentas, si Macrí fuese presidente los dejaría hacer del Estado Nacional: un mero instrumento para la multiplicación  de sus  riquezas.           

viernes, 3 de agosto de 2012

Cuando los números ahuyentan fantasmas












Es notable observar como las predicciones se derrumban frente a la certeza numérica; máxime teniendo en cuenta que se trata de un país, donde las imágenes y las palabras suelen ser el fundamento sobre las que se asientan las “creencias” de una franja importante de la población.
Por cierto, nadie puede pretender que la ciudadanía adopte criterios científicos al momento de ponderar los dichos de quienes se arrogan la potestad de predecir el futuro económico argentino; no obstante, sería saludable que pongamos en duda sus “habladurías” para no dejarnos envolver por sus tradicionales engaños.
En el día de ayer, al cumplirse 158 años de la creación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner desenvainó una suerte de espada numérica que puso en evidencia la nula solidez que tienen las predicciones realizadas por el cúmulo de “economistas” liberales que se encargan de predecir la llegada de la catástrofe nacional. Anuncio que, por otra parte, les proporciona ingentes beneficios monetarios.
Curiosamente, los gurúes de la desdicha no solo se vienen encargando de vaticinar aluviones y huracanes económicos para nuestro país cuando no existe el más mínimo indicio de que ello va a suceder; sino que gozan “del prestigio” de haber anunciado la belle époque primaveral (año 2001) cuando en la Argentina se desataba el terremoto económico más grande de su historia. 
Nadie ignora que una crisis internacional como la que estamos atravesando ha de esparcir sus efectos, en mayor o menor grado, sobre toda la geografía del planeta. Lo llamativo es que los "pitonisos" locales se empeñan en augurar sobresaltos exclusivamente en nuestra región geográfica, asignándole al gobierno ser la causa originaria de los males. Por ejemplo, se escucha hablar que la Argentina exporta menos carne vacuna, pero no se menciona que es a raíz de que cayó el consumo en los paises centrales; dejando de ese modo la sensación de que la merma exportadora obedece a que el gobierno no tiene una idílica relación con algunos sectores del campo. Y así se encargan recurrentemente en predicar, con cierto aire de "objetividad", el pesimismo opositor.  
Como bien lo destacó la presidenta, entre otras cosas, auguraron el no pago del Boden 2012 primero, luego a medida que se acercaba la fecha presagiaban que no se iba a pagar en dólares, sino que se iba a pesificar. Lo concreto, es que en el día de ayer se anunció su pago y cancelación conforme a las condiciones emitidas; sin dejar de tener presente, y como bien lo mencionó la mandataria “Es dinero que tendrían que haber devuelto a los ahorristas otros gobiernos”.
Lo ilustrativo del hecho, es que al momento de emitirse esos bonos (Boden) que garantizaban la devolución de los fondos “congelados en el corralito”; la gran mayoría de los tenedores -por no decir, la totalidad- eran de nacionalidad argentina.
Merced a las falsas e intencionadas predicciones de nuestros conocidos gurúes; los originarios tenedores se fueron desprendiendo de esos bonos. Actitud medianamente “lógica”. Si diariamente anuncian que no se va a pagar, o que no se va a cumplir con las condiciones de emisión o que se va a pesificar; el tenedor ante “el miedo” -instalado deliberadamente- adopta la postura de deshacerse del bono a cualquier precio; entiéndase a un precio menor. Y fue, de ese modo, como el coro de gurúes posibilitó a través de su “cántico terrorífico y mediático” que se produzca una transferencia de bonos de manos nacionales a manos extranjeras.
Y después nos quieren hacer creer que no existen cipayos en la Argentina. En todo caso no existen en el gobierno; pero si están a la espera de retornar con alguna de las variantes opositoras. No debemos ignorar que todos estos gurúes fueron los defensores a ultranza del modelo privatizador y liberal imperante en los noventa.
Pero retornemos a los actuales números y a la veracidad que esas cifras expresan. Nuestra presidenta hablo de la relación Deuda-PBI, la misma en el año 2003 era de 142%; hoy es solo de un 19%. No solo se redujo a escala sideral en tan pocos años (recordemos que estamos hablando de años de un país), sino que además se canceló la deuda con los organismos internacionales de crédito permitiendo ejecutar políticas económicas autónomas que, de otra forma, no se hubiesen podido llevar a cabo. ¿O acaso suponemos sinceramente que nuestra situación económica sería la de hoy, si aun estuviésemos monitoreados por el FMI? Obviamente, creer eso sería darle fidelidad a otro de los argumentos "clásicos" de los gurúes que siempre destacaron: las bondades del endeudamiento externo.
¿Alguien puede suponer seriamente que el anuncio formulado ayer, de una mejora en los haberes de nuestros jubilados iba a ser posible si el gobierno no hubiese cancelado la deuda con el Fondo Monetario? Basta con recordar nuestra propia experiencia o, en su defecto, leer someramente los diarios internacionales para observar como en Grecia y España, esos mismos organismos internacionales, hacen recaer las políticas de ajuste sobre el sector pasivo y el asalariado.
Pero si hasta los números del propio universo financiero local desmienten las predicciones de muchos de sus miembros. Bien lo señaló Cristina Fernández: “El panel MerVal -índice que representa las acciones de las empresas líderes- creció un 5% durante la convertibilidad (gobierno Menem-Cavallo-De la Rua) y un 254% durante la gestión de este gobierno nacional y popular”.
Como vemos, los números son incontrastables y ponen al descubierto la realidad económica del país. Pero claro, los predicadores nunca hablan de realidades, al fin de cuentas apelan a la magia o al engaño, porque el ocultamiento de la realidad es el “leitmotiv” de su profesión.