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sábado, 25 de abril de 2015

La deshumanización de la política: Va a estar buena la Argentina!!






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En el año 2012 la jueza Elena Liberatori dictó un fallo ordenando al gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a urbanizar la Villa Rodrigo Bueno, de la Costanera Sur. La sentencia  que determinaba que el asentamiento fuera incorporado al Programa de Radicación e Integración de Villas, establecía que la administración porteña debía proveer los servicios básicos (agua, luz, gas, cloacas) a las más de 3000 personas -donde prácticamente el 50% de ellas son menores de edad- que habitan el mencionado barrio y realizar aquellas obras de infraestructura para tornar habitable el lugar en cuestión.
Ante semejante sentencia, la alcaldía porteña, lejos de atender y satisfacer las necesidades de la población, optó por apelar el fallo y abstenerse de realizar las obras exigidas. Bien lo señaló el delegado barrial: “Es una vergüenza, a todos los vecinos de la villa nos asombra que un político que pretende ser presidente de la nación apele una resolución que obliga a proveer agua potable para nuestros niños”.
Indudablemente, no menos vergonzosa fue la sentencia dictada por la Sala II de la Cámara de Apelaciones qué el año pasado anuló la resolución de la jueza, eximiendo al gobierno porteño de la obligación de atender esa clase de necesidades.
Lo cierto es que mientras en el terreno judicial se ventilan estas cuestiones -y donde los criterios de “justicia”, como podemos apreciar, son tan disímiles que no resulta extraño encontrarnos con fallos diametralmente opuestos, algunos de ellos capaces de prolongar en el tiempo (como bien lo permitió la Cámara de Apelaciones) una situación extremadamente injusta- los habitantes del lugar, no solo no obtienen una equitativa respuesta acorde con sus demandas; sino que, por el contrario, deben contemplar pasivamente la producción de hechos trágicos, absolutamente evitables de haber contado con gobiernos dotados de un mínimo de sensibilidad social.
Uno de estos hechos trágicos a los que hacemos referencia sucedió hace poco más de un mes cuando el niño Gastón Huaman falleció al caer en un pozo ciego, de aproximadamente unos 4 metros de profundidad, el pasado 9 de marzo.
Es menester señalar que el mencionado pozo suele ser desagotado por la UGIS (Unidad de Gestión e Intervención Social de la administración de la Ciudad) y al decir de los vecinos no con la frecuencia necesaria, que además se encuentra deseñalizado, lo que imposibilita que la totalidad de los habitantes del lugar conozcan su exacta ubicación.
Lo cierto es que si bien los vecinos hicieron un denodado esfuerzo para rescatar al niño; una vez logrado el dificultoso rescate, la ambulancia del SAME no solo tardó según cuentan los habitantes del barrio más de cuarenta minutos en llegar; sino que una vez hecho su arribo, se negó a entrar en el interior del barrio, lo que determinó que los propios vecinos debieran trasladar al pequeño a cuestas para ser atendido por los médicos. Lo concreto es que el impúber Gastón falleció y es muy factible que de haber sido asistido a tiempo no estaríamos lamentando éste hecho trágico y mucho menos si las elementales obras se hubieren realizado como lo exigía la sentencia de primera instancia.
Lamentablemente, el niño pasó a formar parte del triste registro de seres inexistentes; no obstante, si uno observa con un poco más de agudeza la tragedia en cuestión, podrá percibir que buena parte de los habitantes de las distintas “villas porteñas” configuran de antemano una suerte de “ciudadanos fantasmas”. Y lo de ciudadanos es, en verdad, un eufemismo, ya que si bien en el plano estrictamente formal gozan de un cúmulo de derechos; en el plano material sus reclamos son desoídos recurrentemente lo que implica que los mentados “derechos” rara vez pueden ejercerse.  
Así mientras el gobierno de la Ciudad los ignora, y la justicia no atiende a sus reclamos más elementales; los grandes medios -en connivencia con el ejecutivo porteño- los invisibilizan, cual si no existiesen, a los efectos de no dañar la imagen del actual jefe de gobierno, Mauricio Macri, que se encuentra en plena campaña electoral.
Lo doloroso de este hecho trágico -que por otra parte no es el único-  es que no solo pone de relieve la ausencia de políticas destinadas a contemplar las necesidades sociales; sino que deja al desnudo cual es la consideración que la administración macrista tiene del “factor humano”.
Cuando un gobierno “flexibiliza” los controles sobre los edificios que se construyen en la ciudad y que culminan derrumbándose y ocasionando pérdidas humanas irreparables (40 derrumbes desde el año 2008), cuando se permite operar a una empresa en condiciones de seguridad absolutamente inaceptables sin ajustarse a la reglamentación vigente (caso Iron Mountain) que, y como consecuencia de un incendio, terminó arrojando un saldo de nueve víctimas fatales, cuando acontecen sucesos como los de Gastón, es dable preguntarse si  dentro de las prioridades de gobierno se encuentra el género humano como elemento a tener en cuenta al momento de ejecutar políticas.
Sin olvidar obviamente los atropellos cometidos contra los internados en el Hospital Borda o las “expediciones punitivas” contra los sin techos en los espacios públicos controlados por la UCEP (Unidad de Control de Espacios Públicos), sería un buen ejercicio detenernos un momento a pensar porqué suceden estas cosas en el ámbito capitalino.
¿Por qué hay, al parecer, un estereotipo “deshumanizador” que condena a determinadas personas a no ser escuchadas cuando formulan reclamos sumamente imprescindibles? ¿Acaso la década del noventa nos ha extraviado tan completamente que ha hecho que una franja de la población sea incapaz de pensar en términos humanitarios? ¿Se puede elegir como gobernante a alguien que se niega a proporcionar los servicios básicos para un número considerable de personas? ¿Es coherente, por ejemplo, respaldar a un candidato a gobernador (entre ellos: Miguel Del Sel) que recurrentemente hace alarde de un discurso misógino en un contexto social caracterizado por la violencia de género?
La realidad indica que se puede elegir gobernantes despojados del más mínimo criterio humanitario, porque para una franja cuantitativamente importante de nuestra población, contrariamente a lo que sostenía Terencio, “todo lo que es humano le es ajeno”. O en su defecto tienen una concepción muy restringida del alcance de la palabra “humano”.
 Es duro reconocerlo y hasta resulta indignante preguntarse ¿qué clase de hombres (y en el término se incluyen las mujeres) pueden elegir esa clase de gobernantes?
Sorprende que una sociedad que se dice cristiana no repare en estas cuestiones o acaso será absolutamente real aquella célebre expresión de un destacado filósofo alemán cuando sostuvo que “en el fondo, nunca hubo más que un cristiano, y ese murió en la cruz”.

Un discurso temerario

En línea con esta postura está comenzando a aflorar un discurso peligroso. Indigna sinceramente escuchar las voces de algunos comunicadores sociales (entre otros, “Baby” Etchecopar)  denigrando a quienes perciben un subsidio y calificándolos de “basura inmunda”. Obviamente, solo un “descerebrado” puede congeniar con esos argumentos; se podrá decir que la misma condición (de “descerebrado”) se deberá tener para escuchar a esos “comunicadores” -cosa que acepto evidentemente-, pero la práctica del zapping, en ocasiones, nos brinda esta clase de imprevistos.
Ahora bien, existe una llamativa creencia (y como toda creencia absolutamente infundada) que supone que la gente que vive en condiciones de precariedad o en la marginalidad lo hace por una elección propia. Como si vivir en esas condiciones fuere el resultado de un acto absolutamente voluntario. Quienes esto afirman, no reparan que esa existencia es consecuencia de un proceso histórico ajeno a la voluntad de los denominados “marginales”. No faltarán los “imbéciles” (y recordemos la diferenciación: “idiota es el incapaz de hablar, el imbécil de hablar inteligentemente) que recurran al argumento típico: “yo conozco a uno que cobra el subsidio y esta todo el día en la calle”, obviamente, como bien se dice, la excepción confirma la regla.
Pero aun así, si la gran mayoría de “los subsidiados” adoptara esa modalidad -cosa que no ocurre- sería consecuencia de antecedentes históricos que habrían determinado que eso suceda. Y no estamos haciendo referencia a la historia individual de cada uno (si bien eso forma parte inescindible de nuestro ser) sino a la historia reciente de nuestro país, y cuando digo reciente me refiero al período dictatorial incluyendo también a la década del noventa que, en el orden económico-social, ha sido una “continuidad lineal” respecto de aquél modelo.
No se escucha cuestionar demasiado, por ejemplo, (me refiero a los “grandes comunicadores”) la fuga de divisas, precedente indispensable para desarrollar la otrora masa de desocupados que supo llegar a niveles exorbitantes (26% de la población) en la década del 90.
Dicha “fuga”, que alcanzó niveles “descomunales”, posibilitó el desfinanciamiento del país acentuando el derrumbe de nuestra economía y dejando un ejército de desocupados por debajo de la línea de pobreza. Esto incrementó y consolidó el desarrollo de amplias franjas de barrios carenciados a lo largo de nuestro país. Donde, por cierto, sus habitantes fueron adoptando  las “nuevas modalidades de vida” que ya no eran las del “hombre trabajador”, sino la del “hombre desocupado”.
Nadie puede ignorar aquello de que “la existencia determina la conciencia”, si bien no en términos absolutos; tampoco en términos desdeñables. La experiencia de vida va forjando, de alguna manera, nuestra “visión de la realidad” y construyendo pautas culturales susceptibles de ser modificadas a medida que adquirimos conocimientos. Y no se puede pretender la revalorización espontánea de la supuesta “cultura del trabajo” cuando esa “cultura” le fue negada sistemáticamente a toda una generación. Es más, hasta cuesta comprender como la gran mayoría de los habitantes de los barrios tan humildes se esfuerzan por encontrar un trabajo digno y mejorar su condición de vida a pesar de habérsele vedado el acceso laboral recurrentemente a lo largo de los años.  
Lo cierto es que esa gran masa de la población condenada a la marginalidad y al desempleo no eligió encontrarse en esa situación; sino que fueron víctimas de un modelo económico y social configurado para beneficios de unos pocos. Esos mismos “pocos” que obtenían pingues ganancias en el país y luego se llevaban sus dólares al exterior despojando al país de las divisas necesarias para su crecimiento económico y configurando, de ese modo, el verdadero drama de la desocupación. Hoy los serviles voceros de esos pocos, a través de los medios de comunicación -cuyos propietarios, entre otras cosas, encabezan la lista de grandes “fugadores”- critican la existencia de subsidios a las familias carenciadas.
Cualquiera que se tome el trabajo de indagar al respecto podrá corroborar que los “subsidios dinerarios” destinados a la población de menos recursos son irrelevantes si los comparamos con los subsidios que en materia de energía se les otorga a la mayoría de las empresas, lo mismo sucedería si lo cotejamos con los “subsidios” que recibe esa amplia franja de hogares con recursos suficientes para afrontar las facturas de los servicios públicos; sin embargo, otra vez otra vez comienzan a hacerse oír aquellas voces que condenan todo tipo de asistencia social.
Muchos de los que reproducen estos “argumentos” ignoran qué, esa asistencia posibilita una mayor demanda en el mercado interno, evitando la caída del empleo en un contexto mundial de crisis y reactivando la economía nacional porque, precisamente, el dinero que perciben los “beneficiados”  vuelve al propio sistema económico. Contrariamente a lo que sucede cuando los abanderados de “la fuga de divisas” se empeñan en sustraer dinero de nuestra economía para trasladarlo al exterior. El discurso del “excesivo gasto público” que buena parte de los gurúes de la economía, algunos candidatos de la oposición y otros tantos “periodistas independientes” vienen desarrollando se orienta en esa dirección; es decir, en la que propugnan los apologistas de la fuga.  
Como vemos esta cuestión que pasa inadvertida para mucha gente, no es para nada menor; está en juego el porvenir de una nación, está en juego un modelo de sociedad que puede ser capaz de extenderle su mano al prójimo, como viene ocurriendo a lo largo de esta última década, o ignorarlo definitivamente. Pero eso sí, sí de esto se trata, se le exige a la vez a “los ignorados” que, en el marco de su exclusión, cumplan a rajatabla con el cumplimiento de sus obligaciones que, por cierto, no son de naturaleza tributaria.
Esta última concepción es la que abrazan estos “apolíticos desideologizados” que aspiran a conducir los destinos de nuestro país invocando a “todos”, pero que al momento de diseñar sus políticas solo “escuchan a sus asesores” que, por otra parte, suelen ser los representantes de unos pocos. Claro que, fuera de lo político, con Macri y con Del Sel  va a “estar buena la Argentina”.      

jueves, 16 de abril de 2015

Las actuales primarias y la nostalgia por venir.










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Una de las cosas donde el elector debe poner la lupa y, mediante ello, procurar desentrañar  mínimamente el cada vez menos descifrable programa de gobierno de  los eventuales aspirantes al sillón de Rivadavia es, por sobre todo, su discurso público.
Sin duda el mencionado discurso no suele ser sencillo de desentrañar; no obstante, si ahondamos en los detalles siempre podremos hallar algunos indicios qué, de una forma u otra, nos permitirán ir prefigurando hacia dónde conduce ese derrotero de palabras que los protagonistas declaman.
Actualmente resulta cuando menos llamativo observar como los tres candidatos más promocionados (o instalados) por los medios de comunicación son, precisamente, quienes más evitan puntualizar sus respectivas propuestas. Tal vez porque, en principio, se trata de las elecciones primarias y, por lo tanto, los referentes optan por dar por sobreentendido  cada una de sus posiciones ante el electorado.
Sin embargo, es fácil percibir que, al menos por el momento, existe un denominador común en esos candidatos y que consiste esencialmente en adoptar un discurso tan abstracto qué en vez de procurar una idea terminan desvaneciendo toda tentativa de hallarla. Lo cierto es qué, la ausencia de afirmaciones concretas por parte de los supuestos “presidenciables” nos conduce, inevitablemente, a desviar la mirada de sus respectivas figuras para focalizarla sobre los hombres que los rodean.  Eso que, específicamente, se conoce como “entorno”.
Así, por ejemplo, en el caso del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, no podemos dejar de dirigir la mirada hacia un reciente informe elaborado por el Estudio Bein & asociados -en su carácter de consultor de varias entidades financieras- para el venidero año 2016; y mucho menos podemos prescindir del mismo si tenemos en cuenta que Miguel Bein es, precisamente, el principal asesor económico de uno de los eventuales candidatos a la presidencia (Scioli).  
En dicho trabajo se vaticina un magro crecimiento económico para el año 2016, también se pronostica una inflación del orden del 20 al 30 por ciento anual, se deja entrever la existencia actual de un atraso cambiario (ver “Los consejos del Sr. Bein” por Alfredo Zaiat   http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-269749-2015-04-05.html) y de un evidente desajuste tarifario.
En el mentado informe también se hace alusión a “la carga de los subsidios” que representa un tercio del aumento del gasto público de los últimos años y se habla de “la necesidad de firmar un acuerdo por dos años para evitar la suba de precios y salarios” y de ese modo impedir “una caída brusca del salario real”. Además, y conforme a lo que manifiesta el destacado periodista Alfredo Zaiat, el escrito sostiene: “Respecto del conflicto con los fondos buitre (en el paper se los denomina “holdouts”), menciona que la causa judicial brinda a la Argentina algún margen de negociación dada la “injusta” carga de intereses judiciales, que ya constituyen más de la mitad del fallo. Calcula que a junio de 2014, de los 1650 millones de dólares reconocidos por el juez Thomas Griesa, 428 millones correspondían al capital original de los bonos en cesación de pagos, 445 millones a intereses devengados no abonados y 777 millones a intereses judiciales, que en algunos casos corren a una tasa de 9 por ciento anual. Realiza una serie de estimaciones y cuentas, para arribar a que el piso de quita en la negociación debería ser del 23 por ciento, porcentaje que elevó en un reportaje brindado a Clarín a comienzos de este año, afirmando que “no veo que sea conveniente para el país una negociación con una quita inferior al 40 por ciento”.
Una mirada muy “ligth” sobre estas consideraciones nos hace cuando menos sospechar, respecto de la garantía en la continuidad del “modelo” que tantas satisfacciones le ha proporcionado a gran parte de la población durante esta última década.
No es cuestión de hacer futurología; pero sería bueno dejar sentado que cuando se habla de “modelo” no hay lugar para interpretaciones equívocas que puedan dar lugar a desviaciones sustanciales de las trazadas por Néstor y continuadas por nuestra presidenta. Nadie procura tener una visión estática de “la realidad”, pero de ahí a tener un cúmulo de coincidencias -si bien en diferentes grados-  básicas con el programa de la oposición como: reducir el gasto público, desregular  el manejo del comercio exterior, reducir los subsidios, etc., etc., no es, para nuestro gusto, muy tranquilizador.   
En cuanto a la propuesta de otro de los candidatos aludidos, nos referimos específicamente al ex intendente del municipio de Tigre (Sergio Massa) es mucho más fácil de inferir si tenemos en consideración el entorno de economistas que lo rodean. Si bien es real que coexisten en su seno una diversidad de matices que en altri tempi parecían inconciliables (caso Lavagna con Pignanelli acompañados ahora con Redrado, De Mendiguren, Peirano, Delgado) lo cierto es que el enfoque que predomina es de neto corte neoliberal, pudiéndose afirmar que su propuesta es una suerte de “revival” encubierto del modelo noventista.
No por casualidad, a su candidato a jefe de gobierno capitalino, Guillermo Nilsen, lo amenazó con matar si continuaba “hablando demás”. Recordemos que el economista (Nilsen) de clara identificación con el pensamiento neoliberal había manifestado que “cualquiera que gane la elección va a tener que devaluar”. Es menester tener en cuenta qué, cuando alguien “habla demás” no significa que este mintiendo; sino revelando aquello que debe permanecer oculto. Y si lo que “se oculta” es una futura devaluación, los argentinos ya podemos ir “ajustándonos” los cinturones.
Mucho más sincero -al menos en el terreno económico, si bien últimamente elude manifestarlo en forma explícita- lo es el tercer aspirante a la presidencia y actual Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (tan “autónoma” que sus intereses siempre estuvieron a contrapelo de los intereses del resto del país).
Si bien su partido se esfuerza por mostrarlo como un “líder”, así lo señaló hace pocos días la senadora Michetti, absolutamente “desideologizado” -calificación que en los hechos encierra de por sí, la asunción de una postura ideológica; no en vano los gobernantes de los 90 anunciaban la muerte de las ideologías-, lo cierto es que el señor Mauricio Macri tiene una posición ideológica férreamente consustanciada con los más exacerbados principios de la “libertad de mercado” y con el más visceral rechazo de intervencionismo estatal en cualquier área de la estructura económica.
Su contundente anuncio de que, si gana las elecciones, liberará en forma inmediata el supuesto “cepo cambiario” -con todo lo que ello implica para el deterioro de los bolsillos de los trabajadores-, no es otra cosa que una declaración de fe ciega en los postulados básicos del “neoliberalismo”. Es notable la correspondencia que existe entre los fanáticos del “neoliberalismo” (aun de aquellos que se dicen no serlo) que reducen todo a sus principios económicos y el exacerbado autoritarismo (en contraposición al ideario liberal) que expresan en lo político. Pues, la ya anunciada eliminación de determinados programas de los canales oficiales de la televisión una vez instalados en el gobierno, sin olvidar el lobby que suelen hacer los “paladines de la libertad de expresión” -léase periodistas independientes- exigiéndoles esas proscripciones futuras, presagian el grado de libertad que reinará en la Argentina si los muchachos PRO desembarcan en la Casa Rosada.  Pues, no hace falta ser una mente muy creativa en términos de imaginación para inferir lo que son capaces de realizar.  
Lo mismo acontece con Massa quien, por otra parte, en su flamante condición de abogado visualiza a las garantías individuales como un obstáculo para el desarrollo de políticas de “seguridad ciudadana”. Mientras tanto su propuesta se circunscribe a seguir juntando firmas para suprimir Códigos o para vetar candidatos a la Corte.
Como vemos el escenario político tiene otros actores y contrariamente a nuestros deseos la protagonista principal, de estos últimos años, dejará el escenario institucional (al menos en el ámbito del poder ejecutivo) para desarrollar una actividad menor.  
Si bien es cierto que la dirección del FPV (Frente para la Victoria) seguirá estando, para nuestra suerte, depositada en cabeza de Cristina Fernández de Kirchner; no es menos cierto que algunos indicios -ojalá nos equivoquemos de manera rotunda- nos ponen de antemano un poco nostálgicos. 
Claro que tampoco es cuestión de ser pesimistas; pues, todavía faltan las primarias.

viernes, 3 de abril de 2015

La denuncia: la nueva variante de la perversidad.






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Tal vez una de las notas más características del perverso es la recurrente utilización de la mentira; en su afán de alcanzar sus propósitos no desiste de apelar a ella cada vez que lo necesite. De ahí que el perverso se encuentre siempre navegando a gusto sobre el inmenso mar de la falacia y, por el contrario, comience a percibir cierto grado de perturbabilidad cuando los vientos de la verdad empiezan a agitar las aguas.
Ahora bien, el perverso nunca incorpora en su “mirada” un cierto grado de respeto por el prójimo; pues, jamás visualiza al “otro” como un fin en sí mismo; sino que siempre reduce a los demás a la condición de medios. Es decir, no los trata como sujetos, su función es precisamente “cosificarlos”. Esto es, convertirlos en cosas susceptibles de ser utilizadas para alcanzar su objetivo.
Es evidente que pretender erradicar la perversidad en el género humano no deja de ser una utopía; en cambio, sí es factible establecer -al menos en el terreno cultural- como un disvalor las acciones perversas que, eventualmente, puedan desarrollarse en el seno de una sociedad. Hecho que, por cierto, redundará en beneficio de todos los miembros de la comunidad en cuestión.
Alguien podría aducir que el capitalismo moderno  es, de alguna forma, portador del “virus de la perversión” ya que al premiar el éxito -indisolublemente asociado a los logros materiales- por sobre todas las cosas, no solo condena al ostracismo el accionar absolutamente desinteresado; sino que en su afán exitista estimula la supresión de todo tipo de barreras morales colocando, de ese modo, en un mismo plano de igualdad a la verdad y la mentira.
Ya no se trata de alcanzar el éxito transitando el camino de la honestidad. Pues para que hacerlo, diría el malicioso, si al fin de cuentas el atajo de la mentira nos conduce más rápidamente a la meta, y una vez consumado ese propósito (esto es, “el éxito”) nadie va a reparar en el camino elegido.
Ahora bien, la actitud del perverso individual es por demás dañina (y no solo en el orden material, sino en todos los órdenes) para aquellos que, de una forma u otra, mantengan o establezcan cierto grado de relación con su persona. Máxime si tenemos en cuenta que el perverso, a través de la mentira, es un verdadero especialista en el arte de ocultar e invisibilizar su perversidad.
Lo trágico es que esta característica, en principio, aplicable a determinados comportamientos humanos ha dado lugar, con el desarrollo de las sociedades modernas, a un nuevo tipo de perversión que ya no se configura en cabeza de una persona individual; sino que responde a la “voluntad” de grandes conglomerados mediáticos que utilizan la perversidad para condicionar la forma de “ver el mundo” de significativas franjas de la población ocultando sus maliciosos propósitos.
Por cierto, el daño que ocasionan es infinitamente mayor porque los efectos de su perversidad se expanden sobre una enorme red comunicacional (televisiva, radial y gráfica) cuyo objeto consiste en hacer creer a la población que la información brindada descansa sobre la “más pura” realidad.
Esta nueva modalidad de perversión comunicacional  en los hechos no es novedosa; sino que, por el contrario, hace décadas que se viene desarrollando. La diferencia esencial radica en que, en otros tiempos, ese proceder malicioso permanecía oculto a los ojos de la ciudadanía en general; mientras que en la actualidad para un número no menor ciudadanos se ha tornado notoriamente visible.
El reciente artículo publicado en el diario “Clarín” donde se sostiene que el hijo de la Presidente, Máximo Kirchner, “sería” titular de una cuenta en el exterior donde se hallaban depositados unos 41 millones de dólares es una muestra más de la perversidad periodística.
No solo por la falsedad de la información que lleva a suponer fehacientemente que se trata de un “deleznable invento comunicacional”; sino porque aun imaginando que se trate de un artículo redactado de “buena fe” la ausencia de verificación previa de los datos publicados revela un desapego absoluto por los más elementales principios de la ética periodística.  
Claro que la perversidad y la ética transitan por senderos distintos y al parecer no son pocos los periodistas de los grandes grupos comunicacionales que tienen una manifiesta aversión por atravesar el último de los caminos.
Ahora resulta que se “habría” descubierto una cuenta de la ex ministra de Seguridad, “Nilda  Garré que manejaría esa cuenta en el Felton y dos en el banco Tejarat de Irán y ayer informó que en la cuenta del banco de EE.UU. figurarían también “un ex diputado provincial de Santa Cruz y un importante kirchnerista (Máximo)”.
La "lógica" del artículo es extremadamente burda, se pretende asociar de alguna manera -con el solo objeto de reflotar la injustificable y fabuladora denuncia de Nisman- cierto vínculo financiero con un banco iraní además del Banco Felton de Delaware (EEUU)  y, paralelamente, “ensuciar” la figura del hijo de la presidente portador de una supuesta cuenta con varios millones de dólares de proveniencia desconocida.
Para luego, exigir que el denunciado por los fondos secretos “le pida a los EEUU que levante el secreto bancario” para demostrar que no tiene cuenta.
 Esto que en derecho se denomina la inversión de la carga de la prueba. Pues, ya no es el denunciante el que debe fundamentar la denuncia; al parecer desde ahora el denunciado debe mostrar “ser inocente” ante meras presunciones o imputaciones sin sustento o directamente ante falsas denuncias como aconteció con la presentada por Nisman, fruto de hipótesis hilvanadas en el telar de la subjetividad.
Lo cierto es que lo relevante ya no es el contenido de la denuncia, esta podrá ser -y hay varios ejemplos al respecto- absolutamente falaz; lo significativo es que le resulte funcional a la “prensa independiente” de forma tal que puedan mancillar el buen nombre del denunciado (generalmente aquellos que no comulgan con los intereses corporativos) y en lo posible degradar su figura para tornarla inviable en el terreno político local.    
Atendiendo a estos deleznables procedimientos, es lógico preguntarse por ejemplo y en referencia al mencionado artículo: ¿Puede alguien que carezca de una cuenta bancaria (es decir no ser cliente de la mentada entidad) exigir a un banco que levante el secreto bancario? 
Y aun siendo cliente, ¿Puede un banco apartarse de su reglamentación en virtud de un pedido personal  y configurar de ese modo un precedente que puede ocasionarle más de un problema a futuro?
Evidentemente no, pues,  lo que se pretende es que alguien (como al parecer ya están impulsando algunos de los miembros de la “oposición”) es iniciar una demanda judicial -otra vez acudir al “impoluto” poder republicano- basada en una "nota periodística" para que la cuestión se dilucide en un futuro lejano y de ese modo aprovechar el corto período preelectoral para descalificar a los candidatos del oficialismo al amparo de una denuncia falaz que pueda repetirse insistentemente a través de los grandes monopolios comunicacionales.
Sin duda, si una franja significativa de la ciudadanía reparase en estos detalles la perversidad periodística  vería acotado su margen de maniobra. Sin embargo, y por desgracia, no son pocos los que no practican el ejercicio de análisis mental  y en consecuencia terminan siendo víctimas del engaño, lo que de por sí no es una cuestión menor. Y para peor, terminan convirtiéndose involuntariamente en agentes propagadores de la información falaz al repetirla cual si fuese certera.
Lo cierto es que esos lectores, radioescuchas o televidentes no se percatan que los grandes “monstruos” comunicacionales los utilizan como un medio para alcanzar sus ocultos propósitos. Ya no los conciben como sujetos de derecho a una información veraz; sino que se los cosifica a los efectos de ser utilizados mediante la manipulación de la información. En concreto, se los subestima. Y, paradójicamente, todavía siguen consumiendo noticias reñidas con la verdad. Cualquier observador foráneo podría considerarlos como devotos del masoquismo, adherentes al lema "mentime que me gusta". Sin embargo, no es tan así. Pues, a excepción del lector gorila -entendiendo por tal la perfecta definición brindada por Horacio Gonzalez: “Gorila es todo aquel que en nombre de un prejuicio se niega a pensar”- , el resto de los asiduos seguidores de los monopolios informativos suelen ser engañados no ya en virtud de un “prejuicio”, sino como consecuencia de no desmenuzar lógicamente la información. 
Romper con la ausencia de lógica es una tarea pendiente, si bien ya mucho se ha logrado. Cuando ello suceda, las prácticas perversas desaparecerán del terreno mediático y con ello “el coro de fariseos” que a diario observamos en los tradicionales medios de comunicación.