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martes, 27 de octubre de 2015

Lo que se define en el ballotage no da margen para la indiferencia.



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Suponer que estamos en condiciones de explicar el porqué del resultado de los comicios en Argentina sería un exceso de presuntuosidad de nuestra parte. En principio porque no hay un patrón común sobre el cual se fundamente el voto de cada ciudadano. Pues algunos lo hacen sobre criterios de racionalidad, otros sobre la base de la intuición, otros sobre impulsos sentimentales, otros en función de lo que determinan los medios hegemónicos, otros atendiendo a un conjunto de prejuicios (culturales, ideológicos, sociales e incluso raciales), algunos -como es lógico esperar- conforme a su interés personal; y otros a raíz de su pertenencia partidaria. Están obviamente aquellos que lo hacen posicionados desde su perspectiva individual y otros en función de lo que lo que conciben como conveniente para las mayorías o necesario para el país. De ahí que procurar efectuar una interpretación universal que nos lleve a encontrar la causa determinante del resultado de la elección es una pretensión que raya en lo quimérico.
Cierto es que en determinados momentos históricos pueden aparecer causas que induzcan a la ciudadanía a manifestarse en bloque y en forma homogénea en una contienda electoral. Pero esto generalmente suele suceder en situaciones de crisis económico-social sumamente graves; donde el anhelo de la población, por superarlas, se manifiesta de manera casi unánime. El mismo fenómeno puede producirse ante la presencia de un gran líder carismático  capaz de reunir un elevado número de voluntades detrás de su propuesta; si bien es cierto que ésta clase de liderazgos suelen aparecer en períodos similares; es decir, en aquellos signados por una profunda agonía social. No por casualidad la proliferación de estos liderazgos tuvo lugar en Latinoamérica después del “huracán neoliberal” que azotó a la región durante las décadas del 80 y de los 90.
Lo concreto es que un sector importante de la sociedad argentina,  estando lejos de esa situación y habiéndose recuperado significativamente de los devastadores vientos de aquel entonces; parece añorar -y así lo demuestran los resultados electorales- los catastróficos soplos huracanados. Resulta difícil comprender, más allá del desgaste típico que ocasiona el ejercicio del poder gubernamental, porqué la respuesta ciudadana orientó su voto hacia un candidato que no solo públicamente se jactó de calificar al ex presidente, Carlos Saúl Menem como “un gran estadista”; sino que cuenta en su equipo de economistas con los más rancios neoliberales que aplaudieron –y peor aún, ejecutaron- a rajatablas el endeudamiento sistemático iniciado por Martínez de Hoz y continuado por Domingo Felipe Cavallo.
No faltará alguno que apele al pueril, y mediocre argumento, de que el candidato del FPV incursionó en la política bajo “la bendición” del propio Menem. Hecho que no desconocemos, ni concebimos en él, la figura de un revolucionario. Pero más allá de ese antecedente, nadie en su sano juicio puede imaginar que un candidato que llega al poder de la mano del Kirchnerismo va a emprender un proceso desregulador y privatizador en la Argentina como sí lo propugna, si bien subrepticiamente, el candidato oficial del establishment: Mauricio Macri.
Tampoco es lo mismo un candidato que se comprometió de antemano a seguir fortaleciendo los vínculos regionales con nuestros hermanos del Mercosur; a otro que se encargó recurrentemente de asistir a la embajada americana para recibir consejos y solicitar que le pongan freno a las iniciativas del gobierno kirchnerista.  
Obviamente son muchas las diferencias políticas que existieron, al menos a lo largo de estos últimos años, entre estos dos candidatos. Uno se opuso a la estatización de YPF, de Aerolíneas Argentinas, de las AFJP, de la transmisión de “futbol para todos”, de la sanción de la ley de fertilización asistida, de la ley de matrimonio igualitario; por solo citar algunas. Mientras que el otro acompañó cada una de esas iniciativas. El primero se llama Mauricio Macri; y el segundo, Daniel Scioli. Uno de ellos será el futuro presidente de los argentinos; pues, resulta entonces razonable preguntarnos: ¿Dónde radica el peligro?  
En la figura de un candidato que aspira a despolitizar la sociedad argentina como aconteció en los años 90 y volver a la ola privatizadora, retrotrayéndonos, de ese modo, a la década neoliberal; o en la figura de Daniel Scioli que, sin ser un candidato que despierte demasiado entusiasmo, sabemos que no nos va a hacer retroceder del camino transitado.
Solo la necedad exacerbada puede conducirnos a dar un paso hacia al abismo; de ahí que sea preciso reflexionar al efecto.
No se trata de ampararnos en el futuro con la cómoda expresión de “yo no lo vote”. Al fin y al cabo; el no votar encierra una decisión y esa decisión no es neutra, contrariamente a lo que muchos suponen. El abstencionismo en el próximo ballotage es funcional a la derecha más recalcitrante que hay en el país y, más aún, termina siendo funcional a los dictados del imperio hegemónico en el plano internacional. Porque, entre otras cosas, la política exterior que asuma el gobierno argentino en los foros internacionales va a estar condicionada por la concepción política del futuro presidente. Ni hablar del rol que puede asumir Argentina en un contexto geopolítico internacional donde a todas luces se visualiza el fin de la hegemonía unilateral, con un candidato que cree que “aislarse del mundo” es no priorizar exclusivamente nuestra relación con EEUU.
Sin duda el factor principal del crecimiento del caudal electoral de Cambiemos (Macri) se debió indudablemente al papel desarrollado por la Corporación mediática (Clarín) qué, a través de sus canales de televisión, no solo se encargó de ocultar los centenares de procesos en que está sumergido el líder del PRO; sino que a su vez, se ocuparon de “ensuciar” a los candidatos del FPV con operaciones mediáticas falsas, de modo de desacreditar su imagen y ahuyentar a sus votantes. Basta comparar el tratamiento mediático que desplegaron recurrentemente sobre la persona del actual Vicepresidente de la Nación, Amado Boudou por dos (2) causas judiciales y la nula repercusión que, en esos mismos medios, tuvieron las más de doscientas (200) causas judiciales que pesan sobre las espaldas de Mauricio Macri.
Ahora bien, si con un gobierno adverso a sus intereses, la Corporación mediática pudo ignorar la ley de medios, “enchastrar” a todo aquel que se le oponía en su camino y manipular la información engañando dolosamente a la ciudadanía; es dable imaginarnos que será capaz de hacer si su candidato se sienta triunfante en “el sillón de Rivadavia”.
Como vemos el ballotage no da lugar a cavilaciones y mucho menos a abstenciones. Puede que algunos ciudadanos incurran en el error por desconocimiento y voten incluso en contra de sus auténticos intereses. Puede que algún asalariado vote a un candidato como Macrí, cuyos asesores reclaman la supresión de las paritarias, sin reparar en lo pernicioso que eso resultará para su bolsillo ; pero aquellos que conocemos el sesgo que ha de tener su gobierno, no podemos ser indiferentes a estas cuestiones. De ahí que el voto en blanco, en estas circunstancias, es una manifiesta agresión a la inteligencia.

Hace muchos años, con meridiana precisión, lo definía un destacado líder político argentino del siglo XX; con el que seguramente, de haber sido contemporáneos, hubiésemos tenido más de una discrepancia. No obstante, eso no es impedimento para reconocer su notoria inteligencia, la misma que le hizo decir: “Hombre que está pensando en poner un blanco sin definición en la urna no merece tener hijos. Porque está faltando al compromiso que tiene contraído con ellos”.      

martes, 20 de octubre de 2015

La Argentina que vendrá: ¿Requiere de ballotage?





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Analizar la campaña electoral a solo horas de las elecciones presidenciales es un ejercicio habitual para quienes estamos pendientes del futuro que se avecina en nuestro país. Por cierto, eso no significa que estemos en condiciones de predecir, con cierto grado de certeza, lo porvenir. Maravilloso sería contar con ese tipo de “dones”, pero ya sabemos que los humanos, en el mejor de los casos, solo podemos guiarnos por la razón qué, por otra parte, no siempre está en condiciones de efectuar un diagnóstico preciso. Sin embargo, tampoco es cuestión de menoscabar el ejercicio reflexivo como método eficaz para llevar destellos de luz ante la oscuridad que suele envolver al incierto futuro.
Evidentemente, un atisbo de lo que podrá suceder nos lo brinda, en ciertos aspectos, la trayectoria de los candidatos, sus propuestas -cuando las hay obviamente-, los pensamientos esbozados o materializados durante su condición de funcionarios y sus conductas en relación con lo público. Es precisamente en base a estas condiciones que resulta casi incomprensible que los ciudadanos de la Ciudad de Buenos Aires hayan erigido, a lo largo de estos últimos años, como  líder político a, nada menos que, Mauricio Macri. Hecho que por cierto ha posibilitado que hoy aspire a ocupar el cargo de presidente de la república. No obstante, esas son las reglas de la democracia y todos, sin excepción, debemos someternos a sus dictados, más allá de nuestras simpatías o atributos que supongamos deba poseer quien aspire a semejante función.  
Lo concreto es que, aun soslayando los más de 200 procesamientos judiciales que pesan sobre el mentado Jefe de Gobierno, las notorias sub-ejecuciones presupuestarias que caracterizan a toda su gestión, los magros presupuestos destinados a áreas claves como salud y educación, su reiterada negativa a urbanizar los barrios más precarios de la capital, su política de endeudamiento sistemático, su marcada predisposición al autoritarismo evidenciado a través de los más de un centenar de vetos a las leyes sancionadas por el Parlamento de la Ciudad; sin mencionar el desconocimiento absoluto que manifiesta no ya por el saber político; sino por interiorizarse de lo que acontece en la misma ciudad en que gobierna, causa prima facie un justificado escozor el mero hecho de considerar que estamos hablando de uno de los potenciales presidenciables en la Argentina.
Ahora bien, se podría sostener que es el candidato más representativo de la derecha y por ello lo votan, y sin duda que esto es así. Lo que de todas maneras deja traslucir el grado de decadencia y de mediocridad en que ha caído el conservadurismo político argentino que si bien, siempre supo estar en las antípodas de las necesidades populares, ha tenido otrora dirigentes muchos más hábiles y capaces -obviamente, dentro del marco de su ideario-  de exteriorizar algunas propuestas.
Por suerte, y esperemos que así sea, el porcentaje de votos que podría llegar a obtener, conforme a las encuestas que circulan en la actualidad, resulta insuficiente para que acceda a la “Casa Rosada”; sin embargo el número que se estipula (alrededor del 29%) es demasiado abultado en relación con la “aptitud” y los procesamientos judiciales que recaen sobre la cabeza del candidato. Es verdad que los medios de comunicación dominantes han sabido blindar la figura de Macri para que no decayeran sus posibilidades (ver: nota. Macri su pacto con los medios y las intencionalidades de la oposición. 15/05/2013)); sin embargo, y deducidos aquellos que sufragan con “conciencia de clase”, el porcentaje de sus posibles votantes está indicando que no son pocos los incautos que elegirían al líder del Pro como futuro presidente. Y es ahí, donde se observa cierto déficit en la conciencia ciudadana que no debería traducirse en elegir a tal o cual candidato, sino en emitir un voto que se corresponda con determinados valores: democráticos, sociales, políticos, morales y lo más lógico aun, con sus intereses. Sin embargo, resulta extraño y poco estimulante en realidad, observar como algunos ciudadanos votan a sus representantes prescindiendo de estas consideraciones y luego ni siquiera se interiorizan de cómo llevaron a cabo la función por la cual ellos lo han elegido.
Una muestra de lo que estamos diciendo aconteció en el año 2009 cuando en las elecciones legislativas Francisco De Narváez  derrotó a Néstor Kirchner por una diferencia de dos puntos y posteriormente, una vez consagrado diputado nacional, solo asistió a poco más del 40% de las sesiones. La misma situación se repitió con uno de los actuales presidenciables, nos referimos a Sergio Massa. Calificado por los medios como el gran ganador de las elecciones del año 2013 y una vez electo se encargó de brindar sólidos ejemplos de cómo no concurrir a las sesiones y, no obstante, cobrar la dieta. Lo tragicómico es que ahora en uno de sus spots de campaña se lo escucha decir: “vamos a terminar con los vagos”. Sería más decoroso que primero asista a las sesiones y a trabajar en las comisiones de la Cámara de diputados para, entonces sí, gozar de un mínimo de autoridad moral para realizar esta clase de afirmaciones. Claro que mucho más preocupante es su otro spot de campaña donde al mejor estilo de estrella hollywoodense nos anuncia su declaración de guerra al narcotráfico.
Sin duda las guerras no son el mejor remedio para poner fin a los flagelos y mucho menos cuando el supuesto enemigo no se encuentra específicamente visibilizado. Así nos anticipa que recurrirá a las fuerzas armadas (cosa prohibida por nuestra legislación)  en su propósito de combatir a un presunto enemigo no identificado (esto es, invisible). Colocando, de esa manera, bajo sospecha a todos los habitantes; pues, un enemigo sin rostro puede adoptar el de cualquiera de los transeúntes y dar lugar, de esa forma, a un estado pre-militarizado. Lo que puede derivar en situaciones catastróficas para el país y para la paz de la república. Los ejemplos de México y Colombia son harto suficientes para no intentar emularlos. Sin embargo, con un mero propósito electoralista, y sin reparar en las consecuencias, se agita la consigna de “la mano dura” que ha demostrado ser un categórico fracaso en donde se implementó. Dejando tras de sí un tendal de víctimas y heridos, la ruptura de la cohesión social, el desmembramiento de parcelas de territorios nacionales, el auge de la corrupción y todo ello sin lograr debilitar en lo más mínimo las estructuras delictivas que, por el contrario, incrementaron la rentabilidad de sus negocios.
No es, obviamente, la primera oportunidad en que el candidato en cuestión hace gala de “la política del garrote”; ya en materia de legislación penal realizó una cruzada a favor del aumento de las penas. A pesar que desde el siglo XVIII y gracias a Cesare Beccaria sabemos que la prevención de los delitos no reposa en la severidad de las penas, sino en la certeza e inmediatez con que se actúe y se impongan las mismas. Y esto depende no de la pena en sí; sino de las instituciones que deben velar por la seguridad de las personas (Policías) como de la celeridad de los órganos judiciales al momento de impartir justicia. La ilusoria creencia de que aumentando las penas se terminan los delitos es un fiel reflejo del pensamiento mágico; pensamiento que por otra parte trae como corolario la implementación de políticas erróneas que terminan agravando el estado de cosas dado.
Hasta aquí dos de los candidatos que pugnan por entrar al ballotage; el tercero en cuestión y que encabeza las encuestas, es el candidato del FPV, Daniel Scioli. Poco se puede hablar de lo que hará Scioli de llegar a la presidencia, es cierto que su gestión como gobernador está lejos de ser calificada como brillante. No obstante, todo indica que seguirá los pasos trazados durante estos años por el Frente para la Victoria.
Sin embargo, tiene una ventaja superlativa respecto a los otros candidatos y es que al tratarse del candidato oficial, juega en su beneficio los significativos logros que el kirchnerismo realizó a lo largo de todos estos años. Por ende, más allá de las legítimas dudas que uno puede depositar sobre la figura de Daniel Scioli; no es menos cierto que un voto de apoyo a su candidatura representa esencialmente la aprobación, en términos generales, de lo ejecutado por “el peronismo del siglo XXI”, como gusta llamar Aníbal Fernández a la gestión kirchnerista.
Sin duda que no se trata de un apoyo incondicional, al fin y al cabo “la legitimidad de origen”, no trae necesariamente aparejada la “legitimidad de ejercicio”. Ésta se logra con políticas que satisfagan las necesidades populares, con la defensa de los intereses nacionales, con el fortalecimiento del Mercosur y Unasur herramientas éstas indispensables para proteger los intereses de la región y concomitantemente los intereses de nuestro país. Sintetizando: la legitimidad se obtiene con el respaldo popular; respaldo que, por otra parte, el kirchnerismo supo ganarse durante el ejercicio de sus mandatos.
Así llegamos al 25 de octubre. Las posibilidades están a la vista, el pueblo ha de decidir quién rige los destinos de la Argentina en estos próximos 4 años. Y nada menos que este domingo se develará la incógnita.
   

jueves, 8 de octubre de 2015

Sensaciones infrecuentes a escasos días de la elección presidencial.


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Extraña sensación se vive en la Argentina preelectoral, a diferencia de otras elecciones el clima imperante revela cierta atmosfera de indiferencia que contrasta obviamente con el entusiasmo que supo despertar, por ejemplo, la última elección presidencial. Tal vez, la medianía de los candidatos, que no despiertan demasiado entusiasmo en buena parte de los votantes, sea el leitmotiv de tamaña apatía ciudadana. Por cierto, el cuadro se agrava aún más si tenemos en cuenta la desconfianza que pesa sobre los medios masivos de comunicación que a lo largo de estos últimos años se han especializado en destruir todo vestigio de veracidad en lo que a información política se refiere. Circunstancia nada desdeñable si reparamos en la impostura que ha caracterizado al periodismo de esta última década (especialmente, el perteneciente a los medios hegemónicos) y que tiene como correlato el desinterés ciudadano por los denominados programas políticos.
 A tal punto llegó la desnaturalización de la información y el ocultamiento de lo que acontece en materia de políticas de estado que la presidenta de la república se vio obligada a recurrir a las apariciones por cadena nacional y, de ese modo, anoticiar todas y cada una de las actividades desarrolladas por su gobierno.
Ha sido tan extremo el ocultamiento de la información que hasta los avances científicos y tecnológicos  más destacados de la historia de nuestro país –como por ejemplo: el lanzamiento del Arsat 1 y Arsat 2- pasaron inadvertidos por las pantallas de la televisión privada. Hecho éste que pone de manifiesto el nivel de desinformación ciudadana que propician los grandes medios de televisión.  
Sin duda esto no es una novedad, pues, la desinformación conlleva, entre otras cosas, inexorablemente a disminuir los niveles de politización social. Y la ausencia de una sociedad politizada siempre ha sido el mejor presupuesto para garantizar el dominio de unos pocos.
Una de las grandes virtudes desplegadas por Néstor Kirchner primero y por Cristina Fernández después, ha sido no descuidar los niveles de politización social; de haberlo hecho no solo gran parte de sus logros hubiesen quedado a mitad de camino; sino que los medios hegemónicos -conjuntamente con el resto del establishment- se hubieren fagocitado todas sus iniciativas.
No es un dato menor recordar que Néstor Kirchner llega a la presidencia con el 22,24% de los votos en el año 2003; ni tampoco lo es el rememorar que Cristina Fernández en el año 2011 obtuvo el 54,11% de los votos. Allí se ve claramente como el proceso de politización social fue in crescendo merced a estos dos políticos notables que, paulatinamente, fueron despertando en la conciencia ciudadana la idea de que la política es la única herramienta que el pueblo tiene a su alcance para transformar la realidad.
Y en ello, un papel preponderante jugó el discurso confrontativo que supo mantener el gobierno  con los dueños del poder real -lo que no significa haber ganado la pulseada ni mucho menos- empeñados  en obstaculizar e impedir cualquier tipo de transformación que implique una mejora para los sectores populares.
Se podrá discutir si se hubiese podido avanzar más o menos, pero lo cierto es que se avanzó en muchos aspectos. Y uno de los campos donde más se percibe ese avance es en el plano cultural; quien suponga que la cultura política argentina es la misma que la que existía previamente a la llegada de los Kirchner al poder o está faltando a la verdad en forma deliberada o esta obnubilado por una concepción dogmática.
Todos sabemos que, en la vida de los pueblos, los procesos históricos no son lineales, hay marchas y contramarchas, avances y retrocesos; y los efectos que se desencadenan en determinado momento histórico no mueren ni súbita, ni instantáneamente. Por el contrario, se prolongan en el tiempo y en ocasiones dan lugar a la configuración de un nuevo momento histórico que en apariencia no guarda relación alguna con el período en que se produjeron aquellos efectos. Para ser más explícito: Cualquiera que intente comprender el porqué del reinado del neoliberalismo en la década de los 90, si bien no puede prescindir de los factores internacionales y locales que se desencadenaron en los años 80; mucho menos puede soslayar la existencia, a partir de marzo de 1976, del denominado “Proceso de Reorganización Nacional” que no solo instauró el terror y la desaparición en la Argentina, sino que “inoculó”, en buena parte de “la conciencia colectiva”, los principios del neoliberalismo económico que posibilitaron la disolución del Estado y la destrucción de la economía nacional.
Por suerte los tiempos fueron cambiando y precisamente el kirchnerismo fue quien se encargó de demostrar, contrariamente a lo que pregonaban e inculcaban -si bien lo siguen haciendo- los medios de comunicación “independientes” y el staff permanente de economistas del establishment, que la construcción de otro modelo económico-social era posible.
Así surgió la reivindicación de la política y con ello el despertar de la sociedad. Actualmente, estamos transitando los últimos días de gobierno del denominado “período K”; en este caso de la primer presidente mujer que tuvo nuestra república. Y hasta el más acérrimo adversario -por no decir enemigo, que los hay y en abundancia- debe reconocer que fue el ejercicio presidencial al que más obstáculos y trabas le colocaron tanto los factores de poder como los medios de comunicación nacional e internacional. Abundaron los intentos desestabilizadores, las operaciones de descrédito y aún hoy prosiguen, ininterrumpidamente, las campañas difamatorias. Sin embargo, la Presidente, Cristina Fernández de Hirchner, culmina su mandato con el mayor consenso popular desde el regreso de la democracia en nuestro país. Sin duda se va a extrañar su presencia en la Casa Rosada, sin duda vamos a extrañar su discurso contestatario en los foros internacionales, hasta las cadenas nacionales -una de las pocas fuentes de información fidedignas- vamos a echar de menos.
Y a propósito de “cadenas nacionales” un párrafo aparte merece el Ing. Mauricio Macri quien recientemente sostuvo que de llegar a la presidencia  “vamos a terminar con las cadenas nacionales para que las señoras puedan ver tranquilas las telenovelas”. Más allá de lo desatinado de la expresión que revela una desvalorización absoluta de la conciencia femenina; su propuesta demuestra hasta qué punto el líder del Pro reivindica la despolitización de la sociedad.
Lo cierto es que se acerca la culminación del mandato presidencial y, a fuerza de ser honestos, ninguno de los eventuales presidenciables -incluido el candidato oficial- alcanza la estatura política de esta mujer que, con más aciertos que errores, supo ser un adiestrado piloto de tormentas para conducir la nave del Estado.

Sabemos que, a diferencia de lo que profesaba Fukuyama, la historia no se detiene y tampoco podemos predecir el curso de sus movimientos. No obstante, si podemos estar seguros que dar marcha atrás no va a ser sencillo para el que llegue a ocupar el Sillón de Rivadavia, y eso, mal que les pese a los encarnizados opositores, se lo debemos a “los K”. De ahí que, quienes ponderamos este momento histórico, también experimentemos esa sensación extraña.