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sábado, 23 de mayo de 2015

La sinceridad mediática y la campaña electoral






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Cada vez resulta más difícil concebir la posibilidad de que en nuestro país se desarrolle una campaña política sobre el terreno de la sinceridad. Es que en el ámbito de lo político, el protagonismo mediático es de tal magnitud que condiciona, inexorablemente, el desenlace de la contienda electoral.   
Obviamente, no somos tan ingenuos para suponer que la sinceridad es un atributo inherente al sistema capitalista. No, en absoluto; pues, si así fuere muchas de las iniquidades que se perpetúan en el mundo se hubiesen desvanecido. Pero aun así es dable sostener que, en otros tiempos -tal vez en sus orígenes-, era mucho más perceptible la ausencia de sinceridad que hoy en día.
En los tiempos que corren, el principal bastión con el que cuenta este sistema para “contrarrestar” sus crisis y ocultar las arbitrariedades  -estamos hablando del capitalismo moderno- es sin lugar a dudas los medios de comunicación.
Por cierto, nos hemos referido infinidad de veces a la manera en que los medios de “información” nos muestran cómo “realidad” una distorsión recurrente de “lo real”.
Pues, detrás de esa realidad construida mediáticamente se oculta el verdadero propósito de esa construcción que no es otro que resguardar e incrementar el poder de los sectores dominantes.
No por azar la concentración económica se ha desarrollado, históricamente hablando, de manera simultánea con la concentración mediática. Sin acudir a tiempos muy lejanos, es suficiente observar nuestra propia historia para visualizar como el proceso concentrador avanzó paralelamente. Por un lado, los fuertes vínculos que supo establecer la prensa hegemónica con la dictadura (recordemos, entre otros, el caso de papel prensa) y, posteriormente, su proceso de expansión ininterrumpida, acaparando espacios en el ámbito radial y televisivo, durante el gobierno “privatizador” de Carlos Menem. Entre tanto, en esos mismos períodos, se puso en marcha el mayor proceso de concentración económica sufrido en la Argentina bajo la tutela  de José Alfredo Martínez de Hoz y de Domingo Felipe Cavallo.
Ya en fechas más recientes, y como consecuencia del debate que tuvo lugar en los momentos previos a la sanción de “la ley de medios”, quedó al descubierto el poder de concentración que en materia de comunicación  tienen ciertos grupos privilegiados -principalmente “Clarín”- y su notable injerencia en distintas áreas institucionales (en especial en el ámbito del poder judicial y en una amplia franja de legisladores de la oposición) que, en teoría, no debieran estar a su alcance. Pero como bien sabemos la teoría corresponde al plano de lo hipotético y de las probabilidades; en cambio, la práctica corresponde al plano de lo real y concreto.
Lo cierto es qué, si bien la ley de medios resultó un avance significativo en términos comunicacionales, ha quedado demostrado que no es la panacea para evitar que estos grupos continúen distorsionando la realidad en función de su propósitos; y mucho menos cuando cuentan con la suficiente influencia para obtener del poder judicial dictámenes que obstaculicen no solo la plena vigencia de la mencionada ley, sino todo aquello que a su juicio (léase intereses) resulte inconveniente.
No es fruto de la casualidad que diarios como “Clarín” y “La Nación” realicen la defensa a ultranza de determinados miembros del poder judicial como acontece con el “supremo” Dr. Fayt (quien, generalmente, en sus fallos adopta posiciones contrarias a los reclamos del gobierno kirchnerista) o como aconteció con otros funcionarios judiciales entre otros: Bonadío, Campagnoli, Marijuan, por solo citar algunos que siguen la misma línea. Y en cambio, se encarguen de denostar a aquellos que no garanticen la perpetuidad de su “señorío”, como suelen hacerlo con la Procuradora General de la Nación o con algunos otros jueces y fiscales que desarrollan sus funciones con absoluta responsabilidad.   
Es evidente que bajo “el emblema republicano” y la supuesta “independencia del poder judicial” que aducen defender se ocultan sus verdaderas intenciones que no son otras que debilitar a aquellos gobiernos que no les son afines y, por el contrario, instalar en la casa de gobierno a aquellos gobernantes que se subordinen a sus requerimientos.
Es, precisamente, esta última cuestión la que en el curso de la semana dio lugar a la difusión de una noticia que, bajo el intento de descalificar a uno de los candidatos del Frente para la Victoria (FPV), se multiplicó en los medios hegemónicos con el claro propósito de mancillar la figura de Florencio Randazzo. Quien en su exposición frente al auditorio de Carta Abierta   (https://www.youtube.com/watch?v=3rNQZrRC-W0#action=share, en los tramos finales de este discurso podrá encontrarse la “polémica frase”) explica cómo y cuando decide ser candidato a la presidencia y que al ver la imposibilidad de ser reelecta la presidente, Cristina Fernández de Kirchner, decide hacerlo porque “el proyecto se quedaba manco”.
Dicha expresión, y quien se tome el trabajo de observar el discurso podrá percibirlo, se encuentra dentro de un contexto que solo quien proceda de mala fe puede atribuir a una actitud burlona de parte del ministro del interior. Sin embargo, los medios se ocuparon de resaltar la frase que descolgada del relato expuesto, terminó siendo la noticia mediática.
La exposición de Randazzo tiene algunos detalles interesantes, como cuando revela una conversación con Macri donde éste último explica haber actuado de determinada forma por pedido de “Clarín”, lo que pone de manifiesto cual es la “independencia” que declaman estos sectores. O cuando explica los “negocios” que se hacían a través del sistema ferroviario, pero lógico eso no suele ser relevante para estos “informadores”; pues el propósito de estos grandes multimedios no será nunca informar.  
Un párrafo aparte merece “la actuación” de Karina Rabolini en el programa de Fantino, donde simula una “suerte de llanto” por las expresiones de Randazzo. Actitud que contrasta con la asumida en otro programa televisivo donde supo mostrar una contagiosa sonrisa ante una agresiva frase de la diputada Carrió que dijo literalmente que “la diferencia entre Cristina y Scioli es que a éste le falta un brazo”. Al parecer algunas personas pueden pasar de la risa al llanto incluso en circunstancias no tan agraviantes; se ve que solo es cuestión de proponérselo.
Demás está decir que los medios ni se inmutaron ante las expresiones de “lilita” que no solo tenían un destinatario directo sino una carga peyorativa muy fuerte. Pero por sobre todo, vale resaltar “la inconfundible coherencia” de la diputada devenida macrista al momento de emitir  sus “tradicionales” -y dejando de lado sus falsas denuncias- juicios erróneos; pues, equiparar a Scioli con Cristina revela su estado de inimputabilidad.
Como vemos la sinceridad no es, ni ha sido, un valor de referencia para los grandes medios de información, pero en épocas electorales esa ausencia de referencia se agudiza todavía más. Si por otra parte, hasta en los programas de entretenimiento (que obviamente, son producciones de los grandes grupos) de mayor audiencia ya se ha consagrado a tres candidatos como posibles presidenciales, no resulta difícil adivinar donde se encuentran depositadas las simpatías de las corporaciones mediáticas.
Sin embargo, a pesar de ello la última decisión no está tomada y tal vez como lo señaló la actual presidenta la ciudadanía deseche “las pantomimas” y opte por las propuestas.

jueves, 7 de mayo de 2015

Cuando la moral es sustituída por la moralina.






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En ocasiones resulta complejo desentrañar algunas expresiones que, en principio, suenan “agradable” a nuestros oídos pero luego, cuando nos detenemos a pensar sobre su significación, descubrimos que nada dicen. Y no estoy hablando precisamente de “expresiones poéticas”; pues, la poesía, si bien es cierto que siempre requiere de un mínimo esfuerzo intelectual para su análisis, es siempre una fuente inagotable de interpretaciones lo que permite descubrir, a veces, hasta una pluralidad de significados.
No son esos casos precisamente a los que estamos haciendo referencia ya que, por el contrario, de lo que se trata aquí es de hallar una significación a expresiones que no la tienen.
Para ser más específicos, nos estamos refiriendo a las expresiones vertidas por el recientemente reelecto (y que al parecer aspira a la reelección indefinida) presidente de la Corte Suprema de Justicia, el Dr. Lorenzetti, que ha manifestado que “se siente cansado, no por sus funciones, sino por cansancio moral”.
¿Podría alguien con absoluta sinceridad definir de qué se trata el “cansancio moral”?
Bueno, quizá alguien se atreva a elucubrar una definición al respecto; pero para ser honesto creo que ni el propio Dr. Lorenzetti  estaría en condiciones de proporcionárnosla.
Si partimos de la premisa que la moral  tiene que ver con el proceder humano y no es otra cosa que el conjunto de obligaciones que nos imponemos a nosotros mismos, donde su nota esencial es el desinterés no solo material sino de cualquier índole; pues, que el presidente de la Corte este “cansado moralmente” no es un problema menor.
Puede que dicho “cansancio” debilite sus obligaciones morales y, si así fuere, tratándose del “supremo de los supremos” la repercusión de semejante fatiga nada bueno ha de traer para la salud de la república. Sin embargo, hay cierto atisbo de incoherencia entre la expresión de Lorenzetti y su comportamiento reciente; pues, excepto que esto que él denomina “agobio moral” se desencadene súbitamente, no se entiende el porqué, entonces, de adelantar su reelección.
Ante una situación agobiante siempre lo más aconsejable es postergar, en la medida de lo posible, la toma de decisiones que apresurarse por tomarlas. Excepto que se trate de un “cansancio selectivo”, es decir, de esos que aparecen repentinamente, en ciertos y determinados momentos. Por otra parte, si comulgamos con la concepción kantiana de la moral que, precisamente, nos enseña que todo proceder humano -moralmente hablando- debe estar desprovisto de interés alguno; pues, es lógico concluir que la determinación de adelantar una elección para el ejercicio de una tercera presidencia, nada tiene de compatible con el proceder moral, ya que hay un interés manifiesto: conservar la presidencia.
Pero no seamos tan severos, quizá, ese estado cansino tenga que ver con la nueva labor asignada al Poder Judicial -otrora atributo exclusivo de nuestra Constitución Nacional- y que el propio presidente de la Corte acaba de incorporar a través de sus dichos: “la función de los jueces es poner límites al gobierno de turno”.
Si esto es así, los aspirantes a la presidencia de la república deberían consensuar previamente sus plataformas políticas con el poder judicial; no sea cosa que efectúen promesas que luego se vean imposibilitadas de cumplir por las limitaciones que determine la “Justicia”. En fin, como podemos apreciar, la cuestión es harto dificultosa y difícil de desentrañar.
 Pero puede que la “fatiga moral” no sea el único síntoma que caracterice a esta época; parece ser que los declamados defensores del republicanismo también se ven afectados de cierto “cansancio republicano”. De lo contrario, no se explica que los legisladores de la oposición se empeñen tozudamente en no querer acordar la designación de nuevos integrantes para “restablecer” el número de miembros de la Corte Suprema. Obstaculizando, de ese modo, el normal funcionamiento de dicho tribunal y demorando aun más la resolución de las causas que se encuentran en su poder.
Es francamente contradictorio que quienes se reivindiquen como “republicanos” se den el lujo de incumplir con los mandatos constitucionales.
Y aquí otra vez volvemos a la fundamentación que respecto al proceder moral supo enseñarnos Inmanuel Kant y que, por cierto, muchos representantes de los distintos poderes debieran leer para no caer en estos persistentes raptos de incoherencia.
El célebre filósofo alemán en su conocido imperativo sostuvo: “Procede de tal manera que tu conducta se eleve a máxima universal”. Si aplicamos esta normativa moral, en relación con lo que estamos mencionando, los legisladores opositores, a través de su comportamiento, están estableciendo como “ejemplo universal” una actitud netamente antirrepublicana; lo que nos lleva a considerar qué, o bien no son precisamente lo que dicen o están afectados por cierto “cansancio institucional”. Tal vez por eso, muchos de ellos, demostraron siempre cierta predisposición a abreviar, sea como fuere, el mandato de la actual Presidenta de la República. De una forma u otra resulta coherente pronosticar que el cansancio sea “moral” o “republicano” no es para nada benigno para nuestro querida Argentina.
Otro que seguramente debería releer “Crítica de razón práctica” -la obra de Kant-, aunque no sabemos si está en condiciones de hacerlo, es el más longevo de los miembros de la Corte Suprema de Justicia, el Dr. Carlos Fayt. Ya que al contar con la edad de 97 años sería más que razonable que (salvo que pretenda ingresar en el Guinness world records) opte por retirarse de sus funciones.
 Y no se trata de poner, como lo hacen algunos funcionarios, el acento exclusivamente  en si sus “condiciones intelectuales permanecen inalteradas”; pues, aun en el mejor de los casos, y suponiendo que su “línea de razonamiento” permanezca intacta, su avanzada edad es un obstáculo para el normal desarrollo de su actividad. Hecho que, por cierto, atenta contra el requisito constitucional de buen desempeño de sus funciones. ¿Acaso un hombre de esa edad puede pasarse horas estudiando una pluralidad de expedientes y dejar sentada su opinión al respecto en una diversidad de fallos? Si así fuere, ¿por qué no asiste recurrentemente a su despacho? ¿Por qué incluso se manifiesta a través de su abogado y no lo hace personalmente?
Al parecer, preguntas de esta naturaleza no se les ocurre en lo más mínimo a los “autoproclamados” defensores de la república que suelen poner el grito en el cielo cuando se menciona la necesidad de una renuncia. Ni siquiera se atreven a proponer a alguien porque, en los hechos tendrían que consensuarlo con el oficialismo y especulan con la idea de que después de los comicios podrán designar un incondicional como futuro cortesano. Lo que deja al desnudo que no es la independencia de poderes o el funcionamiento de las instituciones lo que procuran resguardar; sino la continuidad de ciertas y determinadas personas que desde su función resulten funcional a sus intereses.
Como vemos, son muchos los que hablan de “la moral” en términos abstractos; pero a la hora de cotejarla con los comportamientos concretos que cada uno realiza individualmente, se la olvidan en el escaparate de las ideas y solo recurren a ella cuando de juzgar a "los otros" se trata. Menuda desnaturalización de la “moral” es la que se observa hoy en día.
El otrora “monitor” en el cual  uno debía observar su propio proceder para tranquilidad de su conciencia, ha sido sustituido por el arco y la flecha con la que se quiere alcanzar a los demás. La moral, al parecer, ya no consiste en juzgarse a sí mismo; se ha convertido en el medio que posibilita  juzgar a “los otros”.
Claro que en estas circunstancias “los arqueros” arrojan sus flechas ocultando sus antecedentes, porque en los hechos saben perfectamente que no emprenden estos “ataques” en defensa de “lo moral”; sino que lo hacen en nombre de la “moralina”. Que no es otra cosa que la falsa moral al servicio de unos pocos.