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viernes, 27 de noviembre de 2015

El nuevo gobierno en sincronía con la Corte: comenzaron los cambios.



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Transcurridas las elecciones, el flamante presidente electo, Mauricio Macri, ha anunciado la composición de su gabinete y con ello delineado el perfil de su futura administración. Sin duda, un mero vistazo de lo que ha de ser la nueva configuración ministerial, es suficiente para constatar el perfil técnico-empresarial de quienes tendrán la responsabilidad de ejecutar las próximas políticas de estado. Dato no menor si reparamos que en nuestra historia reciente, concretamente a finales del siglo XX, hubo un período signado por el predominio de “tecnócratas” en los ámbitos gubernamentales que desembocó en aquello que solemos llamar “la Argentina del 2001”. Muchos de esos tecnócratas, que jugaron un rol por demás protagónico en aquel entonces, hoy reaparecen de la mano de “Cambiemos” para ocupar nuevamente espacios dentro de la estructura del Estado. La mayoría de ellos forma parte del plantel estable de economistas del establishment y son, precisamente, quienes han vaticinado, a partir del año 2003, innumerables catástrofes económicas, que por cierto nunca ocurrieron,  a través de los medios de comunicación hegemónicos.  
Así observamos, por ejemplo, cómo los pronosticadores del   “desastre” que, según su dogmática visión, iba a azotar a la República Argentina desde hace poco más de doce años y que nunca ocurrió, han vuelto a subir al escenario económico local, en medio de globos amarillos y aplausos, para reivindicar bajo un ropaje en apariencia distinto, las tradicionales recetas neoliberales.
Es notable contemplar cómo, merced a la “manipulación mediática”, los mismos personajes que a principios del vigente milenio eran repudiados, con justa causa, por haber arrastrado al país a la crisis más relevante de su historia, hoy reaparecen nuevamente en escena catapultados por el voto del 50% de la ciudadanía. Pues al parecer, en el área económica-financiera la “reincidencia” no es objeto de cuestionamiento para algunos sectores de la sociedad; sino por el contrario, resulta lo suficientemente tolerable, como para brindarles una nueva oportunidad como protagonistas en el escenario público argentino. Claro que suponer que, los Prat Gay, Sturzenegger, Melconian y los  Frigerio, entre otros, han de implementar políticas orientadas a resguardar los intereses de la república es por lo menos una expresión desiderativa que no guarda relación alguna con los precedentes que estos señores sentaron a lo largo del ejercicio de la función pública.
Pero no seamos tan severos con estos “experimentados neoliberales”; pues, puede que el discurso de “energía y buenas ondas”, que declamó el futuro presidente a lo largo de toda su campaña, haya cambiado radicalmente sus estructuras de pensamiento. Tal vez ya no fomenten, como en otras épocas, la “fuga de divisas” que tanto daño le ocasionó al país; quizá ya no ejecuten las políticas de endeudamiento externo a las que nos tenían acostumbrados antiguamente, puede que en esta oportunidad no tengan por propósito estatizar la abultada deuda privada -claro que, en ese caso, previamente deberían estimular la toma de créditos en el exterior por parte de los grupos concentrados para luego sí transferir la deuda al “ineficiente Estado”- de las grandes corporaciones, y probablemente, tampoco estén dispuestos, en lo inmediato, a privatizar empresas estatales para depositarlas en manos del capital extranjero.  
Alguien podrá argüir que algunos miembros del staff del futuro gobierno se han ofrecido “voluntariamente”, a lo largo de estos últimos años, a efectuar declaraciones testimoniales en el Ciadi (Centro internacional de arreglos de diferencias relativas a inversiones) a favor de los inversores externos y en perjuicio de la Argentina; pero bueno, esas son “minucias” que no tienen porqué poner bajo sospecha el futuro accionar de estos flamantes funcionarios. Al fin de cuentas, por ejemplo,declarar a favor de Repsol y no en beneficio de YPF, no deja de ser “una simple declaración testimonial”.
Pero bueno, lo cierto es que prácticamente el 50% de la población los ha elegido y las decisiones populares, nos guste o no, hay que acatarlas. De eso se trata la democracia; de lo contrario, seríamos cualquier cosa menos demócratas.
Es lógico suponer, y como bien lo destacó la actual mandataria, que si el resultado de las elecciones hubiere sido a la inversa – es decir: si hubiera ganado el FPV por escaso margen -  “estos muchachos” hubieren declamado “fraude” como lo hicieron en Tucumán (donde “curiosamente” hasta en el ballotage el FPV les saco mucho más de 10 puntos). Tampoco es cuestión de acusarlos de “falsos republicanos” si bien es cierto que existe una diferencia sustancial entre el “republicanismo profesante” y el “republicanismo practicante”. El recurrente anuncio de exigir la renuncia de la Procuradora General de la Nación y del Presidente del Banco Central pone al desnudo que la práctica republicana no es una de sus virtudes; sin embargo, si se los observa atentamente no muestran signos de sonrojarse cuando se autodesignan republicanos de pura cepa.
Todo esto preanuncia, de algún modo, el marco en el que se ha de desarrollar el futuro devenir político de nuestra querida nación.
Si a eso le sumamos el “arduo trabajo” de los escasos ministros de la Corte Suprema que, una vez interiorizados de la convocatoria a una segunda vuelta electoral, se han abocado a dictar, con una celeridad inusitada, sentencias que contrarían el “espíritu populista” que el gobierno saliente supo imprimirle a su gestión; es lógico colegir que el Poder Judicial va a acompañar con evidente grado de fruición las políticas que instrumente el nuevo Poder Ejecutivo.
El reciente fallo de la Corte privando al ANSES del 15% de la masa coparticipable, cosa que ocurre desde el año 1992, va en esa dirección y es todo un indicio de la futura política de desfinanciamiento del mentado ente público. Lo que pone en riesgo el porvenir de la seguridad social en el país y el cumplimiento de los pagos de los haberes jubilatorios en el mediano plazo.
Claro que esto puede ser el precedente -o pretexto- que posibilite, con el tiempo, la necesidad de desprenderse de los activos en poder del ANSES para hacerse de recursos y también la justificación a partir del cual algunos nostálgicos pretendan retornar, de ese modo, al viejo sistema de las Administradoras de Fondos de Jubilación y Pensión (AFJP). Todo hace suponer que el futuro presidente estaba al tanto de tamaña decisión cortesana, y el hecho de que ninguno de los futuros funcionarios haya descalificado la medida induce a pensar que la decisión en cuestión se amolda a las futuras necesidades del nuevo gobierno.
Otro de los llamativos fallos del Supremo Tribunal de Justicia ha sido el que declara la inconstitucionalidad del Renatea, organismo estatal encargado de fiscalizar el trabajo rural en el país; para depositar esa función nuevamente en el RENATRE entidad conformada por la Sociedad Rural y el sindicato de UATRE conducido por el conocido gremialista Gerónimo “Momo” Venegas. Vale la pena recordar que, curiosamente, en ningún momento de su etapa de fiscalización el RENATRE se encargó de formular denuncias respecto de la explotación de los trabajadores rurales o aquellas relativas al trabajo infantil en las zonas agrícolas. Y paradójicamente, desde que el Renatea se hiciera cargo de la fiscalización de los campos, no solo se detectaron muchísimos casos de explotación y de trabajo infantil en zonas rurales, sino que se incrementó notoriamente el registro de trabajadores en blanco. Lamentablemente, la Corte ha declarado la inconstitucionalidad de la fiscalización estatal para devolvérsela al RENATRE. Como es fácil de inferir, parece que la mayoría de los miembros de la Corte suelen estar a gusto con los nuevos vientos del libre mercado. No es por azar que en coincidencia con los contenidos del fallo el designado ministro de agricultura del gobierno macrista, Ricardo Buryaile, sostuvo a su vez que “hay que dejar de tener esta insistencia permanente del trabajo esclavo en el campo”. Expresiones éstas no muy tranquilizantes por cierto.   
Pero, en fin, no nos apresuremos a desconfiar del nuevo gobierno, otorguémosle, por el momento, “el beneficio de la duda”; no se trata de anhelar como el radical renunciante, Ernesto Sanz, el empeoramiento económico del país para que el oficialismo perdiera las elecciones.

No es cuestión de equipararnos en la mediocridad, ni tampoco ejercer “la oposición por la oposición misma”, como si lo hicieron muchos de los miembros de “Cambiemos” con el actual gobierno. Por  el contrario, deseamos que al país le vaya bien para que al pueblo le vaya bien. Aunque, y en función de lo que se viene delineando, nada indica que ese sea el camino que el nuevo gobierno esté dispuesto a transitar.         

martes, 17 de noviembre de 2015

El voto infundado, Argentina debate y un futuro incierto




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Es verdaderamente llamativo contemplar como un candidato puede alcanzar la presidencia de una nación sin tener que mencionar una sola propuesta política concreta en todo el transcurso de su campaña. Es como si un sector importante de los votantes hubiera decidido, consciente o inconscientemente, degradar, en cierto modo, la significación de su voto para convertirlo en una expresión que no requiere de fundamentación alguna. Como si se tratase, en los hechos, de una cuestión “no demasiado relevante”. Sin advertir en profundidad que semejante decisión no solo ha de configurar directamente la realidad futura del país; sino que además, va a determinar, en el votante, sus propias condiciones de existencia.  
¿Será que el ejercicio cotidiano del “rol de consumidor” ha calado tan hondo en las personas que, aun en cuestiones que no se corresponden con el consumo, se sigue adoptando la modalidad de “elegir” a la ligera -como en la góndola de un supermercado- cual si se tratase de un producto u otro?
Sinceramente me cuesta aceptar un comportamiento semejante; de lo contrario tendría que admitir que el ejercicio de la ciudadanía no siempre es fruto de una determinación racional. Es por demás factible que los sentimientos incidan, más de lo que imaginamos, notoriamente en las decisiones políticas de los ciudadanos (no por casualidad a nivel internacional, y en vísperas de elecciones nos encontramos habitualmente o bien con “operaciones mediáticas o bien con algún resonante operativo policial o militar, capaz de azuzar los sentimientos de la ciudadanía y mediante ello modificar su voto); pero aun así, cuesta sobremanera observar cómo, en nuestro país, un candidato (Mauricio Macri) que ni siquiera balbucea el más mínimo programa político, pueda ser hoy una alternativa presidenciable.
Es verdad que para algunos no es necesario reparar en su ausencia de propuestas, pues, conociendo sus antecedentes, y más aun los de quienes lo acompañan, ya se infiere con suficiente grado de certeza las perniciosas políticas que ejecutaría de acceder a la más alta magistratura. Sin embargo, el problema no radica, precisamente,  en quienes ya lo conocen; sino en quienes desconociendo absolutamente su trayectoria, y la de quienes conforman su equipo, le asignan el voto merced a su despolitizada campaña donde, adquiriendo la figura de un predicador de “Buenas Ondas”, se ofrece a la ciudadanía, nada menos que para gobernar el país .
Es patético observar la oquedad de su discurso, basta ver sus spots televisivos para corroborar que, a la manera de un “pastor electrónico”, nos habla de: “energía”, “de buena fe”, “de crecer juntos”, de “la alegría”, de “mirarnos a los ojos”, etc., etc. En síntesis, un rosario de “conceptos vacíos” cuyo único propósito responde al simple hecho de ocultar sus intenciones.
Lo vimos recientemente en el promocionado debate televisivo (Argentina debate) que, a fuerza de ser honestos, lejos de brindar a los ojos de los televidentes un cruce interesante de programas a desarrollar; consistió esencialmente en repetir párrafos previamente preparados que no guardaban relación alguna con las preguntas efectuadas.
No obstante, el candidato del oficialismo (Daniel Scioli) esbozó unas pocas ideas garantizando la continuidad de lo realizado por los gobiernos kirchneristas; que por cierto, no es poca cosa, y mucho menos teniendo en cuenta la otra alternativa.
En cambio, el candidato de “Cambiemos” no solo se mostró incapaz de especificar propuesta alguna, sino que en aras de descalificar al gobierno saliente apeló a una serie de mentiras, arrojando cifras que solo caben en su imaginación, y acusando -vaya paradoja- a los gobiernos “k” de mentirosos.
Es notable observar el odio que profesa Macri hacia el kirchnerismo cuando le dan oportunidad de explayarse; lo que contrasta con su llamado a la unidad de los argentinos en su campaña publicitaria. Pues, si tenemos en cuenta que los votantes del oficialismo rondan aproximadamente en el 40% de la población es cuando menos poco comprensible su concepción de la “unidad”; excepto que la proclamada “unidad” excluya definitivamente a ese porcentaje de ciudadanos. Eso sí, de todos modos, la denominada “Grieta” (o línea divisoria entre los argentinos) es, en apariencia, una construcción privativa del kirchnerismo y no una consecuencia del exacerbado odio que manifestó la oposición a lo largo de estos últimos años.
Lo concreto es que “el pastor de la unidad”, perdón el candidato, Mauricio nos promete “la alegría de caminar juntos”; claro que omitiendo decirnos hacia dónde vamos y por qué deberíamos estar alegres.
Lo problemático de esta situación es que esas especificaciones, que no se atreve a realizar públicamente; sí las hace, en cambio, en los ámbitos cerrados -entiéndase: Asociación Empresaria Argentina (AEA), Instituto para el desarrollo Empresarial (IDEA), la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericana (FIEL), por citar algunos foros del establishment-  donde ya sin tapujos anuncia la catarata de medidas neoliberales que ha de impulsar una vez producido su ingreso a la Casa Rosada.
Sin embargo, es menester reparar que en el mentado debate el candidato Mauricio Macri le formuló una pregunta a Daniel Scioli que lo define de cuerpo entero. En ella interrogó a su adversario si iba a ser capaz de solicitar la expulsión de Venezuela del Mercosur.
En verdad, esto es toda una definición no solo en materia de política internacional, sino también en lo que hace a las políticas internas. Pues, pone de manifiesto la intención macrista de retornar a la subordinación incondicional (recordemos aquello de las “relaciones carnales”) que, el candidato de la alianza “Cambiemos”, propone respecto de los Estados Unidos. Tan envalentonado esta que aspira a convertirse en la cuña que posibilite la destrucción de los convenios regionales (léase: Mercosur, Unasur) para retornar prestamente a los “remozados” acuerdos de libre comercio como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Hecho que, inexorablemente, presupone la ejecución lisa y llana de políticas libremercadistas y la desprotección más absoluta del mercado interno.  
Como vemos la decisión que adopte la ciudadanía no solo ha de definir el futuro de los argentinos; sino también el futuro de la región; de ahí que se requiera, más que nunca, que el ciudadano intente, como mínimo, reflexionar para fundamentar su voto.


martes, 3 de noviembre de 2015

Cuando la experiencia se ignora, la esperanza se sostiene en el absurdo.

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Corría el mes de mayo de 1989, dos candidatos se disputaban la presidencia de la república. Por un lado se presentaba un candidato que no explicitaba su programa político pero sí acostumbraba a hablar del “salariazo y la revolución productiva”. Por el otro, un candidato conservador liberal que, sin dar demasiadas precisiones, nos hablaba del, entonces popularizado, “lápiz rojo” que iba a utilizar para recortar el gasto público y “tachar” (entiéndase suprimir) la supuesta “ineficiencia de las empresas estatales”. Obviamente, la campaña se desarrollaba en el marco de una profunda promoción mediática por hacer creer a la ciudadanía que la raíz de todos los problemas argentinos radicaban en la ineficiente administración estatal, y que para solucionarlos, bastaba con: por un lado despojarse de las empresas en poder del Estado; y por el otro desregular la economía, lo que traería aparejado la afluencia de capitales externos y con ello el anhelado crecimiento.
Un mito por cierto, al fin y al cabo, la mayoría de los capitales que acostumbran arribar a las economías en desarrollo son de franco tinte especulativo y excepto que se establezca un marco regulatorio orientado a satisfacer las necesidades del país es imposible garantizar, con ellos, el crecimiento sostenido. No obstante, “el mito” fue muy bien promocionado por nuestros “queridos” grandes medios comunicacionales. Claro que, simultáneamente, se ocultaba que la verdadera causa que impedía el crecimiento económico del país era resultado de las políticas de endeudamiento externo que, bajo el régimen dictatorial, se implementaron en la Argentina durante la gestión de Martínez de Hoz.
Ya, el tristemente célebre Domingo F. Cavallo, actuando como presidente del Banco Central en el año 1982, se había encargado (a pesar de que hoy lo niegue) de  estatizar la abultadísima deuda que diferentes grupos económicos locales habían contraído en el exterior. Fue así como esa franja del sector privado se deshizo de su condición de deudor, para arrojar el lastre sobre las espaldas de toda la comunidad. El broche de oro lo colocó, posteriormente, otro “célebre” economista del establishment, Carlos Melconian, por entonces jefe del departamento de deuda externa del Banco Central, quien se encargó de archivar las investigaciones por presuntos fraudes cometidos por estos mismos grupos a través de una herramienta financiera que resultaba funcional para este tipo de prácticas: los seguros de cambio.
Uno de las sociedades bajo sospecha (ver artículo “Pollo de Menem, mago de la deuda” del año 2003:http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-19977-2003-05-11.html ) era el grupo “SOCMA” (Sociedades Macri) que se benefició significativamente con dicha transferencia. Pues, de ese manera, se materializaba  la denominada “licuación de pasivos” en nuestro país; que consistió, lisa y llanamente, en desendeudar a estos grupos y convertir en deudores al resto de los argentinos.
Pero regresemos al año 1989, donde como señalábamos un candidato que no expuso su propuesta terminó siendo el presidente de la república. Es verdad que las opciones presidenciales de aquel entonces -al menos la que ofrecían los partidos mayoritarios- eran extremadamente similares. Pues, la diferencia radicaba en que el candidato de la UCR (Eduardo Angeloz) anunciaba públicamente los rasgos generales de su programa  neoliberal; mientras que el candidato del partido justicialista (Carlos S. Menem) no solo ocultaba su verdadera propuesta; sino que declamaba mendazmente algunas medidas que, en principio, sonaban esperanzadoras a los oídos populares. Para colmo de males, la sociedad argentina, se hallaba bajo los efectos traumáticos de la “hiperinflación” que -acicateada por los grupos económicos dominantes- llegó a rondar en niveles superiores al 700%. Esto sin dudas, generó cierta predisposición ciudadana a aferrarse a un “discurso que nada decía, que prometía abstracciones y no puntualizaba nada en concreto.
Lo que sucedió después es archiconocido, una vez instalado Carlos Menem en el sillón de Rivadavia, el programa político, hasta entonces oculto, salió crudamente a la luz.
Se implementaron alarmantes políticas de ajuste, se descuartizó al Estado, se regalaron las empresas nacionales, desembarcaron “inversores” externos que -al amparo de la denominada “seguridad jurídica”- lejos de aportar grandes capitales se apropiaron de las “joyas estatales” y edificaron con el gobierno de turno -en importantes áreas de la actividad económica- una estructura oligopólica que les permitió concentrar la renta en muy pocas manos, se levantaron los ramales ferroviarios, se destruyó todo conato de industrialización, se desprotegió absolutamente a los trabajadores reduciendo sus derechos a la mínima expresión, se desmantelaron  los hospitales, los establecimientos educativos, se aniquiló todo vestigio de desarrollo científico (recordemos que fue el ministro de economía, Domingo Cavallo, quien le sugirió a los hombres de ciencia “que vayan a lavar los platos”); se sepultó el concepto de “soberanía” para arrastrar al país a la práctica de lo que se conoció bajo el nombre de “relaciones carnales” con la, por entonces, primer potencia mundial; se destinó a un sector de nuestras fuerzas armadas a participar de expediciones punitivas (ej. La guerra del Golfo) abandonando nuestra tradicional postura de neutralidad frente a los conflictos externos, etc., etc., etc. Hasta se llego a la inescrupulosidad de sentar en las bancas de la legislatura a “falsos diputados” para levantar la mano aprobatoria -hoy el sistema de votación ha variado- de algunos “proyectos privatizadores”, cuando en los hechos no se había alcanzado el quórum suficiente para ser tratados sobre tablas. Es curioso, pero sorprende observar como los fervorosos “republicanos de hoy”, no reparaban en esos detalles en aquellos tiempos.
Lo cierto es, que infinidad de cosas perjudiciales pasaron una vez ungido presidente el candidato que escondía su verdadero programa. Terminó siendo el mandatario de de los grandes grupos económicos locales y de las grandes corporaciones internacionales.
El país se encaminó indefectiblemente por el derrotero que conducía al precipicio. Sin embargo, los medios de comunicación se encargaron, desde un comienzo, de ofrecernos un paisaje edulcorado de una “realidad” que no era tal; donde los endulzadores de turno eran -además de los conocidos “periodistas independientes”- los “destacados” economistas mediáticos y los funcionarios estrellas (también economistas ellos) que, a sabiendas de la destrucción social que estaban orquestando, no  cesaban en continuar con el engaño colectivo. 
Los artífices de “la emboscada mediática” predicaban el futuro bienestar general de la población, derivado de las medidas instrumentadas por el área económica. Así veíamos desfilar por las pantallas televisivas a los Melconian, Broda, Espert, Sturzenegger, González Fraga, Kiguel, Prat Gay, por solo mencionar algunos, que prodigaban múltiples elogios a la política económica de Cavallo, aseverando que la misma era “la antesala del paraíso nacional”. Precisamente, el último de los mencionados (Alfonso Prat Gay) va a ocupar, de llegar a la presidencia y según manifestaciones del propio Macri, la titularidad de la cartera de economía. Resulta por lo menos contradictorio que el futuro ministro de economía de “Cambiemos” nos hable recurrentemente de la necesidad de afluencia de capitales externos para el país; mientras que como apoderado de la  propietaria de la empresa “Loma Negra” (otro de los grandes “grupos económicos” beneficiados en su momento) se haya encargado –ver declaraciones del ex vicepresidente del JP Morgan, Hernán Arbizu; entidad para la cual también trabajaba Prat Gay- de facilitar la fuga de divisas del país de la Sra. Lacroze de Fortabat. Esta ambivalencia discursiva, parece ser un rasgo característico de esta pléyade de economistas.
Lo cierto es que estos profetas de “los buenos augurios”, asiduos visitantes a la embajada americana -y que a lo largo de esta última década se empeñaron en profetizar toda clase de catástrofes en el terreno económico que, por otro lado, nunca ocurrieron- hoy integran “el flamante equipo” del actual candidato, Mauricio Macri, que no esboza públicamente (¿mera coincidencia?) su programa de gobierno.
Es fácil de advertir entonces, que el retorno del neoliberalismo esta en ciernes. Las similitudes con lo acaecido a principios de 1989 no dejan dudas al respecto. No solo por el mentado plantel de economistas y ex funcionarios neoliberales; sino por otros signos fáciles de descifrar, a saber: el apoyo absoluto de los medios de comunicación dominantes a la figura del candidato es un claro indicio de lo que estamos señalando, el respaldo incondicional de las grandes corporaciones nacionales e internacionales es a todas luces [una muestra de ello la tenemos en el recién designado ministro de agricultura de la Pcia. de Buenos Aires (ex gerente de Monsanto) o el coordinador del plan energético de Cambiemos (el ex CEO de Shell) ¿Acaso Menem no designó en un principio como ministro de economía a un gerente de una multinacional?] un augurio del porvenir. La visión mercantilista que el candidato deja traslucir cuando, olvidándose de los consejos de su inefable asesor -esto es, de mantener herméticamente cerrada su boca-, expresa sus auténticas opiniones. Entre ellas: “Hay un despilfarro en empresas tecnológicas que no hacen falta” en referencia al desarrollo impulsado en tecnología satelital (Arsat 1 y2). O cuando sostiene: “El problema no está en hacer más universidades. Que es esto de hacer universidades en todos lados. Obviamente, muchos más cargos para nombrar”. Como vemos, visualiza los avances tecnológicos y los que corresponden al plano educativo como un costo, y no como un beneficio para el país ¿Será por ello su magro presupuesto educacional en la Ciudad de Buenos Aires?
En fin, este es el panorama que se vislumbra en estos tiempos, esta es la Argentina que se viene; excepto que la ciudadanía el próximo 22 de noviembre decida lo contrario.
No soy de los que creen que “los pueblos nunca se equivocan”, la experiencia universal refuta afirmaciones tan categóricas. Es mucho más razonable, y conveniente por cierto, depositar el “don de la infalibilidad” en el escaparate de la metafísica. Pero sí estoy convencido que los factores comunicacionales (léase: “monopolios de la información”) tienen la capacidad de instigar a las personas a incurrir en el error. Y eso, en algún modo, es lo que viene sucediendo en la Argentina.
Un brillante filósofo del siglo XIX, Arthur Schopenhauer, demasiado pesimista para mi gusto, solía decir que “La historia es un carnaval, solo ocurre lo mismo con diferentes máscaras”.

Y puede que es ciertos aspectos así sea. El problema es que en nuestro país  la historia puede volver a repetirse, con el agravante de que aquí, los personajes ni siquiera necesitan cambiar de máscaras.