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viernes, 26 de julio de 2013

Cuando el slogan de la unidad viene a poner fin a "la división" entre argentinos.






 


 



Hace cuatro días que comenzó a desarrollarse la campaña electoral en los medios masivos de difusión pública. Por tal motivo, tanto los oyentes de radio como los aficionados a la televisión, suelen encontrarse insistentemente con una pluralidad de jingles partidarios o spots televisivos que tratan de captar los eventuales votos de nuestros ciudadanos hacia sus respectivas pertenencias ideológicas.
Paradojas de la realidad, ésta invasión publicitaria de distintas fuerzas políticas que gratuitamente gozan de su merecido espacio en los medios, ha sido dispuesta por una ley (ley 26.571) impulsada por el actual gobierno a quien muchos de sus opositores califican de “dictatorial”. Es dable recordar que con anterioridad a la mentada ley, quienes estaban en condiciones de pagar en forma particular los avisos audiovisuales podían hacerlo sin cortapisa alguna, lo que dejaba en una situación desventajosa a quienes carecían de recursos suficientes para promocionarse a través de los medios. Con la nueva ley, no hay posibilidades de financiar avisos de manera particular; de lo contrario, la propia norma establece rigurosamente una serie de sanciones que tornan demasiado oneroso el “castigo” en cuestión. 
Obviamente, bien sabemos que  “los nobles defensores de la libertad de expresión” (me refiero a los medios privados de comunicación) siempre están en condiciones de promocionar  a ciertos y determinados candidatos que, casualmente, terminan siendo aquellos que ellos mismos “bendicen”. Lo que es una manera “indirecta” de desarrollar la propaganda política.
Una muestra categórica de lo que estamos aseverando es el comportamiento que dichos medios han asumido en la presente campaña, donde además de intentar instalar una áurea de sospecha sobre todo el accionar de gobierno -inclusive apelando lisa y llanamente a la mentira mediática-; no tienen reparo en promover deliberadamente en cada uno de sus programas a cualquier dirigente opositor eludiendo, a su vez, la posibilidad de confrontar sus dichos con algún dirigente del oficialismo.
Se podrá sostener que procedimientos de ésta naturaleza han sido un denominador común en la historia de los medios. Sin embargo, la técnica aplicada durante el reinado del libre mercado era mucho más sutil, por aquél entonces, se invitaba a los programas políticos a una “diversidad” de candidatos garantizando, en los hechos, el predominio de “los pensadores neoliberales”  -que por otra parte, y merced al número que representaban se apoderaban de todo el espacio de programación- dejando en la más absoluta soledad a aquél invitado (generalmente reducido a uno) que no compartiera esas ideas. De esa forma se revestía de “pluralidad de pensamiento” a un programa que, fáctica y concretamente, era una usina de difusión del pensamiento neoliberal.
Hoy ya la tónica es distinta, prácticamente no se invita a los miembros del oficialismo para que puedan ejercer una defensa de su gestión en esa clase de programas; hecho éste que pone de manifiesto cual es la concepción de la libertad de expresión que predican los medios privados de comunicación en la Argentina.  
Es menester resaltar que la magnitud de la concentración mediática en nuestro país es de tal envergadura que resulta extremadamente difícil escapar de esa “red totalizadora”; así vemos como muchos ciudadanos que están habituados a ver determinados programas de TV,  sintonizar una franja importante de distintos programas radiales o leer cualquier diario hegemónico, terminan opinando de la misma manera. Y es lógico que así sea, ya que en cualquiera de ellos, siempre culminan escuchando -o leyendo- la misma línea editorial, puesto que en su gran mayoría, todos responden al mismo dueño.
Como es de suponer, romper este entramado oscurantista, no resulta nada sencillo; máxime cuando el grueso de los dirigentes políticos (mayoritariamente miembros de la oposición) se encuentran encolumnados detrás de la defensa de los intereses monopólicos. 
No obstante, y gracias a la tan criticada “Ley de democratización de la representación política”, los medios privados se ven obligados, en la actualidad, a ceder gratuitamente un espacio audiovisual a cada uno de los candidatos durante la campaña.
Pero aun así es de lamentar que la característica central de todos estos “avisos propagandísticos” nos remite , al menos para aquellos que siempre hemos estado atentos al devenir político local, a una manera de hacer política muy propia de la década de los noventa. Época signada por el predominio del  marketing político -sin ignorar que “el marketing” es una disciplina orientada  a la captación de eventuales “consumidores” para la “venta” de un determinado tipo de mercancía- en detrimento de la formulación de propuestas para que el ciudadano pueda emitir un voto orientado hacia un proyecto de país.
Hoy encontramos qué, la gran mayoría de los spots televisivos y eslóganes radiales, tienden a hacernos creer que nos hallamos ante un país dividido, fracturado; donde los portadores del germen divisionista son todos aquellos que simpatizan con el oficialismo y los poseedores del “antídoto unificador” son los representantes de la oposición.
De esa manera, se vanaglorian de ofrecerse como los “eventuales unificadores” de las diferencias políticas en la Argentina; pero eso sí, sin explicitar como lo harían. Claro que para ello omiten señalar un detalle crucial; a saber: que la esencia de la política está dada por la pugna de intereses. Obviamente, el borrar del escenario político “la pugna de intereses”, es ni más ni menos que vaciar de contenido a toda determinación política. Si no hay intereses en disputa, entonces, ¿para qué sirve la política?
La única respuesta ante éste hecho sería, o bien, para reivindicar un mensaje de “paz y amor” más a fin a los movimientos religiosos, desnaturalizando, en consecuencia, la actividad política. O bien para reforzar  una firme predisposición administrativa; es decir, “la de administrar lo dado, lo ya existente”. Y, no quepan dudas qué, una mera administración de “lo dado”, implica una prolongación del Status Quo, lo que en última instancia significa no reformar, ni cambiar nada en lo más mínimo. Ya que todo cambio social, guste o no, lesiona siempre intereses.
De allí que sería bueno preguntarles a todos éstos candidatos mediáticos que hoy se arrogan “el atributo de la unidad”, ¿Cómo pueden marchar juntos, en pos de una unidad “el Grupo Clarín” con las pequeñas cooperativas de medios audiovisuales existentes a lo largo de nuestra geografía? ¿Cómo consensuarían la necesidad de los pequeños medios de prensa de obtener un papel más barato para imprimir sus periódicos, sin que los accionistas no estatales (Clarín y La Nación) de Papel Prensa se opongan y/o condicionen de alguna forma la libertad de aquellos?
¿Cómo se puede unificar “criterios” -léase intereses- entre las grandes cerealeras que  almacenaron ilegalmente más de 300.000 toneladas de cereales con el propósito de evadir al fisco y no perjudicar con ello a la ciudadanía en su conjunto? ¿Cómo harían para “congeniar” la necesidad de los panaderos de obtener harina para la fabricación de pan y, por el otro, la reticencia de los exportadores de cereales de no proveer el trigo suficiente, sin recurrir a la ley de abastecimiento que al parecer es “divisionista”? ¿Cómo “acordar” con aquellos empresarios que reclaman una “baja salarial” para competir en el mercado externo y garantizar, paralelamente, las necesidades de consumo de los trabajadores? ¿Cómo “preservar” la Asignación Universal por Hijo con quienes formulan volver a privatizar el sistema de jubilaciones y pensiones?
¿Cómo se puede mantener una excelente relación (similar a las “relaciones carnales” tan festejadas en su momento por muchos de los opositores) con la potencia imperial y no debilitar al mismo tiempo el Mercosur?
Los interrogantes serían infinitos y seguramente no nos darían respuestas, al menos, satisfactorias y fundadas. Por ello es preciso desconfiar de aquellos que nos ocultan “los intereses” y solo nos hablan de una “moral angelical” o de una “unidad” superficial y vacía. Artilugios éstos para engañar a aquellos incautos que, por otra parte, desconozcan la historia de la mayoría de estos hombres.
Lo hemos manifestado alguna vez, pero vale la pena reiterarlo, en uno de sus textos Hernández Arregui decía: “Cicerón escribió  una frase tan tediosa como afortunada y vana: “La historia es la maestra de la vida”. A la que Hegel a pesar de su mente genialmente historicista, quizá en un rapto de mal humor opuso lo siguiente: “Lo único que enseña la historia es que la gente jamás aprendió nada”.
No obstante, a pesar del escepticismo hegeliano, una buena franja de los argentinos hemos aprendido de la historia y a no escuchar los “cantos de sirenas” promovidos por los medios audiovisuales; lo que nos permite gozar de un optimismo moderado frente al porvenir.
Sin embargo, el camino es empinado y falta mucho por recorrer; fue nada menos que el célebre Pierre Bourdieu quien nos alertaba sobre los peligros inherentes a la utilización cotidiana de la televisión y “el efecto realidad” que ésta despliega. Es decir, “puede mostrar y hacer creer en lo que muestra”.  Claro que lo que muestra no es la realidad, sino un fragmento editado de la misma -aunque a veces, absolutamente fraguado-  para que el ingenuo televidente, como en los viejos trucos de magia, crea que lo que ve es “lo real”.
Por desgracia, no todos somos conscientes de ello; pues, si lo fuésemos seríamos muchos más quienes sabríamos que detrás de “la feliz sonrisa” de algunos candidatos que apelan a la unidad, se encuentran los propietarios de los medios hegemónicos de comunicación intentando un retorno a “sus ansiados años 90”. Cuando gobernaban en las sombras, cuando hacer  política era simplemente ajustarse a los requerimientos del marketing, cuando habían logrado su objetivo: esto es, vaciar a la política de contenido.
Sin duda, esto no exime de “responsabilidad moral” a esos dirigentes-títeres que pululan por los medios y aspiran convertirse, engañosamente, en “la esperanza del mañana”; pero ya lo hemos señalado, en política no son los preceptos morales los que gravitan. Sino aquello que, sistemáticamente, estos mismos dirigentes y grandes medios comunicacionales se empeñan en ocultar a la opinión pública, nos referimos específicamente a los intereses.

sábado, 20 de julio de 2013

¿A que se debe el odio al kirchnerismo?





 






Es difícil encontrar una respuesta capaz de resolver el mentado enigma. Tal vez la que mejor se aproxima a dar una explicación -que, por otra parte, resulta insuficiente- es aquella que expresa que una franja importante de los argentinos: “No son partidarios de la inclusión social”.
Es como si el lema sarmientino  siguiera sobrevolando sobre nuestro espacio geográfico para susurrar en los desprevenidos oídos de nuestra ciudadanía que la alternativa para edificar una nación debe regirse por la “lógica” de: Civilización o Barbarie.
La civilización, según Sarmiento, representaba la idea de progreso, aquella que tenía su fuente de inspiración en las ideas provenientes de la Vieja Europa; por contraposición, la barbarie estaba intrínsecamente ligada al quehacer autóctono, todo lo que era genuina expresión de nuestra realidad representaba la mera manifestación del atraso. Y como tal, debía ser no ya ignorada, sino desechada, suprimida o mejor aun erradicada.
Bien lo destaca una joven historiadora cuando sostiene:   La dicotomía “civilización y barbarie” inauguró una nueva forma comprender la realidad político-social.  Este imaginario ideológico “dicotómico” será una forma ver pero al mismo de tiempo de operar sobre la sociedad. Así, por ejemplo, esta manera de entender la sociedad fue funcional a la hora de la consolidación de un estado nacional liberal, el cual en dicho proceso excluyó a ciertos sectores y a otros integró”.
Claro que ese proceso de exclusión no reparo, en sus orígenes, en los más elementales principios de humanidad, basta recordar la carta enviada por el propio Sarmiento -año 1861- al fundador del diario “La Nación”, nos referimos a Don Bartolomé Mitre, donde sugería: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos”. Evidentemente, esas palabras regocijaron, cual dulce melodía, los oídos de don Bartolomé quien dos meses más tarde degollaba a 300 compatriotas en Cañada de Gómez.
No obstante, no es nuestra intención desmenuzar los acontecimientos de una historia lejana, aun sabiendo qué: “Pretender  interpretar la realidad de un país desconociendo su pasado, es como pretender comprender el desarrollo de una ecuación a partir del resultado”.
Nos guste o no, la historia nos revela porque somos como somos. No en vano Sartre decía que “un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”; y, sin duda, esto también lo podemos trasladar al terreno de las comunidades.
Por ello, aspiramos a resaltar como aquél esquema dicotómico todavía sigue operando sobre nuestra sociedad y como los medios hegemónicos procuran fortalecerlo. Curiosamente, “los civilizados de hoy”, los que se muestran (o mejor dicho nos muestran) ante la opinión pública como “los tolerantes”, los que vienen a rescatar al país de las “garras de la prepotencia”, son en verdad, los fomentadores del odio y la confusión.
¿O acaso no es fomentar el odio sostener que los planes asistenciales para los ciudadanos de menores recursos deberían llamarse “plan descansar”? ¿O acaso como se debe llamar a “los montajes periodísticos” de Lanata que en el afán de desacreditar a un gobierno inventa sucesos, miente a la ciudadanía y ridiculiza la figura presidencial? ¿Cómo se le puede creer a un “tipo” que según los cables de Wikileaks (y esto no es un invento gubernamental) asistía asiduamente -al igual que Sergio Massa- a brindar informes a la embajada estadounidense y a ofrecer su periódico como portavoz del imperio? ¿Cómo denominar los intentos de asociar al kirchnerismo como una suerte del renacer nazi en América Latina? ¿Cuál es el propósito de intentar mancillar la figura de un funcionario de gobierno ofreciéndole dinero a una falsa “testigo”, en el lamentable suceso de Ángeles Rawson, para imputarle a aquél entorpecer la investigación judicial? Curiosamente un plan, al parecer, urdido entre un periodista de TN y un diputado radical con fines políticos.
La irracionalidad ya no tiene límites, todo vale para confundir a la ciudadanía, todo vale para desprestigiar a un gobierno popular; la cuestión es lograr “la presunta recuperación de la libertad” y para ello se necesitan votos cueste lo que cueste.
Y qué mejor que apelar al viejo y siempre vigente esquema dicotómico. Por un lado los representantes de la chusma, del “autoritarismo”, de la prepotencia; del otro los adalides de “la libertad”, los representantes de una cultura vacía -pero “cultura” al fin-, los partidarios de “una inclusión selectiva”, los demócratas a la americana.    
Curiosa manera de concebir la libertad (excepto que estén hablando de la libertad de mercado exclusivamente, que en definitiva es lo más probable), a ningún opositor se le cruzó alzar la voz para defender la libertad del ciudadano Snowden, luego que denunciara la vigilancia global; a ningún opositor se le ocurrió rechazar el atentado internacional cometido contra el Presidente de Bolivia, Evo Morales; es más ningún opositor cuestionó el ejercicio monopólico de Clarín como si estos hechos no atentasen contra la libertad bien entendida.  
Claro lo de “Evo” es de esperarse, al fin y al cabo en el esquema sarmientino, ya sabemos donde sería ubicado este querido Presidente por estos señores de la oposición; a quienes además, poco les importa el Mercosur; por el contrario, son mucho más propensos al ALCA. Lo que revela cual es el espíritu "independentista" de los opositores. Como podemos vislumbrar, las elecciones en nuestro país, como las de cualquier país latinoamericano, trascienden lo meramente local y condicionan el futuro promisorio de la región. Lo penoso, es que merced a la perniciosa influencia de la vieja lógica de civilización o barbarie, muchos de nuestros ciudadanos quedan atrapados en eso. Y no se dan cuenta de lo malicioso que eso encierra para nuestro futuro.
Es una verdadera lástima, ya que el kirchnerismo vino a instalar una visión distinta de país, propiciando una integración que trasciende los límites de nuestra propia geografía. La inclusión no se redujo exclusivamente al ámbito interno, si bien es cierto que aun falta. Pues, ha sido mucho más amplia, ha tenido por propósito sentirnos parte definitivamente de éste continente latinoamericano, al que tantas veces le hemos dado la espalda.
Una visión que contrasta con la incondicional mirada europeísta de viejas épocas; y que al parecer los nada conspicuos representantes de la oposición, quieren restablecer.    

jueves, 4 de julio de 2013

Las enseñanzas de Groucho y el rápido aprendizaje opositor.







     

 




Es una verdad de perogrullo afirmar que, en los tiempos que corren, las relaciones humanas se encuentran cada vez más profundamente mercantilizadas. Sin lugar a dudas, el factor determinante para que ello suceda ha sido el exagerado desarrollo del capitalismo consumista que, a medida que se expande, va estrechando los márgenes de las acciones no mercantiles.
 Y no porque el capitalismo “en sí mismo” sea inmoral; al fin y al cabo, la moral tiene su razón de ser exclusivamente en el proceder humano. Sin embargo, eso no impide reconocer que un sistema de estas características (donde todo gira alrededor de la acumulación de dinero) promueve, en los hechos, comportamientos amorales e incluso inmorales.
Sabemos, desde Kant en adelante, que una acción moral es aquella que se rige por el desinterés. Es decir, aquél proceder  que se realiza sin segundas intenciones; esto es, sin esperar recompensa o beneficio alguno, tanto material como de cualquier otra índole.  Por ejemplo, si una persona desarrolla una acción para obtener algo a cambio (a pesar de que en los hechos no lo manifieste) no está ejecutando una acción moral; tampoco si ofrece una limosna a un mendigo sí supone que, con ello, se ganara “el acceso al reino de los cielos”.
Ambas acciones están recubiertas de un interés latente; en el primero, la obtención de una contraprestación o recompensa  y, en el segundo, “la adquisición” -imaginaria, por cierto- de una “visa de acceso” al tan ansiado “paraíso”. Lo concreto es que ante semejantes ejemplos se estaría, y según el enfoque del filósofo prusiano, reduciendo “al otro” a la categoría de “medio” para la consecución de un fin. Hecho éste que despojaría a esa clase de acciones del más mínimo contenido moral. “Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca como un medio”, solía sugerir Kant.
Es obvio que semejante premisa moral es incompatible con el sistema económico imperante, en consecuencia, sugerencias de esta naturaleza resultan prácticamente de una inaplicabilidad absoluta. ¿Porqué? Por la simple y sencilla razón de que lo económico-comercial, esta signado por el interés, mientras que lo moral está determinado por las acciones buenas y, absolutamente, desinteresadas.
Lo mismo acontece en el terreno político, pues, confundir la política con la moral distorsiona, muchas veces, nuestra visión de los hechos y, como consecuencia de ello, nos condena  a extraer conclusiones extremadamente erróneas. ¿Porqué? Porque la política es por esencia conflictiva, puesto que en ella se disputa el poder. Y solo hay disputa de poder cuando están en juego los intereses. Llámese intereses de la mayoría o de una minoría, de los exportadores o de los importadores, de los industriales o de los ruralistas, de los especuladores o de los asalariados, nacionales o antinacionales, pero intereses al fin.
Esto no significa que el hombre político deba ser un “ser amoral”; por el contrario, es precisamente en el terreno de las convicciones donde mejor se visualiza la calidad moral del individuo; pues, no olvidemos que “las normas éticas” -a diferencia de las legales-  brotan del interior mismo de nuestra conciencia. Hecho éste que suele traer aparejado más de un inconveniente al momento de adoptar decisiones políticas.  
Porque si bien, uno no puede despojarse de sus convicciones morales, tampoco puede ignorar que, como ya lo hemos mencionado, la política no es una actividad desinteresada. Un claro ejemplo de lo que estamos expresando se dio con la sanción de la denominada “ley de matrimonio igualitario”, donde un conjunto de legisladores (y hasta la propia Presidenta de la República, para el caso una de las impulsoras) que se decían identificados con la “moral cristiana”, y se siguen reconociendo como católicos, aprobaron y apoyaron la consagración de la norma. ¿Porqué? Porque se trato de adoptar una decisión política, despojada de “condicionamientos morales”, y como tal enderezada a tener en cuenta el interés de una franja importante de la población.
Claro que para un agnóstico, como el que suscribe, está ponderable decisión puede ser concebida como una actitud moral, pero lo cierto es que se trato, específicamente, de una firme determinación política, fundada en criterios de equidad y razonabilidad. Porque como bien suele destacar un filósofo contemporáneo, apelando a una frase de Alain, “la moral nunca es para el prójimo”. ¿Se imaginan si cada uno intentase instalar compulsivamente su concepción moral por sobre la del prójimo? Sería, lisa y llanamente, un mundo de fanáticos; donde los componentes de racionalidad brillarían por su ausencia.
Por suerte no es así, la adopción de criterios morales siempre es una decisión personal, no impuesta de manera compulsiva. No obstante, el hombre que se digne llamar político debe abrazar, inexorablemente, un conjunto de principios éticos que si bien no deben condicionarlo al punto de convertirlo en un “autómata principista”; sí deben orientarlo en el desarrollo de su accionar político.
Acaso el antagonismo total entre nuestras “convicciones” y nuestro proceder diario, ¿no sería todo un síntoma de inmoralidad? Si esto es así, cómo puede un “dirigente político” expresar un día una cosa y luego, al poco tiempo, sostener un enunciado diametralmente opuesto a lo que predicaba. ¿Cómo deberíamos llamar a eso? ¿Inmoralidad, amoralidad, ausencia de convicciones, oportunismo, arraigada mendacidad?
Actitudes semejantes, solo serían susceptibles de despertar nuestra hilaridad si se tratase de comedias televisivas que pretendieran emular a ese genial comediante, del siglo pasado, popularizado bajo el nombre de Groucho Marx. Cuando, en uno de sus tradicionales films,  extraía del interior de su chaqueta una especie de manuscrito aduciendo aquello de: “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”.
Sin embargo, y pese a su frondosa imaginación, Groucho  jamás habría supuesto que su conocida frase iba a tener connotaciones pedagógicas sobre una vasta franja de la dirigencia política argentina. Lo podemos verificar en la reciente campaña en algunos de los aspirantes a la legislatura nacional, como por ejemplo: Francisco De Narváez. Que hasta el año pasado se refería al ex secretario general de la CGT, Hugo Moyano, diciendo “que se comporta como un matón y no como un dirigente sindical”, para añadir luego, “la gente está harta de patoterismo”. Lo mismo sostuvo el 20/8/2011 cuando en el cronista.com expresó sus sentimientos hacia Moyano diciendo “Ojalá la CGT esté pronto en manos de otro dirigente sindical”. Sin olvidar que en junio de ese mismo año, el por entonces aliado de Ricardo Alfonsín, expresaba -ver Los Andes On line 23/6/2011- “Moyano va a ir en cana porque está metido hasta las manos”, en referencia a la denominada causa de los medicamentos.
Claro que el ex titular de la CGT no se amedrentó y arrojó sus dardos verbales sobre “Ese señor colombiano, que no supo administrar un supermercado y quiere administrar una provincia”.
Lo sorprendente es que hoy marchan todos juntos en la misma lista, integrada además por otros popes sindicales (Piumato, Plaini), que, por entonces, para congraciarse con su reverenciado jefe salían a efectuar declaraciones furibundas contra el empresario devenido en político.
Sin embargo, sería injusto, de nuestra parte, sostener que solo estos señores se amoldaron a “las enseñanzas grouchianas”; por el contrario, casi todo el arco opositor (incluido casi la totalidad de los denominados “periodistas independientes”, quienes alientan la unidad opositora sobre la más absoluta ausencia de criterios) trabaja en consolidar esta clase de alianzas reñidas con los más elementales principios.
 Así Solanas, que se asumía como un hombre de “izquierda”, cuestionaba a Elisa Carrio diciendo hace escasos dos años que “la señora Carrio, se corrió muy a la derecha en todos estos años”. Por su parte la mentada dirigente intentaba, hace un tiempo, descalificar a “Pino” afirmando: “No vayan a creer que nació en Fuerte Apache, sino que nació en San Isidro y filmó en París”, agregando que “los únicos que pueden defender a la Nación no son los simpáticos, son los que saben”. Y con ello aludía al presunto” saber” que, a su antiguo parecer, representaba el economista “neoliberal”, Alfonso Prat Gay; quien ahora -alejado de “Elisa”- integra el “Frente Progresista” de “centro izquierda” donde conviven quienes elogian la situación político-social de la República de Ghana como un ejemplo a imitar, los que públicamente (Binner) sostienen que de ser venezolanos hubieran votado a Capriles  (en su elección contra el extinto líder Hugo Chavéz), los que acusan de “mafioso” (Barletta) el proceder de la Afip por enviar una carta al presidente de la Corte Suprema de Justicia a los efectos de regularizar sus deudas con el organismo, etc. etc., etc.  
No menos práctico ha sido el massismo  (en referencia a Sergio Massa) que configuró su lista desprovista de toda consideración ideológica; lo que le permite una extremada flexibilidad, a cada uno de sus miembros, para adoptar cualquier tipo de posturas. Incluso las más contradictorias -aunque como pudimos observar también sucede con el resto- si bien se espera de ellas cierta afinidad con las necesidades del establishment.
Todos ellos se sienten convocados por  lo que podríamos denominar: “La configuración de la  nada política”. Se comportan como aquellos matrimonios de la antigüedad, en donde ambos contrayentes se unían para satisfacer simplemente las exigencias paternas (en este caso, sustituidos por los poseedores de los medios hegemónicos), sin fundarse en lazos comunes,  proyectos colectivos, ni predisposición “amorosa” alguna.
Lo único que los une es evitar el progreso o la consolidación “del otro” -para el caso, el kirchnerismo- rechazando y criticando, en consecuencia, toda propuesta o iniciativa oficial. No importa que la iniciativa en cuestión sea buena o beneficie al mayor número de nuestros compatriotas.
Lo importante, para ellos, es acogerse a otro de los postulados pedagógicos de nuestro querido Groucho cuando decía: “Estuve tan ocupado escribiendo la crítica que nunca pude a sentarme a leer el libro”.