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jueves, 25 de febrero de 2016

El retorno de la penuria existencial y el menosprecio del presente




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Es irritante observar como los cultores de la ideología neoliberal se empeñan cotidianamente en justificar la puesta en marcha de un programa económico y social cuyo propósito consiste en empobrecer a la gran mayoría de la población y, paralelamente, dinamitar todo lo que represente algún conato industrialista.
Sin duda, no son muy originales en su construcción discursiva, pues, por el contrario, la andanada de estólidos “argumentos” a los que recurren, forman parte de las tradicionales y arcaicas fábulas para incautos que, triste es reconocerlo, suele ser muy eficaz al momento de engañar a vastos sectores de la ciudadanía argentina.
Así por ejemplo, no es inusual escuchar en los medios de comunicación a los funcionarios oficiales o a sus agentes de propaganda privados (economistas de la City) hablar de que el principal objetivo del gobierno “es combatir la inflación” heredada, según ellos, del gobierno anterior.
Cualquiera que conozca un poco los principios que rigen la economía -y con más razón si ha vivido en la Argentina- no ignora que el mero hecho de devaluar el peso en las proporciones que el actual gobierno lo hizo, iba a provocar una escalada inflacionaria de una magnitud exorbitante. Además de generar, como es ostensible, una pérdida sustancial del poder adquisitivo de los trabajadores que ya alcanza el orden del 50%. Como vemos, en vez de atenuar el supuesto mal que aqueja a la sociedad argentina, conforme al diagnóstico que ellos mismos hacían, han optado por profundizarlo.
Como diría el célebre Don Arturo “Estos asesores no se proponen curar al enfermo sino matarlo”, y las medidas instrumentadas corroboran semejante afirmación.
Es llamativo que en esta época donde se habla tanto del “sinceramiento de precios”, nada se hable de la necesidad de sincerar las expresiones de algunos funcionarios, a los que todavía seguimos escuchando hacer referencia al concepto, vacío por cierto, de “Pobreza Cero”. Al parecer, para los nuevos gobernantes, la sinceridad ha dejado de ser un atributo humano para pasar a ser una cualificación de las mercancías. De lo contrario, no escucharíamos a muchos de estos señores decir que “la inflación nos perjudica a todos”; pues, sería más digno que se llamen a silencio antes de afirmar cosas que no son ciertas. Si nos hablasen con honestidad, reconocerían que detrás de todo proceso inflacionario se esconde la verdadera pugna por el reparto de la riqueza, y el sector más profundamente perjudicado a la hora de la repartija es, sin lugar a dudas, el sector asalariado.
Precisamente es esa ausencia de sinceridad la que les permite responsabilizar al gobierno anterior de la disparada inflacionaria de estos últimos meses; omitiendo que “el galope inflacionario” tuvo lugar, en principio, cuando anunciaron la devaluación de la moneda y, posteriormente, cuando se salió del denominado “cepo cambiario” para introducir la divisa en las turbulentas aguas del “libre mercado”.
Pero para comprender más lo que estamos diciendo, cotejemos el actual proceder del equipo económico en materia de devaluación, con el ejecutado por el gobierno anterior.
Es lógico reconocer que en enero del 2014 el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se vio forzado a devaluar por una pluralidad de motivos (merma de reservas como consecuencia de la ejecución de políticas de desendeudamiento, fuertes presiones del “mercado” para depreciar el peso, constante fuga de capitales, etc.), la devaluación no fue para nada menor; sino que osciló entre el 30 y el 35% entre los meses de noviembre de 2013 a marzo de 2014. Sin embargo, el gobierno adoptó un conjunto de medidas que terminaron reduciendo a la mínima expresión el impacto devaluatorio sobre el grueso de la población. A saber: aumentó la Asignación Universal por Hijo (AUH), las jubilaciones y pensiones, posibilitó acuerdos salariales con paritarias sin techo alguno, ejecutó la política de precios cuidados, impulsó la compra en cuotas mediante el plan “Ahora 12”; preservando de ese modo el poder adquisitivo de la población sin menoscabar la demanda en el mercado interno y, de ese modo, procurar mantener incólume los índices de ocupación en la Argentina.
En cambio, el actual gobierno de “Cambiemos” procedió de manera diametralmente opuesta: Devaluó la moneda en un 40%, permitiendo a su vez que el mercado continúe con el proceso devaluatorio (ya casi alcanza un 60% y nada asegura que se ha de detener), para peor eliminó las retenciones y los cupos de exportación lo que facilitó el proceso remarcatorio en materia de alimentos, decidió promover un aumento del combustible, no fue capaz de adoptar una sola medida para atenuar o compensar la desmesurada pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores; por el contrario, despidió un elevadísimo número de empleados públicos (alrededor de 50.000 por el momento), suprimió las barreras arancelarias para facilitar el acceso de productos importados lo que ya está determinando el por ahora incipiente, pero por demás preocupante, cese de las actividades de las industrias locales y, como añadido, paralizó todo emprendimiento en materia de obras públicas. No hablemos aun de los anunciados “tarifazos” y del nuevo aumento de la nafta que va a incidir en mayor medida en el índice inflacionario del mes de marzo.
En fin, como es sencillo de apreciar, las diferencias son notorias. Mientras que en el 2014 se adoptaron un conjunto de medidas tendientes a proteger a los asalariados y no provocar una fuerte transferencia de ingresos en perjuicio de la gran mayoría de la población; ahora, en cambio, se instrumentan una serie de medidas tendientes a beneficiar a un sector minoritario de la población en detrimento de la gran masa poblacional.
Es evidente que la  idea que nos ofrece el macrismo de combatir la inflación es a base de corroer el consumo popular. Ahora bien, si la política antiinflacionaria consiste esencialmente en reducir la demanda a límites estrechos, hasta llevarla a una suerte de “Consumo Cero”, el resultado ha de ser, indefectiblemente, un gigantesco cementerio.
No existen dudas que el fantasma de la inflación ha sido de suma utilidad para, en ocasiones, atemorizar a los pueblos y condenarlos a que acepten sumisamente la ejecución de políticas que atentan contra sus intereses. Cualquiera puede recordar como durante el gobierno del presidente Alfonsín los grandes grupos económicos estimularon el proceso inflacionario para provocar su finalización anticipada del mandato. Lo que luego derivo en los planes de ajuste del gobierno menemista. Con esto no estamos planteando ignorar todo proceso inflacionario, sino por el contrario, indagar en las verdaderas causas y observar las medidas adoptadas para combatirla. Pues allí sabremos si se nos habla con la verdad o solo se nos engaña.
El premio Nobel de economía Joseph Stiglitz sostuvo: “Cuando nos dicen que la inflación es el impuesto más cruel, sospechemos, ya que solo cuando es muy alta puede afectar el crecimiento de un país. La preocupación principal del mercado financiero nunca han sido los pobres.” (1)
Bien lo señaló el destacado economista cuando adujo que la inflación no es un problema en sí misma, sino por las consecuencias que puede traer aparejada en torno al empleo, al crecimiento o a la distribución del ingreso. Después de todo, se puede sobrellevar una vida con cierto bienestar aun con un índice inflacionario razonable y, por otra parte, se puede vivir pesimamente mal en el marco de una economía sin inflación. Claro que la ortodoxia neoliberal es incapaz de reconocer estas posibilidades, pues de hacerlo, estaría quitando el único sustento del cual se sirve para justificar sus políticas de ajuste.      
Si hay un rasgo característico del discurso neoliberal en la argentina, ha sido el de demandar ingentes esfuerzos a la ciudadanía en aras de un “mejor futuro”, por cierto, siempre por venir. Lo real, es que la experiencia histórica nos ha demostrado que ese “mejor futuro” nunca se materializó con el correr del tiempo y que los sacrificios, cada vez que los neoliberales estuvieron en el poder, se fueron expandiendo en número hasta oscurecer nuestro presente.
Así generaciones de argentinos vieron al final de sus vidas que el sacrificio realizado en aras de un “futuro mejor” no solo no se cumplió; sino que malgastaron gran parte de sus vidas en soportar padecimientos que solo conducían a incrementar sus penurias.
Lo paradójico de estas fábulas neoliberales, es que siempre han sido muy convincentes para muchos conciudadanos. Desde “hay que pasar el invierno” de Alvaro Alsogaray, o “al final del túnel veremos la luz” de Martínez de Hoz, pasando por “estamos mal pero vamos bien” de Menem-Cavallo, al de “Pobreza Cero” de Mauricio Macri.
Tal vez, porque quizá no reparamos que la única dimensión real de la existencia: es el presente. Y eso nos lleva a ilusionarnos con un futuro que siempre es por demás incierto y que ni siquiera sabemos si hemos de alcanzar. De ahí que es hora de dudar de aquellos que nos prometen un mejor futuro a expensas de un padecimiento presente.




(1)    Economía a contramano (Alfredo Zaiat)

lunes, 15 de febrero de 2016

El nuevo parámetro de racionalidad macrista.



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Uno de los argumentos más utilizados en estos últimos días, por parte de los críticos del período Kirchnerista, es el hacernos creer que el país ha retornado a “la normalidad”. Pues, la idea de que el país se ha encauzado en el plano institucional y en el “racionalismo económico”, abandonando el “despilfarro irresponsable” del gobierno populista, conduce a suponer que la notoria mejora en materia de derechos y en relación a una distribución más equitativa del ingreso promovida por el gobierno anterior fue consecuencia de la instrumentación de políticas irracionales que atentaban contra “lo normal”.
Por cierto, imponer semejante creencia tiene el deliberado propósito de lograr el necesario consentimiento social para que la ciudadanía acepte, resignadamente, la ejecución del actual plan neoliberal. De esa manera -esto es, apropiándose de “la racionalidad”- nos explican, a través de los distintos medios de comunicación, que “lo normal” es: eliminar las retenciones a las grandes corporaciones agrícolas, suprimir las aranceles a las compañías mineras, aumentar en cifras siderales el costo de los servicios públicos, devaluar drásticamente el peso, reducir los salarios, multiplicar los despidos en la administración pública, acordar en condiciones extremadamente desventajosas con los “fondos buitres”, permanecer impasibles ante los remarcadores de precios, restringir -represión mediante- la protesta colectiva, e indudablemente gobernar por decreto y, en lo posible, sin oposición alguna.
Es obvio que dentro de estos parámetros de “normalidad” (no olvidemos que la imagen juega un papel preponderante en el ideario de “Cambiemos”) se encuentra también la faceta simpática del modelo; de ahí la necesidad de difundir los pasitos de baile del actual presidente que, ante la grave situación por la que comienzan a atravesar muchos de nuestros compatriotas, representan un “verdadero estímulo” para la conservación del optimismo.   
Claro que si uno procura entender las medidas adoptadas en este breve tiempo de ejercicio de gobierno, resulta harto difícil encontrar visos de racionalidad que fundamenten la instrumentación de las mismas. Por ejemplo, uno de los constantes relatos en que se cobijan los economistas -y periodistas- neoliberales para justificar el actual proceder del equipo económico es el “déficit fiscal”. El supuesto “agujero” que CFK le ha dejado a la economía nacional durante su “desastrosa gestión”, según sostienen los valentonados macristas.
Obviamente, la lógica indica que para “tapar el agujero” es preciso rellenarlo; lo que en términos económicos implica mejorar la recaudación fiscal. Sin embargo, lejos de aventar el mentado problema optan por agravarlo reduciendo los ingresos del Estado a través de la supresión de las retenciones al campo y al sector minero (solo la eliminación de los derechos de exportación a la minería representa la pérdida de 3.300 millones de pesos al año) lo que equivale a debilitar aún más las insuficientes arcas del Estado.
Claro que para los detentadores de la racionalidad, “lo normal” para contrarrestar el déficit en cuestión (que por otra parte, dista mucho de ser de la magnitud que expresan los voceros oficiales) es recurrir al endeudamiento externo; receta, por cierto, archiconocida por quienes hemos atravesado la perniciosa experiencia de la década del 90. De la cual al parecer, los funcionarios actuales, no han aprendido mucho a pesar de que algunos de ellos fueron partícipes directos (por no decir corresponsables) de aquella nefasta situación.
No obstante, la normalidad que pregonan los poseedores de la racionalidad se encuentra con un obstáculo temporal para emprender el tan pretendido proceso de endeudamiento externo. Dicho obstáculo consiste en que previamente deben “acordar” -aunque a juzgar por la posición adoptada por el actual gobierno el verbo aplicable sería “someterse”- con los “fondos buitres”; no solo en condiciones absolutamente desventajosas (paradojalmente propuestas por las actuales autoridades argentinas); sino que a riesgo de dejar sin efecto, y esto ya en el terreno jurídico internacional, la exitosa reestructuración lograda oportunamente por Néstor Kirchner. Puesto que cualquiera de los acreedores que, en su momento, se avino a la mencionada reestructuración podría exigir, tribunales mediante, el mismo trato beneficioso que reciben hoy “los buitres” por parte del gobierno nacional. Lo concreto es que Argentina, otrora impulsora en los foros internacionales de una “ley de reestructuración de deudas soberanas”, hoy le ofrece a los representantes de “la rapiña financiera mundial” beneficios superiores al 1000%.  
Y aquí también encontramos una notoria ausencia de racionalidad en el discurso oficial. Por un lado, nos hablan de un futuro promisorio en el mediano plazo; y por el otro aspiran a contraer una pluralidad de deudas que, en ese mismo período de tiempo, traerá drásticas consecuencias para el futuro del país. Que, como es lógico inferir, se verá agravado no solo por la caída gradual del PBI, a raíz de la paulatina destrucción del mercado interno que están impulsando; sino por el deterioro constante al que están sometiendo al erario público.
Menuda “racionalidad” la del oficialismo, el grado de incongruencia que yace en el discurso oficial es de tal magnitud que no deja de sorprender; de ahí que podamos observar cómo, en un reportaje reciente, el actual ministro del interior, sin espasmos en su rostro, nos siga mencionando que el objetivo del gobierno es alcanzar “la Pobreza Cero”.
Pues, se reducen los salarios, se incrementan vertiginosamente los índices de desocupación, se tornan inaccesibles los servicios públicos esenciales como consecuencia del “tarifazo” oficial, se permite la remarcación indiscriminada de precios, se suprime la entrega gratuita de medicamentos a los jubilados y a los sectores más vulnerables y pese a ello: Todavía se nos dice que “marchamos en dirección a la eliminación de la pobreza”. Como vemos, se trata de una versión remixada de aquella triste y difundida frase de los noventa: “estamos mal pero vamos bien”; época en que, al igual que ahora, el parámetro de racionalidad estaba divorciado de la razón.   
Es por demás sabido que “el poder” siempre procura imponer una visión de la realidad que le resulte funcional a sus inconfesables propósitos. No obstante, sorprende contemplar la absoluta ausencia de relación entre los enunciados de los funcionarios de gobierno y los hechos que acontecen cotidianamente.
Nadie ignora que “la realidad virtual” (esa que se ufanan de construir los medios) suele desplazar, al menos temporariamente, “la realidad real”. Pero pretender construir, exclusivamente, el edificio de “lo real” sobre la base de discursos y artilugios mediáticos es poco menos que una quimera que, más temprano que tarde, se derrumbará irremediablemente ante los ojos de la sociedad.

Sin embargo, y pese a estar absolutamente distorsionado, “el paradigma de normalidad” que nos ofrece el macrismo, con el apoyo incondicional de la mayor empresa local de “construcciones virtuales” (Grupo Clarín), no tiene límites y contrasta con la realidad cotidiana de millones de almas que están padeciendo los incipientes y crueles efectos de semejante distorsión. 

martes, 9 de febrero de 2016

La instalación de los miedos: un viejo recurso antipopular



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Tan solo han transcurrido sesenta días de un nuevo gobierno y el rostro de nuestra república ha comenzado a desfigurarse y  no solo en el aspecto institucional, hecho de por sí sumamente grave, sino en el plano en que se nos ocurra fijar nuestra visión.
Así por ejemplo, si nuestra mira se ciñe exclusivamente al terreno económico hemos de observar que el camino elegido por el gobierno de turno conduce inevitablemente a la destrucción masiva del empleo y al empobrecimiento paulatino de nuestra población. El “proceso”, como curiosamente lo denominó el actual jefe de gabinete, es secuencial, pues, se comenzó con los empleados de la administración pública y se continuó inmediatamente con los trabajadores de la actividad privada.
Claro que, paradójicamente, estamos en los inicios de la rimbombante propuesta conocida como “pobreza cero”, lo que no requiere de demasiada imaginación para formularnos una idea de cuál será el resultado de la misma al cabo de los próximos meses. Lo cierto es que ya son decenas de miles los desocupados en la argentina y las propias autoridades de gobierno están preanunciando la continuidad de esta política de despidos. Si a esto le añadimos la estrepitosa caída del salario que se viene produciendo, como consecuencia de las medidas impulsadas, es lógico colegir que aquellas empresas cuyos productos dependan de la demanda interna se verán en serios problemas de subsistencia. Claro que no faltaran productos, al fin y al cabo, estos van a ser sustituidos a través de las importaciones; lo que faltarán serán fábricas abiertas lo que al parecer es una buena señal para los economistas neoliberales ya que la ausencia de consumidores (por carecer de dinero) es un factor favorable para reducir el alza de precios.  
Ironías a parte, es fácil comprender que la política que se viene ejecutando tiene por objetivo central configurar un elevado número de desocupados que posibilite, por un lado, constituir lo que en otros tiempos se denominaba el “ejército de reserva” (mano de obra desocupada dispuesta a trabajar por salarios de hambre); y, por el otro, conminar a los trabajadores que conservan su fuente laboral a aceptar una reducción salarial a cambio de no verse obligado a alistarse, involuntariamente, en el mentado “ejercito”.
Bien lo acaba de manifestar el ministro de hacienda, Prat Gay, cuando en relación al tema sostuvo: “cada gremio sabe hasta qué punto puede arriesgar salarios a cambio de empleos”.
Se dirá, y no sin razón, que la ejecución de este modelo ya estaba diseñada desde hace muchísimo tiempo y no cabe dudas que eso es así; pues, basta recordar la ya olvidada frase del periodista estrella (Jorge Lanata) del grupo monopólico en materia comunicacional, cuando ya en el año 2014 nos decía: “si viniera un tipo que fuera verdaderamente un líder y le dice a la gente que va a ganar un 10 por ciento menos, la gente lo aceptaría”. Obviamente, el actual presidente está lejos de ser un líder; sin embargo, fue capaz de reducir los salarios mucho más allá del 10 por ciento y sin necesidad de esperar la aceptación de la gente.
Esta simple referencia, pone de manifiesto que quienes apoyaban la llegada de “los conservadores” al poder, en este caso “Cambiemos”, sabían de antemano lo que se vendría en la Argentina. Tal vez no se imaginaron que su llegada iba a darse en el marco de la democracia (no olvidemos los diversos intentos desestabilizadores que tuvo que sortear el gobierno de Cristina Fernández), no obstante, lo concreto es que el conservadurismo llego al poder y recién estamos padeciendo las primeras  consecuencias de su modelo de país.
Adam Smith, un liberal honesto y preocupado por los hombres de su tiempo, gustaba decir que en muchas tumbas debería figurar la inscripción “estaba bien, quise estar mejor; ahora estoy aquí”. Semejante expresión puede describir la situación en que se encuentran -y por desgracia, se encontraran- muchos de nuestros compatriotas que sin estar mal, optaron por lo peor. Tal vez los argentinos no fueron capaces de apreciar lo que tenían con anterioridad a los comicios nacionales; que seguramente no era lo ideal, pero no existen dudas que aun con sus falencias era lo mejor para la gran mayoría de la población.
Lo que se avecina ahora para nuestro país es, ni más ni menos, que “la sociedad del miedo”.
El miedo es una poderosa arma de dominación política y social, no por casualidad las grandes dictaduras se han valido del temor para alcanzar sus deleznables objetivos. Hoy, a escasos días de gobierno, hay sobrados indicios del retorno de los miedos. A saber: el miedo a perder el empleo, el miedo a transitar libremente por las calles (la exigencia de portar documentos nos retrotrae a viejas épocas represivas), el miedo a perder, como ya acontece, la cobertura de los medicamentos en el caso de los jubilados, el miedo a manifestarse en los espacios públicos, el miedo a ser observado en el Facebook ya que puede acarrear serias dificultades laborales que den motivo a ser objeto de persecución o despido. En fin, esta pluralidad de miedos seguirá en ascenso porque es la única posibilidad que el gobierno neoliberal tiene de consumar su propuesta.
Evidentemente los actuales funcionarios  no ignoran cuan efectivo resulta el miedo para mantener bajo control a toda una sociedad. Y, muy especialmente, para condicionar el accionar de la clase trabajadora.  No desconocen que “el miedo” además de paralizar, es decir suspendiendo los potenciales reclamos, suele romper con los lazos de solidaridad entre los trabajadores. Puesto que, una vez instalado, muchos en su afán de preservar el empleo, desisten de comprometerse –áerróneamente, por cierto- con los reclamos colectivos. No es casualidad que en las últimas movilizaciones en reclamo de la preservación de las fuentes laborales, el método aplicado para “disuadir” a los manifestantes, haya sido la brutal represión de esas pacíficas marchas.
Claro que instrumentar este tipo de medidas tiene un costo que no se circunscribe a los damnificados directos; de ahí que para ello sea necesario “persuadir” (obviamente con la colaboración insoslayable de las grandes corporaciones mediáticas) al resto de la sociedad que las medidas en cuestión tienen un fundamento “racional” y si no los tuvieren, como en la mayoría de los casos, por lo menos hay que revestirlos con cierta “apariencia de racionalidad”. No sea cosa que el resto de la población se sensibilice ante la desgracia ajena y comience a alzar su voz en defensa de los desamparados.
Así se pretende hacer creer que todos los despedidos son “ñoquis” o que el déficit del estado es inconmensurable o que las políticas aplicadas son consecuencia de la catastrófica “herencia recibida” y hasta que el inminente acuerdo con los “Buitres” es perjudicial por la postura adoptada por el gobierno de CFK durante su gestión. Sin duda este panorama es extremadamente perturbador para la convivencia social y notablemente perjudicial para la gran mayoría del pueblo argentino; pero al parecer el gobierno no se inmuta, por el contrario, se contenta con los desmesurados elogios provistos por el FMI que ya sabemos siempre pondera la ejecución de políticas antinacionales.

Perlitas de mi Cia.:  Los libros

Días pasados hurgando en mi biblioteca me topé con un libro impreso en el año 1971, su título “Los Ministros de Economía”, su autor el economista y periodista económico, Enrique Silverstein. Son esos libros que uno adquiere en esas librerías de textos usados pero que tienen un valor histórico porque desnudan en cierto modo los “mitos” de otras épocas. No obstante y por desgracia no han sido lo suficientemente difundidos, de lo contrario no hubiesen sido creíbles los discursos de la mayoría de los economistas neoliberales que sobrevinieron a posteriori de la impresión del libro. Lo concreto es que en su libro Silverstein va desmenuzando los discursos de los distintos ministros de economía que se sucedieron en distintos momentos históricos de nuestro país. Su estudio se desarrolla entre los años 1958 y 1970. Pues, en esos doce años tuvimos 15 ministros de economía, de los cuales 12 estaban enmarcados en el pensamiento neoliberal (recordemos que esta teoría económica tuvo lugar a partir de 1930, si bien su auge universal data de finales de los 70 y comienzos de los 80). Algunos de esos “notables” ministros son lo suficientemente conocidos para quienes gustan indagar en los pormenores de la historia. Entre ellos: Donato del Carril, Álvaro Alsogaray, Roberto Aleman, Coll Benegas, Jorge Wehbe, Federico Pinedo, Méndez Delfino, Alfredo Martínez de Hoz, Krieger Vasena, Dagnino Pastore, etc., etc. No es nuestra intención reproducir los discursos del siglo pasado pero sí vale la pena destacar los argumentos que utilizaban para justificar sus políticas, todas, sin solución de continuidad, destinadas a reducir la capacidad adquisitiva de la población y fomentar el endeudamiento externo de nuestro país.
Todos sin excepción aludían a “la pesada herencia recibida”, todos manifestaban que “sus esfuerzos estaban encaminados a reducir la inflación”, que “los males que aquejan al país radicaban esencialmente  en el déficit fiscal”, que “la inflación era resultado de la emisión monetaria”, que “la llegada de capitales iba a poner en marcha la actividad productiva del país”. En fin como uno puede apreciar, las mismas frases que en la actualidad repiten, indefectiblemente, los funcionarios de “Cambiemos”. Es obvio que ninguno de ellos mejoró las condiciones de vida de la población y mucho menos mejoraron los indicadores económicos del país que se vió sumido en el subdesarrollo; sin embargo, siguieron esparciendo su nefasta influencia sobre el quehacer económico argentino. Y en algunos casos, como el de Martínez de Hoz y Roberto Aleman volvieron a ocupar la cartera ministerial durante el mal llamado “Proceso de Reorganización Nacional” (eufemismo de dictadura)  y en otros, como es el caso del Ing. Álvaro Alsogaray, acompañó y asesoró toda la gestión menemista de la década del 90. Por cierto, estos economistas han dejado de existir; pero sus discípulos integrantes, en su momento, del equipo cavallista continúan esparciendo esas ideas cual si fuesen saludables, ya sea en el ejercicio de sus funciones o en los medios de comunicación. La experiencia los refuta categóricamente; sin embargo, ellos no se inmutan ante las cámaras. Por eso resulta verdaderamente sorprendente observar cómo, a pesar del transcurso del tiempo, el pensamiento conservador sigue apelando a los mismos argumentos para justificar la instrumentación de políticas antipopulares. El problema no es su falta de creatividad, sino la injustificable tendencia a creerles por parte de un determinado sector de la población.
Lo cierto es que la política conservadora siempre nos demanda sacrificios para alcanzar en un futuro, un presunto bienestar que, en los hechos, no solo nunca llega; sino que empeora día tras día.

Lo real, es que durante la campaña electoral fueron, con la ayuda mediática, aceptables “vendedores de humo” en lo inmediato; ahora ya instalados en el gobierno son auténticos “vendedores de Humo” a largo plazo. Claro que en esta ocasión deberíamos recordar la ilustrativa frase de John Maynard Keynes “A largo plazo, estamos todos muertos”

martes, 12 de enero de 2016

"La grieta y los globos": la nueva versión de los espejitos de colores.


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A solo treinta días del nuevo gobierno la máscara mediática se pulverizo y la realidad ha quedado al descubierto. Durante toda una década se anunció, falazmente, por los distintos programas de la corporación comunicacional que el kirchnerismo, a lo largo de toda su gestión de gobierno, había dividido a la sociedad argentina.
En el período previo a la contienda electoral, el argumento repetitivo de los denominados “comunicadores sociales” se centro en imputar a Cristina Fernández de Kirchner como la “autora” excluyente de esa presunta división social que en los ámbitos radiales y televisivos se lo describía como “la grieta”. Esa metáfora que aludía a una suerte de abertura alargada y que, “virtualmente”, se extendía sobre el cuerpo de nuestra comunidad para separarla en dos partes claramente definidas, rindió sus frutos.
Con el transcurrir del tiempo quedó en evidencia que la mentada “grieta” era solo un artilugio discursivo extremadamente funcional a los intereses del establishment (verdaderos impulsores del divisionismo social), quienes, mediante el mismo, lograron convencer a un considerable número de ciudadanos para que apoyara, con su voto, el arribo de un gobierno ultraconservador al interior de la “Casa Rosada”.
La ingenuidad de buena parte del electorado argentino consistió en creer que un gobierno surgido de las propias entrañas del establishment podía ejecutar políticas orientadas a promover el bienestar general de la población. Craso error, que todavía algunos no llegaron a descubrir. Es la segunda ocasión (la primera fue con Menem) en que una significativa franja del  electorado nacional incurre en este tipo de errores.
Sin embargo, es menester señalar que el ciudadano medianamente politizado sabía perfectamente que los que se cobijaban bajo el ropaje de “victimas” de esa artificial “grieta”, eran en verdad los victimarios sociales. Es decir, aquellos que a todas luces distorsionaban la realidad sembrando el escepticismo y el descredito sobre la figura de Cristina Fernández de Kirchner que, con aciertos y errores, supo mantener un firme compromiso con los sectores populares.
Es lamentable tener que reconocer que millones de incautos cayeron en la trampa comunicacional. Una muestra contundente de la eficacia discursiva de los medios hegemónicos, nos la brindó una difundida encuesta, realizada con anterioridad a los comicios nacionales,  donde curiosamente una significativa franja de argentinos presagiaba que en el año 2016 “su situación personal iba a estar mejor, pero que la realidad del país iba a empeorar”.
La inusual respuesta es poco comprensible conforme a los dictados de la lógica tradicional, máxime si tenemos en cuenta que el mayor número de encuestados se trataba de asalariados. Pues, resulta absolutamente ilógico que a un trabajador le vaya bien en un contexto social desfavorable.
La desconexión entre la realidad de un país y entre quienes habitan el mismo, es solo digna de ser aplicable en aquellas mentes despolitizadas. No por casualidad el propósito velado de las corporaciones mediáticas ha sido siempre descalificar la militancia política (curiosamente coincidente con una de las consignas tradicionales del Pro que prefiere a los CEOs del sector empresarial);  al fin y al cabo, la despolitización ciudadana es requisito ineludible para que el neoliberalismo se imponga en el seno de una sociedad. 
Por cierto, si la mencionada encuesta se hubiere realizado entre los representantes de las corporaciones mediáticas o del sector agro-exportador o los representantes del mundo financiero (Banca nacional y extranjera) esperanzados éstos, con antelación, del triunfo de Mauricio Macri; “el presagio” en cuestión hubiere tenido elevados visos de veracidad y un sólido fundamento argumental. De hecho a solo un mes de gobierno esos sectores se han beneficiado no solo con una catarata de “Decretos de Necesidad y Urgencia” (DNU); sino que, en la práctica, se han visto favorecidos, y en lo inmediato, con una fenomenal transferencia de recursos que tiene como contrapartida una significativa pérdida del poder adquisitivo de los asalariados.  
Pero volvamos por un momento a la tan remanida “grieta”. Los supuestos promotores de “la unidad” durante la campaña electoral han demostrado ser, prematuramente, los apóstoles del odio y la persecución ideológica. A tal punto llega su odio visceral (perceptible por cierto, a lo largo de la última década) que han desatado una campaña de persecución implacable sobre toda voz que se atreva a cuestionar las políticas macristas (es decir: del establishment) en el ámbito televisivo y/o radial.
Sería grato que los incautos que reproducían las falaces consignas del grupo Clarín anunciando que peligraba la vigencia de “la libertad de expresión” durante la década anterior, se tomaran la molestia de observar como se viene cercenando la pluralidad de opiniones durante el actual gobierno. "Dady" Brieva, Víctor Hugo Morales, Roberto Caballero, programas como “Duro de Domar”, 6-7-8, por solo citar algunos, han sido, manifiesta o encubiertamente, censurados por “la mano invisible del mercado”.En algunos la censura es directa; en otros simulada.
Pues, la modalidad de censura más conocida en los tiempos que corren se vincula directamente a la supresión de la publicidad oficial. El método extorsivo es fácil de instrumentar, se le exige al medio la expulsión del periodista que "incomoda" con sus expresiones; de lo contrario se procede a cancelar la pauta publicitaria. Así es como funciona la “libertad de mercado” comunicacional, tan elogiada por el flamante ministro Aguad a lo largo de estos días.  Por ello el remanido “argumento” de que los medios privados se financian exclusivamente con fondos particulares y que el Estado no debe auspiciar programas bajo ningún concepto (como sucedía con 6-7-8 o Fútbol para todos) es tan irrisorio que no resiste el más modesto análisis. Pues, aun quienes no miramos la TV privada financiamos, a través del Estado y, obviamente, a través del consumo, la permanencia de sus mediocres programas; pero, en fin, dejemos esa discusión para otro momento.
Lo cierto es que mientras regía la “ley de servicios de comunicación audiovisual” las voces opositoras al gobierno de entonces, se reproducían en abundancia en los espacios radiales y televisivos; y sin embargo ahora que gobiernan “los reparadores de la grieta” se silencian voces críticas todos los días. Con la más absoluta indiferencia de la gran mayoría de los “periodistas independientes”; lo que pone de manifiesto que esa concepción “independentista” era tan falaz como la promoción de la publicitada “grieta”.
Es obvio que la decisión de silenciar a determinados periodistas no se reduce específicamente a una cuestión ideológica; sino a la necesidad de acallar públicamente todas aquellas voces que disientan  con el modelo económico-social propuesto por el actual gobierno. Ya lo mencionamos en otras ocasiones (ver el artículo: “Libre mercado + neorepublicanos..”) , pues el modelo económico impulsado por el macrismo requiere inexorablemente de una tasa de desocupación que oscile entre un 15 a un 20% de la población económicamente activa. Y para alcanzar esos niveles de desempleo no solo se requiere dejar sin ocupación a los trabajadores públicos (lo que implica por otra parte reducir la presencia del Estado en diversidad de áreas: salud, educación, asistencia social, etc.), sino también reducir los empleos y los salarios del sector privado. De eso, obviamente, se encargará la importación indiscriminada que ya se perfila y el deterioro del mercado interno merced al recorte del poder adquisitivo con la ya orquestada devaluación y las eventuales depreciaciones que se realicen mediante la denominada “fluctuación libre del dólar”. De ahí la necesidad de evitar “voces disonantes”, el ministro de comunicación fue claro al respecto, cuando al asumir expresó: “se acabo la locura de la controversia”.

Claro que pretender tapar el sol con la mano no es tarea sencilla; no obstante siempre existen mecanismos al alcance de la mano para poder ocultar la luz de la verdad. Lo vimos en estos días, durante dos semanas de persecución tragicómica a los “fugados de la prisión de máxima seguridad”, tema al cual se abocaron afanosamente los medios de comunicación, ignorando otras cuestiones que se suscitaban en el país. Mientras que los medios casi al unísono se ocupaban de “la bochornosa persecución”, se ocultaba, simultáneamente, en las pantallas televisivas la vergonzosa represión que se hizo sobre los trabajadores cesanteados en la localidad de La Plata, al mismo tiempo se invisibilizaron los despidos indiscriminados que se realizaron en diversos estamentos de la administración pública, como por ejemplo, en determinados municipios, en el Congreso Nacional o en organismos como el INDEC. O seguramente en otras dependencias públicas y tal vez privadas sobre las que no se nos ha de informar por el momento; después de todo, es preciso recordar, que han llegado los tiempos de “los buenos augurios”. Pues, al fin y al cabo, las malas noticias eran un atributo inherente al gobierno Kirchnerista; que no se percató que para instalar la alegría en los medios solo bastaba con agitar sonriente los globos amarillos. Como es fácil colegir, "la grieta y los globos" han venido a sepultar los viejos "espejitos de colores".                

lunes, 28 de diciembre de 2015

La complicidad mediática, la connivencia judicial y las "bondades" del analfabetismo político




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“El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los porotos, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de los bandidos que es el político corrupto, lacayo de las empresas nacionales y multinacionales” (Bertolt Brecht).

Cuanta verdad encierran las palabras del célebre dramaturgo alemán; si bien es cierto que estas expresiones fueron vertidas a comienzo del siglo XX; no es menos cierto que la vigencia que siguen teniendo, a pesar del transcurso de los años, no deja de sorprendernos. Claro que podríamos añadir nuevos aditamentos a la expresión brechtiana, pero no se trata aquí de añadir más complementos a algo que de por sí ya nos lo dice todo.
Sin embargo, el problema principal, en estos días, consiste, esencialmente, en cómo erradicar el “analfabetismo político”, cuando los grandes medios de comunicación masiva se empeñan en “desinformar” (lo que configura una nueva modalidad de esa clase de analfabetismo) y, por ende,  despolitizar a la población mundial; logrando, de ese modo, sumergir a grandes contingentes de personas en el profundo océano de la ignorancia. A tal punto se ha llegado en materia de desinformación política que los niveles alcanzados ya rayan con lo inimaginado.
Se ha trocado definitivamente aquella vieja advertencia de Gracián: “hombre sin noticias, mundo a oscuras”. Ahora son las grandes corporaciones mediáticas quienes oscurecen la realidad mundanal con noticias falaces e interesadas para que “los ojos de la mente” del ser humano, no puedan discernir lo que verdaderamente acontece.
La deliberada injerencia que los medios de comunicación ejercen sobre “la visión de la realidad” que un significativo número de “almas” adopta cual si fuesen propios, sin reparar que son fruto de una construcción externa, es por demás preocupante.
Por ello, el simple hecho de pensar el riesgo al que se nos expone si se deja en manos de unos pocos el manejo de los servicios de comunicación audiovisual es verdaderamente atemorizador. Puesto que “esos pocos” no solo pueden instalar una versión falaz de los hechos sobre los que se nos anoticia, sino también distorsionarlos o editarlos “a su gusto” para que, finalmente, el ciudadano adopte una mirada errónea sobre los mismos y de ese modo no descubra, ni entorpezca sus inconfesables intereses. No son reducidos los casos, a nivel mundial, donde incluso han llegado a falsearlos en un ciento por ciento para que una comunidad crea, lo que de otro modo sería imposible de creer.
Un claro ejemplo de lo que estamos aseverando nos lo brinda lo que sucedió en la última campaña electoral en la Argentina. Donde un periodista inescrupuloso -en consonancia con los intereses del grupo mediático de mayor poder en el país- se encargó de mancillar la figura de un candidato a gobernador, por el distrito de mayor caudal de votantes, apelando a un reportaje televisivo que, desde una cárcel, se le realizó a un delincuente con la deliberada intención de desprestigiar su figura y con ello evitar el triunfo del candidato oficial no solo en el ámbito de la provincia; sino también a nivel nacional. Cosa que se logró merced a la orquestada operación mediática y a la imputación que el reo en cuestión realizó sin aportar prueba alguna que corroborara sus insólitas manifestaciones. Ahora resulta que para sorpresa de todos y ya instalado el nuevo gobierno -esperemos que este hecho se aclare y el condenado regrese con vida a la prisión- el “entrevistado” delincuente se ha fugado sin inconvenientes del establecimiento penal en que se hallaba internado.
Como es razonable apreciar, la concentración de la propiedad de los medios de comunicación encierra un peligro que puede tener consecuencias catastróficas para el futuro de cualquier sociedad no solo en lo referente a la libertad de expresión, sino también en lo referente a las garantías individuales, ya que un medio puede mancillar deliberadamente la calidad de una persona en su afán por alcanzar determinados objetivos, generalmente de índole comercial.
De ahí la necesidad de que el Estado regule legalmente la actividad comunicacional para que la concentración no desemboque en la uniformidad de voces, ni en la unilateralidad de miradas que sepulten el juicio crítico y, con ello, la capacidad reflexiva de la población.
Sin embargo, esto es lo que está sucediendo actualmente en Argentina, donde el poder comunicacional ha logrado instalar su candidato en la “Casa Rosada” (casa de gobierno) y ahora procura derogar in totum la democrática “ley de servicios de comunicación audiovisual” (ley 26522) sancionada en el año 2009; que si bien no es un obstáculo insalvable para el accionar de los medios más inescrupulosos -generalmente los medios dominantes-, sí posibilita que el estado regule la actividad promoviendo la pluralidad de enfoques y resguardando al mismo tiempo los derechos de quienes trabajan en la estructura comunicacional.
No por casualidad en estos días contemplamos los fuertes embates que el incipiente gobierno conservador, de Mauricio macri, ha desatado sobre instituciones como el Afsca (Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual) o el Afstic (Autoridad Federal de Tecnologías de la Información y las comunicaciones). Organismos estos surgidos de una ley relativamente nueva, debatida oportunamente por vastos sectores de la sociedad y aprobada por el Congreso de la Nación, que viene a ser parcialmente derogada y con cierta inmediatez por el gobierno macrista. Lo peor del caso es que semejante atropello cuenta con el guiño de un amplio sector del poder judicial que, haciéndose el desentendido ante la intervención decretada por el poder ejecutivo, omite velar por la verdadera “libertad de expresión” y por el auténtico funcionamiento de las instituciones.
Esto es sumamente grave; y nos recuerda aquella nefasta premisa sobre la que se asentaba la propuesta cultural de la más cruenta dictadura que tuvo lugar en nuestro país y que se sintetizaba en la expresión: “el silencio es salud”. En aquel entonces la dictadura necesitaba acallar las voces críticas y de protesta para imponer un modelo de país al servicio del poder económico y para ello contó con la colaboración explicita de un considerable número de jueces. Fue, precisamente, “el silencio” el que posibilitó mantener sumida en la ignorancia de lo que acontecía a la gran mayoría de la población; facilitando, de esa manera, el imperio de las atrocidades.
Hoy sabemos perfectamente que no estamos ante una dictadura (si bien el decreto ha pasado a ser el “instituto” predilecto del poder ejecutivo); por el contrario, estamos ante un gobierno democrático, que goza de legitimidad de origen pero que ha escasos días de hacerse cargo parece optar por la desviación del camino institucional para transitar, sin ninguna clase de pruritos, en la jurisdicción ajena, esa que conduce a la “ilegitimidad de ejercicio”.
Ahora se comprende más fácilmente el encono mediático que tuvo que padecer la anterior Presidenta de la Nación. Y cuán bien lo advertía en uno de sus habituales discursos como mandataria, cuando sostuvo que los agravios que a diario le realizaban las grandes corporaciones comunicacionales no tenían por designio su persona: “no se equivoquen, no vienen por mí, vienen por ustedes”. Menuda advertencia que es imperativo recordar.
Después de todo, lo que se pretende diría Brecht, es instalar el reinado del “analfabetismo político” para que en un futuro no accedan al poder más gobiernos populares capaces de propiciar un modelo de país distinto al que nos ofrecen los “conspicuos” representantes del establishment neoliberal.
Mientras tanto, los tradicionales pregoneros del analfabetismo político se han tomado un extravagante descanso luego del triunfo de “Cambiemos”. Ya no hay noticias “desmoralizantes”, a pesar de que en escasos días, y en proporción, abundan. Por ejemplo, el tristemente célebre “periodista” Nelson Castro ya no visualiza rasgos del “síndrome de hubris” (adicción al poder) en el nuevo mandatario a pesar de que apela al decreto y no al Parlamento para legislar. También el habitual escritor de “cartas abiertas”, Alfredo Leuco, ha renunciado a su vocación epistolar en defensa de la respetabilidad de los fallos, como sí lo hizo en cambio en el caso de jurisdicciones ajenas. Concretamente, para respaldar las decisiones del americano juez Griesa, a pesar de que las mismas perjudicaban notoriamente los intereses de nuestra nación en beneficio de la ilimitada voracidad de los fondos buitres. Lo notable es que ahora se llama a un sugestivo silencio cuando el flamante mandatario argentino desvaloriza la sentencia de un  juez nacional, el Dr. Ramos Padilla, en lo que respecta a la inconstitucionalidad de la designación de jueces de la Corte Suprema en comisión. Se ve que la bandera a “rayas rojas y con estrellitas” le inspira una fuerte vocación epistolar al “periodista” en cuestión, que contrasta ostensiblemente cuando se trata de defender la bandera “celeste y blanca”.
El profundo silencio que han guardado -si bien es cierto que algunos hasta han defendido el avasallamiento institucional- nos hace sospechar que todos los auto-declamados “periodistas independientes” trabajan para el mismo dueño; sino no se entiende como todos, casi sin excepción, han guardado un silencio sepulcral en estos últimos días. Pues, ya no se oyen voces en defensa del otrora tan reclamado “republicanismo” que supo ser la insignia que usó la legión de opositores al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner quien, por otra parte, en dos mandatos constitucionales fue incapaz de cometer violaciones institucionales del tenor de las que se vienen produciendo en solo 10 días de gobierno.
Como es factible apreciar la suma de complicidades en lo que respecta a la imposición de determinado modelo económico de país va quedando al descubierto. El objetivo es reivindicar la “despolitización ciudadana”; despolitización que resulta sumamente funcional al modelo neoliberal. Si hasta para desplazar a las autoridades legítimamente constituidas se recurre al estigma de que se lo hace por “ser militantes políticos”. ¿Será por eso que el actual gobierno designó como funcionarios exclusivamente a gerentes de las grandes corporaciones? Pues, vaya uno a saber, lo cierto es que, al parecer, ha llegado la época donde “el analfabetismo político” es susceptible de ser considerado como un valor, conforme a la concepción reinante en el actual gobierno.

jueves, 24 de diciembre de 2015

¡¡Felices Fiestas!!!



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Si tuviésemos que destacar una característica común en esta época del año podríamos aseverar que la misma consiste en expresiones desiderativas. Todos, o la gran mayoría de las personas, en estas fechas exteriorizamos un  cúmulo de deseos orientados tanto al bienestar colectivo como al necesario bienestar individual. Y nosotros, por cierto, no hemos de ser la excepción a esa sana costumbre; por tal motivo es que anhelamos que el año próximo nos sorprenda con mayores niveles de Paz y de Justicia
Está claro que en los tiempos que nos toca vivir, ni “la paz es el estado normal de las naciones” como sostenía un antiguo caudillo popular de principios del siglo XX en Argentina, ni tampoco la justicia se extiende a lo largo de nuestro planisferio. Pues, por el contrario, es la injusticia la que se expande; por ende, cada vez se hace más ostensible aquello de que que “la justicia no existe, por eso hay que hacerla” como bien lo enseñaba un notable pensador francés contemporáneo de aquél viejo caudillo. 
Sin embargo, sería  todo un síntoma de preocupación, al menos para el género humano, no formularnos esos ponderables anhelos. Así que estimados lectores y amigos, al momento de alzar nuestras copas para el tradicional brindis -ojalá llegue el día en que la humanidad a pleno pudiere levantar las copas-, no solo reparemos en la situación de privilegio en la que nos encontramos, sino también exterioricemos nuestros deseos de Paz y de Justicia tan necesarios para este mundo. Puede que ello parezca irrelevante, si hasta en ocasiones nos parece inútil nuestro modesto compromiso con esos valores tan encomiables. Pero no lo es, por más modesto que nos parezca. En verdad, suele ser la “chispa” que, junto a otras, mantiene siempre encendida la llama de la esperanza.
Y aquí bien vale recordar una ejemplificadora anécdota que un prolífico escritor y filósofo español comentaba en uno de sus abundantes textos. En cierta oportunidad alguien inquirió nada menos que al célebre Albert Camus diciéndole: ¿Qué hemos hecho ante los terribles males del mundo? A lo que el destacado escritor respondió: “Para empezar no agravarlos”. Si esto nos parece poco…., estamos en verdaderos problemas. Y entiendo que esa es nuestra intención, al menos de mínima, al igual que la de ustedes. 
Pero bien estimados lectores, no procuramos opacar las fiestas con esta clase de anécdotas; ya son más que suficientes los comentarios que venimos desarrollando en nuestra pluralidad de artículos. Así que ponderables  amigos, nuestros sinceros deseos de que disfruten de unas maravillosas fiestas y que el año próximo nos depare -a pesar de M..., bueno las críticas las dejamos para otro momento- lo mejor de nuestros anhelos.
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                                                         Les desea Juan Castillo y Cia.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

La inautenticidad de los nuevos republicanos y el peligro que acecha a la libertad de expresión.




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“No escojas solo una parte, tómame como me doy, entero y tal como soy, no vayas a equivocarte…”

Si bien es cierto que la letra de esta admirable canción del Nano Serrat se refiere a algo tan hermoso y maravilloso como lo es el amor; no es menos cierto que al momento de escoger, en cualquier ámbito de la vida,  siempre debemos hacerlo en función del todo y no de la parte. De lo contrario, existen elevadas probabilidades de sucumbir en el error.
Pues, algo de eso sucedió el 22 de noviembre pasado donde una franja apenas mayoritaria de la ciudadanía, pero mayoritaria al fin, escogió como presidente al candidato más representativo de la derecha conservadora en la Argentina: el Ing. Mauricio Macri.
Es dable suponer que muchos de esos electores lo hayan elegido por haber ponderado una faceta  de su, prácticamente, inexistente propuesta. Lo concreto es que algunos analistas esgrimen que el éxito del candidato obedeció al hecho de no pedirle sacrificios a la ciudadanía; de todos modos, es preciso reconocer que hubiere resultado un poco incómodo sugerir esfuerzos colectivos sin explicar, previamente, un “para qué”. Lo que, entre otras cosas, hubiere requerido esbozar, cuando menos, un diminuto programa de gobierno.
Otros, en cambio, señalan que el motivo de su triunfo se centró en la “estupenda” campaña marketinera que supo desarrollar en los espacios televisivos. La misma se asentó sobre tres pilares fundamentales: (1) No hacer público su proyecto de gobierno. (2) Mostrarse como un candidato morigerado que venía a plantear “la unidad de los argentinos”. (3) Ofrecerse como el presidente capaz de mejorar la calidad institucional de la república.  .
Quizá la “genialidad” del candidato de “Cambiemos” haya consistido en ofrecer “bolsones vacíos” de propuestas para que el elector proyectara sobre cada uno de ellos sus eventuales deseos, sin reparar que los mismos eran fruto de su construcción imaginativa y no parte constitutiva del programa o proyecto que ocultaba el candidato conservador.     
Sin embargo, demás esta señalar que el factor determinante de su consagración presidencial descansó -y lo hemos señalado infinidad de veces- en la protección y promoción mediática que los medios dominantes, a través del denodado esfuerzo del ejército de “periodistas independientes”, supieron realizar.
Hoy esos mismos “informadores” que diariamente inundaban las pantallas televisivas con hechos delictivos, aterradoras predicciones en materia económica, o cuestionamientos banales y operaciones fraudulentas respecto del proceder de la anterior presidenta, Cristina Fernández de Kirchner; han pegado un giro copernicano en materia de información y ahora se dedican a “mostrar” la realidad local como sumamente apacible, donde “los delincuentes” sorprendentemente han desaparecido del escenario social, las turbulencias económicas ya no existen (a pesar de que los trabajadores puedan tener esa “ amarga sensación” al efectuar sus compras), por lo tanto,  tampoco existen predicciones atemorizantes de parte de los economistas mediáticos –muchos de ellos ya ocupando cargos en el gobierno- que visualizan que el país “ ha retornado a la normalidad” y los encarnizados cuestionamientos  que se le realizaban a Cristina Fernández de Kirchner, se han trocado por elogios banales que, al parecer, realzan la figura del nuevo mandatario. En cuanto a las falsas operaciones realizadas contra la ex presidenta ya no tienen razón de ser; si bien es de esperar que todavía se desate contra su figura una campaña de desprestigio tendiente a sepultar definitivamente el nombre de los Kirchner de la arena política argentina. Intento que, obviamente, está condenado al fracaso (basta contemplar la multitudinaria manifestación que acompañó a la ex mandataria en sus últimas horas en la Casa rosada) y que guarda una pasmosa similitud con aquel empeño de los militares en el año 1955 cuando por decreto intentaron borrar todo vestigio del gobierno popular al que habían derrocado.
Sin duda la irrespetuosa actitud de quien hasta hace poco se arrogaba ser  “el heraldo de “la unidad de los argentinos”, nos referimos al flamante presidente electo, obstaculizando mediante artilugios jurídicos el traspaso de la transmisión del mando; sumado a la fuerte represión sufrida por algunos militantes kirchneristas por parte de la policía provincial en un distrito de la provincia de Buenos aires, son signos de temer respecto de lo que se avecina.
Si a esto le sumamos las temerosas declaraciones del titular del recién creado por decreto Ministerio de Comunicaciones, Oscar Aguad, anunciando que se acabó “la locura de la controversia” (¿Acaso quiso decir la locura del disenso?), sosteniendo también que “en la Argentina no hay monopolios  comunicacionales” y que la ley de servicios de comunicación audiovisual no puede sobrevivir con el actual gobierno. Añadiendo luego que “el marco regulatorio para los servicios de información va a estar dado por la libertad de mercado”, es lógico inferir que el declamado “apagón informativo ” está en pleno proceso de desarrollo. Lo que conduce inexorablemente a suprimir el derecho a la información veraz, para dejarlo definitivamente en manos de las grandes corporaciones. Menuda libertad de expresión la que se va modelando en los tiempos que recién se inician.
Claro que “la perlita” de estos primeros cuatro días de gobierno -si leyó bien primeros cuatro días- ha sido la reciente designación por decreto de necesidad y urgencia (DNU) de dos jueces en comisión para integrar la Corte Suprema de Justicia. Uno de los designados, casualmente, ha sido defensor del Grupo Clarín en la mentada ley de medios y denunciado oportunamente por hallarse involucrado en la creación de una ONG (supuestamente imparcial) para defender los intereses del grupo. Se trata del Dr. Carlos Rosenkrantz quien gustosamente  patrocina a grandes grupos corporativos, entre ellos: Cablevisión, Clarín, La Sociedad Rural, CARBAP, el grupo Pegasus (cuyo CEO es integrante del flamante gabinete presidencial), etc., etc.
Lo que nadie puede poner en duda es que hay un hilo de coherencia al momento de designar funcionarios públicos; todos, casi sin excepción, estrechamente vinculados a los grandes grupos corporativos. No obstante, y prescindiendo de los “conspicuos” clientes del juez designado, es menester reparar en el procedimiento adoptado para su designación.
Así podemos contemplar que el anteriormente “candidato de la institucionalidad”, ha decidido postergar sus convicciones republicanas, para convertirse en una suerte de presidente con marcada orientación -si bien por ahora es incipiente- hacia la concentración de la suma del poder público.
Lo cierto es que el respeto a los procedimientos establecidos por nuestra Carta Magna y el respeto a la legalidad no se muestran demasiado ostensibles por estos días. La presión que se ejerce sobre el Ministerio Público Fiscal, corporizado en la figura de la Dra. Gils Carbó, es una muestra más que evidente de la tentativa de uniformar los criterios y el accionar en el ámbito del poder judicial. 
Para peor a la Procuradora General se la descalifica -con la complicidad de los medios mayoritarios-  sobre la base de acusaciones falsas, como por ejemplo la de ser militante kirchnerista cuando en realidad no lo es. Y se evita de ese modo hablar de su impecable desempeño en la Procuraduría donde ha demostrado tanto a través de sus dictámenes, como a través del accionar de las fiscalías a su cargo una lucha incansable contra los delitos de toda índole. Pero aun si la Dra. Gils Carbó hubiere sido “K” en sus convicciones, cosa que no lo es, ¿donde es preciso poner la lupa para calificar su desempeño? En el ejercicio de sus funciones o en sus convicciones políticas. Sin duda un auténtico republicano nos diría en el ejercicio de sus funciones. Claro que la autenticidad no parece ser un atributo de los nuevos gobernantes, que bajo la fachada del republicanismo se encargan de pisotear reiteradamente la Constitución cuando nadie los mira.
Tal vez las sugerencias de su asesor estrella, Durán Barba, llevaron a desplegar, al Ing. Mauricio Macri, determinado comportamiento durante la campaña electoral que no se correspondía en los hechos con su verdadero “Ser”. Tal vez ahora estemos presencia de la verdadera personalidad del actual presidente.
Tal vez, y para no llevarnos sorpresas, al momento de escoger deberíamos ser un poco más meticulosos. Vaya uno a saber, no obstante, lo que sí no hay que olvidar es otro destacado párrafo de esa hermosa canción del poeta catalán; específicamente cuando sostiene: “Del derecho y del revés, uno solo es lo que es y anda siempre con lo puesto. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Libre mercado + neorepublicanos= indicios de la Argentina que se viene.


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Sin duda el retorno de los personeros del libre mercado a la República Argentina no es una noticia más; por el contrario, es una pesada carga –invisible para los ojos de muchos- que, en corto período de tiempo, va a comenzar a hacer presión sobre las espaldas de la mayoría de los argentinos. Resulta interesante observar como bajo la vigencia del “libre mercado” se restringe, paradojalmente, la libertad de un considerable número de personas que, inesperadamente y como por arte de magia, verán recortado sus márgenes de autonomía.
Así por ejemplo, la puesta en práctica de las concepciones “libremercadistas o neoliberales” cercena gradualmente la capacidad de decisión de amplias franjas de la población (principalmente, de aquellos que dependen de un salario), reduciendo, con ello, notoriamente sus márgenes de libertad. La conocida frase del “zorro libre en el gallinero”, que define de algún modo la esencia del neoliberalismo, es lo suficientemente ilustrativa para comprender de qué estamos hablando; pues, en ese caso la situación en que se encuentran las aves (gallinas o gallos) es “la libertad de morir indefensos”.
Algo similar, en otros términos, acontece en las economías de “libre mercado”. En principio, es menester reconocer que la libertad de mercado requiere ineludiblemente de la supresión de aquellas normas regulatorias que atenten, de alguna manera, contra las decisiones empresariales; y dentro de estas normas se encuentran, como es de prever, las que regulan la actividad laboral.   Pues, el trabajador  al quedar lo suficientemente indefenso en la relación laboral debe terminar aceptando todas y cada una de las condiciones que su, actual o potencial, empleador exija. De ese modo, ante la evidente disparidad de fuerzas y con un Estado ausente (o peor aún, funcional a los intereses de determinados grupos empresariales), su espacio de “libertad” termina circunscribiéndose a aceptar la oferta del empleador o directamente rechazarla. Esta última opción encierra, como es obvio, la posibilidad de quedarse sin salario, con todo lo que ello significa tanto en el ámbito personal, familiar como el social.
Por suerte existen las asociaciones gremiales, entidades éstas encargadas de velar por los intereses de los trabajadores; si bien, es necesario reconocerlo, no siempre lo hacen. No obstante, y aun suponiendo que las mentadas organizaciones no claudiquen en sus principios fundacionales (cosa que sí ocurrió con la mayoría de ellas en la década del 90 en Argentina), es fácil colegir que, uno de los objetivos inherentes a la dogmática “libremercadista” es la constitución de un ejército de desocupados que sirva no solamente para contraer los ingresos de los trabajadores; sino también para instalar “el miedo al desempleo” y con ello disciplinar a la masa de los trabajadores ahogando, de esa forma, sus eventuales reclamos. De ahí, que no resulta descabellado afirmar que el neoliberalismo requiere inexorablemente de altos índices de desocupación. Ahora bien,  cuando los niveles de desocupación alcanzan, como consecuencia de la instrumentación de políticas neoliberales, a rondar en torno al 15 % de la población económicamente activa, los lazos de solidaridad en el sector asalariado empiezan a resquebrajarse, construyéndose de ese modo una división artificial: trabajadores por un lado y desocupados por el otro. Donde los primeros, condicionados por el temor a la pérdida de su relación laboral se distancian, paulatinamente, de los reclamos de aquellos que han caído en desgracia; sin reparar que ese distanciamiento los convierte aun en mucho más vulnerables en su condición de trabajador.
Sin duda que no se trata aquí de anatematizar a todos los empleadores que, por otra parte, deben ajustarse a las reglas de juego que el propio sistema impone. Además, siempre es necesario establecer niveles de diferenciación; obviamente, no es lo mismo un empleador mediano o pequeño cuya suerte está atada al desarrollo del mercado interno y donde una parte de sus ganancias se destina a la inversión local o al ahorro nacional, que una corporación multinacional cuya mira esta puesta en extraer la mayor rentabilidad posible y luego remesar esas utilidades a su casa matriz.
Lo cierto es que en los hechos, la “libertad de mercado” es incompatible con el pleno empleo y el crecimiento del mercado local; ya que en el fondo -y esto es empíricamente verificable- oculta una gigantesca transferencia de recursos en favor de los grupos concentrados de toda estructura económica.
Similitudes con la Argentina que se avecina
Pero continuando con el hipotético ejercicio (extraído ineludiblemente de la experiencia histórica) para llegar a esos índices de desocupación, es menester previamente reducir la capacidad adquisitiva de la gran mayoría de la población. De ese modo se obtiene una considerable caída de la demanda, una contracción muy fuerte del mercado interno, conjuntamente con un crecimiento sostenido de los niveles de desempleo; lo que genera, a su vez, en economías como la nuestra, un excedente de bienes primarios -derivados de la retracción del consumo interno- que se traducirá en ingentes beneficios para el sector agro-exportador.  
Así vemos cómo, no solo se reduce la capacidad de consumo, sino también, paralelamente, la capacidad decisoria del trabajador lo que trae aparejado un amplio recorte de su autonomía.  
Por otro lado, es preciso reparar que la visión libremercadista es propia de las grandes  corporaciones. Que conciben al salario sencillamente como un costo y no como una retribución que se le asigna al trabajador por su aporte al proceso productivo y, por ende, a las ganancias empresariales. De ahí que no sea una casualidad, que el nuevo presidente haya sostenido, mucho antes de ser electo, esa misma visión en una entrevista televisiva en la que afirmó: “es preciso bajar los costos, y el salario es un costo más”.  
Sintetizando, el libre mercado atenta contra los márgenes de libertad de los sectores asalariados; aumentando paralelamente los márgenes de discrecionalidad del sector empresarial más fuerte. Ésto que al parecer consiste en una mera elucubración teórica, es lo que se delínea en el horizonte económico argentino. Si uno observa atentamente los acontecimientos que se vienen desarrollando en el ámbito nacional, previo a la asunción del nuevo presidente, podrá discernir que la orientación económica que se avecina no difiere mucho de la hipótesis formulada. 
Por un lado un equipo económico que vociferando sus intenciones devaluacionistas y de eliminación de las retenciones, antes de hacerse cargo de la cartera ministerial, genera un cúmulo de expectativas que redundan en un alza desmesurada de los precios en estas últimas semanas; lo que implica un recorte significativo en los salarios de los trabajadores y una merma considerable en los haberes jubilatorios. Por el otro, una serie de anuncios, entre ellos la supresión de los subsidios en el terreno energético y en el transporte público, sumados a una devaluación oficial a realizarse ya en ejercicio de las funciones  que reducirán aún más la capacidad de compra de los sectores populares.
Mientras tanto el mandatario entrante, al igual que la mayoría de los medios hegemónicos, muestra una excesiva preocupación por el lugar donde se realizará la entrega de los atributos presidenciales (esto es, la banda presidencial y el bastón de mando), asignándole muy poca entidad a las desmesuradas remarcaciones de precios que se vienen efectuando cotidianamente por parte de las grandes corporaciones. Claro que preocupación semejante, pone de relieve cuales son las prioridades del flamante presidente.
Lo cierto es que, nadie que razone un poco podría dudar respecto a que el nuevo gobierno (cuyo staff ministerial está conformado, en su totalidad, por hombres y mujeres provenientes de las más grandes corporaciones) no solo  consintió, sino que impulsó “disimuladamente” el proceso remarcatorio. A esta altura de los acontecimientos es fácil percibir la intencionalidad de lo que se avecina.
Si hasta en el  campo de la simbología resulta sencillo advertir que el hecho de no querer recibir los mentados atributos presidenciales en el ámbito parlamentario, encierra un evidente menosprecio por la legislatura. Su pública amenaza de recibir los mismos de manos de la Corte Suprema de Justicia (a la vieja usanza de las dictaduras) es todo un signo no muy complejo de descifrar.
Lo cierto es que el nuevo presidente cuenta con una ventaja nada despreciable para el ejercicio de sus funciones; concretamente una protección mediática sin precedentes en la historia de nuestro país. Que ya se corroboró en los hechos (al menos por parte de los medios hegemónicos) durante toda su gestión como Jefe de Gobierno de la Ciudad.  Hecho éste que puede configurar no solo un alto grado de desinformación ciudadana respecto de las políticas perniciosas que se puedan instrumentar en perjuicio de las mayorías; sino también en un elevado grado de concentración de poder que puede tornarse exorbitante merced a esa extraordinaria protección. Alarma sinceramente la reducida posibilidad de escuchar voces críticas en la estructura comunicacional argentina. Es tal el grado de concentración mediática que, aun mediante la sanción de una nueva ley de medios audiovisuales, no se ha podido romper (y en esto el sector más retrogrado del poder judicial aportó lo suyo) con el esquema dominante que impusieron las grandes corporaciones comunicacionales. El temor a que, a partir del 10 de diciembre, se produzca lo que algún periodista local denominó “el apagón informativo” es toda una realidad; máxime si tenemos en cuenta que las emisoras oficiales pasaran, desde entonces, a desarrollar la misma melodía comunicacional que la vienen ejecutando los medios corporativos.
Por otro parte, el ininterrumpido ataque cibernético que por estos días se le viene realizando a la página web del diario Pagina 12 y respecto del cual los medios de comunicación dominantes ni siquiera efectuaron el más mínimo repudio por los hechos; como tampoco lo hizo el flamante presidente, tal vez porque lo considere un diario opositor, preanuncia de algún modo que la libertad de expresión en nuestro país no está plenamente garantizada.        
Si a todo esto le adicionamos, el desmesurado énfasis con el que se intenta avanzar sobre la figura de la Procuradora General de la Nación, Dra. Gils Carbó,  o contra el titular del Afca, Martín Sabbatella, al igual que contra el presidente de RTA (Radio Televisión Argentina), Tristán Bauer,  es lógico presumir que la concepción “republicana” tan alardeada por la alianza triunfante, es muy particular. Tan particular que deberíamos hablar ya de “neo-republicanos”.

Si bien es cierto que por ahora son solo indicios; no es menos cierto que aun así despiertan ráfagas de escalofríos.