Páginas vistas en total

miércoles, 9 de abril de 2014

El retorno del marketing neoliberal







 






Cuando uno procura imaginarse la Argentina de los próximos años, es casi imposible no dejarse envolver por cierto aire de zozobra. Y no es cuestión de ser pesimista sino que, al desencadenar el proceso imaginativo sobre la base de los antecedentes históricos de quienes hoy se presentan como los futuros protagonistas de la Argentina por venir, es inevitable concluir que el panorama es lo suficientemente desalentador.  
Basta con reparar que solo en escasos dieciocho meses (mucho menos si tenemos en cuenta las primarias) nos veremos ante la obligación de asistir a las urnas para elegir un nuevo gobierno, como para percibir lo preocupante del porvenir.  Lo peor de todo es que ya no se trata de un temor a lo desconocido; al fin y al cabo, aquello que desconocemos siempre ha de gozar, de algún modo, del beneficio de la duda.
El problema radica en que éste es un “temor” justificado y, por lo tanto, con cierto grado de probabilidad de verse corroborado en el mañana.
Siempre hemos señalado que los argentinos, en general, observamos la historia con cierto desdén, con cierto menosprecio; como si sus efectos se agotasen con la mera consumación de los hechos y donde, en apariencia, el transcurrir del tiempo los convierte en una suerte de “recuerdos fosilizados” de una época que se extinguió. Es como si el presente no guardase relación alguna con el pasado; sin reparar que, en verdad, entre el presente y el pasado existe, indefectiblemente, una relación de actualización permanente.
Bien lo señala un destacado filósofo argentino: “Pensarnos, descubrirnos, leer la época nos exige inexorablemente un viaje al pasado”.
Lo curioso es que esta predisposición a no viajar por el pasado es la que nos lleva a ignorar sus enseñanzas y a cometer muchos de los errores que nos impiden crecer y fortalecernos como Nación. Claro que, esto que aparece como una debilidad para configurar un sentido de pertenencia y de formación de una “conciencia ciudadana” experimentada; es una verdadera ventaja, de la cual suelen sacar provecho, aquellos “dirigentes” oportunistas  (y también porque no decirlo, aquellos inescrupulosos comunicadores sociales) que aspiran a posicionarse en el escenario del poder y a congraciarse con los representantes del poder económico. Nada mejor que ignorar nuestro pasado para desconocer el porqué de lo que acontece.
Así por ejemplo, si nos atreviésemos “a viajar raudamente por el pasado” podríamos percibir que en los eventuales nombres que se barajan para proyectarse a la máxima magistratura el año próximo, hay un denominador común. A saber: todos -y nos estamos refiriendo a Massa, Macri y Scioli- se identificaron políticamente con la matriz neoliberal que hegemonizó la cultura política argentina en la década del noventa. Pues, resulta interesante recordar que la mentada terna acompañó y/o apoyo enfáticamente la gestión del menemismo durante todo su ejercicio; en una época donde la política estuvo, absolutamente, subordinada a la economía y su función se circunscribía a la elaboración de simples propuestas marketineras.
Lo más preocupante no es que ninguno de ellos se atreva a manifestarlo públicamente; en todo caso, si lo hicieren pero reconociendo las nefastas consecuencias que aquél período tuvo, sobre la nación y la población en general, sería una muestra de honestidad intelectual o, en su defecto, un síntoma de haber evolucionado en términos políticos. El problema es que en, en los hechos, cada uno de estos aspirantes presidenciales sigue reivindicando (por supuesto off de record) esa concepción política que sumió al país en la peor crisis de su historia. No por casualidad, los sectores dominantes -es decir, aquellos que bajo el reinado neoliberal extendieron sus tentáculos sobre la estructura económica argentina- sponsorean de buena gana cualquiera de estas candidaturas.  
Basta una fugaz recorrida por los perniciosos años 90 (período donde se desarrollo la mejor década según “La Nación” y “Clarín”, a diferencia de la actual) para recordar que Sergio Massa era integrante de la Unión de Centro Democrático (Ucede) el partido de los Alsogaray, Scioli funcionario de gobierno y Macri enfervorizado adherente a las políticas económicas de un gobierno que le permitió incrementar sustancialmente sus activos. Por eso tampoco sorprende observar cómo ninguno de los tres candidatos posee un discurso concreto sobre el “por hacer”, pues, simplemente adoptan o anuncian medidas en función de la orientación de la  “opinión pública” predominante.
Y, si reparamos en que  “la opinión pública” termina siendo “la opinión publicada” por los grandes medios de comunicación social; es fácil predecir quienes van a ser los beneficiados en la nueva era que se avecina.
Su proceder se asienta sobre tres grandes factores: (a) No expresar en sustancia “idea” alguna. De ahí que se limiten a mencionar conceptos muy vagos y amplios que, en síntesis, nada dicen. Por ej.: “vamos a combatir la inflación”, “terminar con la inseguridad”, “fomentar el dialogo”, etc., etc. Por supuesto, ante la formulación -que, desde luego, no se la suelen hacer los “periodistas independientes”- de la pregunta: ¿Cómo? Se hacen los distraídos. (b) Priorizan desplegar efectos en vez de emprender un análisis concienzudo de las causas. Precisamente, porque sus intenciones no están direccionadas a resolver los problemas de “la gente”; sino simplemente a conquistar  cierto “rédito político” personal que les permita catapultarse al “sillón de Rivadavia”. (c) Rehúyen recurrentemente a todo tipo de debate, ante la posibilidad de quedar “al desnudo” la insustancialidad de su propuesta; o lo que es peor aún, para no dejar en evidencia sus planteos neoliberales.    
Así por ejemplo, si la gran mayoría de la población imagina, erróneamente, que “la mano dura” es el camino correcto para suprimir la inseguridad en la argentina, ellos no van a contradecir esa falsa creencia; sino por el contrario, van a enarbolarla -e inclusive ponerse a la cabeza de esa posición, tal cual ocurrió recientemente- para congraciarse, de ese modo, con el mayor número de personas.
Las recientes medidas en materia de “seguridad” adoptadas por el gobernador Scioli en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires -a las que podríamos calificar de meramente efectistas e insustanciales-,  las repetidas declaraciones de Macri en esta cuestión, y la cruzada contra el anteproyecto de Código Penal emprendida por Massa que hasta entre líneas, a lo largo de estos días, justificó los “linchamientos”, es un signo manifiesto de lo que estamos expresando. Por ende,  es lógico predecir el inmediato retorno del culto al “rating político”.
Solo restaría constituir un Ibope (institución que mide el nivel de audiencia de los programas televisivos) de la política para que estos candidatos confronten entre sí su capacidad de adaptarse a las mediciones que, transitoriamente, vayan surgiendo.  
Desde luego qué, quienes así proceden no solo carecen de atributos para conducir una nación, sino que ni siquiera albergan en su interior las más mínima convicción. Bien se ha señalado que “estar del lado de la razón es insuficiente para persuadir a ciertos auditorios”; pero, en todo caso, es lo que debe hacer un verdadero gobernante que se precie de serlo.
No obstante, de lo que sí debemos estar seguros es que en materia económica van a retornar nuevamente los “tecnicismos”, de forma tal que el ciudadano común se vea desconcertado con las expresiones económicas y, de ese modo, retornar solapadamente a las tradicionales sugerencias de los organismos financieros internacionales, especialmente, las que proporciona el FMI. Organismo éste que acaba de” predecir”  -como, por otra parte, lo hace todos los años sin fundamento alguno- un 2014 desfavorable para la Argentina en materia de actividad económica. Estableciendo a su vez un símil entre el derrotero que atraviesa nuestra economía y la economía venezolana. Claro que esta última comparación no responde a móviles estrictamente económicos, sino que encubre cierta intencionalidad política.
La reciente visita de Sergio Massa a los EEUU y las expresiones que en el país del norte formuló, entre otras, “la de tender puentes hacia la alianza del Pacífico y reafirmar a la OEA como foro latinoamericano”. Se enderezan, esencialmente, a cuestionar nuestra pertenencia en el Mercosur y distanciarse de la Unasur; lo que no solo es toda una definición en materia de política exterior, sino también la expresión del modelo económico que propicia.
 Por lo demás, es fácil imaginar el resto:  
Los grandes medios como es su costumbre se abocaran a justificar la necesariedad de las medidas de ajuste (responsabilizando al gobierno anterior por la forzosa implementación de las mismas), se nos explicará, a través de todos los programas políticos,  que para reducir la inflación es “imperioso” reducir el gasto público y, como en los noventa nos “mencionarán” las bondades que traerá aparejada nuestra reconciliación con el FMI y la importancia de las constantes visitas que realice para monitorear nuestra futura y “saludable” situación económica. Eso sí, como por arte de magia, desaparecerán por un tiempo los hechos de inseguridad en la pantalla televisiva y retornaremos a las informaciones de antaño, cuando los noticieros locales nos “informaban” del nacimiento de un oso panda en algún lugar remoto de la República China.
Por otro lado, los “probos” dirigentes sindicales como Moyano y Barrionuevo, (hoy aliados de Massa, ya que Macri decayó en las encuestas, pero preservando su amistad con éste y con el gobernador Scioli) nos explicarán la inconveniencia de las huelgas generales y la necesidad de apoyar a un gobierno que en algún momento suprimirá las paritarias.
Como vemos, con esta clase de candidatos, no hace falta poseer mucha imaginación para predecir el futuro de la Argentina. Claro que, obviamente, todavía resta más de un año y puede que en el ínterin se perfilen otros presidenciales con posibilidades; puesto qué, de no ser así, estaríamos asistiendo al retorno del gobierno de las corporaciones y al espeluznante mundo del marketing político.      

viernes, 4 de abril de 2014

Algo huele mal en Argentina










Bastó que la presidente anunciase el envío al parlamento de un anteproyecto de Código Penal para que el clima se enrareciera en nuestra sociedad. Repentinamente un político oportunista, pero de estrechos vínculos con los propietarios de los grandes medios comunicación hegemónicos -nos referimos a Sergio Massa- salió a la palestra a hablar sandeces sobre la mentada reforma y convocando, a su vez, a juntar firmas para evitar el tratamiento del anunciado proyecto.
Sus socios, los “mass media dominantes, se encargaron de difundir sus falaces expresiones a toda hora y en cuanto programa de radio o televisión se emitiese, generando de ese modo en buena franja de la población mediática -que, por otra parte, no es poca- una sensación de rechazo no solo a semejante iniciativa; sino a todo aquél que viera con buenos ojos una reforma de estas características que, en los hechos, redundaría en beneficio de un cuerpo legislativo más armónico y eficaz para el procedimiento judicial.
Así, en forma sistemática, pudimos observar y escuchar a los conductores de programas de “chimentos farandulescos” hablar de “excarcelaciones”, “reincidencias”, “prisión perpetua” y hasta de las bondades del “encarcelamiento masivo” para culminar con la “inseguridad reinante”  en nuestro país.
Claro que la gran mayoría hablaba sin tener la más remota idea de lo que estaban aduciendo; ya que opinar sin tomarse la molestia de interiorizarse respecto de un tema (con el agravante de que muchos de estos “opinadores” no hablan gratuitamente, sino que les pagan elevadas sumas de dinero por verter opiniones desde la ignorancia) es una constante en los medios argentinos y, muy especialmente, en aquellos que se desarrollan en el ámbito televisivo.
Por otra lado, si los supuestos periodistas “serios” de los “medios independientes” no están dispuestos a discutir con conocimiento de causa o con la más honrosa intención de brindar un tratamiento razonable a una cuestión que nos compete indefectiblemente como sociedad civilizada; mucho menos, podemos reprochar la conducta de quienes conducen programas de chimentos que, en el afán de obtener unos puntos de rating, incursionan en temas que desconocen y que hacen, específicamente, al bienestar de la sociedad.
Con esto no estamos proclamando la necesidad de coartar la libertad de expresión; sino, por el contrario, procurar que aquellas expresiones que se viertan y salgan a la luz en los medios masivos de comunicación tengan un componente racional que facilite el normal desarrollo de la coexistencia humana.
Lo cierto es, que todo esto generó una suerte de indignación injustificada hacia la reforma y una predisposición a la “demagogia punitiva” motorizada por los medios de comunicación que, para añadir “más leña al fuego",  comenzaron a machacar reiteradamente con los delitos urbanos. Desencadenando, de ese modo, una predisposición hacia el odio (lo hemos escuchado en algunas de esas situaciones que se mostraban en pantalla, como la conocida expresión: “a estos negros hay que matarlos”), al divisionismo social y al desprecio por el estado de derecho.
No deja de resultar llamativo observar como a partir del mentado anuncio de reforma del Código Penal comienzan inesperadamente a multiplicarse los delitos en el Conurbano.
Cuando –sarcasmo mediante- conforme a las declaraciones de Massa los delincuentes deberían esperar que se sancione el “nuevo código” para salir a delinquir ya que supuestamente (en verdad, falsamente) “beneficiaría a los delincuentes”. Sin embargo, notoria paradoja,  la “ola de delincuencia” desatada tiene lugar mientras rige el actual Código.
No desconocemos los índices de delincuencia que existen en nuestro país; pero no dejan de oscilar (lo que no significa que nos debemos dar por satisfechos) entre la media de la que poseen muchos países europeos, por citar una referencia. No obstante, no vemos  que en aquel rincón geográfico la gente se predisponga a linchar a los delincuentes por arrebatar una cartera o por sustraer una campera. Por el contrario, también reclaman por la inseguridad -observemos Francia por ejemplo- pero siempre en el marco del Estado de Derecho.
Y aquí es donde debemos focalizar nuestra visión. ¿Por qué el discurso dominante en los medios masivos de comunicación encierra un inquietante desprecio por el Estado de Derecho? ¿Porqué se trata de engañar a la población con un enfoque punitivista que ha dado muestras de ser ineficaz al momento de prevenir el delito en todas partes del mundo? ¿Acaso será que para los sectores dominantes es más “saludable” la existencia del actual Código Penal que rige desde 1921?
Lo concreto es que en el afán de pretender evitar la modificación del Código y realzar la figura del político punitivista, Sergio Massa, con miras a las elecciones del año próximo, los medios hegemónicos están instalando un discurso por demás peligroso para la convivencia pacífica entre los argentinos. Así hartos de delitos, no ya padecidos -puesto que entre los eventuales agresores a los presuntos delincuentes, la mayoría no sufrió daño alguno sobre sus bienes o su persona, sino contemplados a través de la televisión- una franja de nuestra población optó por sumarse al linchamiento de quienes realizaron determinados actos ilícitos como el hurto de un reloj o el robo de una campera.
Sin dejar de destacar los intentos de linchamiento que determinaron la muerte de un inocente que nada tenía que ver con el robo cometido, o la paliza que recibieron dos muchachos por “portación de rostro” que se salvaron, milagrosamente, de integrar la lista de los que ya no existen. Hechos éstos a lo que los medios no le han dado demasiada trascendencia.
 Es tal el grado de irracionalidad del discurso que se está gestando que ya ni siquiera se reivindica la “pena talional” (es decir, “la del ojo por ojo...”). Sino que es peor, ya no guarda relación alguna con el daño causado; es suficiente con haber robado un reloj o un objeto de menor valor, aun sin armas, como para merecer ser linchado.
En definitiva, esta lógica sirve para aumentar los niveles de violencia, ¿O acaso suponemos que aquél delincuente que hasta hoy salía desarmado para robar o hurtar objetos de valores menores, ante la posibilidad de ser “linchado”, lo seguirá haciendo desprovisto de armas?   
Alarma la irresponsabilidad mediática en estos temas. Su proceder conduce a aumentar la escalada de violencia, como si en el fondo procurase la desintegración de la sociedad; o como dirían los viejos contractualistas: a la supresión del denominado “Contrato Social”.
Que consistía en aquella idea de que los hombres abandonaban el estado de naturaleza para someterse a las condiciones que establecía el imaginario “Contrato”; obligándose, de ese modo, a respetar las leyes que la propia sociedad imponía para cada uno de sus miembros.  
No obstante, fue precisamente un revolucionario francés, Jean Paul Marat, quien ya en el siglo XVIII se preguntaba hasta que punto aquellos individuos que solo obtienen de la sociedad desventajas y marginación están obligados a respetar las leyes. ¿Acaso si la sociedad los excluye, dejándolos librados a su desgraciada suerte, no es forzarlos en cierto modo a retornar al “estado de naturaleza”? ¿El procurar lincharlos no se corresponde con esa  nefasta idea de expulsarlos definitivamente de la sociedad en vez de integrarlos?
Como vemos la vieja máxima que Maquiavelo mencionara en su famosa obra, El Príncipe: “Divide y reinaras”, sigue siendo muy eficaz para manipular a la gente.
Los medios la han usado, eficientemente, en su pelea contra el kirchnerismo. Y ahora la ponen en práctica nuevamente para “agitar el temor a la inseguridad”, ensalzar un candidato que promete “que quien las hace las pague” y polarizar las visiones sociales sobre la base de una simpleza insustancial.      
Sería extremadamente bueno detenernos a analizar estas cosas seriamente y no dejarse llevar por el discurso mediático de los medios hegemónicos que, entre otras cosas  y con oscuros propósitos políticos, se empeñan en fomentar el odio y la punición.