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sábado, 24 de enero de 2015

La denuncia, la muerte y la irrespetuosidad

       

Es un error capital teorizar antes de poseer datos. Uno comienza a alterar los hechos para encajarlos en las teorías, en lugar de encajar las teorías en los hechos (Sherlock Holmes)






Si nos basamos en las enseñanzas de Sherlock Holmes, a raíz de los trágicos sucesos acaecidos en nuestro país, deberíamos concluir que no hemos aprendido nada.
Arribar a semejante conclusión no requiere de mucho esfuerzo, basta con observar el tratamiento que a través de los medios de comunicación se realiza respecto de la “dudosa muerte” -concepto que también implica la hipótesis del suicidio- del fiscal Nisman para corroborar la certeza de semejante juicio.
Quizá las sugerencias del exitoso “detective literario” no sean tomadas en cuenta por tratarse de un personaje de ficción; sin embargo, no dejan de ser un saludable aporte para incursionar en los caminos de la lógica analítica.
El problema que se plantea es que buena parte de nuestra sociedad es más propensa al “análisis inmediato” que al “análisis concienzudo”, de ahí que ante cualquier hecho desgraciado su visión se focalice estrictamente sobre los efectos, sin reparar demasiado en los porqués.
Claro, y como es lógico esperar, en la era de la comunicación nunca falta la pléyade de opinadores del “periodismo” que, contrariamente a lo sugerido por Sherlock, desarrollan toda su destreza para acomodar los hechos en las teorías que mejor representen sus intereses. Hecho éste que obstaculiza la posibilidad de que los lectores, oyentes y/o televidentes puedan prestar atención a aquellos interrogantes que puedan dar lugar a una mejor comprensión de los acontecimientos y, por ende, conducir a una aproximación a la verdad.
Lo hemos manifestado más de una vez, la descontextualización de los hechos siempre es funcional al ocultamiento de determinados intereses.
Y a juzgar por determinado comportamiento mediático esa parece ser la línea a seguir. 
Hay un hecho que también despierta cierto enigma en todo esto y es, precisamente, que a mediados del presente año comenzará el juicio oral y público sobre los imputados por encubrimiento y otros delitos en la denominada causa AMIA. Lo extraño de todo esto es que entre los procesados se encuentran dos fiscales con quienes colaboró Nisman durante aquella investigación y que terminó siendo el precedente por el cual están sometidos a juicio.
Como vemos, la cuestión es extremadamente compleja. No obstante, en la trágica muerte del fiscal Nisman existe otro precedente que no se puede soslayar, esto es, su denuncia.
El juez que entiende en la causa hizo pública integralmente la denuncia en el portal de internet que depende de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. La denuncia desde el punto de vista jurídico carece de elementos probatorios y no deja de ser un conglomerado de hipótesis, muchas de ellas descabelladas -pues los hechos la refutan absolutamente, por ejemplo: en cuanto a los supuestos pedidos de levantamientos de las alertas rojas de interpol, o cuando hace referencia a un acuerdo comercial inexistente, ejes sobre los que se asentaba el grueso de la denuncia- que le impiden ser pasible de considerarse seria.
Ahora bien, si la denuncia en cuestión carece de fundamento legal para ser considerada seria; no queda más opción que considerarla una denuncia política. Pues, si de ello se trata, ¿a quién beneficia semejante denuncia?  O preguntémoslo en sentido inverso: ¿A quién perjudica tamaña denuncia?
A estas preguntas corresponderían dos respuestas distintas en situaciones disímiles. Imaginemos por un momento (cosa infinitamente deseable, pero imposible de cumplir) que el fiscal no hubiere sido encontrado muerto y que la denuncia continuase su curso.
Pues, sigamos imaginando que se hubiese discutido en el ámbito parlamentario tal cual estaba establecido y, en virtud de la fragilidad o inconsistencia de la misma, la presidenta (una de las acusadas en la denuncia junto con el canciller y un diputado de la reiterada y estigmatizada corriente política “La Campora”) hubiere salido “airosa” de la contienda. Ello hubiere determinado la consolidación de su figura y hasta posiblemente un crecimiento de la misma como consecuencia de ser objeto de cuestionamientos infundados.
Lamentablemente, esta hipótesis no pudo verse concretada en los hechos; pues, la pérdida del fiscal impidió que ello suceda.
Ahora bien, con la ausencia del fiscal e ignorando el contenido de la denuncia, ¿sobre quien pueden recaer las sospechas? En principio, y si nos ajustamos al “análisis inmediato” -esto es, aquél que se apresura a emitir juicios carentes de elementos probatorios, el que opina temerariamente, o el que ajusta sus opiniones en función de sus deseos, o que lo hace respondiendo a intereses mezquinos- dirá  sobre “los denunciados”. De allí que sea central el contenido de la denuncia; si se ignora el mismo y nos constreñimos exclusivamente al hecho fatídico (la muerte del fiscal), la asociación ligera mentalmente hablando es “lo mataron los denunciados”. Obviamente esta relación simplista es un absurdo, mucho más una vez conocida la denuncia que en concreto solo expresa un sinnúmero de falacias. Pero ya sabemos que los amantes de la “sin razón” adoptan la máxima de Tertuliano “credo quia absurdum” y no estoy hablando precisamente de religión.
Para evitar “razonamientos absurdos”, es necesario preguntarnos y dudar de aquellas respuestas que carezcan de un fundamento sólido.
Por eso resulta comprensible la carta de la Presidenta; más allá de que no estemos en condiciones de aseverar si se trato de un suicidio u asesinato.
La mandataria se formula públicamente una serie de interrogantes al respecto que sería bueno que todos aquellos que tengamos alguna intención de opinar sobre la causa nos formulemos también; y esto prescindiendo de la simpatía, que tengamos o no, hacia Cristina Fernández de Kirchner.   
Lo cierto es que cuando uno habla de “contexto” lo hace pensando en interrelacionar la mayor cantidad de elementos posibles a los efectos de lograr una mejor comprensión de los hechos.
Si, por otra parte, como bien expresaba Nietzsche, “no existen los hechos sino interpretaciones de los mismos”, cuando menos debemos reunir la mayor cantidad de elementos posibles y efectuar un análisis pormenorizado para interpretarlos de la mejor manera.
Evidentemente, el presente artículo no tiene la pretensión de ser tomado por la “verdad”; pero sí tiene la intención de resaltar la importancia de formularse interrogantes. Al respecto podríamos desarrollar muchísimos, pero solo bajo la condición de ciudadano; al fin y al cabo, el ejercicio de la ciudadanía no se agota con emitir un voto (en todo caso ese es nuestro derecho), sino que tenemos la obligación de comprender lo que verdaderamente acontece en nuestro país. De lo contrario, al momento de votar lo haríamos sobre la base del desconocimiento, lo que encierra toda una irresponsabilidad de nuestra parte.
Por cierto, la tarea descansa en el Poder Judicial que es el encargado de esclarecer los hechos y dictaminar la resolución de los mismos. No obstante, en cuestiones de trascendencia la ciudadanía no puede permanecer ajena a la comprensión de esos hechos.
Y a propósito de nuestro poder judicial, muchas veces hemos oído la reiterada muletilla de que se trata de un poder "independiente". Sin lugar a dudas son muchas las sospechas que a lo largo de la historia pesan sobre este poder para que lleguemos a considerarlo de ese modo.
El descrédito en que ha caído la denominada “Justicia” en la Argentina habla a las claras de que no es tan independiente como dicen -además, que sea independiente de los otros poderes visibles: Ejecutivo y legislativo; no significa que lo sea de los "poderes invisibles"- y ojalá comience a revertirse de una buena vez por todas esa situación.  
Pero, por otro lado, los jueces deberían esforzarse, cuando menos, en guardar un mínimo de decoro y respeto hacia los otros representantes de los demás poderes.
Es verdaderamente indignante -y no estoy poniendo con esto en tela de juicio la capacidad para administrar justicia en la presente causa- que la jueza, Fabiana Palmaghini, que tiene a su cargo la investigación sobre la muerte del fiscal Nisman, haya publicado en Facebook no ya su posición política (que quizá por ser magistrada de la nación debería formularse reservas), sino expresiones absolutamente injuriosas, si bien es cierto que ahora han sido borradas, sobre la figura presidencial.
Si quienes deben dar el ejemplo por el respeto a las instituciones son incapaces de hacerlo, que se puede esperar entonces de quienes no tienen semejante obligación. Es un síntoma verdaderamente preocupante que hasta esboza, si se quiere, cierto grado de degradación intelectual; nadie procura contar con jueces extremadamente brillantes (Zaffaroni por ejemplo), pero tampoco es saludable caer en el otro extremo.  
Para finalizar es menester hacer mención al deleznable comportamiento de los candidatos opositores. Sus “perlitas”, por desgracia, están a la orden del día.
Por un lado, Mauricio Macri sostiene en un ostensible acto de campaña: “que va a desterrar las prácticas de la mala política como utilizar los servicios de inteligencia de forma facciosa”. Cuando el propio Macri está procesado por escuchas ilegales desde el año 2010.
Por su parte, Sergio Massa, en cambio sostuvo públicamente “que se presentará como querellante en la causa del atentado a la AMIA y en la que investigue la muerte del fiscal Nisman”; por cierto, no sabemos bajo que condición, puesto que para ser querellante es preciso ser un damnificado. Excepto, que tomemos esto como una expresión para “la gilada” en el afán de conseguir votos y si de eso se trata, es repudiable en todo sentido. Especular con la muerte de una persona para hacer campaña mediante expresiones mentirosas, está lejos de ser un hombre de bien. ¿O será acaso que el recto proceder es una cuestión menor para los tiempos que corren?     

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