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jueves, 18 de septiembre de 2014

La lógica de la tempestad en la Argentina de hoy





 





Sin duda lo más quimérico en la Argentina contemporánea es asistir a un debate serio y racional en torno a las cuestiones que aquejan a nuestro país y a la búsqueda de soluciones al respecto. El problema se torna mucho más alarmante ante la existencia de un “arco opositor” desprovisto de ideas, que no solo se empeña en reducir toda discusión, sobre temas importantes, a una simple enunciación de palabras hueras o de eslóganes que nada dicen. Sino que además, muchos de sus miembros preanuncian el “hundimiento del país” en plazos perentorios, sin fundamentar el porqué de esos vaticinios, ni sugerir que recomiendan hacer para evitarlos.
Cuando uno observa el panorama, con el mayor grado de objetividad posible, percibe que las expresiones de “la oposición” configuran una “montaña de deseos” (algunos perversos)que no guardan relación alguna con la realidad.
La “lógica” que estos sectores procuran imponer descansa sobre dos ejes, a saber: por un lado construir un clima de zozobra tendiente a condicionar a la ciudadanía en materia de consumo. De este modo, y ante “el temor del porvenir anunciado”, es natural que la población reduzca los gastos con miras a las dificultades “venideras”. Y ya sabemos que una contracción de la demanda atenta, como es fácil inferir,  contra el proceso de recuperación económica.
Si a esto le añadimos las declaraciones recientes de algunos dirigentes sindicales que pronostican una serie de disturbios violentos para fin de año, el círculo atemorizador se cierra perfectamente.
Otro de los ejes, es evitar la práctica del debate y esto no es solo consecuencia de la ausencia de fundamentos que caracteriza, en buena medida, al sector opositor; pues, eludir la discusión posibilita, entre otras cosas, instalar “el pavor” sin necesidad de fundamentarlo. Pues, por el contrario, si la cuestión se discute, quedaría al desnudo que muchos de "los miedos" que se vaticinan no tienen justificación racional. Excepto, aquellos que han de ser provocados deliberadamente para atemorizar a la población en su conjunto, pero estos no serían fruto de las circunstancias (como se pretende hacer creer) sino artificialmente provocados por la voluntad de unos pocos que encubren sus oscuros propósitos.
Pues bien, instalado “el temor” y anulando la reflexión como consecuencia de la supresión del debate, están dadas las condiciones para arrastrar a una franja importante de la sociedad a tomar partido por una cuestión de simpatías. De tal manera qué, lo central pase por adherir a un bando u al otro, sin abocarse a reflexionar sobre a quién de ellos asiste la razón o que es lo más conveniente para el país.
Para peor, una nueva modalidad se ha instalado en los medios televisivos y que consiste, esencialmente, en preguntar sobre temas extremadamente complejos -por ej.: inseguridad- a quienes por el mero hecho de ser famosos (entiéndase actores, peluqueros de la farándula, modistos, etc.) se los entrevista para que “aporten” sus opiniones al respecto.
Nadie intenta silenciar la opinión de la farándula, pero sería mucho más “razonable” que una vez consultados sobre un tema; a posteriori  se interrogue a un especialista para que focalice, con argumentos sólidos, la problemática en cuestión. Evitando de ese modo, que solo quede la opinión de quienes reducen los problemas sociales a una “simple querella de opiniones” -la mayoría de las veces sin fundamento alguno-  y que nada ofrezcan para la reflexión seria. Obviamente, el proceso de reflexión colectiva atenta contra los intereses de los monopolios mediáticos, que nulo interés poseen en impulsarlo; al fin de cuentas, de hacerlo quedaría, paulatinamente, al desnudo sus técnicas de manipulación televisiva.
Por eso prefieren instalar una suerte de “lógica futbolera” que se asienta sobre mezquinos intereses bajo la apariencia de una legítima preocupación comunitaria. Por cierto, la mentada “lógica” la extienden a toda clase de problemas y, muy especialmente, para combatir al gobierno de la presidenta Cristina Fernández.
Después de todo, polarizar una discusión vaciándola de contenido, no solo es una manera muy eficaz para inducir a un “televidente desprevenido” a tomar partido por una determinada posición; sino que, a su vez, la instalación de esta “lógica” resulta funcional para quienes desde “la oposición” aspiran catapultarse a la presidencia de la República sobre la base de pronunciar eslóganes que nada dicen.    
Lo cierto es que todo este entramado, tejido por casi la totalidad del "arco opositor", no es fruto de la espontaneidad; por el contrario, parece perfectamente programado por aquellos sectores empeñados en desgastar al gobierno.
No obstante, el intento va más allá de desgastar la figura presidencial, pues, en los hechos lo que se pretende es erosionar, en forma escalonada, el terreno sobre el que se asienta una propuesta política que asigna al Estado un participación protagónica en el quehacer económico.
Basta un ejemplo para corroborar lo que estamos señalando: cuando uno observa la programación de los canales de televisión pertenecientes a los grandes grupos económicos, o escucha aquellas emisoras de radio que resultan ser propiedad de estos mismos grupos, o lee los periódicos de mayor tirada en el país (“Clarín” y “La Nación”) se encuentra con que, en la Argentina, ninguna medida de gobierno es digna de ser ponderada.
Por el contrario, la consigna mediática es demoledora: todo se hace mal. Ahora bien, si se parte de la premisa de que “todo se hace mal”, es lógico deducir que lo correcto sería ejecutar políticas absolutamente contrarias a las que desarrolla este gobierno. Por ende, el hoy “Estado presente”, debería abandonar su “postura” y marcar una profunda ausencia para facilitar el “normal” desenvolvimiento del “libre mercado” y a partir de allí, las cosas se solucionarían casi instantáneamente. 
Eso sí, el Estado -como en los viejos tiempos- debe concentrar su esfuerzo exclusivamente en "la seguridad"; que por cierto no se va a circunscribir a combatir “la delincuencia”, sino a garantizar el orden en todos sus aspectos. Fuera de ello es innecesario.
La lógica es implacable, no por casualidad uno de los candidatos sostenidos por éstos mismos medios (Mauricio Macri) nos advierte que de llegar al gobierno “eliminará el impuesto a las ganancias y suprimirá las retenciones”; sin dar explicación alguna, ni fundamentar como hará el Estado para mantener las políticas sociales con una merma tan significativa en lo que respecta a sus ingresos.
A primera vista, preocupa que los representantes de la CGT opositora y la CTA disidente, que permanentemente "se arrogan" la defensa de los trabajadores, no hayan salido a cuestionar semejantes dichos, puesto que eliminar de cuajo el impuesto a las ganancias ( no solo para los altos salarios, sino que se extendería para las sociedades y/o empresas) y borrar de un plumazo las retenciones, importa no solo recortar la capacidad del estado para la ejecución de sus políticas, sino degradar el nivel de vida de los habitantes (entre ellos, los trabajadores) ya que implica un recorte sustancial en los gastos estatales que redundará en perjuicio del sistema educativo, del sistema hospitalario, de la estructura de contención social, etc., etc.
Sin embargo, si uno afina la visión se dará cuenta que “el silencio” devela la afinidad que éstas conducciones gremiales mantienen con los “invisibles estrategas” del poder económico. No en vano, otro de sus aliados, el titular de la CGT Azul y Blanca, Luis Barrionuevo, advirtió que “lo que se viene para diciembre en la Argentina es un estallido”, agregando que “los tiempos políticos no son nuestros tiempos”. Eufemismo para decir, vamos a acentuar nuestras protestas para que Argentina estalle.
Mientras tanto, el presidente de la Sociedad Rural sale, muy suelto de cuerpo, a manifestar que con la aprobación de la nueva ley de abastecimiento “se terminó la propiedad privada en la Argentina”. Sorprende, verdaderamente, el mutismo que buena parte de los gremios ha guardado respecto de una ley orientada a proteger el bolsillo de los trabajadores. Máxime cuando, en más de una ocasión, la consigna convocante de estos sectores era “la lucha contra la inflación”.  
Por otro lado, la situación en el frente externo tampoco deja mucho margen para la tranquilidad. Basta con observar el agresivo “plan de los fondos buitres”, recientemente denunciado por el ministro de Economía, Axel kicillof, orientado a forzar una devaluación, bloquear el pago a los bonistas del canje, impedir que Argentina acceda al financiamiento externo y esperar la llegada de un nuevo representante en la Casa Rosada, para comprender que la situación del país es harto dificultosa. Como era de preverse, y en línea con el accionar de “las aves rapaces”, el embajador interino de los EEUU -en un reportaje realizado por el diario Clarín- sostuvo públicamente que Argentina “había caído en default”; generando como es habitual, el aplauso de los “buitres locales”.
Como vemos, no son pocos los que agitan vientos para que se desencadene la tempestad sobre nuestro país. No obstante, aun así, el gobierno se mantiene firme.
Por suerte, y más allá de la “muerte” pronosticada por el conglomerado de “periodistas independientes” respecto de lo que se conoce bajo el nombre de “Kirchnerismo”, el gobierno sigue contando con un amplio apoyo popular. Las multitudes que congrega la Presidenta en cada visita que realiza a lo largo del país es una muestra irrefutable de ello. 
Lo que nos hace suponer, con suma satisfacción, que todavía subsiste un elevado número de ciudadanos que no han sido presa de la “lógica mediática”.

jueves, 4 de septiembre de 2014

La perversidad dominante, la complicidad opositora y las máscaras del establishment





 






Es notable observar como a lo largo de los tiempos ciertas y determinadas palabras suelen ser utilizadas para sembrar temor y, de esa forma, instalar una creencia falaz que, por un lado, sea útil para orientar al común de la población a “visualizar” la realidad desde una perspectiva muy particular, generalmente descalificante.  Y por el otro, atendiendo a fines inconfesables, sirva para desacreditar y debilitar la imagen de quien en los hechos es el ofendido, pero en el mundo de las apariencias queda “etiquetado” como el agresor.
Este mecanismo de perversidad suele ser muy utilizado en muchos medios de comunicación quienes -ante la ausencia de un código de ética que regule “moralmente” su proceder- a sabiendas de la contundente eficacia de este tipo de técnicas, recurren a ellas para “instalar” verdades que no son tales.
Como bien lo destaca en uno de sus libros una célebre psiquiatra francesa: “Para desacreditar a alguien públicamente, basta con introducir una duda en cabeza de los demás No crees que... Con un discurso falso compuesto de insinuaciones y de asuntos silenciados, el perverso pone en circulación un mal entendido que puede explotar en su beneficio”. (1)
En cierto modo, es lo que viene aconteciendo desde hace muchos años en la Argentina mediática, pues, basta escudriñar un poco en el quehacer de los medios para descubrir hasta qué punto han explotado eficientemente esos recursos. Sin embargo, en las actuales circunstancias se ha dado una suerte de rechazo, insuficiente por cierto, pero rechazo al fin; que ha posibilitado que una franja minoritaria de la población desconfíe de esas “construcciones virtuales” que, por lo general, ocultan oscuros propósitos bajo un falso etiquetamiento.
Claro que de todas maneras las técnicas de perversidad pocas veces han sido puestas al desnudo y, en consecuencia, lejos se está de abandonarlas. Por el contrario, los medios siguen desarrollándolas  porque sus efectos le garantizan la obtención de pingües beneficios en un futuro inmediato.
Tal vez, en nuestro país, la perversidad mediática sea un poco más habitual porque coexiste con  una “clase dirigente”, esto es: política, empresarial, gremial y hasta representantes del poder judicial, que en el afán de retornar a la Argentina de los años 90, se encargan permanentemente de desnaturalizar el significado de los conceptos o palabras con ánimo de sembrar temor y descalificar, de antemano, aquellas reformas que pueden redundar o redunden en beneficio de la población. Pasó, en su momento, con la estatización de las administradoras de fondos de jubilación y pensión (AFJP), pasó con la recuperación del 51% del paquete accionario en manos estatales de la actual YPF, paso al impulsar la ley de democratización de los medios, etc., etc.  Ahora el nuevo objeto de descalificaciones, pasó a ser  el proyecto de ley abastecimiento que, eventualmente, ha de regular las relaciones de consumo.
Así, podemos observar  cómo muchos de los economistas pregoneros del “libre mercado” descargan toda su artillería verbal sobre el flamante proyecto de ley acusándolo de estar  inspirado en los vestigios ideológicos del régimen nazi, otros aducen que es un plagio del “modelo venezolano” y otros sostienen que está enmarcado en los postulados de la concepción política estalinista. Al parecer, las voces no se ponen de acuerdo en unificar criterios de descalificación; no obstante, terminan utilizando cualquiera de ellos cual si fuesen sinónimos.
No vamos a detenernos a explicar la incongruencia de asimilar “modelos” esencialmente distintos y de rasgos muy particulares. Si bien no desconocemos que esta “equiparación” está hecha deliberadamente por la carga negativa que encierran los dos modelos totalitarios para  la sociedad en su conjunto; pues, tampoco es necesario resaltar la arbitrariedad en que incurren al colocar al denominado “modelo venezolano”, que a diferencia de los otros dos, goza de una legitimidad (tanto de origen, como de ejercicio) incuestionable, y que ha sido ratificada sistemáticamente en los distintos procesos electorales llevados a cabo en el hermano país. Obviamente, se omite intencionadamente mencionar que legislaciones de esta índole la podemos hallar en cualquier país desarrollado de occidente; sin embargo, eso se encubre para no tener que extender el calificativo de “nazismo” o “estalinismo” sobre naciones como Francia, Inglaterra, Italia, España o el mismo EEUU.   
Sí es necesario contemplar cómo ante la más mínima posibilidad de procurar establecer controles, sea para evitar la distorsión de los mercados, para impedir el abuso de posición dominante, para poner freno a la suba desmesurada de precios que no guarden relación alguna con los costos,  para castigar el desabastecimiento doloso o para defender “al indefenso” consumidor que, en los hechos, al formular un reclamo tiene que acudir en innumerables ocasiones  a la Dirección Nacional de Defensa del Consumidor  y obtener fecha para una futura mediación que se prolongará indefinidamente en el tiempo sin darle soluciones, los portavoces del libre mercado se encargan de desacreditar y descalificar toda tentativa con el fraudulento recurso de tildarla de totalitaria.
El mismo apelativo que, en su momento, utilizaron los medios hegemónicos cuando se trató la sanción de “ley de comunicación audiovisual”. Las mismas comparaciones, las mismas mentiras, el mismo ocultamiento de la verdad para hostigar toda tentativa de legislar en favor de las grandes mayorías nacionales.
Por otro lado, resulta lógico, que el establishment se empeñe en recuperar las porciones de poder (que no han sido muchas por cierto, pero sí significativas) perdidas en estos últimos años; al fin de cuentas de eso se trata la política. El problema consiste en que a excepción del actual gobierno no existe sector político alguno dispuesto no ya a disputarle espacios de poder a éstos sectores, sino a impedirles que avancen en la recuperación de los espacios perdidos.
Por el contrario, los “dirigentes” que se presentan como alternativa a reemplazar a nuestra presidenta, se muestran absolutamente dispuestos a subordinar el accionar político a los requerimientos del mercado. Y no hace falta dar rienda suelta a nuestra imaginación para reparar en lo que harían; es suficiente con observar el discurso y el comportamiento que despliegan, para predecir que el grado de subordinación será absoluto.
Si hoy, sin estar en el gobierno, están coincidiendo plenamente con el discurso de los sectores dominantes que vienen pronosticando el derrumbe de la gestión K desde el año 2003 (no olvidemos aquel editorial de Claudio Escribano, director del diario “La Nación”, vaticinando la caída de Kirchner en menos de un año), y salen a la arena pública a manifestar, tal cual lo hizo recientemente “Pino” Solanas augurando que “sería un milagro que el gobierno de Cristina termine bien”  o de la senadora Gabriela Michetti que encolumnada en un partido de estrechos vínculos con "los fondos buitres" manifiesta que “la Argentina está harta del presente gobierno”, confundiendo -como lo hizo históricamente la Sociedad Rural- el limitado círculo al que pertenece con la patria misma, ¿que deberíamos esperar si este cuerpo de “dirigentes” se instala en un futuro en la Casa Rosada? 
No hablemos ya de la carencia de ideas o propuestas, uno de los rasgos más sobresalientes sobre los que descansa la denomina “la oposición” y las nefastas consecuencias que puede acarrear semejante déficit. Puesto que la ausencia de “propuestas”, en definitiva, resulta funcional al establishment  que a modo de proveedor  histórico empieza ofreciendo sus “cuadros técnicos” en el comienzo, para luego terminar ubicando a todos sus hombres -de férreas convicciones neoliberales-  en los principales lugares donde se ejecutan las políticas de estado. Si bien es cierto que hoy, “la oposición” se ha transformado en un mero  brazo parlamentario de la elite dominante; todo conduce a suponer que ante la eventual posibilidad de constituir  "el equipo" de un futuro gobierno opositor, éste será diseñado exclusivamente por la propia elite.
 Lo concreto es que legisladores que en los hechos deberían fortalecer y propiciar la culminación de los mandatos de los gobiernos democráticos; por el contrario, se empeñan en alimentar la falsa sensación de  un quiebre del mandato constitucional en un futuro más que cercano.   
Si a esto le añadimos la reciente medida de fuerza impulsada por Barrionuevo y Moyano, las estridentes declaraciones del ex candidato a vicepresidente de la UCR, González Fraga, que profetizó “la caída del gobierno a futuro por la ausencia de dólares” o las de Héctor Méndez presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) equiparando al “gobierno de Cristina Fernández con la dictadura” (a la que dicho sea de paso ni la UIA, ni Méndez cuestionaron durante su cruento e ilegítimo ejercicio),no es disparatado predecir que los “sectores del privilegio” nuevamente han comenzado a poner en práctica una campaña de desgaste para la consecución de sus oscuros propósitos.
Se acerca fin de año y, los motores se encienden como de costumbre, "el anhelo" es evitar que el gobierno se retire indemne y sin sobresaltos; procurando con ello dejar la impronta de que los “gobiernos populistas” terminan siempre mal. Para estos personajes, la “última impresión es la que vale”, de ahí que procuren dejar grabada “una mala impresión” en la conciencia colectiva; ya que suponen que, de ese modo, “la gestión de Néstor y Cristina” quedará archivada en las profundidades del  olvido. Ingenua teoría que el tiempo se encargará de desvanecerla.
Un fugaz recorrido por la historia, nos permitirá observar el notable paralelismo con la lógica aplicada en altri tempi donde suponían que con el desgaste de los gobiernos populares y la interrupción de sus mandatos, era suficiente para inhumar sus logros.  
Sin duda, los métodos son distintos, los actores son otros, el momento histórico es absolutamente diferente y los militares, por suerte, se han retirado como protagonistas decisorios del escenario político. Sin dejar de mencionar que el gobierno, pese a las desmentidas mediáticas, goza de un fuerte respaldo popular.
 Sin embargo, el comportamiento del establishment sigue siendo -variaciones mediante- esencialmente el mismo, lo que nos lleva a pensar que no era tan descabellada aquella conocida frase de Schopenhauer que dice: “La historia es un carnaval, solo ocurre lo mismo con diferentes máscaras”. 




(1) El maltrato psicológico en la vida cotidiana. Marie France Hirigoyen