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jueves, 25 de febrero de 2016

El retorno de la penuria existencial y el menosprecio del presente




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Es irritante observar como los cultores de la ideología neoliberal se empeñan cotidianamente en justificar la puesta en marcha de un programa económico y social cuyo propósito consiste en empobrecer a la gran mayoría de la población y, paralelamente, dinamitar todo lo que represente algún conato industrialista.
Sin duda, no son muy originales en su construcción discursiva, pues, por el contrario, la andanada de estólidos “argumentos” a los que recurren, forman parte de las tradicionales y arcaicas fábulas para incautos que, triste es reconocerlo, suele ser muy eficaz al momento de engañar a vastos sectores de la ciudadanía argentina.
Así por ejemplo, no es inusual escuchar en los medios de comunicación a los funcionarios oficiales o a sus agentes de propaganda privados (economistas de la City) hablar de que el principal objetivo del gobierno “es combatir la inflación” heredada, según ellos, del gobierno anterior.
Cualquiera que conozca un poco los principios que rigen la economía -y con más razón si ha vivido en la Argentina- no ignora que el mero hecho de devaluar el peso en las proporciones que el actual gobierno lo hizo, iba a provocar una escalada inflacionaria de una magnitud exorbitante. Además de generar, como es ostensible, una pérdida sustancial del poder adquisitivo de los trabajadores que ya alcanza el orden del 50%. Como vemos, en vez de atenuar el supuesto mal que aqueja a la sociedad argentina, conforme al diagnóstico que ellos mismos hacían, han optado por profundizarlo.
Como diría el célebre Don Arturo “Estos asesores no se proponen curar al enfermo sino matarlo”, y las medidas instrumentadas corroboran semejante afirmación.
Es llamativo que en esta época donde se habla tanto del “sinceramiento de precios”, nada se hable de la necesidad de sincerar las expresiones de algunos funcionarios, a los que todavía seguimos escuchando hacer referencia al concepto, vacío por cierto, de “Pobreza Cero”. Al parecer, para los nuevos gobernantes, la sinceridad ha dejado de ser un atributo humano para pasar a ser una cualificación de las mercancías. De lo contrario, no escucharíamos a muchos de estos señores decir que “la inflación nos perjudica a todos”; pues, sería más digno que se llamen a silencio antes de afirmar cosas que no son ciertas. Si nos hablasen con honestidad, reconocerían que detrás de todo proceso inflacionario se esconde la verdadera pugna por el reparto de la riqueza, y el sector más profundamente perjudicado a la hora de la repartija es, sin lugar a dudas, el sector asalariado.
Precisamente es esa ausencia de sinceridad la que les permite responsabilizar al gobierno anterior de la disparada inflacionaria de estos últimos meses; omitiendo que “el galope inflacionario” tuvo lugar, en principio, cuando anunciaron la devaluación de la moneda y, posteriormente, cuando se salió del denominado “cepo cambiario” para introducir la divisa en las turbulentas aguas del “libre mercado”.
Pero para comprender más lo que estamos diciendo, cotejemos el actual proceder del equipo económico en materia de devaluación, con el ejecutado por el gobierno anterior.
Es lógico reconocer que en enero del 2014 el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se vio forzado a devaluar por una pluralidad de motivos (merma de reservas como consecuencia de la ejecución de políticas de desendeudamiento, fuertes presiones del “mercado” para depreciar el peso, constante fuga de capitales, etc.), la devaluación no fue para nada menor; sino que osciló entre el 30 y el 35% entre los meses de noviembre de 2013 a marzo de 2014. Sin embargo, el gobierno adoptó un conjunto de medidas que terminaron reduciendo a la mínima expresión el impacto devaluatorio sobre el grueso de la población. A saber: aumentó la Asignación Universal por Hijo (AUH), las jubilaciones y pensiones, posibilitó acuerdos salariales con paritarias sin techo alguno, ejecutó la política de precios cuidados, impulsó la compra en cuotas mediante el plan “Ahora 12”; preservando de ese modo el poder adquisitivo de la población sin menoscabar la demanda en el mercado interno y, de ese modo, procurar mantener incólume los índices de ocupación en la Argentina.
En cambio, el actual gobierno de “Cambiemos” procedió de manera diametralmente opuesta: Devaluó la moneda en un 40%, permitiendo a su vez que el mercado continúe con el proceso devaluatorio (ya casi alcanza un 60% y nada asegura que se ha de detener), para peor eliminó las retenciones y los cupos de exportación lo que facilitó el proceso remarcatorio en materia de alimentos, decidió promover un aumento del combustible, no fue capaz de adoptar una sola medida para atenuar o compensar la desmesurada pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores; por el contrario, despidió un elevadísimo número de empleados públicos (alrededor de 50.000 por el momento), suprimió las barreras arancelarias para facilitar el acceso de productos importados lo que ya está determinando el por ahora incipiente, pero por demás preocupante, cese de las actividades de las industrias locales y, como añadido, paralizó todo emprendimiento en materia de obras públicas. No hablemos aun de los anunciados “tarifazos” y del nuevo aumento de la nafta que va a incidir en mayor medida en el índice inflacionario del mes de marzo.
En fin, como es sencillo de apreciar, las diferencias son notorias. Mientras que en el 2014 se adoptaron un conjunto de medidas tendientes a proteger a los asalariados y no provocar una fuerte transferencia de ingresos en perjuicio de la gran mayoría de la población; ahora, en cambio, se instrumentan una serie de medidas tendientes a beneficiar a un sector minoritario de la población en detrimento de la gran masa poblacional.
Es evidente que la  idea que nos ofrece el macrismo de combatir la inflación es a base de corroer el consumo popular. Ahora bien, si la política antiinflacionaria consiste esencialmente en reducir la demanda a límites estrechos, hasta llevarla a una suerte de “Consumo Cero”, el resultado ha de ser, indefectiblemente, un gigantesco cementerio.
No existen dudas que el fantasma de la inflación ha sido de suma utilidad para, en ocasiones, atemorizar a los pueblos y condenarlos a que acepten sumisamente la ejecución de políticas que atentan contra sus intereses. Cualquiera puede recordar como durante el gobierno del presidente Alfonsín los grandes grupos económicos estimularon el proceso inflacionario para provocar su finalización anticipada del mandato. Lo que luego derivo en los planes de ajuste del gobierno menemista. Con esto no estamos planteando ignorar todo proceso inflacionario, sino por el contrario, indagar en las verdaderas causas y observar las medidas adoptadas para combatirla. Pues allí sabremos si se nos habla con la verdad o solo se nos engaña.
El premio Nobel de economía Joseph Stiglitz sostuvo: “Cuando nos dicen que la inflación es el impuesto más cruel, sospechemos, ya que solo cuando es muy alta puede afectar el crecimiento de un país. La preocupación principal del mercado financiero nunca han sido los pobres.” (1)
Bien lo señaló el destacado economista cuando adujo que la inflación no es un problema en sí misma, sino por las consecuencias que puede traer aparejada en torno al empleo, al crecimiento o a la distribución del ingreso. Después de todo, se puede sobrellevar una vida con cierto bienestar aun con un índice inflacionario razonable y, por otra parte, se puede vivir pesimamente mal en el marco de una economía sin inflación. Claro que la ortodoxia neoliberal es incapaz de reconocer estas posibilidades, pues de hacerlo, estaría quitando el único sustento del cual se sirve para justificar sus políticas de ajuste.      
Si hay un rasgo característico del discurso neoliberal en la argentina, ha sido el de demandar ingentes esfuerzos a la ciudadanía en aras de un “mejor futuro”, por cierto, siempre por venir. Lo real, es que la experiencia histórica nos ha demostrado que ese “mejor futuro” nunca se materializó con el correr del tiempo y que los sacrificios, cada vez que los neoliberales estuvieron en el poder, se fueron expandiendo en número hasta oscurecer nuestro presente.
Así generaciones de argentinos vieron al final de sus vidas que el sacrificio realizado en aras de un “futuro mejor” no solo no se cumplió; sino que malgastaron gran parte de sus vidas en soportar padecimientos que solo conducían a incrementar sus penurias.
Lo paradójico de estas fábulas neoliberales, es que siempre han sido muy convincentes para muchos conciudadanos. Desde “hay que pasar el invierno” de Alvaro Alsogaray, o “al final del túnel veremos la luz” de Martínez de Hoz, pasando por “estamos mal pero vamos bien” de Menem-Cavallo, al de “Pobreza Cero” de Mauricio Macri.
Tal vez, porque quizá no reparamos que la única dimensión real de la existencia: es el presente. Y eso nos lleva a ilusionarnos con un futuro que siempre es por demás incierto y que ni siquiera sabemos si hemos de alcanzar. De ahí que es hora de dudar de aquellos que nos prometen un mejor futuro a expensas de un padecimiento presente.




(1)    Economía a contramano (Alfredo Zaiat)

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