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lunes, 15 de febrero de 2016

El nuevo parámetro de racionalidad macrista.



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Uno de los argumentos más utilizados en estos últimos días, por parte de los críticos del período Kirchnerista, es el hacernos creer que el país ha retornado a “la normalidad”. Pues, la idea de que el país se ha encauzado en el plano institucional y en el “racionalismo económico”, abandonando el “despilfarro irresponsable” del gobierno populista, conduce a suponer que la notoria mejora en materia de derechos y en relación a una distribución más equitativa del ingreso promovida por el gobierno anterior fue consecuencia de la instrumentación de políticas irracionales que atentaban contra “lo normal”.
Por cierto, imponer semejante creencia tiene el deliberado propósito de lograr el necesario consentimiento social para que la ciudadanía acepte, resignadamente, la ejecución del actual plan neoliberal. De esa manera -esto es, apropiándose de “la racionalidad”- nos explican, a través de los distintos medios de comunicación, que “lo normal” es: eliminar las retenciones a las grandes corporaciones agrícolas, suprimir las aranceles a las compañías mineras, aumentar en cifras siderales el costo de los servicios públicos, devaluar drásticamente el peso, reducir los salarios, multiplicar los despidos en la administración pública, acordar en condiciones extremadamente desventajosas con los “fondos buitres”, permanecer impasibles ante los remarcadores de precios, restringir -represión mediante- la protesta colectiva, e indudablemente gobernar por decreto y, en lo posible, sin oposición alguna.
Es obvio que dentro de estos parámetros de “normalidad” (no olvidemos que la imagen juega un papel preponderante en el ideario de “Cambiemos”) se encuentra también la faceta simpática del modelo; de ahí la necesidad de difundir los pasitos de baile del actual presidente que, ante la grave situación por la que comienzan a atravesar muchos de nuestros compatriotas, representan un “verdadero estímulo” para la conservación del optimismo.   
Claro que si uno procura entender las medidas adoptadas en este breve tiempo de ejercicio de gobierno, resulta harto difícil encontrar visos de racionalidad que fundamenten la instrumentación de las mismas. Por ejemplo, uno de los constantes relatos en que se cobijan los economistas -y periodistas- neoliberales para justificar el actual proceder del equipo económico es el “déficit fiscal”. El supuesto “agujero” que CFK le ha dejado a la economía nacional durante su “desastrosa gestión”, según sostienen los valentonados macristas.
Obviamente, la lógica indica que para “tapar el agujero” es preciso rellenarlo; lo que en términos económicos implica mejorar la recaudación fiscal. Sin embargo, lejos de aventar el mentado problema optan por agravarlo reduciendo los ingresos del Estado a través de la supresión de las retenciones al campo y al sector minero (solo la eliminación de los derechos de exportación a la minería representa la pérdida de 3.300 millones de pesos al año) lo que equivale a debilitar aún más las insuficientes arcas del Estado.
Claro que para los detentadores de la racionalidad, “lo normal” para contrarrestar el déficit en cuestión (que por otra parte, dista mucho de ser de la magnitud que expresan los voceros oficiales) es recurrir al endeudamiento externo; receta, por cierto, archiconocida por quienes hemos atravesado la perniciosa experiencia de la década del 90. De la cual al parecer, los funcionarios actuales, no han aprendido mucho a pesar de que algunos de ellos fueron partícipes directos (por no decir corresponsables) de aquella nefasta situación.
No obstante, la normalidad que pregonan los poseedores de la racionalidad se encuentra con un obstáculo temporal para emprender el tan pretendido proceso de endeudamiento externo. Dicho obstáculo consiste en que previamente deben “acordar” -aunque a juzgar por la posición adoptada por el actual gobierno el verbo aplicable sería “someterse”- con los “fondos buitres”; no solo en condiciones absolutamente desventajosas (paradojalmente propuestas por las actuales autoridades argentinas); sino que a riesgo de dejar sin efecto, y esto ya en el terreno jurídico internacional, la exitosa reestructuración lograda oportunamente por Néstor Kirchner. Puesto que cualquiera de los acreedores que, en su momento, se avino a la mencionada reestructuración podría exigir, tribunales mediante, el mismo trato beneficioso que reciben hoy “los buitres” por parte del gobierno nacional. Lo concreto es que Argentina, otrora impulsora en los foros internacionales de una “ley de reestructuración de deudas soberanas”, hoy le ofrece a los representantes de “la rapiña financiera mundial” beneficios superiores al 1000%.  
Y aquí también encontramos una notoria ausencia de racionalidad en el discurso oficial. Por un lado, nos hablan de un futuro promisorio en el mediano plazo; y por el otro aspiran a contraer una pluralidad de deudas que, en ese mismo período de tiempo, traerá drásticas consecuencias para el futuro del país. Que, como es lógico inferir, se verá agravado no solo por la caída gradual del PBI, a raíz de la paulatina destrucción del mercado interno que están impulsando; sino por el deterioro constante al que están sometiendo al erario público.
Menuda “racionalidad” la del oficialismo, el grado de incongruencia que yace en el discurso oficial es de tal magnitud que no deja de sorprender; de ahí que podamos observar cómo, en un reportaje reciente, el actual ministro del interior, sin espasmos en su rostro, nos siga mencionando que el objetivo del gobierno es alcanzar “la Pobreza Cero”.
Pues, se reducen los salarios, se incrementan vertiginosamente los índices de desocupación, se tornan inaccesibles los servicios públicos esenciales como consecuencia del “tarifazo” oficial, se permite la remarcación indiscriminada de precios, se suprime la entrega gratuita de medicamentos a los jubilados y a los sectores más vulnerables y pese a ello: Todavía se nos dice que “marchamos en dirección a la eliminación de la pobreza”. Como vemos, se trata de una versión remixada de aquella triste y difundida frase de los noventa: “estamos mal pero vamos bien”; época en que, al igual que ahora, el parámetro de racionalidad estaba divorciado de la razón.   
Es por demás sabido que “el poder” siempre procura imponer una visión de la realidad que le resulte funcional a sus inconfesables propósitos. No obstante, sorprende contemplar la absoluta ausencia de relación entre los enunciados de los funcionarios de gobierno y los hechos que acontecen cotidianamente.
Nadie ignora que “la realidad virtual” (esa que se ufanan de construir los medios) suele desplazar, al menos temporariamente, “la realidad real”. Pero pretender construir, exclusivamente, el edificio de “lo real” sobre la base de discursos y artilugios mediáticos es poco menos que una quimera que, más temprano que tarde, se derrumbará irremediablemente ante los ojos de la sociedad.

Sin embargo, y pese a estar absolutamente distorsionado, “el paradigma de normalidad” que nos ofrece el macrismo, con el apoyo incondicional de la mayor empresa local de “construcciones virtuales” (Grupo Clarín), no tiene límites y contrasta con la realidad cotidiana de millones de almas que están padeciendo los incipientes y crueles efectos de semejante distorsión. 

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