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sábado, 11 de febrero de 2012

El crimen mediático








A finales de la década del 80 se emitía por la TV pública -en aquél entonces, ATC- un programa denominado “el monitor argentino". En el mismo se desarrollaban temas de diversa índole: actualidad, literatura, cine, teatro, etc.; sus conductores, Jorge Dorio y Martín Caparros  (este último, por entonces, con las neuronas intactas), solían encarar los mismos con cierta originalidad y sapiencia lo que despertaba determinado interés sobre el público televidente, en esos tiempos, mayoritariamente juvenil.
Recuerdo que uno de esos programas estuvo dedicado a la vida de un “notable” escritor y, a través del mismo, pudimos observar toda su biografía comentada por ambos conductores.
Así, por intermedio de la pantalla pudimos descubrir las fotos de su infancia, adolescencia y hasta de su galardonada madurez, robustecida por el prestigio literario de sus obras. Un sinnúmero de premios ad hoc, y enunciados puntillosamente por la programación, respaldaban la jerarquía del novelista.
Debo confesar que, en un principio, y como “aficionado” a la lectura me sentí atraído por el destacado programa; no obstante, sentirme más ignorante de lo que me imaginaba. Ya que en mi caso, desconocía absolutamente no solo las obras de tan ponderado escritor, sino hasta su propia existencia.
Al cierre de la programación los conductores anunciaron que en la próxima emisión íbamos a  poder contar con mucha más información del “reconocido” literato. Fue así que a la semana, me instalé firmemente ante la pantalla de TV para compensar mi ignorancia; pero notoria sorpresa me lleve cuando el mentado dúo anunció que, tanto el nombre del escritor (que mi memoria no recuerda), como sus obras, sus premios y su biografía, eran falsas porque se trato de un personaje ficticio inventado por la programación para demostrar el poder de engaño de los medios de comunicación.
Sin embargo, la productora atendiendo a la repercusión del programa y durante la semana previa a la revelación de “la verdad”, se encargó de reportear a la gente por las calles de Buenos Aires respecto del falso y afamado escritor.
Lo sorprendente fue que muchos de los reporteados durante la breve entrevista ante la pregunta: ¿Conoces al escritor…….? Respondían que sí, otros aducían haber leído sus obras, y no faltó quienes aseguraban ser seguidores desde "la publicación de su primer novela". Sin hacer mención de aquellos que, a raíz del programa, se habían lanzado a adquirir las mismas en las distintas librerías del país.
No esta en el ánimo de estas líneas (ni al alcance de su autor) desmenuzar hasta que punto los argentinos somos propensos a comprar y reproducir “mitos virtuales”; pero sí reparar hasta que punto somos “reflexivos” con los productos televisivos que nos vienen ofreciendo.
Un claro ejemplo de la imperiosa necesidad de reflexionar al respecto es lo acaecido durante el programa “Mauro 360”. En el mismo se difundió “un asalto en vivo” en el hall principal de la estación ferroviaria de Constitución. Allí una mujer era amenazada con un cuchillo exigiéndole a cambio su campera; mientras los subtítulos anunciaban: “Asalto en vivo”. Lo cierto es que el supuesto asalto era toda una “misa en escena” y “en vivos” estaban los encargados de la programación que, por una insignificante suma de dinero ($20), compraron los servicios actorales de un transeúnte con prontuario. Ahora bien, proceder de esta manera suele tener varios objetivos, a saber:
-Aumentar el rating televisivo. Las desgracias siempre despiertan la atención del televidente.
-Incrementar la sensación de inseguridad en la población. Pues, sabemos que una cosa es la inseguridad y otra, muy distinta, es la sensación de inseguridad que se potencializa sobre la “psiquis” de las personas. Con sus perniciosos efectos que se traducen luego en demandas colectivas de “soluciones que no son tales”. Como por ejemplo: aumento de niveles de represión y punibilidad que no solo no solucionan el problema sino que lo agravan porque no se atacan las causas, sino los efectos. Es muy habitual, la creencia generalizada -por otro lado, ingenua como toda creencia- de que un simple aumento de las penas reduce el delito; como si fuese suficiente cambiar un 6 por un 16 para erradicar, por ej., un determinado delito.
-Y responsabilizar al gobierno por “no estar velando por la seguridad ciudadana”. Evidentemente, incriminar al gobierno de permanecer indiferente ante “el peligro” que acecha a los ciudadanos en su vida diaria, es un modo de desgastar su imagen ante la opinión pública.
Muchas cosas ha realizado (y debe realizar más aun) este gobierno para contrarrestar la inseguridad, entre ellas: reducción del desempleo, mejoras salariales, asignación universal por hijo, incremento de la población educativa en las escuelas oficiales, etc., etc., son cuestiones que, aunque no parezcan, están íntimamente relacionadas con la seguridad.
Indudablemente, delitos de estas características (no simulados) acaecen en todas las sociedades del mundo y pretender erradicarlos definitivamente es no solo ignorar la naturaleza humana; sino también las complejidades de la vida social.
Esto no significa que no se deba reducir al máximo los índices de criminalidad existentes; por el contrario, es obligación de todo gobierno hacerlo, pero sin desconocer que son múltiples los factores que pueden despertar en un individuo su propensión a cometer delitos: sociales, culturales, económicos, familiares, educativos, y hasta propagandísticos. ¿O acaso no es obsceno estimular constantemente al consumo a aquellos sectores que solo pueden hacerlo en su imaginación? ¿Hasta que punto pueden resistir la tentación y declararse no formar parte de la legión de los consumidores?
Un párrafo aparte merecería el intentar descifrar hasta que punto también, determinados programas televisivos fomentan el rol delincuencial al ofrecerles, a quienes cometen actos delictívos, su aparición mediática con reportajes o historias respecto de "sus hazañas" que lo conducen “a la fama” mostrando su rostro en la pantalla chica para deleite de sí mismo y de sus conocidos.  
Lo cierto es que gran parte de estos temas están siendo abordados por el Estado en las diversas áreas –con mayor o menor acierto- y, como es lógico, no son susceptibles de soluciones mágicas; sin embargo, quienes motorizan esta clase de “información falaz” procuran, en última instancia, interrumpir esos avances.
Porque lo que les molesta no es la “inseguridad” sino las políticas enderezadas a mejorar la calidad de vida de la mayoría de los ciudadanos que va en sentido adverso al interés acumulativo de unos pocos.
De ahí que agiten el fantasma de la inseguridad, precisamente, aquellos que no anhelan resolverla; sino, por el contrario, solo se proponen instalarla para, con ese pretexto, corroer la confianza pública en aquellos gobiernos que intentan atacar las causas que la genera.  

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