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lunes, 8 de noviembre de 2010

Los dueños del lenguaje


No hace mucho tiempo, durante las revelaciones de la, hasta entonces, oculta operación ilegal que posibilitó la adquisición de la empresa Papel Prensa, una dirigente “nacional”de personalidad impredecible –aunque orientada hacia la inimputabilidad- sostuvo la hipótesis de que sus propietarios, concretamente los periódicos Clarín y La Nación, constituían “la esencia de la nación argentina”.
De ahí que, cuestionar las conductas o posiciones adoptadas por los representantes de ambos periódicos equivalía a cuestionar a la Patria misma. Esto, inevitablemente, me trajo a la memoria aquella frase pronunciada por un destacado político argentino de principios del siglo pasado, cuando sostuvo:
“La patria es otro de los conceptos bien distribuidos en nuestro país. Algunos se sienten tan satisfechos con su parte que suponen que la patria se agota en ellos”. Y ojo no se atrevan ha sentirla como propia aquellos que llegaron tarde al reparto!!
Lo mismo acontece hoy con una pluralidad de términos, entre ellos: “Democracia”, “República”,“Diálogo”, “Consenso”, “Tolerancia”, etc., etc., que al parecer no forman parte del acerbo oficial; ya que constituyen parte integrante del patrimonio exclusivo de los opositores al gobierno. Son, precisamente, ellos, “los notables calificadores” –entre otros: Joaquín Morales Solá, Rosendo Fraga, Mariano Grondona, Eduardo Van der Kooy, por mencionar solo algunos- quienes gozan de la aptitud para discernir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto , lo que le conviene al país y lo que no; en última instancia “poseen”esa extraordinaria facultad de asignar la “justa” denominación a los hechos o a las acciones protagonizadas por los hombres de gobierno.
Lo extremadamente sorprendente de todo esto es que estos señores, que se arrogan ser los propietarios exclusivos de los términos, y por ende, los únicos aptos para ejercer el oficio de calificadores lingüísticos, son los mismos que brindaron la cobertura ideológica tanto durante el mal llamado “proceso de reorganización nacional” –al que jamás calificaron como dictadura durante su cruenta duración-  como al proceso privatizador y de exclusión social durante la administración de Carlos Menem.
Es notorio como los dueños del lenguaje, califican y hasta estigmatizan discrecionalmente a quienes reivindican o expresan sus simpatías por un “modelo de país” distinto del que ellos se empeñaron en construir en los tiempos mencionados.
Así por ejemplo: a un gobernante de facto como Jorge R.Videla jamás le asignaron el mote de autoritario; y si, en cambio, a un presidente elegido democráticamente por la voluntad mayoritaria de nuestro pueblo como lo fue el ex-presidente Néstor Kirchner. Claro que, el mote de autoritario no se le asignaba por ser  un gobernante que quebrantaba el estado de derecho, o porque ejercía el poder violentando las libertades y garantías individuales, o porque no respetaba la independencia de poderes.
En verdad eso no es para estos señores un valor a tener en cuenta; si así fuese le hubieran adjudicado –y ya entrando en el interregno democrático- ese mismo calificativo al deleznable ex-presidente Menem que aumentó el número de miembros de la Corte Suprema de Justicia para tener un poder judicial afín que le permitiera no solo desprenderse a precio vil de las empresas estatales; sino avasallar los derechos de los trabajadores. Tampoco recuerdo la voz airada de estos mismos periodistas cuando se acudió a sentar en las bancas a personas que sin ser legisladores levantaron las manos (computándose su voto) al momento de aprobar la privatización de Gas del Estado. Hechos éstos que si revelan un profundo desprecio por la democracia y el regular funcionamiento de las instituciones; pero, obviamente, para estos señores esos actos bajo ningún aspecto ponían en duda el preciado bien de la seguridad jurídica al que tanto apelan cada vez que el gobierno kirchnerista adopta una medida con orientación social. 
No obstante, hay que reconocerles a estos señores que han sabido montar, sin fisuras, todo un andamiaje comunicacional al servicio de los intereses de las grandes corporaciones; de este modo, tanto a través de la televisión, la radio y la prensa gráfica han sabido instalar un discurso uniforme que posibilita la manipulación del televidente, oyente o lector. Por cierto, hay excepciones que, como ya sabemos, confirman la regla.
De ahí que, no es fruto de la casualidad que a lo largo de estos últimos 30 años los conductores de los programas periodísticos y los editorialistas de los grandes diarios sean siempre los mismos. Pues, han sabido acordar una alianza estratégica -no necesariamente explícita- con los poseedores de los medios de comunicación donde a cambio de garantizar su “perpetuidad” en ellos, desarrollan un discurso tendiente a consolidar un modelo de país que permita enriquecerse a unos pocos en detrimento de la gran mayoría.
Así fueron demonizando por intermedio de su discurso todo aquello que pudiera tornarse en una herramienta útil para el logro o, en su defecto, consolidación de determinadas conquistas o derechos sociales.
Primero acompañaron el proceso de desvalorización de la política; en esto, indudablemente, buena parte de la clase política argentina hizo el mayor aporte para que eso ocurriese. Sin embargo, los medios coadyuvaron a potencializar el descrédito porque instalar la idea de que la política “es una actividad inmunda” promueve el rechazo y alejamiento de la ciudadanía y, en consecuencia, la política pasa a ser una actividad controlada por unos pocos para beneficio de esos pocos. Claro, que ante lo acontecido en el 2001, y viendo que la gente ganaba la calle espontáneamente para reclamar el “que se vayan todos” se vieron forzados a bajar los niveles de cuestionamiento por lo impredecible de la reacción popular, no era cuestión de arriesgarse a que se convirtiera en un "boomerang".
Paralelamente, se encargaron de denostar a los sindicatos, no ha determinados sindicalistas venales que hubiere sido lo más razonable; por el contrario, a éstos los paseaban por los programas de televisión justificando de ese modo las privatizaciones y la sanción de leyes como la de la flexibilización laboral.
Bajo esa modalidad se promovió la descalificación de toda la dirigencia gremial en su conjunto -una forma efectiva para no diferenciar a los corruptos de los que no lo son- y poner  en tela de juicio la existencia misma de los sindicatos.
Embarrar la imagen de los sindicatos era menester a los efectos de debilitar la resistencia organizada de los trabajadores ante la sanción de leyes que suprimían sus derechos. No por nada, una empresa como Clarín no permite la existencia de delegados gremiales en su compañía.
Podríamos desarrollar un sinnúmero de ejemplos demostrando como el discurso hegemónico de los medios de comunicación privados esta asociado de una manera u otra a determinados intereses ocultos, no es la intención de este artículo poner al desnudo estas cuestiones. Además por fortuna, ya han empezado a aparecer tanto en el ámbito televisivo y radial algunos programas (6,7,8 , TVR, Duro de Domar, Víctor Hugo Morales) que se encargan de ello.
Sí, en cambio, es nuestro humilde propósito bregar constantemente para que los que se atribuyen el dominio de “los conceptos” no los apliquen con la velada intención de distorsionar la realidad para confundir a la gente.
Un ejemplo concreto de lo que estoy manifestando es la calificación de “fanáticos” que realizan los “señores” Joaquín Morales Destituyente Solá y Mariano Golpista Grondona respecto de la juventud kirchnerista.
Han trazado una imaginaria línea divisoria que deja de un lado del plano a los partidarios del “fanatismo”, del “sectarismo”, de la “intolerancia”, “de la barbarie” y, del otro lado, la expresión de la moderación, es decir:“los prudentes”, “tolerantes” y “civilizados”.
En el terreno de “los fanáticos” se sitúa esa juventud que pretende apuntalar, bajo la firmeza de sus convicciones, la continuidad de un modelo político enderezado al logro de la felicidad de nuestro pueblo.
En el de “los tolerantes”, en cambio, se ubican aquellos que paradójicamente, aspiran a instalar en la Argentina un modelo social que contenga a pocos, y que garantice bajo la represión si es preciso: “el orden” y “la seguridad jurídica”.
“Los fanáticos” son aquellos que, además de corear cánticos reivindicando a  quien fuera su líder democrático, están involucrándose por vez primera en el quehacer político.
“Los tolerantes” son aquellos que presentan un prolongado historial de colaboración con las dictaduras y han conspirado –y lo seguirán haciendo- contra todo gobierno democrático que haya puesto el acento sobre las reivindicaciones sociales.
“Los fanáticos” son aquellos que por su temprana edad tienen mucho para ofrecerle al futuro del país.
“Los tolerantes” han hecho un significativo aporte -basta con ver sus antecedentes- al empeoramiento de las condiciones de vida de nuestra sociedad.
“Los fanáticos” apoyan la vigencia de una nueva ley de medios que permita una mayor pluralidad de voces que proporcione, a su vez, una mayor diversidad de criterios.
“Los tolerantes” se oponen a la mentada ley bajo la máscara del periodismo independiente evitando, de ese modo, la democratización del espacio comunicacional.
“Los fanáticos” expresan su verdad y sus sentimientos a gritos sin disimular sus lágrimas por lo que sienten.
“Los tolerantes” ocultan sigilosamente la verdad sembrando mentiras y odios con su accionar solapado.
La intención de “los tolerantes” es frustrar por todos los medios que la juventud se constituya en protagonista del hacer de una Nación. Por ello, procuran estigmatizarla al compás de la difamación, calificándola de “juventud hitleriana” para que no despierten el interés en otros jóvenes, para que no crezcan, para que se frustre esa intención de sumar voluntades para hacerse oír. Porque en la medida que sigan creciendo, quedará al desnudo el sectarismo, la mentira y la mezquindad de "los tolerantes".
JRC
                       

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