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jueves, 25 de noviembre de 2010

La historia encubierta




Cuando hablamos de Cultura, en sentido restringido, nos estamos refiriendo al conjunto de conocimientos que una sociedad transmite y valora, y dentro de ellos, obviamente, desarrolla un papel preponderante la historia de la humanidad en general y, mucho más, la historia particular de la sociedad en cuestión.
De ahí que no es desacertado expresar aquello de que “La cultura es la memoria de los pueblos”. Por tal motivo, conocer la historia del país donde nacimos y donde desarrollamos toda nuestra existencia nos sirve no solo para comprender, en cierta medida, el resultado de lo que somos, sino para comprender el porqué construimos un país de éstas características.
A nadie escapa que la Francia de hoy no sería lo que es de no haber sido signada su historia por la Revolución Francesa, ni los EEUU serían  la primer potencia mundial (si bien es cierto, que su hegemonía esta cada vez más endeble) de haber triunfado el ejército sureño en la guerra de la secesión.  Obviamente, las distintas generaciones de franceses o de estadounidenses, según se trate, conocieron la verdadera historia de sus respectivos países. No es, precisamente, el caso argentino donde los que escribieron “la historia oficial” no lo hicieron desde una postura equidistante, sino desde una perspectiva teñida de subjetividad cuyo propósito consistía en establecer un marco histórico determinado, a los efectos de justificar exclusivamente los intereses de los vencedores.  
Es lo que Don Arturo Jauretche con la brillantez de análisis que lo caracteriza calificó como “Política de la historia”, es decir, una historia funcional al poder político de la época que, simultáneamente, permitiera preservar los privilegios de los grupos dominantes y ocultar al pueblo la veracidad de los hechos. Privando, de ese modo, que el pueblo extraiga  enseñanza alguna de la experiencia histórica.
Cualquier similitud con la realidad periodística de la Argentina actual, no es mera casualidad., la falsificación de la historia al igual que la informativa evita, por sobre todas las cosas, la formación de una conciencia nacional.
Un claro ejemplo de cómo se ocultaron ciertas epopeyas, e incluso la posición adoptada por nuestros más honrados próceres, es la Batalla de la Vuelta de Obligado y el profundo significado que semejante hecho histórico –de ser conocido- pudiere tener sobre la sociedad argentina.
Fue precisamente un 20 de noviembre de 1845, cuando las flotas de la armada británica y francesa deciden intervenir militarmente sobre la Confederación Argentina bajo la máscara de la mediación para poner fin a la guerra en la Banda Oriental.
Previamente exigir, a través de sendas notas, al Gobierno de la Confederación que retirara sus tropas de la Banda Oriental, como así también su escuadra naval dirigida por el Alte. Brown; ambas potencias deciden presentar un “ultimatun” al Brigadier Juan M. de Rosas. Éste, lejos de amilanarse, solicitó a la Legislatura de Buenos Aires la autorización respectiva para “resistir y salvar la integridad de la patria”.
Mientras esto sucedía Garibaldi con sus mercenarios extranjeros contratados y orientados por los unitarios se encargaba de sembrar el terror y el saqueo en lugares tales como: Colonia del Sacramento, Martín García, Gualeguaychú y Salto.
El “Acuerdo de Alcaráz” estaba en marcha con la anuencia de Urquiza y los Jefes Unitarios, bajo la supervisión de las potencias extranjeras; en el mismo se procuraba la independización de la Mesopotamia mutilando, de ese modo, el espacio territorial de nuestra querida Confederación.
Es dable recordar que ya se había logrado el reconocimiento de Paraguay como nación independiente –cosa que la Confederación no admitía- y lo mismo se pretendía hacer con Entre Ríos y Corrientes asegurando, en consecuencia, la libre navegación de sus ríos para la colocación de los productos provenientes, esencialmente, de Inglaterra. 
El Brigadier Gral. Juan Manuel de Rosas decide, entonces, nombrar al Gral. Lucio N. Mansilla para conducir las fuerzas de la resistencia y en un codo angosto del río Paraná –ubicado en la localidad de San Pedro- conocido como la Vuelta de Obligado se instalan gruesas cadenas, de una orilla a otra, a los efectos de evitar la navegación de nuestros ríos interiores por parte de esos poderosos buques de guerra.
La sangrienta y desventajosa lucha no intimidó a nuestras fuerzas que tenazmente ofrecieron sus vidas para defender nuestra Soberanía.
El cruento combate cubrió de gloria a las fuerzas de la Confederación y si bien el saldo arrojó unos 300 muertos y 500 heridos de nuestro lado, la integridad de la patria quedó definitivamente resguardada.
Como bien lo sintetizó el Gral San Martín una vez conocido los hechos: “Hemos demostrado que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.
Semejante proeza hizo desistir a los invasores en seguir con sus propósitos, quienes terminaron reconociendo el Pabellón Nacional y abandonando la intervención militar directa para conquistar su anhelado mercado comercial.
Claro que, posteriormente, utilizaron nuevos métodos para "la conquista mercantil", pues, apelaron a “influyentes personajes nativos” que enrolados en el unitarismo -no olvidemos que muchos de ellos acompañaban a los invasores en sus buques como bien lo recordo la Presidenta- trabajaron más para garantizar el beneficio foráneo que para servir a la Patria.
No obstante, eso es otra historia que, al igual que la Vuelta de Obligado, también es preciso descubrir.
Pero para ello se requiere abrevar en fuentes fidedignas y no en aquellas adulteradas cuyo propósito –al igual que lo que acontece hoy con determinados periódicos- tuvo (y tiene) por objeto el ocultamiento de la verdad.
El presente de hoy es la historia de mañana, de ahí que no debe sorprendernos que aun subsistan personajes políticos que, al igual que los unitarios de aquél entonces, trabajen en desmedro del interés de la patria. Quizá eso sucede porque aún en el siglo XXI, muchos argentinos ignoran todavía la verdadera historia.

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