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martes, 17 de noviembre de 2015

El voto infundado, Argentina debate y un futuro incierto




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Es verdaderamente llamativo contemplar como un candidato puede alcanzar la presidencia de una nación sin tener que mencionar una sola propuesta política concreta en todo el transcurso de su campaña. Es como si un sector importante de los votantes hubiera decidido, consciente o inconscientemente, degradar, en cierto modo, la significación de su voto para convertirlo en una expresión que no requiere de fundamentación alguna. Como si se tratase, en los hechos, de una cuestión “no demasiado relevante”. Sin advertir en profundidad que semejante decisión no solo ha de configurar directamente la realidad futura del país; sino que además, va a determinar, en el votante, sus propias condiciones de existencia.  
¿Será que el ejercicio cotidiano del “rol de consumidor” ha calado tan hondo en las personas que, aun en cuestiones que no se corresponden con el consumo, se sigue adoptando la modalidad de “elegir” a la ligera -como en la góndola de un supermercado- cual si se tratase de un producto u otro?
Sinceramente me cuesta aceptar un comportamiento semejante; de lo contrario tendría que admitir que el ejercicio de la ciudadanía no siempre es fruto de una determinación racional. Es por demás factible que los sentimientos incidan, más de lo que imaginamos, notoriamente en las decisiones políticas de los ciudadanos (no por casualidad a nivel internacional, y en vísperas de elecciones nos encontramos habitualmente o bien con “operaciones mediáticas o bien con algún resonante operativo policial o militar, capaz de azuzar los sentimientos de la ciudadanía y mediante ello modificar su voto); pero aun así, cuesta sobremanera observar cómo, en nuestro país, un candidato (Mauricio Macri) que ni siquiera balbucea el más mínimo programa político, pueda ser hoy una alternativa presidenciable.
Es verdad que para algunos no es necesario reparar en su ausencia de propuestas, pues, conociendo sus antecedentes, y más aun los de quienes lo acompañan, ya se infiere con suficiente grado de certeza las perniciosas políticas que ejecutaría de acceder a la más alta magistratura. Sin embargo, el problema no radica, precisamente,  en quienes ya lo conocen; sino en quienes desconociendo absolutamente su trayectoria, y la de quienes conforman su equipo, le asignan el voto merced a su despolitizada campaña donde, adquiriendo la figura de un predicador de “Buenas Ondas”, se ofrece a la ciudadanía, nada menos que para gobernar el país .
Es patético observar la oquedad de su discurso, basta ver sus spots televisivos para corroborar que, a la manera de un “pastor electrónico”, nos habla de: “energía”, “de buena fe”, “de crecer juntos”, de “la alegría”, de “mirarnos a los ojos”, etc., etc. En síntesis, un rosario de “conceptos vacíos” cuyo único propósito responde al simple hecho de ocultar sus intenciones.
Lo vimos recientemente en el promocionado debate televisivo (Argentina debate) que, a fuerza de ser honestos, lejos de brindar a los ojos de los televidentes un cruce interesante de programas a desarrollar; consistió esencialmente en repetir párrafos previamente preparados que no guardaban relación alguna con las preguntas efectuadas.
No obstante, el candidato del oficialismo (Daniel Scioli) esbozó unas pocas ideas garantizando la continuidad de lo realizado por los gobiernos kirchneristas; que por cierto, no es poca cosa, y mucho menos teniendo en cuenta la otra alternativa.
En cambio, el candidato de “Cambiemos” no solo se mostró incapaz de especificar propuesta alguna, sino que en aras de descalificar al gobierno saliente apeló a una serie de mentiras, arrojando cifras que solo caben en su imaginación, y acusando -vaya paradoja- a los gobiernos “k” de mentirosos.
Es notable observar el odio que profesa Macri hacia el kirchnerismo cuando le dan oportunidad de explayarse; lo que contrasta con su llamado a la unidad de los argentinos en su campaña publicitaria. Pues, si tenemos en cuenta que los votantes del oficialismo rondan aproximadamente en el 40% de la población es cuando menos poco comprensible su concepción de la “unidad”; excepto que la proclamada “unidad” excluya definitivamente a ese porcentaje de ciudadanos. Eso sí, de todos modos, la denominada “Grieta” (o línea divisoria entre los argentinos) es, en apariencia, una construcción privativa del kirchnerismo y no una consecuencia del exacerbado odio que manifestó la oposición a lo largo de estos últimos años.
Lo concreto es que “el pastor de la unidad”, perdón el candidato, Mauricio nos promete “la alegría de caminar juntos”; claro que omitiendo decirnos hacia dónde vamos y por qué deberíamos estar alegres.
Lo problemático de esta situación es que esas especificaciones, que no se atreve a realizar públicamente; sí las hace, en cambio, en los ámbitos cerrados -entiéndase: Asociación Empresaria Argentina (AEA), Instituto para el desarrollo Empresarial (IDEA), la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericana (FIEL), por citar algunos foros del establishment-  donde ya sin tapujos anuncia la catarata de medidas neoliberales que ha de impulsar una vez producido su ingreso a la Casa Rosada.
Sin embargo, es menester reparar que en el mentado debate el candidato Mauricio Macri le formuló una pregunta a Daniel Scioli que lo define de cuerpo entero. En ella interrogó a su adversario si iba a ser capaz de solicitar la expulsión de Venezuela del Mercosur.
En verdad, esto es toda una definición no solo en materia de política internacional, sino también en lo que hace a las políticas internas. Pues, pone de manifiesto la intención macrista de retornar a la subordinación incondicional (recordemos aquello de las “relaciones carnales”) que, el candidato de la alianza “Cambiemos”, propone respecto de los Estados Unidos. Tan envalentonado esta que aspira a convertirse en la cuña que posibilite la destrucción de los convenios regionales (léase: Mercosur, Unasur) para retornar prestamente a los “remozados” acuerdos de libre comercio como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Hecho que, inexorablemente, presupone la ejecución lisa y llana de políticas libremercadistas y la desprotección más absoluta del mercado interno.  
Como vemos la decisión que adopte la ciudadanía no solo ha de definir el futuro de los argentinos; sino también el futuro de la región; de ahí que se requiera, más que nunca, que el ciudadano intente, como mínimo, reflexionar para fundamentar su voto.


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