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martes, 3 de noviembre de 2015

Cuando la experiencia se ignora, la esperanza se sostiene en el absurdo.

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Corría el mes de mayo de 1989, dos candidatos se disputaban la presidencia de la república. Por un lado se presentaba un candidato que no explicitaba su programa político pero sí acostumbraba a hablar del “salariazo y la revolución productiva”. Por el otro, un candidato conservador liberal que, sin dar demasiadas precisiones, nos hablaba del, entonces popularizado, “lápiz rojo” que iba a utilizar para recortar el gasto público y “tachar” (entiéndase suprimir) la supuesta “ineficiencia de las empresas estatales”. Obviamente, la campaña se desarrollaba en el marco de una profunda promoción mediática por hacer creer a la ciudadanía que la raíz de todos los problemas argentinos radicaban en la ineficiente administración estatal, y que para solucionarlos, bastaba con: por un lado despojarse de las empresas en poder del Estado; y por el otro desregular la economía, lo que traería aparejado la afluencia de capitales externos y con ello el anhelado crecimiento.
Un mito por cierto, al fin y al cabo, la mayoría de los capitales que acostumbran arribar a las economías en desarrollo son de franco tinte especulativo y excepto que se establezca un marco regulatorio orientado a satisfacer las necesidades del país es imposible garantizar, con ellos, el crecimiento sostenido. No obstante, “el mito” fue muy bien promocionado por nuestros “queridos” grandes medios comunicacionales. Claro que, simultáneamente, se ocultaba que la verdadera causa que impedía el crecimiento económico del país era resultado de las políticas de endeudamiento externo que, bajo el régimen dictatorial, se implementaron en la Argentina durante la gestión de Martínez de Hoz.
Ya, el tristemente célebre Domingo F. Cavallo, actuando como presidente del Banco Central en el año 1982, se había encargado (a pesar de que hoy lo niegue) de  estatizar la abultadísima deuda que diferentes grupos económicos locales habían contraído en el exterior. Fue así como esa franja del sector privado se deshizo de su condición de deudor, para arrojar el lastre sobre las espaldas de toda la comunidad. El broche de oro lo colocó, posteriormente, otro “célebre” economista del establishment, Carlos Melconian, por entonces jefe del departamento de deuda externa del Banco Central, quien se encargó de archivar las investigaciones por presuntos fraudes cometidos por estos mismos grupos a través de una herramienta financiera que resultaba funcional para este tipo de prácticas: los seguros de cambio.
Uno de las sociedades bajo sospecha (ver artículo “Pollo de Menem, mago de la deuda” del año 2003:http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-19977-2003-05-11.html ) era el grupo “SOCMA” (Sociedades Macri) que se benefició significativamente con dicha transferencia. Pues, de ese manera, se materializaba  la denominada “licuación de pasivos” en nuestro país; que consistió, lisa y llanamente, en desendeudar a estos grupos y convertir en deudores al resto de los argentinos.
Pero regresemos al año 1989, donde como señalábamos un candidato que no expuso su propuesta terminó siendo el presidente de la república. Es verdad que las opciones presidenciales de aquel entonces -al menos la que ofrecían los partidos mayoritarios- eran extremadamente similares. Pues, la diferencia radicaba en que el candidato de la UCR (Eduardo Angeloz) anunciaba públicamente los rasgos generales de su programa  neoliberal; mientras que el candidato del partido justicialista (Carlos S. Menem) no solo ocultaba su verdadera propuesta; sino que declamaba mendazmente algunas medidas que, en principio, sonaban esperanzadoras a los oídos populares. Para colmo de males, la sociedad argentina, se hallaba bajo los efectos traumáticos de la “hiperinflación” que -acicateada por los grupos económicos dominantes- llegó a rondar en niveles superiores al 700%. Esto sin dudas, generó cierta predisposición ciudadana a aferrarse a un “discurso que nada decía, que prometía abstracciones y no puntualizaba nada en concreto.
Lo que sucedió después es archiconocido, una vez instalado Carlos Menem en el sillón de Rivadavia, el programa político, hasta entonces oculto, salió crudamente a la luz.
Se implementaron alarmantes políticas de ajuste, se descuartizó al Estado, se regalaron las empresas nacionales, desembarcaron “inversores” externos que -al amparo de la denominada “seguridad jurídica”- lejos de aportar grandes capitales se apropiaron de las “joyas estatales” y edificaron con el gobierno de turno -en importantes áreas de la actividad económica- una estructura oligopólica que les permitió concentrar la renta en muy pocas manos, se levantaron los ramales ferroviarios, se destruyó todo conato de industrialización, se desprotegió absolutamente a los trabajadores reduciendo sus derechos a la mínima expresión, se desmantelaron  los hospitales, los establecimientos educativos, se aniquiló todo vestigio de desarrollo científico (recordemos que fue el ministro de economía, Domingo Cavallo, quien le sugirió a los hombres de ciencia “que vayan a lavar los platos”); se sepultó el concepto de “soberanía” para arrastrar al país a la práctica de lo que se conoció bajo el nombre de “relaciones carnales” con la, por entonces, primer potencia mundial; se destinó a un sector de nuestras fuerzas armadas a participar de expediciones punitivas (ej. La guerra del Golfo) abandonando nuestra tradicional postura de neutralidad frente a los conflictos externos, etc., etc., etc. Hasta se llego a la inescrupulosidad de sentar en las bancas de la legislatura a “falsos diputados” para levantar la mano aprobatoria -hoy el sistema de votación ha variado- de algunos “proyectos privatizadores”, cuando en los hechos no se había alcanzado el quórum suficiente para ser tratados sobre tablas. Es curioso, pero sorprende observar como los fervorosos “republicanos de hoy”, no reparaban en esos detalles en aquellos tiempos.
Lo cierto es, que infinidad de cosas perjudiciales pasaron una vez ungido presidente el candidato que escondía su verdadero programa. Terminó siendo el mandatario de de los grandes grupos económicos locales y de las grandes corporaciones internacionales.
El país se encaminó indefectiblemente por el derrotero que conducía al precipicio. Sin embargo, los medios de comunicación se encargaron, desde un comienzo, de ofrecernos un paisaje edulcorado de una “realidad” que no era tal; donde los endulzadores de turno eran -además de los conocidos “periodistas independientes”- los “destacados” economistas mediáticos y los funcionarios estrellas (también economistas ellos) que, a sabiendas de la destrucción social que estaban orquestando, no  cesaban en continuar con el engaño colectivo. 
Los artífices de “la emboscada mediática” predicaban el futuro bienestar general de la población, derivado de las medidas instrumentadas por el área económica. Así veíamos desfilar por las pantallas televisivas a los Melconian, Broda, Espert, Sturzenegger, González Fraga, Kiguel, Prat Gay, por solo mencionar algunos, que prodigaban múltiples elogios a la política económica de Cavallo, aseverando que la misma era “la antesala del paraíso nacional”. Precisamente, el último de los mencionados (Alfonso Prat Gay) va a ocupar, de llegar a la presidencia y según manifestaciones del propio Macri, la titularidad de la cartera de economía. Resulta por lo menos contradictorio que el futuro ministro de economía de “Cambiemos” nos hable recurrentemente de la necesidad de afluencia de capitales externos para el país; mientras que como apoderado de la  propietaria de la empresa “Loma Negra” (otro de los grandes “grupos económicos” beneficiados en su momento) se haya encargado –ver declaraciones del ex vicepresidente del JP Morgan, Hernán Arbizu; entidad para la cual también trabajaba Prat Gay- de facilitar la fuga de divisas del país de la Sra. Lacroze de Fortabat. Esta ambivalencia discursiva, parece ser un rasgo característico de esta pléyade de economistas.
Lo cierto es que estos profetas de “los buenos augurios”, asiduos visitantes a la embajada americana -y que a lo largo de esta última década se empeñaron en profetizar toda clase de catástrofes en el terreno económico que, por otro lado, nunca ocurrieron- hoy integran “el flamante equipo” del actual candidato, Mauricio Macri, que no esboza públicamente (¿mera coincidencia?) su programa de gobierno.
Es fácil de advertir entonces, que el retorno del neoliberalismo esta en ciernes. Las similitudes con lo acaecido a principios de 1989 no dejan dudas al respecto. No solo por el mentado plantel de economistas y ex funcionarios neoliberales; sino por otros signos fáciles de descifrar, a saber: el apoyo absoluto de los medios de comunicación dominantes a la figura del candidato es un claro indicio de lo que estamos señalando, el respaldo incondicional de las grandes corporaciones nacionales e internacionales es a todas luces [una muestra de ello la tenemos en el recién designado ministro de agricultura de la Pcia. de Buenos Aires (ex gerente de Monsanto) o el coordinador del plan energético de Cambiemos (el ex CEO de Shell) ¿Acaso Menem no designó en un principio como ministro de economía a un gerente de una multinacional?] un augurio del porvenir. La visión mercantilista que el candidato deja traslucir cuando, olvidándose de los consejos de su inefable asesor -esto es, de mantener herméticamente cerrada su boca-, expresa sus auténticas opiniones. Entre ellas: “Hay un despilfarro en empresas tecnológicas que no hacen falta” en referencia al desarrollo impulsado en tecnología satelital (Arsat 1 y2). O cuando sostiene: “El problema no está en hacer más universidades. Que es esto de hacer universidades en todos lados. Obviamente, muchos más cargos para nombrar”. Como vemos, visualiza los avances tecnológicos y los que corresponden al plano educativo como un costo, y no como un beneficio para el país ¿Será por ello su magro presupuesto educacional en la Ciudad de Buenos Aires?
En fin, este es el panorama que se vislumbra en estos tiempos, esta es la Argentina que se viene; excepto que la ciudadanía el próximo 22 de noviembre decida lo contrario.
No soy de los que creen que “los pueblos nunca se equivocan”, la experiencia universal refuta afirmaciones tan categóricas. Es mucho más razonable, y conveniente por cierto, depositar el “don de la infalibilidad” en el escaparate de la metafísica. Pero sí estoy convencido que los factores comunicacionales (léase: “monopolios de la información”) tienen la capacidad de instigar a las personas a incurrir en el error. Y eso, en algún modo, es lo que viene sucediendo en la Argentina.
Un brillante filósofo del siglo XIX, Arthur Schopenhauer, demasiado pesimista para mi gusto, solía decir que “La historia es un carnaval, solo ocurre lo mismo con diferentes máscaras”.

Y puede que es ciertos aspectos así sea. El problema es que en nuestro país  la historia puede volver a repetirse, con el agravante de que aquí, los personajes ni siquiera necesitan cambiar de máscaras.     

2 comentarios:

  1. Comparto mucho de lo que decis. Pero los funcionarios que presenta "el proyecto" en Argentina, también fueron funcionarios en esos nefastos años noventa.
    Lamentablemente la economía argentina tiene distorciones muy fuertes y ambos proyectos políticos van a aplicar ajuste que va a recaer sobre el pueblo. Para mejor ejemplo, el kirchnerismo, con toda la fortaleza de estos años, jamás planteo una reforma a los beneficios fiscales que reciben las mineras multinacionales, que datan de los años 90.
    Y respecto a lo que planteas de los medios, discrepo. Los mismos que hoy, eventualmente, inducirían al error al votante, son los mismos que no lo indujeron en el 2011. Entonces, porque la gente vota como vota es complejo y mucho más profundo que la tapa de los diarios.
    Saludos

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    1. Estimado Manuel: Nadie ignora que algunos funcionarios han formado parte de los nefastos años 90. Pero también allí es preciso establecer grados de diferenciación; sino incurrimos en el análisis dogmático que solo conduce a beneficiar, en los hechos, a los sectores dominantes. . No es lo mismo haber presidido la comisión de deportes en la Cámara de Diputados (Scioli) en el año 97, ha ser parte de quienes diseñaron y ejecutaron el programa económico del 76 y de los 90. No es Scioli "santo de mi devoción"; sí, como es obvio, comparto muchas cosas que se hicieron en Argentina en esta última década; claro que se podían haber realizado muchas más cosas para mi gusto; pero no olvidemos que el poder político no comporta el poder total. El poder real está en otras manos y ganarle la pulseada a los "auténticos poderosos" requiere de paciencia e inteligencia. La nunca vigente en su plenitud "ley de medios" es un claro ejemplo de ello. Quien suponga que para hacer una revolución es suficiente con acceder a la más alta magistratura, peca de un exceso de idealismo. La historia tiene avances y retrocesos; pero son los avances quienes -en esta época- construyen los cambios revolucionarios. Aquello de "cuanto peor mejor" era factible a comienzos del siglo XX. No en está época donde los mecanismos de "control social" se han perfeccionado al extremo. En cuanto a como vota la gente hay por cierto una "pluralidad de causas"; no obstante, la televisión (medio de control social si los hay), no los diarios -que ya se leen muy poco- es el principal (no el único) factor determinante "del pensar" de una franja importante de la ciudadanía. No por casualidad, a nivel mundial, los medios se encuentran en poder del establishment. Solo se quiebra esa hegemonía mediática con la aparición de líderes (cuadros políticos) excepcionales que irrumpen en determinado momento histórico. Sucedió con Chavez, Lula, Correa, Evo Morales y los kirchner. Se podrá estar de acuerdo o no con ellos, pero la campaña sistemática de los medios contra estos líderes populares demuestra que es a ellos a quienes le temen y, por ende, los combaten. Obviamente, no le van a temer a Scioli; ni mucho menos a Macri el candidato del imperio. Es precisamente está última condición la que nos obliga a optar por el primero y no por el segundo. Como verás esto es largo de discutir, pero siempre vale la pena hacerlo. Te agradezco tu comentario y un fuerte apretón de manos.

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