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domingo, 1 de junio de 2014

Las operaciones mediáticas y el mensaje mafioso





       







Indudablemente en los tiempos que corren las operaciones mediáticas se han transformado en moneda corriente, y no pensemos exclusivamente en la Argentina; pues, semejante proceder, reñido con los más elementales principios morales, es susceptible de observarse en cualquier rincón de la geografía del planeta. El armado es extremadamente simple, primero se determina el objetivo a alcanzar que, en esencia, consiste en la construcción de una realidad para “consumo” de una franja cuantitativamente importante de inexpertos televidentes (a los que se le suma también un número considerable de confiados oyentes o desprevenidos lectores) que, como es obvio, jamás han desarrollado la práctica de poner en dudas las afirmaciones mediáticas.
Luego se monta la escenografía en cuestión, se difunde “la falaz construcción” (a la que se le atribuye el carácter de noticia) en la tapa de los diarios, se reproduce en los distintos programas de TV y se sobredimensiona, a su vez, en buena parte de los programas radiales.
El concierto tripartito -gráfico, televisivo y radial- tiene lugar, obviamente, merced al nivel de concentración mediática alcanzado, no solo en cuanto a pluralidad de medios en manos de un mismo propietario (cosa particularmente común en buena parte de los países sudamericanos); sino también en orden a la concentración hegemónica de una  ideología (neoliberalismo) a la que la mayoría de los medios  responden. De este modo, medios que en los hechos pertenecen a distintos propietarios, no dejan de expresar un pensamiento (otrora conocido como “pensamiento único”) qué, como es de esperar, es funcional a las necesidades de los sectores dominantes.
Ahora bien, una vez instalado el ficticio tema, se machaca persistentemente con su difusión a los efectos de ampliar la base de los “potenciales creyentes” quienes, ingenuamente, y desprovistos de información auténtica, no advierten que se trata de una operación camuflada. Posteriormente, una vez desplegada la mentada “operación”, se va configurando entre los “creyentes” el consenso necesario para dar por sentado que el hecho en cuestión  tiene visos de veracidad. De este modo, podemos contemplar cómo - y no en pocas ocasiones- hechos inexistentes en el mundo real, creados artificiosamente por los inescrupulosos medios, terminan desplegando efectos sobre la realidad concreta y, muy especialmente, sobre el comportamiento humano y la visión que adoptan de lo que acontece en el mundo.
Así los medios en su gran mayoría, otrora vehículos de información, se han tornado actualmente no solo en herramientas de desinformación y ocultamiento de la verdad; sino lo que es peor aún, en instrumentos de manipulación de conductas colectivas.
Algún incauto podrá preguntarse para que quieran los medios “manipular conductas”; y la respuesta es muy sencilla, pues, para configurar una sociedad al servicio de unos pocos, garantizando, a su vez, la perdurabilidad de la concentración económica y evitando que un pueblo (o una diversidad de comunidades) tome conciencia de la realidad y, consecuentemente, decida cuestionar el estado de cosas dado (Status Quo).  No es producto del azar qué, a escala universal, las grandes corporaciones mediáticas se encuentren, exclusivamente, en manos de los representantes del establishment. No solo es cuestión de hacer grandes negocios; también es preciso evitar que el pueblo los desapruebe. Y para que esto último no suceda, bien vale engañar al conjunto de la población mediante el uso de los medios.
Ahora bien, si el vínculo de los “medios dominantes” con los grandes grupos de poder económico es tan estrecho, ¿quién puede imaginar que la información que proporcionen pueda calificarse de absolutamente desinteresada?    
Por cierto, internacionalmente tenemos sobrados ejemplos de “operaciones mediáticas” montadas a los efectos de invisibilizar oscuros propósitos. Basta recordar las falaces causales que determinaron la conocida invasión a Irak,  o lo que acaeció y acaece (Siria, por ejemplo) en Medio Oriente; o por citar un hecho reciente, la notoria tergiversación que buena parte de la prensa occidental (dominada por las corporaciones) nos ofrece de lo que hoy en día sucede en Ucrania.
¿Acaso no hemos observado cómo con el propósito de legitimar ciertos procederes, las agencias de noticias internacionales, se encargan de difundir noticias falaces que posibiliten crear la aquiescencia necesaria para emprender, ya sea, una operación militar, enviar supuestas “fuerzas pacificadoras” o desprestigiar un gobierno que obstaculice los negociados de las grandes corporaciones?  
Lo concreto es que detrás de las operaciones mediáticas se esconden ingentes intereses que nada tienen que ver con “las apariencias” que nos muestran; sino que responden al firme propósito de engañar a los “consumidores de noticias” para, de esa forma, legitimar ciertos y determinados actos que de otro modo no serían tolerados.  Así, de ese modo,  se evita que el grueso de la humanidad tome contacto con la verdad y reaccione ante los mismos.   
En nuestro país la situación no es muy distinta, por el contrario, la falsificación de la realidad elaborada a través de los medios ha llegado a extremos inimaginables.
 Hay un conjunto de periodistas -si se nos permite llamarlos de ese modo- que de la manera más indigna se prestan a configurar una suerte de orquesta que armónicamente procura ejecutar la sinfonía de lo falso presentándola como verdadera.
A lo largo de esta última década las operaciones mediáticas han sido una constante para debilitar al actual gobierno. Entre ellas se encuentran, y solo por citar algunas: el caso Skanska donde quedo demostrado en sede judicial la inexistencia de delito alguno, el caso Sadous que ya no se menciona porque quién terminó procesado fue, precisamente, el ex embajador en Venezuela por falso testimonio. La conocida fábula de la Bóveda kirchnerista donde, supuestamente, se guardaba el dinero obtenido de manera ilegal.
La irrisoria denuncia que se vertió sobre lo que dio en llamarse: “Cristina en Seychelles”. Aprovechando el hecho de que el avión que transportaba a la presidenta hizo escala para descanso de la tripulación y cargar combustible por unas horas en ese país, se sentó la deliberada sospecha de una visita intencional con propósitos “non sanctos” a un paraíso fiscal. Cuando en el propio decreto presidencial  emitido con antelación (es decir, emitido desde Buenos Aires, esto es, antes de iniciada la gira internacional de la presidenta) ya constaba que en el regreso se haría una escala momentánea en ese lugar. Es inimaginable que si se quiere transportar dinero no declarado, se opte por trasladarlo durante toda la gira y, recién al final de la misma, visitar un paraíso fiscal habiéndolo, previamente, anunciado por decreto. 
El famoso “Síndrome de Hubris” popularizado por un mediocre médico devenido a periodista con la intención de hacer creer a la población de que la presidenta se hallaba incapacitada para ejercer sus funciones. Y como no recordar la operación montada y contemplada durante largos días por todos los argentinos; donde, ininterrumpidamente,  determinados canales de televisión anunciaban que con la nueva “ley de medios” se censurarían definitivamente las voces de la prensa opositora. Como no recordar, por ejemplo, la actuación del patético “Showman”, Jorge Lanata, expresando en uno de sus programas que “es muy probable que la semana que viene este programa no salga más al aire” ante la supuesta entrada en vigor de la ley. Todas estas falaces denuncias -y muchas más que sería excesivo mencionar- fueron resultado de “operaciones mediáticas” destinadas a horadar la imagen del “deleznable” (a juicio de los grandes medios) gobierno populista.  
Otra que cada tanto aparece, es la que tiene por destino “ensuciar” la imagen de Boudou. Claro, Amado Boudou, ha sido el autor intelectual de la desaparición de aquella “estafa institucionalizada” y que se conocía como las AFJP (Administradoras de fondos de Jubilación y Pensión) y que permitió que buena parte de la estructura del sistema financiero y que muchas sociedades que cotizaban en bolsa (entre ellas el grupo Clarín) se  apropiasen de grandes volúmenes de dinero a expensas del deterioro de los aportes jubilatorios (léase: empobrecimiento de jubilados y pensionados) y de una merma significativa en el patrimonio líquido del Estado que -sin recibir, ni administrar esos aportes- debía subsidiar el 60% de los montos de todas y cada una de las jubilaciones y pensiones otorgadas. Teniendo en cuenta esta estrechísima historia (que sería extensa de comentar) es fácil inferir porque al Vicepresidente de la República se lo “ensucia” recurrentemente.
En primer lugar, el propósito era convertirlo en un “cadáver político”, cosa de sentar un precedente con miras al porvenir. Al mejor estilo mafioso, el mensaje fue: “quien se meta con nosotros tendrá sus días contados”. No es menos cierto que, en cierta forma, lo lograron a través de las distintas “operaciones mediáticas”. Las aspiraciones de Boudou, si en algún momento las tenía, han quedado guardadas en el cementerio de los recuerdos.
Y, en segundo lugar, es un buen pretexto para seguir “apedreando” a un gobierno que no accede a sus demandas y, que a pesar de todo, todavía conserva fuerte consenso en una importante franja poblacional.
Ahora bien, lo cierto es que Boudou (a diferencia de Macri que acumula varios procesamientos) ni siquiera estaba procesado en una causa donde supuestamente se le imputa una suerte de “tráfico de influencia” para favorecer el levantamiento de una quiebra de una empresa. No obstante, los medios hegemónicos (a la mejor manera inquisitorial) lo estigmatizaron de “hereje” y lo condenaron a “la hoguera” -con el “beneplácito” de los engañados televidentes y los vítores de los políticos opositores que, a sabiendas, se prestan a la difamación mediática- sin el más mínimo elemento probatorio que justifique la condena.
 Seguramente, y nos estamos limitando a hablar sobre éste hecho puntual, si los jueces se abocan a administrar justicia sin someterse a la presión mediática, pues, a futuro, esta falsa imputación quedará en evidencia. Pero aun así, en el mejor de los casos, queda suficientemente cristalizado el abominable mensaje: “Atentos futuros funcionarios, que la llama mediática puede -cuando lo juzgue conveniente- encender la hoguera”.
Por suerte, una buena parte de nuestro pueblo, y merced a gobiernos como el de Cristina y de Néstor, ya sabe como combatir el incendio.

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