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domingo, 14 de abril de 2013

Paradigmas, Carrió y enlaces "non sanctos".




 






La predisposición a universalizar su teoría ha sido la ambición de todo teórico; en ese contexto, el autor de una tesis despliega todo su esfuerzo a los efectos de no presentar fisuras en la estructura argumental de su obra. Ahora bien, si partimos del presupuesto de que la realidad es extremadamente compleja y, por ende, la mente humana no está en condiciones de captarla en su totalidad; es lógico concluir que teoría y realidad jamás podrán superponerse simétricamente.
Sin embargo, los paradigmas teóricos -especialmente aquellos que responden a las denominadas ciencias sociales-, en mayor o menor grado, siempre han contado con una faceta cautivadora que permitió, a lo largo de los tiempos, la conquista de adeptos que (ignorando las limitaciones de toda teoría) se lanzaban “a las calles” a propagar  la teoría de referencia como si, la misma, encerrara en sí el germen de la verdad.  
Seria extenso -y, obviamente, excede nuestro conocimiento- pretender analizar cuantos paradigmas cobraron existencia con el propósito de legitimar situaciones de hecho preexistentes (como, por ej., la teoría de la esclavitud en la antigüedad) y cuantos fueron ganando terreno, por motu proprio, en el campo de las ideas hasta ser aceptados por la mayoría de los miembros de una comunidad en un momento histórico determinado.
 No obstante, lo que sí podemos mencionar es que la historia de la humanidad nos provee de un sinnúmero de “teorías” (esclavistas, racistas, religiosas, de inferioridad de la mujer, maniqueístas, lombrosianas, del derecho divino, e incluso económicas como la neoliberal,  etc., etc.) que hegemonizaron el pensamiento de una época, algunas de ellas causando grandes catástrofes en vidas humanas, y que fueron dejando su impronta de generación en generación perdurando aun, hoy en día, a través de muchos prejuicios sociales.
Hoy somos conscientes que “la verdad” es una construcción humana y como toda obra del hombre está sujeta a las variaciones del tiempo y del espacio. Pues, nadie en su sano juicio podría aseverar, por ejemplo, que la verdad del mundo medieval es exactamente la misma que la verdad del mundo contemporáneo. Con esto no queremos minimizar las injusticias y atrocidades cometidas bajo el amparo de “la verdad”  en el mundo del Medioevo, ni tampoco las que se cometen en el mundo actual. Simplemente, intentamos decir que la verdad (como ya lo han expresado una pluralidad de pensadores a lo largo de los tiempos) es una construcción cultural que, instalada en un determinado momento histórico, responde a las necesidades de los grupos dominantes existentes en cada una de las sociedades.
Se podrá decir que ante el fenómeno globalizador las sociedades dominantes imponen “paradigmas universales” a las sociedades subalternas, y por cierto que es así; solo que para ello deben contar con la colaboración de los grupos de poder dominantes arraigados en cada lugar. Lo que acontece actualmente en los países periféricos de Europa es una clara muestra de lo que estamos manifestando; al igual de lo que aconteció en la Argentina durante el reinado en la era neoliberal.  
 Sin embargo, es muy común que cuando se habla de la verdad il uomo qualunque  no acostumbre a referenciar ésta con las relaciones de poder existentes en el seno de una sociedad determinada. Si, por el contrario, el hombre común tuviese en cuenta esa faceta de la realidad; muchas de las “verdades” que hoy se profesan se desvanecerían en el aire casi instantáneamente.
Tampoco debemos olvidar que el lenguaje no es neutral, en consecuencia, condiciona la manera de interpretar la realidad.
No es fruto de la casualidad que los medios de comunicación incidan tanto sobre la percepción de la realidad en buena parte de la población; después de todo, diariamente, acceden a nuestros hogares predicando su palabra a cada uno de los oyentes y/o televidentes en forma ininterrumpida. Son verdaderamente sorprendentes las diferencias que uno observa al dialogar con un hombre influenciado culturalmente por su afición a la TV y con quien no se encuentra bajo su influjo.
Por ejemplo, es digno de observarse como en los últimos tiempos (y, fundamentalmente, a raíz de la sanción de la ley de medios de comunicación audiovisual) los canales de la TV privada se han empeñado en descalificar al gobierno equiparándolo a una “dictadura”. 
Sin duda, establecer un paralelismo entre un Estado de Derecho y una dictadura es una aberración, tanto política como jurídicamente hablando. No hace falta ser un constitucionalista para discernir una cosa de la otra. Solo quien desconozca las más elementales formas de gobierno que han existido a lo largo de la historia de la humanidad no estaría en condiciones de percibir tamaña diferencia.
Sin embargo, en su afán por descalificar al gobierno, los medios reportean a un conjunto de distorsionadores políticos que se empeñan en repetir falazmente (al igual que un número destacado de “periodistas estrellas” signados por la mediocridad y el mercantilismo) semejante paralelismo. De esa manera contemplamos anonadados como se recurre a la mala fe para confundir y desgastar el auténtico significado de los conceptos; que terminan siendo utilizados con propósitos oscuros. Logrando, entre otras cosas, que un oyente o televidente desprevenido internalice como cierta semejante falsedad.
Así, en virtud de esa manipulación deliberada, las nuevas generaciones podrían llegar a interpretar  -erróneamente por cierto- que si una “dictadura” es equivalente a la existencia de un estado de derecho (como sucede con el gobierno de Cristina Fernández) puede que no sea un instituto político deleznable. Cuando en realidad sí lo es.
Lo que no expresan estos señores es que una dictadura gobierna bajo el estado de sitio, que suprime la libertades y garantías individuales, que practica la censura previa, que dispone el arresto de las personas sin necesidad de orden judicial pertinente, que sustrae a sus ciudadanos de sus “jueces naturales”, que impide el derecho de reunión de las personas, que conculca los derechos políticos de la ciudadanía, que según su grado de crueldad ejecuta, o hace desaparecer, ciudadanos indefensos sin derecho alguno y que su único fundamento y sostén en el poder es el uso indiscriminado de la fuerza.  
Una portavoz oficial de este ejército de “desnaturalizadores de conceptos” es la diputada “Lilita Carrió” -recientemente “asociada” a Pino Solanas- que se “arroga” ser la abanderada anti-corrupción; pero que no cesa recurrentemente en corromper los auténticos significados de los conceptos. Cualquiera podría argüir que esta señora "no goza de sanidad de juicio”, cosa que no creo; de ser así, sería la única persona en esa condición que los medios interrogan (en los hechos apadrinan) para que vierta sus opiniones. Lo cierto es que no solo califica de dictadura al gobierno de Cristina Fernández; sino que emparentó a la actual Presidente Constitucional de los argentinos con el ex dictador Leopoldo Fortunato Galtieri.
Demás está decir que además, es una absoluta falta de respeto para todos aquellos argentinos que tuvieron que soportar las sangrientas decisiones de un auténtico dictador que envió caprichosamente a la guerra a buena parte de una generación.
Generación ignorada absolutamente por la mayoría de los gobiernos (y entre ellos, alguno de los que la Sra. Carrió formó parte) y que recién ahora -a más de tres décadas de la Guerra de Malvinas- está siendo considerada por políticas de estado, en virtud del valor y el sacrificio desinteresado puesto de manifiesto al momento de defender a la Patria.
Indigna escuchar expresiones de esta naturaleza; que solo son “entendibles” si se las relaciona con los intentos  destituyentes (antiguamente se los conocía como golpistas) de un sector minoritario de la sociedad.
Como también indigna las expresiones vertidas en la última asamblea de la Mesa de Enlace realizada esta semana en la Sociedad Rural de Santa Fe. Nada más que en ese aspecto han sido mucho más sinceros al sostener que: “El problema que tenemos es frenar  al gobierno. Después, pongámonos de acuerdo en cómo nos distribuimos la riqueza del campo”.
Si, a esta altura, alguno tiene dudas que el embate de los medios, la desnaturalización de los conceptos y las reacciones de los grupos de poder, no están al acecho de potenciales propósitos destituyentes, pues, puede llamarse entonces un verdadero optimista.

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