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sábado, 10 de diciembre de 2011

La construcción de las coyunturas y el discurso presidencial






La presidenta Cristina Fernández prestó juramento, para su nuevo ejercicio presidencial, ante la Asamblea Legislativa. No siempre es muy emotiva la ceremonia de asunción de los presidentes argentinos y, obviamente, esa sensación varía en función de la personalidad y la percepción que se tiene de la figura que asume en determinado momento histórico.
En esta ocasión, para muchos argentinos -entre otros, quien escribe- el clima ha sido por demás propicio para conmoverse en virtud de las particulares circunstancias que rodearon a esta presidenta en el curso de su primer mandato y con más razón, por tratarse de uno de los pocos (con excepción hecha de su ex marido, Néstor Kirchner) mandatarios que pueden exhibir un rosario de realizaciones a favor del pueblo a lo largo de toda su gestión.
Por eso no es casualidad que el pueblo (o la gente, como gustan decir algunos) haya salido a festejar esta nueva jura de, la para muchos “compañera”, Cristina Fernández de Kirchner.
Pero lo cierto es que, más allá de los justificados festejos, la presidenta en el tradicional discurso a la Asamblea Legislativa no solo ratificó los contenidos de su propuesta “nacional, popular y profundamente democrática”, sino que dejó bien en claro que “no es la presidenta de las corporaciones; sino de los cuarenta millones de argentinos”. Esto que tal vez no sea muy relevante para un observador recién llegado a la arena de la actividad política nacional; es, sin lugar a dudas, extremadamente significativo para quienes venimos contemplando la historia política de nuestro país.
Hasta la llegada de Néstor al poder, los distintos mandatarios argentinos fueron “presa fácil” de los diferentes depredadores corporativos. Si bien es preciso reconocer que, exceptuando un “tibio intento” durante la primer etapa de advenimiento de la democracia en 1983, todos los mandatarios se dejaron condicionar dócilmente por los representantes del poder corporativo.
La práctica era tan habitual que al mismo Kirchner intentaron someter ab initio de su gestión. Bien vale recordar, el frustrado intento de condicionar la administración del célebre “pingüino”, por parte de los poderes dominantes (hoy mucho más debilitados, no extinguidos) en aquel momento; intención que se vio plasmada en la nota editorial del director del periódico “La Nación” el mismo día de asunción de Néstor Kirchner.
Allí se exteriorizaba un “pliego de condiciones” a las que debía someterse el flamante gobierno a riesgo de no perdurar por más de un año.
Lo que no podían imaginar estos señores era que, un mandatario que accedía a la presidencia de la república con un bajo número de votantes y ante una ciudadanía profundamente escéptica, iba a ser capaz de articular al pueblo en su discurso y con ello construir, paulatinamente, una hegemonía política capaz de modificar el hasta entonces, inalterable status quo.
La historia ya la conocemos, y Néstor ingreso en ella por la Puerta Grande, al igual que su inseparable compañera.
Por ello la expresión de la presidenta revela felizmente el signo de los tiempos; y pone al desnudo cuanta mendacidad hay en los persistentes predicadores de los supuestos “vientos de cola”.
De no haber llegado los Kirchner al poder la estructura política argentina iba a continuar la senda del sometimiento a las corporaciones. De ahí que jamás, hubiéramos gozado de “coyunturas felices” porque los vientos en política no responden a fenómenos de la naturaleza -esto es, a hechos impredecibles- como quieren hacernos creer. Sino que son la resultante de la voluntad política de los dirigentes y si esos mismos dirigentes están dispuestos a pactar con las corporaciones dominantes no hay vientos capaces de modificar el estado de cosas dado.
Si fuese cierto lo de los vientos: ¿Porqué el resto de las naciones de la región no crece a las mismas tasas que nosotros? ¿Por qué la relación deuda-PBI (producto bruto interno) es la más baja de la historia de las últimas largas décadas, aún en el marco de una crisis económica internacional? ¿Porqué la deuda pública en moneda extranjera, una vez efectuados los pagos de diciembre del año en curso, va a pasar a ser del 8.7% del total? ¿Porqué se pudo superar, como bien lo destacó en su discurso la presidenta, cinco corridas cambiarias?
Sencillamente, porque hay una voluntad política firme que no esta dispuesta a dejarse doblegar ante las presiones que recibe de los sectores del privilegio.
Quien conozca un poco la historia contemporánea, puede recordar que durante el gobierno de Alfonsín las corporaciones lo sometieron a éste ininterrumpidamente, aún habiendo accedido aquél a la mayoría de sus “peticiones”. Sin embargo, y a pesar de sus concesiones, padeció una furibunda corrida cambiaria que lo obligó a retirarse de su mandato antes de tiempo.
Como no recordar la imagen de uno de sus últimos ministros de economía, hablando por cadena nacional con el rostro por demás extenuado como símbolo de su agotamiento y dirigiéndose a los denominados “Capitanes de la industria” con esa frase tan pueril como emblemática: “.....Les hable con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. Pobre Juan C. Pugliese, así se llamaba el ministro, omitió que la regla de oro de las corporaciones es proceder en función de la avidez de sus bolsillos.
De ahí la importancia de haber contado con gobernantes de la talla de Néstor kirchner y Cristina Fernández.
Por eso insisto, en que el significado del discurso de la presidenta es trascendental; los argentinos estamos viviendo momentos inimaginados hace una década atrás. Quién podía imaginar que luego de tantas frustraciones, iba a venir un gobierno capaz de confrontar contra los detentadores del poder real, quien podía suponer que la política iba a destituir el “reinado de los tecnócratas” para fijar, definitivamente, las prioridades a las que debe subordinarse un modelo económico que se precie de humanista.
La magnitud de los cambios que se vienen realizando desde que Néstor y Cristina se hicieron cargo del poder del estado es, verdaderamente, inconmensurable y solo se van a poder apreciar en su cabal dimensión con el transcurso del tiempo. Pero la Argentina de hoy es otra, como serán otros los argentinos del mañana que habitarán un país digno de ser llamado Nación.          

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