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lunes, 16 de diciembre de 2013

La inflación y los vendedores de ideología que agitan los fantasmas.




                                  
   





Es muy común en la Argentina el apego, de un sector de la ciudadanía, a una visión sesgada de las cosas. Lógicamente, esto no es fruto del azar, sino de la permanencia (piénsese en la dictadura y en la década del 90) de un modelo de sociedad inspirada sobre la base del pensamiento neoliberal.
En aquellas etapas, la entronización de  la fragmentación del saber era el esquema dominante no solo en los ámbitos educativos propiamente dichos (Universidades, enseñanza media, institutos terciarios, etc.), sino en los medios de difusión masiva que, a su vez, se encargaron de alimentar la idea de que un conocimiento técnico separado del resto de los saberes, era la mejor opinión, que debía tener en cuenta nuestra población, para nuestro devenir como sociedad.
Así se fue instalando un esquema de análisis parcializado que sin tomar contacto con el “Todo”, nos proporcionaba una serie de soluciones teórico-prácticas destinadas a mejorar cada área en particular; como si la sumatoria de las distintas áreas diera lugar a la construcción de una sociedad perfecta.  
Obviamente, ese “esquema de pensamiento” dio lugar a que un conjunto de especialistas (fundamentalmente los “especializados” en materia económica y de corte liberal) se convirtiera, casi mágicamente, en portadores de “una excelentísima autoridad” para sugerir lo que debía realizarse, o desecharse, en el ámbito de nuestro país. Consagrando, de esa manera, el reinado de la técnocracia.
Pero, como en todo reinado, las intencionalidades no fueron visibles; y lo que se ocultaba detrás era “dinamitar” las relaciones humanas y disciplinarias en su totalidad. De ahí, la sobrevaloración, en esos mismos tiempos, del “espíritu individualista” en detrimento de la conciencia colectiva; hecho por el cual, aún seguimos “pagando” algunas consecuencias.
Lo concreto es que todavía perdura esa visión sesgada y, por cierto, los periodistas (al igual que una franja de economistas) que, por entonces, promocionaban esa manera de “contemplar” la realidad, lo siguen haciendo con el propósito de embaucar a los desprevenidos.
Así observamos, como en estos últimos días, vuelven a agitar el fantasma de la inflación (ver  tapa de La Nación del día: 13/12/2013) para hacer creer que es el mal endémico que, por otra parte, carcome el cuerpo social de nuestro país y que nos va a postrar, definitivamente, en estado de agonía.
Por cierto, una vez hecho este diagnóstico, las sugerencias son las de antaño: reducir el gasto público, “enfriar” el consumo popular, elevar las tasas de interés, no distribuir la riqueza (entiéndase mejoras de salarios y/o jubilaciones y pensiones), promover una brusca devaluación -como si esto no fuese “una distribución de riqueza” a favor de quienes más tienen- y rebajar la presión impositiva. Claro que este enfoque inflacionario descarta de cuajo cualquier análisis que intente relacionar la inflación con una estructura económica oligopolizada, con especulaciones en la cadena de comercialización o con tentativas devaluacionistas.  
Cualquier “ingenuo” podría coincidir, en una primera instancia, con librar una  batalla descarnada contra la inflación; que para ser honestos no es tan preocupante en el marco de las relaciones laborales existentes (acuerdos de salarios, paritarias, etc.). Sin embargo, sería bueno imaginarse cuál sería el costo que esa receta sugerida nos facturaría en el corto plazo y, para ello, solo basta con conocer la historia reciente de nuestro país, con el agravante de que estamos inmersos en un contexto de crisis internacional que, al parecer, algunos no se han dado por enterado.
Es bueno memorizar que no fueron pocas las veces que, estos mismos predicadores, nos han "vendido" una pluralidad de “Milagros Económicos” (podríamos citar desde los denominados “Tigres asiáticos”, el modelo chileno, peruano y, últimamente, el modelo, recientemente derrumbado, de Letonia, por mencionar algunos) fundados específicamente en la evolución de los indicadores macroeconómicos que presentaban determinadas naciones.
Lo verdaderamente “milagroso” resultó ser que en cada uno de estos ejemplos, la política económica aplicable, era ni más ni menos, que “las políticas de ajuste y austeridad” que requerían el padecimiento y esfuerzo de las grandes mayorías; mientras que,  providencialmente, se acrecentaban las arcas de un sector minoritario de la población.  
La verdad es que la permanencia milagrosa, temporalmente hablando, era tan efímera que cada tanto se debía encontrar un “nuevo milagro” para convencernos de las bondades de los ajustes neoliberales. Lo concreto es que, en determinados casos y transitoriamente, los números mejoraban en una primera instancia y eso era signo suficiente como para elevarlos a la categoría de ejemplos universales.
En consecuencia, y vistos de ese modo, es decir en forma aislada, podían sonar agradables a los oídos de los oyentes que se deleitan con las cifras.
Pero claro, en la mayoría de estos ejemplos -por no decir en su totalidad- no nos mostraron la realidad que se ocultaba detrás de los números. A saber: explotación laboral, trabajo infantil a destajo, “salarios” que sirven para potenciar el hambre de quienes trabajan, grandes masas de la población que perciben insignificantes porciones de la riqueza de un país, creciente marginalidad, desmesurada concentración de riqueza en unos pocos, etc., etc. Pero eso sí, países que en su momento llegaron a poseer una inflación inexistente.
Como vemos la visión sesgada de las cosas, más que “una visión”, es la imposibilidad de ver más allá de lo que nos muestran.
Dijimos alguna vez que: Las causas no se ven, si no es mediante “el ojo de la razón”, y cuanto más afinada este la misma (la razón), mucho más nítidas se verán aquellas. Ahora bien, si para verlas optamos por colocarnos las “lentes de contacto” que nos proporcionan los medios de comunicación, es muy probable que la visión se torne de “alta fidelidad”, pero solo en materia de efectos; ya que en lo que a "las causas" se refiere es altamente probable que las invisibilice, o peor aún, las confunda deliberadamente con los efectos. Lo que en última instancia, es procurar que “la razón” se pierda en el laberinto de las confusiones.
De ahí que sea siempre necesario mantener abierto los ojos del entendimiento; al fin y al cabo, es la mejor manera de desvanecer a los fantasmas.

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