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sábado, 14 de septiembre de 2013

El violador serial, la inseguridad y la mano dura comunicacional






 







Para aquellos que sostienen que la sensación de inseguridad no es una creación mediática sino que se corresponde exactamente con la que acontece en el seno de nuestra sociedad; bueno sería que contrastaran esa línea de pensamiento con lo acaecido en el denominado caso del “violador de Villa Urquiza”.
Durante semanas el género femenino, que mora o desarrolla alguna actividad en esa localidad capitalina, estuvo atemorizado por la existencia de un presunto violador serial que atacaba a sus víctimas bajo la misma modalidad operativa. La misma consistía fundamentalmente -conforme a lo que sostenían “los medios informativos”- en ingresar en aquellos comercios de la zona como un supuesto cliente más y a la espera de ser atendido por la dueña u empleada del lugar. Para esto, y siguiendo el relato televisivo, el hombre se aseguraba, a través de una minuciosa observación, que quien atendía el establecimiento comercial se encontrase sin compañía alguna. Posteriormente, procedía a consumar su deleznable propósito para luego darse a la fuga.  Es interesante observar la nota reproducida en el diario La Nación del 30 de Agosto del corriente año donde se sostiene lo siguiente:
En junio, en un local ubicado sobre la avenida Triunvirato, un hombre de tez blanca, de 1,70, pelo corto gris peinado hacia un costado y bien vestido, ingresó y conversó amablemente con la única empleada presente. Era el mediodía de un día de semana. Hizo varias consultas e incluso habló largamente de su familia. Luego se retiró, volvió a los 20 minutos armado y abusó de la joven en la parte de atrás del comercio, relató a LA NACION la tía de la víctima. Sin embargo, ese no fue el único caso. Un hombre con idénticas características atacó el jueves de la semana pasada a una mujer en otro comercio, ubicado a sólo 40 metros del anterior. Mismo modus operandi. A plena luz del día entró al comercio, se aseguró de que la empleada se encontrara sola, cercioró que no haya demasiado movimiento en la cuadra y atacó. Desde entonces, el comercio se encuentra cerrado.
Como se puede extraer de la nota hay una denuncia realizada y otra “no declarada” sin identificar a la presunta víctima, y donde tampoco se hace mención de cómo se accedió a esa información (imaginamos que a través de un anónimo), atendiendo al hecho de que la mujer ultrajada no quiso efectuar la correspondiente denuncia. Lo cierto es que, cuando menos corresponde no dar absoluta verosimilitud a hechos no denunciados por la víctima u damnificado. Sin embargo, la nota en cuestión se tituló “Preocupación en Villa Urquiza por un violador serial”.
La sensación de zozobra y de temor que se vivió en la zona, solo se vio atenuada con la "captura" del presunto violador. Hecho que, en apariencia, ocurrió el 1 de setiembre en un boliche ubicado en Av. Córdoba al 4000 cuando una mujer, a la que supuestamente intentó atacar dentro de un cajero automático instalado en Villa Urquiza, alcanzó a identificarlo.
Lo cierto, es que el detenido y condenado mediáticamente no resulto ser el mentado violador. Por el contrario, el juez de instrucción, Ricardo Farías, ordenó su inmediata liberación por ausencia de pruebas que lo relacionaran con el hecho delictivo. Pues, ni el ADN, ni las huellas dactilares, ni los elementos sustraídos en el allanamiento realizado en su vivienda, coincidieron con los hechos descriptos en la causa. Ni siquiera se lo identificó en la rueda de reconocimiento por las eventuales víctimas; donde, inclusive,  la misma mujer que provocó su detención no pudo individualizarlo.
No obstante,  el detenido que, entre otras cosas se hallaba de licencia laboral por padecer problemas psicológicos -que probablemente se agravarán luego de vivir esta odisea-, se vio inculpado públicamente y expuesto a través de los medios masivos quienes de antemano lo condenaron sin sentencia judicial de por medio. Para peor el mismo secretario de Seguridad de la Nación, se encargó de resaltar que el detenido era la persona que “estábamos buscando”.
Este hecho pone de manifiesto, por un lado, el estado de desprotección en que se encuentra cualquier persona a padecer los efectos nocivos de un periodismo irresponsable que, sin reparar en las garantías individuales y, bajo “el fundamentalismo del rating” procura captar la atención del público televidente; mientras que por el otro, promueven una suerte de “paranoia de inseguridad” a los efectos de generar una sensación sobredimensionada del proceder delictivo en la Argentina.
Nadie es tan necio como para negar que los delitos existen y es un problema que aqueja a todas las ciudades del mundo; sin embargo una cosa es “lo real” y otra “lo aparente” o "la sensación de inseguridad" que se transmite mediáticamente. Lo que no se circunscribe estrictamente al fenómeno en cuestión; sino que por el contrario, motoriza a la vez el desarrollo de “ideas” erróneas que siempre culminan en el discurso de la “demagogia punitiva”. Creando la ilusión de que el problema de la seguridad (entendida ésta en su concepción más restringida) se resuelve con un aumento de las penas establecidas en el código penal y/o bajando la edad de imputabilidad de los menores o siendo más laxos con el proceder de las fuerzas de seguridad.
Es notable observar como a lo largo de décadas “el discurso de mano” dura se continúa invocando a pesar de haber dado muestras más que suficientes de ser absolutamente estéril. No hay correspondencia entre la mano dura y la disminución de los delitos en una sociedad. Sin embargo podríamos decir que es un mito que suena agradable a los oídos de una significativa franja de la ciudadanía que al escucharlo, y con el acompañamiento y refuerzo del “coro mediático”, supone que semejante recurso es la solución aplicable.
Tanto incide este discurso en la sociedad que hasta aquellos dirigentes políticos conocedores del tema, en no pocas ocasiones, aceptan, o consienten con su silencio, esta falsa línea argumental para congraciarse con la creencia generalizada  -fomentada desde los medios- de un vasto sector de la ciudadanía.
Como vemos, el tema de la seguridad es un buen latiguillo utilizado por los medios para condicionar las posturas de los dirigentes políticos en períodos electorales y, paralelamente, para violentar las garantías individuales, entre ellas el derecho a la intimidad, como aconteció con el presunto “violador de Villa Urquiza”.
Un síntoma que demuestra a las claras como predomina la sensación por sobre “la realidad”, es el hecho de que una vez detenido “el supuesto violador”, los vecinos de Villa Urquiza entrevistados por los medios expresaban su “retorno a la tranquilidad”. Bastó que esa información se diera a la luz para que la zozobra desapareciera.
Paradójicamente, “lo real” era que el auténtico violador, y conforme a la investigación judicial, no había sido capturado; sin embargo, la calma se adueño de la zona.
¿Quién podría entonces negar la incidencia de los medios en “las sensaciones colectivas”?
Obviamente, "los creadores de sensaciones" ya que con ello disponen de un arma sumamente eficaz para coronar sus oscuros propósitos.

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