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domingo, 13 de noviembre de 2011

Cuando los vientos de cola despiertan la conciencia






Nadie ignora que en la Argentina soplan nuevos vientos en materia política desde mediados  del año 2003 en adelante. Esto que en  principio puede parecer no tan novedoso para cualquier persona que habita este suelo –después de todo estamos hablando de 8 años- ; sí lo es, en cambio, para la vida de una nación. Pero más allá de las mediciones temporales, lo cierto es que los argentinos venimos respirando, desde entonces, “un aire” mucho más placentero y más sano en lo que hace a las cuestiones político-sociales.
Y un indicador de lo que estamos viviendo lo muestra la reciente encuesta realizada por la consultora Ibarómetro. De la misma se concluye que el 52% de la población argentina se interesa por la política y, alrededor de un 67% suele hablar de ella periódicamente. Los datos obtenidos por la encuestadora son verdaderamente promisorios con referencia al porvenir de la Argentina y contrastan notoriamente con la situación reinante en nuestro país con anterioridad a la llegada de los Kirchner al poder. Basta realizar un breve ejercicio memorístico para tener una idea del cuadro social existente en aquel entonces.
Si uno observa, la reacción de la ciudadanía desde el advenimiento de la democracia en adelante, va a detectar un entusiasmo esperanzador a partir de 1983 que, con el transcurso del tiempo, se fue desgastando paulatinamente hasta caer en el descrédito absoluto de lo político como herramienta al servicio de la ciudadanía.
No obstante, sería ingenuo suponer que ese estado cosas fue fruto exclusivo de “la incapacidad” de los políticos o bien, porque toda “una generación de ciudadanos” era renuente a interiorizarse de aquello que tenía que ver con su país.
Muy por el contrario, el desapego a la actividad política reflejado en nuestra ciudadanía por aquel entonces; obedecía a un plan premeditado donde los grupos económicos concentrados habían subordinado la política a ser un simple instrumento al servicio de sus codiciosos intereses. Así terminaba siendo más relevante la designación de quien fuera a ocupar la cartera del ministerio de economía, que la figura del propio presidente de la república.
Claro que esto no se hubiere podido llevar a cabo sin la colaboración manifiesta de buena parte de los medios de comunicación (recordemos las estrellas mediáticas de entonces: “el matrimonio” Neustad-Grondona predicando el evangelio liberal durante más de 20 años y, por cierto, el supérstite todavía lo sigue haciendo) y una “clase política” proclive a pactar con los detentadores del poder económico a cambio de recibir sus migajas una vez finalizado el tan apetecido “banquete nacional”.
De ese modo se fue configurando un clima de indiferencia social por la cuestión política, lo que permitió, a su vez, que nada obstaculice que unos pocos se apropiaran de la mayor parte la renta nacional, que se profundizaran las desigualdades sociales, que se corporizara una injusta redistribución de la riqueza y que el Estado se convirtiese en una suerte de “donante” de las empresas públicas en beneficio de los inversores privados, mayoritariamente de capital extranjero.
Como vemos, la historia de la vida de los pueblos no es tan azarosa como uno supone.
De ahí que cuando uno escucha a ciertos voceros de la oposición (muchos de ellos copartícipes de lo que sucedió en aquel momento), que suelen aparecer en los programas políticos de TN (Todo Noticias), decir que "la Argentina crece en virtud del viento de cola favorable"; no puede más que indignarse en virtud de conocer sus antecedentes de destructores consuetudinarios de “la conciencia nacional” y portavoces incondicionales del modelo neoliberal.
El liberalismo económico ha demostrado ser una excelente ideología para perpetrar una estructura rentística y ganancial en beneficio de unos pocos a expensas del deterioro de la vida de la mayoría de la humanidad. Es innegable que las políticas de este cuño aumentaron la desigualdad a escalas universales. Y no solo lo demuestra la experiencia argentina; es suficiente con detenerse a observar lo que, actualmente, acaece en Europa o EEUU para corroborar el deterioro creciente del nivel de vida de esos pueblos.
Paralelamente, es una ideología que encierra el germen del individualismo; ya que en última instancia, esto evita la conformación de proyectos colectivos conducentes a bregar por la felicidad de los otros o, en su defecto, a evitar la implementación de políticas que perjudiquen al conjunto.
De ahí que tampoco sea accidental que en materia profesional, pregone la formación estrictamente especializada; hecho éste que conduce a analizar la realidad desde una perspectiva sectorial en desmedro de una visión totalizadora.
De ese modo las partes no tienen relación con el todo, lo que posibilita, en consecuencia, el divisionismo y, por ende, la ausencia de integración colectiva.
Como vemos durante décadas, nuestra sociedad se vio bombardeada por los artilleros de esta ideología que, cubriéndose bajo el ropaje del apoliticismo despotricaba contra “lo político”. Un claro ejemplo de esta expresión ideológica es el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que siempre se jactó de ser “apolítico”. Notable paradoja, ejercer un cargo político y declararse apoliticista. Es como declararse “amoral” y, no obstante, presidir un comité de Ética.
Pero bueno, esas son algunas de las secuelas de la etapa pre-kirchnerista; hoy las cosas han cambiado. Y los argentinos se están interiorizando por el acontecer político de nuestro país, lo que nos permite imaginar que el futuro de nuestra nación esta en nuestras manos. Y que maravilloso es saber eso, máxime cuando tenemos una vasta experiencia de saber lo que nos paso cuando el destino de este país estuvo en manos de unos pocos.      

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