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miércoles, 9 de abril de 2014

El retorno del marketing neoliberal







 






Cuando uno procura imaginarse la Argentina de los próximos años, es casi imposible no dejarse envolver por cierto aire de zozobra. Y no es cuestión de ser pesimista sino que, al desencadenar el proceso imaginativo sobre la base de los antecedentes históricos de quienes hoy se presentan como los futuros protagonistas de la Argentina por venir, es inevitable concluir que el panorama es lo suficientemente desalentador.  
Basta con reparar que solo en escasos dieciocho meses (mucho menos si tenemos en cuenta las primarias) nos veremos ante la obligación de asistir a las urnas para elegir un nuevo gobierno, como para percibir lo preocupante del porvenir.  Lo peor de todo es que ya no se trata de un temor a lo desconocido; al fin y al cabo, aquello que desconocemos siempre ha de gozar, de algún modo, del beneficio de la duda.
El problema radica en que éste es un “temor” justificado y, por lo tanto, con cierto grado de probabilidad de verse corroborado en el mañana.
Siempre hemos señalado que los argentinos, en general, observamos la historia con cierto desdén, con cierto menosprecio; como si sus efectos se agotasen con la mera consumación de los hechos y donde, en apariencia, el transcurrir del tiempo los convierte en una suerte de “recuerdos fosilizados” de una época que se extinguió. Es como si el presente no guardase relación alguna con el pasado; sin reparar que, en verdad, entre el presente y el pasado existe, indefectiblemente, una relación de actualización permanente.
Bien lo señala un destacado filósofo argentino: “Pensarnos, descubrirnos, leer la época nos exige inexorablemente un viaje al pasado”.
Lo curioso es que esta predisposición a no viajar por el pasado es la que nos lleva a ignorar sus enseñanzas y a cometer muchos de los errores que nos impiden crecer y fortalecernos como Nación. Claro que, esto que aparece como una debilidad para configurar un sentido de pertenencia y de formación de una “conciencia ciudadana” experimentada; es una verdadera ventaja, de la cual suelen sacar provecho, aquellos “dirigentes” oportunistas  (y también porque no decirlo, aquellos inescrupulosos comunicadores sociales) que aspiran a posicionarse en el escenario del poder y a congraciarse con los representantes del poder económico. Nada mejor que ignorar nuestro pasado para desconocer el porqué de lo que acontece.
Así por ejemplo, si nos atreviésemos “a viajar raudamente por el pasado” podríamos percibir que en los eventuales nombres que se barajan para proyectarse a la máxima magistratura el año próximo, hay un denominador común. A saber: todos -y nos estamos refiriendo a Massa, Macri y Scioli- se identificaron políticamente con la matriz neoliberal que hegemonizó la cultura política argentina en la década del noventa. Pues, resulta interesante recordar que la mentada terna acompañó y/o apoyo enfáticamente la gestión del menemismo durante todo su ejercicio; en una época donde la política estuvo, absolutamente, subordinada a la economía y su función se circunscribía a la elaboración de simples propuestas marketineras.
Lo más preocupante no es que ninguno de ellos se atreva a manifestarlo públicamente; en todo caso, si lo hicieren pero reconociendo las nefastas consecuencias que aquél período tuvo, sobre la nación y la población en general, sería una muestra de honestidad intelectual o, en su defecto, un síntoma de haber evolucionado en términos políticos. El problema es que en, en los hechos, cada uno de estos aspirantes presidenciales sigue reivindicando (por supuesto off de record) esa concepción política que sumió al país en la peor crisis de su historia. No por casualidad, los sectores dominantes -es decir, aquellos que bajo el reinado neoliberal extendieron sus tentáculos sobre la estructura económica argentina- sponsorean de buena gana cualquiera de estas candidaturas.  
Basta una fugaz recorrida por los perniciosos años 90 (período donde se desarrollo la mejor década según “La Nación” y “Clarín”, a diferencia de la actual) para recordar que Sergio Massa era integrante de la Unión de Centro Democrático (Ucede) el partido de los Alsogaray, Scioli funcionario de gobierno y Macri enfervorizado adherente a las políticas económicas de un gobierno que le permitió incrementar sustancialmente sus activos. Por eso tampoco sorprende observar cómo ninguno de los tres candidatos posee un discurso concreto sobre el “por hacer”, pues, simplemente adoptan o anuncian medidas en función de la orientación de la  “opinión pública” predominante.
Y, si reparamos en que  “la opinión pública” termina siendo “la opinión publicada” por los grandes medios de comunicación social; es fácil predecir quienes van a ser los beneficiados en la nueva era que se avecina.
Su proceder se asienta sobre tres grandes factores: (a) No expresar en sustancia “idea” alguna. De ahí que se limiten a mencionar conceptos muy vagos y amplios que, en síntesis, nada dicen. Por ej.: “vamos a combatir la inflación”, “terminar con la inseguridad”, “fomentar el dialogo”, etc., etc. Por supuesto, ante la formulación -que, desde luego, no se la suelen hacer los “periodistas independientes”- de la pregunta: ¿Cómo? Se hacen los distraídos. (b) Priorizan desplegar efectos en vez de emprender un análisis concienzudo de las causas. Precisamente, porque sus intenciones no están direccionadas a resolver los problemas de “la gente”; sino simplemente a conquistar  cierto “rédito político” personal que les permita catapultarse al “sillón de Rivadavia”. (c) Rehúyen recurrentemente a todo tipo de debate, ante la posibilidad de quedar “al desnudo” la insustancialidad de su propuesta; o lo que es peor aún, para no dejar en evidencia sus planteos neoliberales.    
Así por ejemplo, si la gran mayoría de la población imagina, erróneamente, que “la mano dura” es el camino correcto para suprimir la inseguridad en la argentina, ellos no van a contradecir esa falsa creencia; sino por el contrario, van a enarbolarla -e inclusive ponerse a la cabeza de esa posición, tal cual ocurrió recientemente- para congraciarse, de ese modo, con el mayor número de personas.
Las recientes medidas en materia de “seguridad” adoptadas por el gobernador Scioli en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires -a las que podríamos calificar de meramente efectistas e insustanciales-,  las repetidas declaraciones de Macri en esta cuestión, y la cruzada contra el anteproyecto de Código Penal emprendida por Massa que hasta entre líneas, a lo largo de estos días, justificó los “linchamientos”, es un signo manifiesto de lo que estamos expresando. Por ende,  es lógico predecir el inmediato retorno del culto al “rating político”.
Solo restaría constituir un Ibope (institución que mide el nivel de audiencia de los programas televisivos) de la política para que estos candidatos confronten entre sí su capacidad de adaptarse a las mediciones que, transitoriamente, vayan surgiendo.  
Desde luego qué, quienes así proceden no solo carecen de atributos para conducir una nación, sino que ni siquiera albergan en su interior las más mínima convicción. Bien se ha señalado que “estar del lado de la razón es insuficiente para persuadir a ciertos auditorios”; pero, en todo caso, es lo que debe hacer un verdadero gobernante que se precie de serlo.
No obstante, de lo que sí debemos estar seguros es que en materia económica van a retornar nuevamente los “tecnicismos”, de forma tal que el ciudadano común se vea desconcertado con las expresiones económicas y, de ese modo, retornar solapadamente a las tradicionales sugerencias de los organismos financieros internacionales, especialmente, las que proporciona el FMI. Organismo éste que acaba de” predecir”  -como, por otra parte, lo hace todos los años sin fundamento alguno- un 2014 desfavorable para la Argentina en materia de actividad económica. Estableciendo a su vez un símil entre el derrotero que atraviesa nuestra economía y la economía venezolana. Claro que esta última comparación no responde a móviles estrictamente económicos, sino que encubre cierta intencionalidad política.
La reciente visita de Sergio Massa a los EEUU y las expresiones que en el país del norte formuló, entre otras, “la de tender puentes hacia la alianza del Pacífico y reafirmar a la OEA como foro latinoamericano”. Se enderezan, esencialmente, a cuestionar nuestra pertenencia en el Mercosur y distanciarse de la Unasur; lo que no solo es toda una definición en materia de política exterior, sino también la expresión del modelo económico que propicia.
 Por lo demás, es fácil imaginar el resto:  
Los grandes medios como es su costumbre se abocaran a justificar la necesariedad de las medidas de ajuste (responsabilizando al gobierno anterior por la forzosa implementación de las mismas), se nos explicará, a través de todos los programas políticos,  que para reducir la inflación es “imperioso” reducir el gasto público y, como en los noventa nos “mencionarán” las bondades que traerá aparejada nuestra reconciliación con el FMI y la importancia de las constantes visitas que realice para monitorear nuestra futura y “saludable” situación económica. Eso sí, como por arte de magia, desaparecerán por un tiempo los hechos de inseguridad en la pantalla televisiva y retornaremos a las informaciones de antaño, cuando los noticieros locales nos “informaban” del nacimiento de un oso panda en algún lugar remoto de la República China.
Por otro lado, los “probos” dirigentes sindicales como Moyano y Barrionuevo, (hoy aliados de Massa, ya que Macri decayó en las encuestas, pero preservando su amistad con éste y con el gobernador Scioli) nos explicarán la inconveniencia de las huelgas generales y la necesidad de apoyar a un gobierno que en algún momento suprimirá las paritarias.
Como vemos, con esta clase de candidatos, no hace falta poseer mucha imaginación para predecir el futuro de la Argentina. Claro que, obviamente, todavía resta más de un año y puede que en el ínterin se perfilen otros presidenciales con posibilidades; puesto qué, de no ser así, estaríamos asistiendo al retorno del gobierno de las corporaciones y al espeluznante mundo del marketing político.      

viernes, 4 de abril de 2014

Algo huele mal en Argentina










Bastó que la presidente anunciase el envío al parlamento de un anteproyecto de Código Penal para que el clima se enrareciera en nuestra sociedad. Repentinamente un político oportunista, pero de estrechos vínculos con los propietarios de los grandes medios comunicación hegemónicos -nos referimos a Sergio Massa- salió a la palestra a hablar sandeces sobre la mentada reforma y convocando, a su vez, a juntar firmas para evitar el tratamiento del anunciado proyecto.
Sus socios, los “mass media dominantes, se encargaron de difundir sus falaces expresiones a toda hora y en cuanto programa de radio o televisión se emitiese, generando de ese modo en buena franja de la población mediática -que, por otra parte, no es poca- una sensación de rechazo no solo a semejante iniciativa; sino a todo aquél que viera con buenos ojos una reforma de estas características que, en los hechos, redundaría en beneficio de un cuerpo legislativo más armónico y eficaz para el procedimiento judicial.
Así, en forma sistemática, pudimos observar y escuchar a los conductores de programas de “chimentos farandulescos” hablar de “excarcelaciones”, “reincidencias”, “prisión perpetua” y hasta de las bondades del “encarcelamiento masivo” para culminar con la “inseguridad reinante”  en nuestro país.
Claro que la gran mayoría hablaba sin tener la más remota idea de lo que estaban aduciendo; ya que opinar sin tomarse la molestia de interiorizarse respecto de un tema (con el agravante de que muchos de estos “opinadores” no hablan gratuitamente, sino que les pagan elevadas sumas de dinero por verter opiniones desde la ignorancia) es una constante en los medios argentinos y, muy especialmente, en aquellos que se desarrollan en el ámbito televisivo.
Por otra lado, si los supuestos periodistas “serios” de los “medios independientes” no están dispuestos a discutir con conocimiento de causa o con la más honrosa intención de brindar un tratamiento razonable a una cuestión que nos compete indefectiblemente como sociedad civilizada; mucho menos, podemos reprochar la conducta de quienes conducen programas de chimentos que, en el afán de obtener unos puntos de rating, incursionan en temas que desconocen y que hacen, específicamente, al bienestar de la sociedad.
Con esto no estamos proclamando la necesidad de coartar la libertad de expresión; sino, por el contrario, procurar que aquellas expresiones que se viertan y salgan a la luz en los medios masivos de comunicación tengan un componente racional que facilite el normal desarrollo de la coexistencia humana.
Lo cierto es, que todo esto generó una suerte de indignación injustificada hacia la reforma y una predisposición a la “demagogia punitiva” motorizada por los medios de comunicación que, para añadir “más leña al fuego",  comenzaron a machacar reiteradamente con los delitos urbanos. Desencadenando, de ese modo, una predisposición hacia el odio (lo hemos escuchado en algunas de esas situaciones que se mostraban en pantalla, como la conocida expresión: “a estos negros hay que matarlos”), al divisionismo social y al desprecio por el estado de derecho.
No deja de resultar llamativo observar como a partir del mentado anuncio de reforma del Código Penal comienzan inesperadamente a multiplicarse los delitos en el Conurbano.
Cuando –sarcasmo mediante- conforme a las declaraciones de Massa los delincuentes deberían esperar que se sancione el “nuevo código” para salir a delinquir ya que supuestamente (en verdad, falsamente) “beneficiaría a los delincuentes”. Sin embargo, notoria paradoja,  la “ola de delincuencia” desatada tiene lugar mientras rige el actual Código.
No desconocemos los índices de delincuencia que existen en nuestro país; pero no dejan de oscilar (lo que no significa que nos debemos dar por satisfechos) entre la media de la que poseen muchos países europeos, por citar una referencia. No obstante, no vemos  que en aquel rincón geográfico la gente se predisponga a linchar a los delincuentes por arrebatar una cartera o por sustraer una campera. Por el contrario, también reclaman por la inseguridad -observemos Francia por ejemplo- pero siempre en el marco del Estado de Derecho.
Y aquí es donde debemos focalizar nuestra visión. ¿Por qué el discurso dominante en los medios masivos de comunicación encierra un inquietante desprecio por el Estado de Derecho? ¿Porqué se trata de engañar a la población con un enfoque punitivista que ha dado muestras de ser ineficaz al momento de prevenir el delito en todas partes del mundo? ¿Acaso será que para los sectores dominantes es más “saludable” la existencia del actual Código Penal que rige desde 1921?
Lo concreto es que en el afán de pretender evitar la modificación del Código y realzar la figura del político punitivista, Sergio Massa, con miras a las elecciones del año próximo, los medios hegemónicos están instalando un discurso por demás peligroso para la convivencia pacífica entre los argentinos. Así hartos de delitos, no ya padecidos -puesto que entre los eventuales agresores a los presuntos delincuentes, la mayoría no sufrió daño alguno sobre sus bienes o su persona, sino contemplados a través de la televisión- una franja de nuestra población optó por sumarse al linchamiento de quienes realizaron determinados actos ilícitos como el hurto de un reloj o el robo de una campera.
Sin dejar de destacar los intentos de linchamiento que determinaron la muerte de un inocente que nada tenía que ver con el robo cometido, o la paliza que recibieron dos muchachos por “portación de rostro” que se salvaron, milagrosamente, de integrar la lista de los que ya no existen. Hechos éstos a lo que los medios no le han dado demasiada trascendencia.
 Es tal el grado de irracionalidad del discurso que se está gestando que ya ni siquiera se reivindica la “pena talional” (es decir, “la del ojo por ojo...”). Sino que es peor, ya no guarda relación alguna con el daño causado; es suficiente con haber robado un reloj o un objeto de menor valor, aun sin armas, como para merecer ser linchado.
En definitiva, esta lógica sirve para aumentar los niveles de violencia, ¿O acaso suponemos que aquél delincuente que hasta hoy salía desarmado para robar o hurtar objetos de valores menores, ante la posibilidad de ser “linchado”, lo seguirá haciendo desprovisto de armas?   
Alarma la irresponsabilidad mediática en estos temas. Su proceder conduce a aumentar la escalada de violencia, como si en el fondo procurase la desintegración de la sociedad; o como dirían los viejos contractualistas: a la supresión del denominado “Contrato Social”.
Que consistía en aquella idea de que los hombres abandonaban el estado de naturaleza para someterse a las condiciones que establecía el imaginario “Contrato”; obligándose, de ese modo, a respetar las leyes que la propia sociedad imponía para cada uno de sus miembros.  
No obstante, fue precisamente un revolucionario francés, Jean Paul Marat, quien ya en el siglo XVIII se preguntaba hasta que punto aquellos individuos que solo obtienen de la sociedad desventajas y marginación están obligados a respetar las leyes. ¿Acaso si la sociedad los excluye, dejándolos librados a su desgraciada suerte, no es forzarlos en cierto modo a retornar al “estado de naturaleza”? ¿El procurar lincharlos no se corresponde con esa  nefasta idea de expulsarlos definitivamente de la sociedad en vez de integrarlos?
Como vemos la vieja máxima que Maquiavelo mencionara en su famosa obra, El Príncipe: “Divide y reinaras”, sigue siendo muy eficaz para manipular a la gente.
Los medios la han usado, eficientemente, en su pelea contra el kirchnerismo. Y ahora la ponen en práctica nuevamente para “agitar el temor a la inseguridad”, ensalzar un candidato que promete “que quien las hace las pague” y polarizar las visiones sociales sobre la base de una simpleza insustancial.      
Sería extremadamente bueno detenernos a analizar estas cosas seriamente y no dejarse llevar por el discurso mediático de los medios hegemónicos que, entre otras cosas  y con oscuros propósitos políticos, se empeñan en fomentar el odio y la punición.   

viernes, 14 de marzo de 2014

La trilogía neoliberal: Massa-Macri y Medios






   









Hemos destacado en otras oportunidades que la lógica neoliberal determinó la fragmentación del saber; el método promocionado fue atrincherar cada área de conocimiento en un espacio exclusivo, posibilitando con ello una práctica aislacionista de cada especialidad.
Es decir, se fortaleció un fragmento específico del saber y se lo desvinculó con el resto de los saberes; lo que en definitiva posibilitó tener una visión parcializada de “la realidad” en detrimento de la totalidad de lo real. Esta lógica no solo repercutió en el campo de las ciencias, sino que posibilitó que grandes franjas de la población mundial, una vez obtenido el consenso necesario, cayeran en las fraudulentas redes del discurso neoliberal.
Así, y mediante la complicidad de los grandes medios, se fue entronizando la figura de “los expertos” en cada rubro; pero muy específicamente el del área económica que pasaron a convertirse en una suerte de profetas del devenir y cuyas predicciones se debían tener en cuenta a riesgo de no precipitarnos en el abismo.
Lo cierto es que, estos tecnócratas arrastraron a inmensas franjas de la humanidad (y muy especialmente en Latinoamérica) a condiciones de vida degradantes e indignas; mientras, concomitantemente, fortalecían el crecimiento ininterrumpido de los ingresos de las grandes corporaciones.
Este proceder que, en apariencia, estaba destinado al logro de objetivos mercantiles entronizando la figura del Mercado por sobre todas las cosas; tuvo (y mantiene aún) su nefasta consecuencia en el plano cultural.
La lógica de pensar en forma aislada trajo aparejado un repliegue del individuo en sí mismo sin contemplar la figura de “el otro”. Mientras que, simultáneamente, favoreció la visión corporativa en desmedro de la totalidad.
De ese modo se alcanzaban dos objetivos: por un lado, el exceso de individualidad posibilitó debilitar los lazos con la sociedad; y por el otro, la supresión del pensamiento colectivo facilitó que las corporaciones agiganten sus espacios de poder sin resistencia alguna.
No es cuestión tampoco de que la individualidad se desvanezca exclusivamente en la responsabilidad colectiva, pero si se trata de que el individuo más allá de su responsabilidad personal tenga presente que existen responsabilidades para con los demás que hacen a la concreción de un mundo mejor.
Lo cierto es que el neoliberalismo no se circunscribió solo a un conjunto de medidas económicas tendientes a desplazar al Estado de su función reguladora por “la regulación automática” -y esencialmente injusta- que nos ofrece el Mercado. Sino que, por el contrario, tiene un soporte cultural muy amplio que no solo conduce inexorablemente a sobredimensionar la ponderación del “yo” por sobre todas las cosas; sino que construye un conjunto de valores que se asientan sobre la primera persona del singular ignorando el “nosotros” como propuesta de construcción colectiva.
Salir de este “laberinto condicionante” es extremadamente dificultoso, y mucho más cuando los grandes medios de comunicación se encargan deliberadamente de bastardear toda propuesta que redundaría en beneficio de la sociedad en su conjunto.
Ya entrando en la realidad de nuestro país tenemos sobrados ejemplos de lo que estamos manifestando: desde las críticas solapadas que los “tecnócratas de ayer” realizan, a través de las entrevistas realizadas por “los periodistas independientes, a los subsidios asignados a los sectores más vulnerables, o los cuestionamientos realizados por la recuperación de YPF sentando, en breve tiempo, el “malísimo” precedente de que una empresa estatal puede administrar eficientemente sus recursos; y hasta el rechazo de la reforma del Código Penal que entre los nuevos delitos tipifica el accionar de las personas jurídicas que en los hechos atenten contra el abastecimiento o configuren monopolios y/o oligopolios, el cohecho financiero, etc., etc.
El problema radica en que la instalación mediática todavía ejerce una vasta influencia sobre las mentes “conquistadas” durante largos años de hegemonía neoliberal. Romper con ese “esquema de (in)comprensión” no resulta sencillo; máxime cuando esos mismos medios se encargan (y de hecho lo han logrado) hasta de instalar dos candidatos a presidente para el próximo año: Macri y Massa.  
Como podemos apreciar el neoliberalismo no está muerto; si hasta cuenta con el respaldo de las potencias coloniales, como aconteció históricamente. No por casualidad el ministro británico para América Latina, Hugo Swire, acaba de reconocer que Londres está a la espera de la llegada, a la Casa Rosada, de uno de estos exponentes para “conversar” sobre el futuro de las Islas Malvinas.
Quienes conocemos la historia sabemos perfectamente que los imperios “conversan” solo cuando sus intereses están garantizados; conducta, por otra parte, no reprochable desde su perspectiva. Lo malo es saber que la garantía para el inicio de las conversaciones, se las brinden dos postulantes a la presidencia de los argentinos. No es fruto del azar que ambos aspirantes, sean expresiones del neoliberalismo mediático.
Como vemos, el certificado de defunción del neoliberalismo no puede ser librado, ni siquiera con la aplicación de la nueva ley de medios audiovisuales; por ende, hay que profundizar la batalla cultural para evitar que el pueblo vuelva a ser engañado nuevamente.  

viernes, 7 de marzo de 2014

Como oponerse a lo que todavía no se conoce y engañar a la gente







 







Bastó que la Presidenta de la República anunciara el tratamiento del proyecto de ley de reforma del Código Penal para que los oportunistas de siempre salieran a la palestra a agitar fantasmas con el propósito de captar adhesiones de quienes, por ignorancia o desconocimiento, se dejan llevar por los “cantos de sirena” del discurso opositor. 
Así el flamante abogado, Sergio Massa, sostuvo en su periódico de campaña (Clarín) que con la futura reforma “8 de cada 10 delitos serán excarcelables, con lo cual se consagra el principio de la puerta giratoria”. Sosteniendo a su vez que realizará una campaña a los efectos de juntar firmas para oponerse a la iniciativa.
Fue, precisamente, un miembro de la Corte, el Dr. Zaffaroni , quien puso en ridículo las declaraciones del diputado del Frente Renovador al aclararle que “las excarcelaciones y la prisión preventiva no son reguladas por el Código Penal, sino por los Códigos de Procedimientos” que, entre otras cosas, son materia de legislación provincial.
No conforme con esto, el ex intendente de Tigre al igual que el vicepresidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Ramiro Gutiérrez, adujeron que “el nuevo código reduce las penas de 146 delitos”.
Lo sorprendente del caso es que, en verdad, se desconoce cuál es el anteproyecto sobre el cual Massa y sus acólitos “fundamentaron” sus críticas, puesto que aun se trata de un borrador que no ha salido a la luz para ser discutido y que según el coordinador de la comisión redactora del anteproyecto, Roberto Cárles, “en el mencionado texto se incluyen 85 tipos penales nuevos, se reducen 116 escalas penales y se aumentan las penas de 159 delitos”.
En consecuencia, el diputado Massa está cuestionando algo que aun ignora. Con el agravante de realizar los cuestionamientos públicamente a los efectos de darle trascendencia mediática para que la sociedad argentina, notoriamente sensibilizada por el tema de la inseguridad –sobredimensionada aun más por los medios- se oponga a la reforma y, de ese modo, transformar la mentada iniciativa en una derrota política del oficialismo. Semejante actitud pone en evidencia la mezquindad política de cierta clase de dirigentes que, en el afán de cosechar voluntades no precavidas, no reparan en querer frustrar una reforma que, más allá de su contenido, podría ser saludable para el sistema penal argentino.
Sería bueno contemplar si, a posteriori, el diputado en cuestión es capaz de presentarse a debatir las observaciones que formula (mucha de ellas carentes de sustento jurídico y, algunas, sinceramente fruto de su imaginación) en el ámbito que corresponde (esto es la Cámara) o se inhibirá de hacerlo por carecer de los conocimientos suficientes.
Obviamente, el argumento del massismo es falaz pero muy atractivo para quienes, ingenuamente, suponen que la severidad de la pena es la que garantiza la prevención del delito. Si así fuese, en aquellos estados donde se practica (o donde se practico) la “ley del Talión” -es decir “ojo por ojo.”- el índice de criminalidad debería ser cero; sin embargo, la experiencia ha demostrado que semejante presunción está  lejos de la realidad. Paralelamente, suponer que el potencial delincuente antes de cometer un hecho delictivo acude al código para cerciorarse de la pena aplicable y, de ese modo, reflexionar si le conviene ejecutar el mismo o no; es cuando menos una infantilidad digna de provocar una sonrisa.  
Ya en el siglo XVIII el propio Beccaria nos decía: “la prevención del delito no depende de la severidad de la pena, sino de la certeza e inmediatez con que se imponga ella”. Y cuando hablamos de certeza e inmediatez, nos estamos refiriendo a la eficacia en el accionar de los órganos encargados de velar por la seguridad (Policía Federal, Provincial, etc.) de las personas, como así también de los órganos judiciales (Fiscalía, jueces, Tribunal).
Otra de las puntualizaciones que viene agitando Massa (ahora acompañado por Macri y Vidal) es el tema de la reincidencia. En líneas generales este instituto se tiene en cuenta a los efectos de otorgar la libertad condicional.
 Nuestro actual Código en su artículo 14 estipula que “la libertad condicional no se concederá a los reincidentes”. Lo que puede parecer razonable a primera vista; no obstante, no resulta tan “razonable” si nos imaginamos que una persona que ha cometido dos delitos menores puede verse impedido de gozar de ese beneficio y, en cambio, puede acogerse a ese derecho aquel que ha cometido un delito gravoso (ej. un homicidio).
De todas maneras es necesario recordar que nuestra legislación penal (al igual que la de la mayoría de las naciones) se rige por el denominado “principio de culpabilidad”. Que establece que lo que se juzga es la acción de la persona que cometió un delito y no sus características personales. Ya que basarnos en estas últimas, sería  poner el acento en la persona que cometió el hecho y no en el hecho en sí. De ahí que el instituto de la reincidencia no determina por sí la severidad de la pena; y si bien es cierto que el juez pondera los antecedentes del encausado no son precisamente éstos los que determinan el contenido de la sentencia.
Por lo tanto “el ruido” que se realiza con la posible eliminación de la reincidencia es más un efecto mediático que solo sirve para convulsionar el ánimo de la gente; pero que en los hechos no es una herramienta indispensable para la prevención del delito. Por cierto, tampoco el Código Penal lo es; quien suponga que la letra gravada en un Código es el medio adecuado para garantizar la seguridad de la ciudadanía está absolutamente equivocado.  Cuanto mucho, y creo que de eso se trata, el Código podrá mejorar en ciertos aspectos el funcionamiento de una parte del sistema penal argentino, armonizando la normativa vigente y adecuando los tipos penales a las exigencias de la época.
Claro que para ello se necesita de legisladores y dirigentes políticos que efectúen aportes al mejoramiento de la mentada norma. Que,como se vislumbra, no es la predisposición de algunos de los mencionados.
Así escuchamos de boca de Mauricio Macri y su vicejefa de gobierno, Maria E. Vidal, que dada la proximidad del acto eleccionario (octubre del 2015) no se puede discutir una norma de esta naturaleza. Si partimos del presupuesto que conforme a nuestro sistema electoral, tenemos elecciones cada dos años; deberíamos concluir que no se podría tratar ninguna clase de iniciativas lo que, en última instancia, sería formular la supresión del parlamento.
 La señora Vidal, como si supiese y sin sonrojarse, expresó lisa y llanamente, que el futuro código “va a regir por 50 años”, por ende, no se debería tratar. Al parecer esta “destacada dirigente” política no sabe que los Códigos no tienen  plazo de duración y que además son susceptibles de ser reformado cuantas veces el Congreso de la Nación lo considere conveniente. A decir verdad, no es tan malo que no lo sepa; lo que sí es extremadamente malo que aun desconociendo de lo que habla se atreva a oponerse sin tomarse la molestia de interiorizarse o de asesorarse al respecto. Síntoma éste que revela no solo un profundo desprecio por “el saber”; sino la enorme irresponsabilidad de verter opiniones públicas sin el más mínimo asidero y que pueden ser reproducidas por el ciudadano que la escucha.
Obviamente que tampoco se queda atrás el diputado Massa que intenta juntar firmas para oponerse a un anteproyecto de reforma, desconociendo de qué trata y cuál es su contenido;  y a sabiendas (bueno quizá lo desconozca) que nuestro corpus legal impide la iniciativa popular en materia penal. Pero  aún reconociendo, hipotéticamente, esa controvertida posibilidad, es menester señalar que el resultado que arroje la misma no sería vinculante.
Y para finalizar, hay un detalle que resulta significativo en todo esto. Pues, cuando se trató la posibilidad de dar participación a la ciudadanía en la elección de los miembros del Consejo de la Magistratura estos mismos señores pusieron el grito en el cielo por semejante iniciativa. Ahora procuran armar todo un circo apelando a esa misma ciudadanía a la que le impidieron tener injerencia en el mencionado Consejo. Como vemos, menudo futuro el de nuestro país con dirigentes de esta talla que solo acuden al pueblo para posicionarse y al momento de engañarlos.