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viernes, 7 de marzo de 2014

Como oponerse a lo que todavía no se conoce y engañar a la gente







 







Bastó que la Presidenta de la República anunciara el tratamiento del proyecto de ley de reforma del Código Penal para que los oportunistas de siempre salieran a la palestra a agitar fantasmas con el propósito de captar adhesiones de quienes, por ignorancia o desconocimiento, se dejan llevar por los “cantos de sirena” del discurso opositor. 
Así el flamante abogado, Sergio Massa, sostuvo en su periódico de campaña (Clarín) que con la futura reforma “8 de cada 10 delitos serán excarcelables, con lo cual se consagra el principio de la puerta giratoria”. Sosteniendo a su vez que realizará una campaña a los efectos de juntar firmas para oponerse a la iniciativa.
Fue, precisamente, un miembro de la Corte, el Dr. Zaffaroni , quien puso en ridículo las declaraciones del diputado del Frente Renovador al aclararle que “las excarcelaciones y la prisión preventiva no son reguladas por el Código Penal, sino por los Códigos de Procedimientos” que, entre otras cosas, son materia de legislación provincial.
No conforme con esto, el ex intendente de Tigre al igual que el vicepresidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Ramiro Gutiérrez, adujeron que “el nuevo código reduce las penas de 146 delitos”.
Lo sorprendente del caso es que, en verdad, se desconoce cuál es el anteproyecto sobre el cual Massa y sus acólitos “fundamentaron” sus críticas, puesto que aun se trata de un borrador que no ha salido a la luz para ser discutido y que según el coordinador de la comisión redactora del anteproyecto, Roberto Cárles, “en el mencionado texto se incluyen 85 tipos penales nuevos, se reducen 116 escalas penales y se aumentan las penas de 159 delitos”.
En consecuencia, el diputado Massa está cuestionando algo que aun ignora. Con el agravante de realizar los cuestionamientos públicamente a los efectos de darle trascendencia mediática para que la sociedad argentina, notoriamente sensibilizada por el tema de la inseguridad –sobredimensionada aun más por los medios- se oponga a la reforma y, de ese modo, transformar la mentada iniciativa en una derrota política del oficialismo. Semejante actitud pone en evidencia la mezquindad política de cierta clase de dirigentes que, en el afán de cosechar voluntades no precavidas, no reparan en querer frustrar una reforma que, más allá de su contenido, podría ser saludable para el sistema penal argentino.
Sería bueno contemplar si, a posteriori, el diputado en cuestión es capaz de presentarse a debatir las observaciones que formula (mucha de ellas carentes de sustento jurídico y, algunas, sinceramente fruto de su imaginación) en el ámbito que corresponde (esto es la Cámara) o se inhibirá de hacerlo por carecer de los conocimientos suficientes.
Obviamente, el argumento del massismo es falaz pero muy atractivo para quienes, ingenuamente, suponen que la severidad de la pena es la que garantiza la prevención del delito. Si así fuese, en aquellos estados donde se practica (o donde se practico) la “ley del Talión” -es decir “ojo por ojo.”- el índice de criminalidad debería ser cero; sin embargo, la experiencia ha demostrado que semejante presunción está  lejos de la realidad. Paralelamente, suponer que el potencial delincuente antes de cometer un hecho delictivo acude al código para cerciorarse de la pena aplicable y, de ese modo, reflexionar si le conviene ejecutar el mismo o no; es cuando menos una infantilidad digna de provocar una sonrisa.  
Ya en el siglo XVIII el propio Beccaria nos decía: “la prevención del delito no depende de la severidad de la pena, sino de la certeza e inmediatez con que se imponga ella”. Y cuando hablamos de certeza e inmediatez, nos estamos refiriendo a la eficacia en el accionar de los órganos encargados de velar por la seguridad (Policía Federal, Provincial, etc.) de las personas, como así también de los órganos judiciales (Fiscalía, jueces, Tribunal).
Otra de las puntualizaciones que viene agitando Massa (ahora acompañado por Macri y Vidal) es el tema de la reincidencia. En líneas generales este instituto se tiene en cuenta a los efectos de otorgar la libertad condicional.
 Nuestro actual Código en su artículo 14 estipula que “la libertad condicional no se concederá a los reincidentes”. Lo que puede parecer razonable a primera vista; no obstante, no resulta tan “razonable” si nos imaginamos que una persona que ha cometido dos delitos menores puede verse impedido de gozar de ese beneficio y, en cambio, puede acogerse a ese derecho aquel que ha cometido un delito gravoso (ej. un homicidio).
De todas maneras es necesario recordar que nuestra legislación penal (al igual que la de la mayoría de las naciones) se rige por el denominado “principio de culpabilidad”. Que establece que lo que se juzga es la acción de la persona que cometió un delito y no sus características personales. Ya que basarnos en estas últimas, sería  poner el acento en la persona que cometió el hecho y no en el hecho en sí. De ahí que el instituto de la reincidencia no determina por sí la severidad de la pena; y si bien es cierto que el juez pondera los antecedentes del encausado no son precisamente éstos los que determinan el contenido de la sentencia.
Por lo tanto “el ruido” que se realiza con la posible eliminación de la reincidencia es más un efecto mediático que solo sirve para convulsionar el ánimo de la gente; pero que en los hechos no es una herramienta indispensable para la prevención del delito. Por cierto, tampoco el Código Penal lo es; quien suponga que la letra gravada en un Código es el medio adecuado para garantizar la seguridad de la ciudadanía está absolutamente equivocado.  Cuanto mucho, y creo que de eso se trata, el Código podrá mejorar en ciertos aspectos el funcionamiento de una parte del sistema penal argentino, armonizando la normativa vigente y adecuando los tipos penales a las exigencias de la época.
Claro que para ello se necesita de legisladores y dirigentes políticos que efectúen aportes al mejoramiento de la mentada norma. Que,como se vislumbra, no es la predisposición de algunos de los mencionados.
Así escuchamos de boca de Mauricio Macri y su vicejefa de gobierno, Maria E. Vidal, que dada la proximidad del acto eleccionario (octubre del 2015) no se puede discutir una norma de esta naturaleza. Si partimos del presupuesto que conforme a nuestro sistema electoral, tenemos elecciones cada dos años; deberíamos concluir que no se podría tratar ninguna clase de iniciativas lo que, en última instancia, sería formular la supresión del parlamento.
 La señora Vidal, como si supiese y sin sonrojarse, expresó lisa y llanamente, que el futuro código “va a regir por 50 años”, por ende, no se debería tratar. Al parecer esta “destacada dirigente” política no sabe que los Códigos no tienen  plazo de duración y que además son susceptibles de ser reformado cuantas veces el Congreso de la Nación lo considere conveniente. A decir verdad, no es tan malo que no lo sepa; lo que sí es extremadamente malo que aun desconociendo de lo que habla se atreva a oponerse sin tomarse la molestia de interiorizarse o de asesorarse al respecto. Síntoma éste que revela no solo un profundo desprecio por “el saber”; sino la enorme irresponsabilidad de verter opiniones públicas sin el más mínimo asidero y que pueden ser reproducidas por el ciudadano que la escucha.
Obviamente que tampoco se queda atrás el diputado Massa que intenta juntar firmas para oponerse a un anteproyecto de reforma, desconociendo de qué trata y cuál es su contenido;  y a sabiendas (bueno quizá lo desconozca) que nuestro corpus legal impide la iniciativa popular en materia penal. Pero  aún reconociendo, hipotéticamente, esa controvertida posibilidad, es menester señalar que el resultado que arroje la misma no sería vinculante.
Y para finalizar, hay un detalle que resulta significativo en todo esto. Pues, cuando se trató la posibilidad de dar participación a la ciudadanía en la elección de los miembros del Consejo de la Magistratura estos mismos señores pusieron el grito en el cielo por semejante iniciativa. Ahora procuran armar todo un circo apelando a esa misma ciudadanía a la que le impidieron tener injerencia en el mencionado Consejo. Como vemos, menudo futuro el de nuestro país con dirigentes de esta talla que solo acuden al pueblo para posicionarse y al momento de engañarlos.      

miércoles, 26 de febrero de 2014

El Carnaval del peronismo renovador impulsado por los medios




      







Todos sabemos que en época de carnavales no es sorprendente encontrar algún disfrazado portando una máscara con miras a asistir a alguna fiesta o, eventualmente, a un corsódromo para deleitarse durante el efímero reinado del Rey Momo.  Sin embargo, lo que sí resulta sorprendente es que aquellos dirigentes políticos y/o mediáticos de Argentina que, curiosamente, durante el resto del año apelan al uso cotidiano de la máscara para ocultar sus verdaderas intenciones; se desenmascaren durante el período carnavalesco.  
Y esto lo decimos  por las recientes declaraciones de los denominados “hombres del massismo” que durante el presente mes han salido a manifestar, sin pelos en la lengua, que “los trabajadores argentinos estarían dispuestos a que se le rebajen de sus salarios hasta un 10% de lo que perciben”. Curiosa afirmación en principio; no obstante, si indagamos un poco más en esta clase de expresiones, y de los personajes que las vertieron, podremos percatarnos de que no son fruto del azar; sino el resultado del modelo de país que propugnan estos sectores.
 Así observamos como Felipe Solá, destacado representante del peronismo “renovador”, se lanzó mediáticamente al ruedo con esta propuesta, seguido por Javier González Fraga (otro conspicuo menemista, ahora simpatizante de la “renovación” massista) quien habló de las bondades de la reducción salarial y por José Ignacio de Mendiguren, ex titular de la UIA y flamante diputado que engrosa las filas del futuro candidato presidencial Sergio Massa, que vino a sugerir la interrupción de las paritarias; despojando, en consecuencia, a los trabajadores de un instrumento legítimo para defender sus salarios.
Sin duda, para aquellos que intentamos observar detrás del telón del escenario teatral de la política argentina semejante proceder no nos toma desprevenido. Por el contrario, basta rememorar el mensaje que Sergio Massa destinó a los empresarios en agosto del 2013 para recordar, cuan agradable sonó a los oídos de estos, “la melodía neoliberal” que el mentado dirigente supo desarrollar en los salones del Hotel Alvear.
Sin embargo, y más allá del eventual proceder que tendrán estos señores en caso de llegar al gobierno, lo cierto es que hay toda una estrategia montada por el establishment económico-financiero y mediático a los efectos de ir “convenciendo” a la gente de las necesidades del retorno paulatino al viejo modelo neoliberal.
Una estrategia que se viene ejecutando “sin prisa pero sin pausa” como diría Napoleón y motorizada por las grandes corporaciones económicas y mediáticas.
Ya lo decíamos en octubre del año pasado y no por saberlo a ciencia cierta, sino por ser simples observadores del devenir político del país. Luego del resultado de los comicios legislativos de octubre, los medios hegemónicos se encargaron de librar el certificado de defunción del “ciclo kirchnerista” y anunciaron, con bombos y platillos, los futuros presidenciables: Massa, Macrí y Scioli todos congraciados (en mayor o menor grado) con el sistema de poder dominante en Argentina.
La nota publicada, a fines de octubre del 2013, en nuestro blog se titulaba "el Gran Ganador" y allí decíamos lo siguiente:

Así, poco se habla en estos medios de la gran elección realizada -por solo citar dos ejemplos- de los gobernadores de Chaco o Entre Ríos (Capitanich y Uribarri respectivamente) que, eventualmente, los colocaría en carrera para las presidenciales del 2015. Sin embargo, los analistas del denominado “periodismo independiente” ya preanuncian de antemano, como futuros presidenciables, los nombres de Massa, Macri y hasta del derrotado Scioli; todos ellos funcionales, obviamente, a los intereses del establishment económico-mediático.
Es, precisamente, en función de esta hipótesis que podemos afirmar que el gran ganador en estos comicios legislativos ha sido, por el momento, nada menos que: el poder mediático. Ahora bien, que repercusiones puede traer este “triunfo” de los medios en el escenario político local. No se trata de hacer futurología pero, experiencia mediante, no sería descabellado suponer que a partir de ahora recrudecerán los intentos desestabilizadores nuevamente: las corridas del dólar, la amplificación de la sensación de inseguridad virtual amalgamada con la real, la mentira revestida de información para dinamitar al gobierno, los “tradicionales saqueos” que surgen en las fechas navideñas, etc., etc.
Todo sería válido y necesario para acelerar la retirada de un gobierno que osó poner en jaque el predominio de los sectores dominantes; en consecuencia, sería bueno darle una lección para sentar precedentes”.
 No por casualidad los portavoces de sugerir una hipotética reducción de los salarios aparecieron al unísono en los programas televisivos de los grandes medios; si hasta el periodista estrella del Grupo Clarín, Jorge Lanata, se encargó de decir que “de haber un fuerte liderazgo la gente aceptaría la posibilidad de una reducción del salario del orden del 10%”. Como vemos se ponen de acuerdo hasta en las cifras a sugerir.
Curiosamente, nunca hablan de los excesivos márgenes de rentabilidad de la que gozan las grandes empresas; por ej. las gigantescas cadenas de supermercados.
Al contrario, cuando el jefe de gabinete, Jorge Capitanich, mencionó la posibilidad de enviar al Congreso de la Nación un proyecto de ley para evitar el abuso de posición dominante, todos “los periodistas independientes” salieron a cuestionar la iniciativa.
¡¡Como se le va a poner un freno a la rentabilidad de los grandes supermercados!! Vociferaron los “periodistas” de TN, esos excelsos “mensajeros de la verdad”, los mismos que nos decían que ese canal iba a desaparecer con la puesta en vigencia de la ley de medios.  
 Aquí, como es su costumbre, omitieron hacer referencia a la existencia de esta clase de leyes en los países desarrollados; pero eso sí, cuando el gobierno decide no ajustarse, por ejemplo, a las sugerencias del FMI, se trata de un país que no sintoniza la frecuencia de las grandes naciones, ni saca provecho de esas experiencias.
Lo cierto es que, en el curso de estos días, escuchamos  que para combatir la inflación hay que reducir los salarios, sin tocar los desorbitantes márgenes de ganancias de las grandes corporaciones que, según el periodismo independiente, en nada afecta al desarrollo de la espiral inflacionaria. El hecho comprobado que en una gran variedad de artículos remarquen con márgenes de ganancias superior a los tres dígitos o motorizar el desabastecimiento para provocar una suba de los mismos es, a juzgar por estos señores, simplemente las reglas que “sabiamente” nos impone la economía de mercado.
La historia nos demuestra exactamente lo contrario; sin embargo, debemos reconocer que la nuestra no es una sociedad con manifiesta vocación historicista. Pues, de serlo no habrían “sobrevivido” los gurúes mediáticos, ni el menemismo reciclado (hoy peronismo renovador), ni los dinosaurios de "los periodistas independientes" que tanto mal le han hecho al país y aun mantienen cierta ascendencia sobre los televidentes. La importancia de orientarnos por la historia, nos permite cuando menos avizorar los pasos ocultos que ciertos sectores van desarrollando.  
Así hoy, podemos apreciar cómo el establishment económico-mediático ha decidido profundizar sus embates contra el gobierno y para ello cuenta con un ejército de soldados títeres que están dispuestos a ofrecer sus servicios voluntariamente. Al parecer, buena parte del peronismo renovador y del resto de la oposición se han ofrecido incondicionalmente. Lo bueno es que, misteriosamente, en carnaval han decidido despojarse de la careta. 

lunes, 17 de febrero de 2014

Borges y el ser argentino




   







Borges alguna vez se pregunto qué significa ser argentino y arribo a la conclusión de que “es esa cosa que no se puede definir”.  Y por cierto que, si nos observamos a la lejanía y con detenimiento, terminamos dándole la razón a Don Jorge Luis.
No porque coincidiésemos con  él en materia de pensamiento político; sino porque aquellos lazos que, en ocasiones, nos unen con nuestro país son tan endebles que es difícil encontrar una definición precisa de eso que podríamos denominar el ser argentino. Resulta por lo menos enigmático definir al argentino fuera de su pasión por el fútbol, por el asado y el mate. Y ante la pregunta que es ser argentino, me encuentro como San Agustín cuando se le preguntaba que es el tiempo: “Lo sé perfectamente mientras no me lo pregunten, lo ignoro absolutamente cuando lo hacen”.
Se podrá decir que un argentino es alguien que llora de emoción cuando ve la celeste y blanca flameando en un estadio de fútbol; pero al mismo tiempo es alguien que puede lucir sobre su pecho una remera con la bandera estadounidense o, más grave aún, británica.
Un argentino es alguien que se conmueve hasta el tuétano cuando recuerda la gesta de Malvinas y, paralelamente, no tiene reparo en abastecerse de combustible en una estación de servicio perteneciente a una empresa que no solo respondió históricamente a la corona británica; sino que a su vez durante el conflicto del Atlántico Sur abastecía a la flota inglesa con las existencias que poseía en nuestro país.
Un argentino es alguien que a principios del presente siglo salía a las calles a gritar “que se vayan todos” en referencia a los políticos y economistas que, directa o indirectamente, gobernaban en aquel entonces, y hoy los reivindica para que regresen y/o aplauden las profecías que realizan como si fuesen verdades incontrastables.
Un argentino es alguien que está más pendiente del dólar estadounidense que del peso moneda nacional, con todas las implicancias que encierra el poseer ipso facto un sistema bimonetario que esta fuera del control local. Es alguien que se admira al contemplar el desarrollo de los países industriales, pero después reclama la libre disponibilidad de divisas en detrimento de objetivos claros de industrialización nacional.   
Un argentino es alguien que reacciona (muchas veces engañado) frente a un supuesto intento de limitar “la libertad de expresión”, y no repara que “las estrellas de la información” no solo son las mismas que hace más de 30 años acompañaron la mayoría de los procesos políticos que existieron en la Argentina; sino que no brindan lugar a la aparición de nuevas voces.  
Un argentino es quien parte de la creencia que el poder político “todo lo puede” y no repara en que el verdadero poder es invisible a los ojos de la ciudadanía. Es alguien que supone que las reiteradas corridas cambiarias, la disparada de los índices inflacionarios, el desabastecimiento, son fruto exclusivo de los desaciertos de los distintos gobiernos en materia de política económica y no resultado de una acción deliberada de los sectores dominantes en la estructura económica.
Un argentino es quien pretende gozar del status de vida que poseían (hasta no hace mucho) los países desarrollados pero pretende abonar impuestos equivalentes al de los países infradesarrollados.
Un argentino es alguien que no le interesa la historia de su país porque es cosa del pasado, sin reparar en que el resultado de lo que somos es fruto de nuestra historia.
Un argentino es alguien que cree ciegamente en lo que dicen los medios sin detenerse a pensar que “los medios” no persiguen la verdad, sino intereses. Que, curiosamente, no son los intereses de la mayoría de la población; sin embargo, aún mantienen una alta dosis de credibilidad.
Un argentino es alguien que supone que cuando le va mal en su vida personal la culpa es irremediablemente del “otro”; ahora cuando le va bien, es consecuencia exclusiva de su infatigable esfuerzo. Las circunstancias existentes que posibilitaron su éxito no cuentan, sí, en cambio, las que lo condujeron al fracaso.  
Se podrá argüir que existen muchos argentinos que no comparten estas posturas y, por cierto, sin lugar a dudas que es así. Lo que torna mucho más difícil encontrar una definición al respecto. Alguien podrá decir que los argentinos somos impredecibles o quizá “incorregibles” como el propio Borges calificó, en su momento, a un determinado sector político local.
Otros podrán decir que estas características son más propias de los porteños y de los habitantes del Gran Buenos Aires que del resto de los habitantes del país, y no deja de ser un argumento válido. Lo cierto es que se hace muy difícil encontrar denominadores comunes entre nosotros y bienvenido si esa diversidad fuese un campo fértil para el desarrollo intelectual de nuestro pueblo.
El problema es que aquí las ideas se transforman en “dogmas”; esto es, no requieren de análisis, ni de fundamentación alguna. Son verdades porque sí, y las verdades porque sí tienen corta duración pero graves consecuencias para nuestro futuro.
Mucho se ha avanzado en estos últimos diez años para encontrar una definición de los argentinos más acorde con las necesidades de nuestra nación; sin embargo, semejante avance es extremadamente insuficiente para conceptualizarla en el corto plazo.
Ojalá con el tiempo la encontremos y no tengamos que seguir dándole la razón a Don Jorge Luis.