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martes, 1 de diciembre de 2015

Coincidencias de la historia y el retorno de viejas recetas.


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A solo nueve días de la próxima asunción del nuevo presidente el panorama económico de los argentinos comienza a tornarse turbio, claro que la falta de transparencia no es producto de la casualidad; sino que es la consecuencia ineludible de un programa económico que se supo ocultar sistemáticamente a lo largo de toda la campaña electoral. El, hasta el 22 de noviembre, candidato de “las buenas ondas”, Mauricio Macri, fue incapaz de musitar una propuesta política concreta; no obstante, desde que resultó electo presidente comenzó a expresar que no podía dar definiciones de la política a desarrollar a raíz de que carecía de información respecto al estado de cosas existente.
Es razonable preguntarse entonces, porqué efectuaba críticas a las políticas oficiales u arrojaba cifras que no se correspondían con la realidad (como por ejemplo: “existen 15 millones de pobres en la Argentina”) si no poseía en su haber información al respecto.
Obviamente resulta estéril formularse ese interrogante una vez consumado los hechos. Sin embargo, tamaña actitud no deja de ser un buen indicio para poner en duda la veracidad del mensaje que por estos días viene cobrando difusión en los distintos medios hegemónicos (por otra parte, aliados históricos del nuevo mandatario) que reproducen las expresiones del ya consagrado presidente y de sus futuros ministros cuando nos hablan de que se viene un proceso de “sinceramiento” de la economía argentina.
Es menester hacer un breve recorrido por la historia económica de nuestro país para corroborar que la metodología que comienza a aplicarse en los tiempos que corren no es para nada original. Ha sido el pretexto recurrentemente utilizado por los economistas liberales y neoliberales cada vez que se adueñaron de la conducción económica en la Argentina.
Es notable contemplar, y más allá de las diferencias, las similitudes que se reproducen cada vez que los gobiernos ultraconservadores acceden a la conducción política del país. Su táctica habitual -al parecer imperecedera a pesar del transcurso del tiempo- es criticar desmesuradamente la “herencia económica” recibida y a partir de allí impulsar un conjunto de medidas que, según su enfoque ortodoxo, se “les vende” a la ciudadanía como  de “inevitable aplicación”.
Sucedió, variantes más, variantes menos, con la mal llamada “revolución Libertadora” (período reivindicado, a través de sus tuits, por el futuro Ministro de Cultura, Pablo Avelluto) con Raúl Prebisch como ministro de economía, con Álvaro Alzogaray (ministro de Frondizi), ( con Adalbert Krieger Vasena (ministro de Onganía), con Alfredo Martínez de Hoz (de Videla) y con Domingo Felipe Cavallo (de Menem y De la Rúa). Y todo indica que con Alfonso Prat Gay, ministro del presidente Macri, el camino a seguir ha de ser el mismo. Esto es realizar una descripción extremadamente pesimista de la situación actual, tergiversando la realidad económica, para justificar, de ese modo, la implementación de políticas antipopulares.
Es sorprendente observar cómo, en el período de “la revolución libertadora” -año 1955- caracterizado, entre otras cosas, por un profundo antiperonismo (equivalente hoy día al “antipopulismo” o “antikirchnerismo”), uno de los informes presentados al asumir el liberal ministro de economía de aquel entonces, se tituló “moneda sana o inflación incontenible”; dos de las expresiones que suelen frecuentar asiduamente en los labios de los más ardientes neoliberales del presente. Así se nos habla hoy de que Sturzenegger debe presidir el Banco Central para “sanear la moneda” y que la batalla que vienen a dar es, fundamentalmente, contra “la inflación”. El mismo discurso que platicaban los Martínez de Hoz y los Cavallo. El principal enemigo es “la inflación” como si se tratase de una divinidad que cobrase vida por sí sola. Y la mejor manera que encontraron siempre para reducirla ha sido cercenando la capacidad de compra de la población. Al fin y al cabo si nadie compra, no hay demanda y si no hay demanda no hay inflación.  
No vayan ustedes a creer que son los formadores de precios quienes mediante su insaciable avidez se encargan de incentivar el proceso inflacionario; no, en absoluto, es simplemente la emisión monetaria segun nos dicen estos economistas. Claro que si así fuere la economía estadounidense hace rato que tendría niveles hiperinflacionarios pero no los tiene; no obstante sus elevadísimos volúmenes de emisión.   
Lo concreto es que, a pesar de las distancias, podemos apreciar un hilo conductor en todas estas experiencias que culminaron siempre reduciendo la capacidad de compra de las mayorías, empobreciendo a los trabajadores, incrementando el ejército de desocupados, licuando los haberes de los jubilados y endeudando al país bajo la promesa de un futuro mejor que jamás llegó y nunca llegará. Pero ahí están, los ortodoxos neoliberales nuevamente a bordo de la nave del estado; pero eso sí, legítimamente elegidos por poco más de la mitad de la población.
Nadie puede poner en duda su legitimidad de origen; si bien es cierto que no todos los votantes conocían las verdaderas intenciones (y muchos de ellos todavía las desconocen) del flamante gobierno. Sin duda que los medios de comunicación dominantes jugaron un papel protagónico en la construcción del triunfo de la más cruda “derecha” de nuestro país. De tal manera que fabricaron un consenso virtual en beneficio del candidato conservador; evitando como es obvio, que saliera a la luz su auténtica propuesta. Sin embargo, las expresiones vertidas por el candidato Macri en los “círculos cerrados” ya preanunciaban el futuro por venir. El ocultamiento estuvo muy bien planificado; no obstante, a estas alturas no se puede seguir siendo víctima del engaño. Pues, nadie puede “comprar” el falaz argumento de que deseaban una transición ordenada; si así fuese, no hubieran anunciado sus propósitos devaluacionistas y la eliminación de parte de las retenciones antes del traspaso del mando presidencial.
El anuncio, formulado adrede, es fácil de interpretar y tiene por objeto dos firmes designios: pues, por un lado obstaculizar la liquidación inmediata de las divisas por parte del sector agro-exportador -lo que acentúa de ese modo una merma en las reservas del Banco Central- y por el otro, promover las remarcaciones, es decir el aumento de los precios, para que el recorte salarial que eso implica se le asigne al gobierno saliente y no al entrante. Que sumado a la devaluación que piensan aplicar, ya en ejercicio de sus funciones, y al ajuste de las tarifas de los servicios públicos; terminaría redundando en un recorte significativo de los salarios. Esto es lo que en economía se llama redistribución regresiva de la riqueza. Y lo que la ciudadanía ha votado por desgracia.
Pero volviendo a la “gesta comunicadora” que realizaron eficazmente los afamados periodistas independientes; es lógico concluir que hicieron un excelente trabajo. Pues, solo comparable con aquel que realizaron Neustadt y Grondona en su cruzada privatizadora de los años 90. Esta vez el mérito fue colectivo; si bien una buena parte de esos logros le correspondió a Jorge Lanata; que con sus invenciones mediáticas logro captar la atención de los incautos, que ingenuamente sucumbieron a sus “cantos de sirena”. Falaces, la gran mayoría de sus ellos; pero agradable a los oídos de los incautos que terminaron creyéndole y apoyando con su voto un gobierno neoliberal.
Ahora bien, una vez cumplida su misión, ha anunciado su retiro de PPT (periodismo para todos); pues sostiene que su ciclo ha concluido. Como aquellas antiguas “espadas a sueldo” que una vez alcanzado el objetivo por el que habían sido contratados, se retiraban con su oferta hacia otro sitio. Sería recomendable, no para la sociedad sino para el futuro gobierno, seguir contratando sus servicios; ya que en lo inmediato van a tener que construir el consenso artificial para las políticas de “sinceramiento”. Eufemismo utilizado para la ejecución de políticas de ajuste. Sincerar entonces, no  va a ser otra cosa que presentar un panorama económico espeluznante. Tan caótico que “no van a tener más remedio” que aplicar políticas de shock; pero eso sí, nos señalarán que en el mediano plazo van a dar el resultado esperado. El mismo resultado que obtuvieron los economistas anteriormente mencionados en el camino de la historia.
Que fácil resulta a veces engañar a los incautos cuando se ignora la historia. Si hasta algunos creyeron “la fábula del viento de cola”; sin reparar que arribar al buen puerto depende del conductor del velero y no de la voluntad del viento. Por ello de nada sirve esperar buenos vientos cuando el conductor no tiene intenciones de arrojar el ancla en los buenos puertos.            

viernes, 27 de noviembre de 2015

El nuevo gobierno en sincronía con la Corte: comenzaron los cambios.



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Transcurridas las elecciones, el flamante presidente electo, Mauricio Macri, ha anunciado la composición de su gabinete y con ello delineado el perfil de su futura administración. Sin duda, un mero vistazo de lo que ha de ser la nueva configuración ministerial, es suficiente para constatar el perfil técnico-empresarial de quienes tendrán la responsabilidad de ejecutar las próximas políticas de estado. Dato no menor si reparamos que en nuestra historia reciente, concretamente a finales del siglo XX, hubo un período signado por el predominio de “tecnócratas” en los ámbitos gubernamentales que desembocó en aquello que solemos llamar “la Argentina del 2001”. Muchos de esos tecnócratas, que jugaron un rol por demás protagónico en aquel entonces, hoy reaparecen de la mano de “Cambiemos” para ocupar nuevamente espacios dentro de la estructura del Estado. La mayoría de ellos forma parte del plantel estable de economistas del establishment y son, precisamente, quienes han vaticinado, a partir del año 2003, innumerables catástrofes económicas, que por cierto nunca ocurrieron,  a través de los medios de comunicación hegemónicos.  
Así observamos, por ejemplo, cómo los pronosticadores del   “desastre” que, según su dogmática visión, iba a azotar a la República Argentina desde hace poco más de doce años y que nunca ocurrió, han vuelto a subir al escenario económico local, en medio de globos amarillos y aplausos, para reivindicar bajo un ropaje en apariencia distinto, las tradicionales recetas neoliberales.
Es notable contemplar cómo, merced a la “manipulación mediática”, los mismos personajes que a principios del vigente milenio eran repudiados, con justa causa, por haber arrastrado al país a la crisis más relevante de su historia, hoy reaparecen nuevamente en escena catapultados por el voto del 50% de la ciudadanía. Pues al parecer, en el área económica-financiera la “reincidencia” no es objeto de cuestionamiento para algunos sectores de la sociedad; sino por el contrario, resulta lo suficientemente tolerable, como para brindarles una nueva oportunidad como protagonistas en el escenario público argentino. Claro que suponer que, los Prat Gay, Sturzenegger, Melconian y los  Frigerio, entre otros, han de implementar políticas orientadas a resguardar los intereses de la república es por lo menos una expresión desiderativa que no guarda relación alguna con los precedentes que estos señores sentaron a lo largo del ejercicio de la función pública.
Pero no seamos tan severos con estos “experimentados neoliberales”; pues, puede que el discurso de “energía y buenas ondas”, que declamó el futuro presidente a lo largo de toda su campaña, haya cambiado radicalmente sus estructuras de pensamiento. Tal vez ya no fomenten, como en otras épocas, la “fuga de divisas” que tanto daño le ocasionó al país; quizá ya no ejecuten las políticas de endeudamiento externo a las que nos tenían acostumbrados antiguamente, puede que en esta oportunidad no tengan por propósito estatizar la abultada deuda privada -claro que, en ese caso, previamente deberían estimular la toma de créditos en el exterior por parte de los grupos concentrados para luego sí transferir la deuda al “ineficiente Estado”- de las grandes corporaciones, y probablemente, tampoco estén dispuestos, en lo inmediato, a privatizar empresas estatales para depositarlas en manos del capital extranjero.  
Alguien podrá argüir que algunos miembros del staff del futuro gobierno se han ofrecido “voluntariamente”, a lo largo de estos últimos años, a efectuar declaraciones testimoniales en el Ciadi (Centro internacional de arreglos de diferencias relativas a inversiones) a favor de los inversores externos y en perjuicio de la Argentina; pero bueno, esas son “minucias” que no tienen porqué poner bajo sospecha el futuro accionar de estos flamantes funcionarios. Al fin de cuentas, por ejemplo,declarar a favor de Repsol y no en beneficio de YPF, no deja de ser “una simple declaración testimonial”.
Pero bueno, lo cierto es que prácticamente el 50% de la población los ha elegido y las decisiones populares, nos guste o no, hay que acatarlas. De eso se trata la democracia; de lo contrario, seríamos cualquier cosa menos demócratas.
Es lógico suponer, y como bien lo destacó la actual mandataria, que si el resultado de las elecciones hubiere sido a la inversa – es decir: si hubiera ganado el FPV por escaso margen -  “estos muchachos” hubieren declamado “fraude” como lo hicieron en Tucumán (donde “curiosamente” hasta en el ballotage el FPV les saco mucho más de 10 puntos). Tampoco es cuestión de acusarlos de “falsos republicanos” si bien es cierto que existe una diferencia sustancial entre el “republicanismo profesante” y el “republicanismo practicante”. El recurrente anuncio de exigir la renuncia de la Procuradora General de la Nación y del Presidente del Banco Central pone al desnudo que la práctica republicana no es una de sus virtudes; sin embargo, si se los observa atentamente no muestran signos de sonrojarse cuando se autodesignan republicanos de pura cepa.
Todo esto preanuncia, de algún modo, el marco en el que se ha de desarrollar el futuro devenir político de nuestra querida nación.
Si a eso le sumamos el “arduo trabajo” de los escasos ministros de la Corte Suprema que, una vez interiorizados de la convocatoria a una segunda vuelta electoral, se han abocado a dictar, con una celeridad inusitada, sentencias que contrarían el “espíritu populista” que el gobierno saliente supo imprimirle a su gestión; es lógico colegir que el Poder Judicial va a acompañar con evidente grado de fruición las políticas que instrumente el nuevo Poder Ejecutivo.
El reciente fallo de la Corte privando al ANSES del 15% de la masa coparticipable, cosa que ocurre desde el año 1992, va en esa dirección y es todo un indicio de la futura política de desfinanciamiento del mentado ente público. Lo que pone en riesgo el porvenir de la seguridad social en el país y el cumplimiento de los pagos de los haberes jubilatorios en el mediano plazo.
Claro que esto puede ser el precedente -o pretexto- que posibilite, con el tiempo, la necesidad de desprenderse de los activos en poder del ANSES para hacerse de recursos y también la justificación a partir del cual algunos nostálgicos pretendan retornar, de ese modo, al viejo sistema de las Administradoras de Fondos de Jubilación y Pensión (AFJP). Todo hace suponer que el futuro presidente estaba al tanto de tamaña decisión cortesana, y el hecho de que ninguno de los futuros funcionarios haya descalificado la medida induce a pensar que la decisión en cuestión se amolda a las futuras necesidades del nuevo gobierno.
Otro de los llamativos fallos del Supremo Tribunal de Justicia ha sido el que declara la inconstitucionalidad del Renatea, organismo estatal encargado de fiscalizar el trabajo rural en el país; para depositar esa función nuevamente en el RENATRE entidad conformada por la Sociedad Rural y el sindicato de UATRE conducido por el conocido gremialista Gerónimo “Momo” Venegas. Vale la pena recordar que, curiosamente, en ningún momento de su etapa de fiscalización el RENATRE se encargó de formular denuncias respecto de la explotación de los trabajadores rurales o aquellas relativas al trabajo infantil en las zonas agrícolas. Y paradójicamente, desde que el Renatea se hiciera cargo de la fiscalización de los campos, no solo se detectaron muchísimos casos de explotación y de trabajo infantil en zonas rurales, sino que se incrementó notoriamente el registro de trabajadores en blanco. Lamentablemente, la Corte ha declarado la inconstitucionalidad de la fiscalización estatal para devolvérsela al RENATRE. Como es fácil de inferir, parece que la mayoría de los miembros de la Corte suelen estar a gusto con los nuevos vientos del libre mercado. No es por azar que en coincidencia con los contenidos del fallo el designado ministro de agricultura del gobierno macrista, Ricardo Buryaile, sostuvo a su vez que “hay que dejar de tener esta insistencia permanente del trabajo esclavo en el campo”. Expresiones éstas no muy tranquilizantes por cierto.   
Pero, en fin, no nos apresuremos a desconfiar del nuevo gobierno, otorguémosle, por el momento, “el beneficio de la duda”; no se trata de anhelar como el radical renunciante, Ernesto Sanz, el empeoramiento económico del país para que el oficialismo perdiera las elecciones.

No es cuestión de equipararnos en la mediocridad, ni tampoco ejercer “la oposición por la oposición misma”, como si lo hicieron muchos de los miembros de “Cambiemos” con el actual gobierno. Por  el contrario, deseamos que al país le vaya bien para que al pueblo le vaya bien. Aunque, y en función de lo que se viene delineando, nada indica que ese sea el camino que el nuevo gobierno esté dispuesto a transitar.         

martes, 17 de noviembre de 2015

El voto infundado, Argentina debate y un futuro incierto




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Es verdaderamente llamativo contemplar como un candidato puede alcanzar la presidencia de una nación sin tener que mencionar una sola propuesta política concreta en todo el transcurso de su campaña. Es como si un sector importante de los votantes hubiera decidido, consciente o inconscientemente, degradar, en cierto modo, la significación de su voto para convertirlo en una expresión que no requiere de fundamentación alguna. Como si se tratase, en los hechos, de una cuestión “no demasiado relevante”. Sin advertir en profundidad que semejante decisión no solo ha de configurar directamente la realidad futura del país; sino que además, va a determinar, en el votante, sus propias condiciones de existencia.  
¿Será que el ejercicio cotidiano del “rol de consumidor” ha calado tan hondo en las personas que, aun en cuestiones que no se corresponden con el consumo, se sigue adoptando la modalidad de “elegir” a la ligera -como en la góndola de un supermercado- cual si se tratase de un producto u otro?
Sinceramente me cuesta aceptar un comportamiento semejante; de lo contrario tendría que admitir que el ejercicio de la ciudadanía no siempre es fruto de una determinación racional. Es por demás factible que los sentimientos incidan, más de lo que imaginamos, notoriamente en las decisiones políticas de los ciudadanos (no por casualidad a nivel internacional, y en vísperas de elecciones nos encontramos habitualmente o bien con “operaciones mediáticas o bien con algún resonante operativo policial o militar, capaz de azuzar los sentimientos de la ciudadanía y mediante ello modificar su voto); pero aun así, cuesta sobremanera observar cómo, en nuestro país, un candidato (Mauricio Macri) que ni siquiera balbucea el más mínimo programa político, pueda ser hoy una alternativa presidenciable.
Es verdad que para algunos no es necesario reparar en su ausencia de propuestas, pues, conociendo sus antecedentes, y más aun los de quienes lo acompañan, ya se infiere con suficiente grado de certeza las perniciosas políticas que ejecutaría de acceder a la más alta magistratura. Sin embargo, el problema no radica, precisamente,  en quienes ya lo conocen; sino en quienes desconociendo absolutamente su trayectoria, y la de quienes conforman su equipo, le asignan el voto merced a su despolitizada campaña donde, adquiriendo la figura de un predicador de “Buenas Ondas”, se ofrece a la ciudadanía, nada menos que para gobernar el país .
Es patético observar la oquedad de su discurso, basta ver sus spots televisivos para corroborar que, a la manera de un “pastor electrónico”, nos habla de: “energía”, “de buena fe”, “de crecer juntos”, de “la alegría”, de “mirarnos a los ojos”, etc., etc. En síntesis, un rosario de “conceptos vacíos” cuyo único propósito responde al simple hecho de ocultar sus intenciones.
Lo vimos recientemente en el promocionado debate televisivo (Argentina debate) que, a fuerza de ser honestos, lejos de brindar a los ojos de los televidentes un cruce interesante de programas a desarrollar; consistió esencialmente en repetir párrafos previamente preparados que no guardaban relación alguna con las preguntas efectuadas.
No obstante, el candidato del oficialismo (Daniel Scioli) esbozó unas pocas ideas garantizando la continuidad de lo realizado por los gobiernos kirchneristas; que por cierto, no es poca cosa, y mucho menos teniendo en cuenta la otra alternativa.
En cambio, el candidato de “Cambiemos” no solo se mostró incapaz de especificar propuesta alguna, sino que en aras de descalificar al gobierno saliente apeló a una serie de mentiras, arrojando cifras que solo caben en su imaginación, y acusando -vaya paradoja- a los gobiernos “k” de mentirosos.
Es notable observar el odio que profesa Macri hacia el kirchnerismo cuando le dan oportunidad de explayarse; lo que contrasta con su llamado a la unidad de los argentinos en su campaña publicitaria. Pues, si tenemos en cuenta que los votantes del oficialismo rondan aproximadamente en el 40% de la población es cuando menos poco comprensible su concepción de la “unidad”; excepto que la proclamada “unidad” excluya definitivamente a ese porcentaje de ciudadanos. Eso sí, de todos modos, la denominada “Grieta” (o línea divisoria entre los argentinos) es, en apariencia, una construcción privativa del kirchnerismo y no una consecuencia del exacerbado odio que manifestó la oposición a lo largo de estos últimos años.
Lo concreto es que “el pastor de la unidad”, perdón el candidato, Mauricio nos promete “la alegría de caminar juntos”; claro que omitiendo decirnos hacia dónde vamos y por qué deberíamos estar alegres.
Lo problemático de esta situación es que esas especificaciones, que no se atreve a realizar públicamente; sí las hace, en cambio, en los ámbitos cerrados -entiéndase: Asociación Empresaria Argentina (AEA), Instituto para el desarrollo Empresarial (IDEA), la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericana (FIEL), por citar algunos foros del establishment-  donde ya sin tapujos anuncia la catarata de medidas neoliberales que ha de impulsar una vez producido su ingreso a la Casa Rosada.
Sin embargo, es menester reparar que en el mentado debate el candidato Mauricio Macri le formuló una pregunta a Daniel Scioli que lo define de cuerpo entero. En ella interrogó a su adversario si iba a ser capaz de solicitar la expulsión de Venezuela del Mercosur.
En verdad, esto es toda una definición no solo en materia de política internacional, sino también en lo que hace a las políticas internas. Pues, pone de manifiesto la intención macrista de retornar a la subordinación incondicional (recordemos aquello de las “relaciones carnales”) que, el candidato de la alianza “Cambiemos”, propone respecto de los Estados Unidos. Tan envalentonado esta que aspira a convertirse en la cuña que posibilite la destrucción de los convenios regionales (léase: Mercosur, Unasur) para retornar prestamente a los “remozados” acuerdos de libre comercio como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Hecho que, inexorablemente, presupone la ejecución lisa y llana de políticas libremercadistas y la desprotección más absoluta del mercado interno.  
Como vemos la decisión que adopte la ciudadanía no solo ha de definir el futuro de los argentinos; sino también el futuro de la región; de ahí que se requiera, más que nunca, que el ciudadano intente, como mínimo, reflexionar para fundamentar su voto.


martes, 3 de noviembre de 2015

Cuando la experiencia se ignora, la esperanza se sostiene en el absurdo.

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Corría el mes de mayo de 1989, dos candidatos se disputaban la presidencia de la república. Por un lado se presentaba un candidato que no explicitaba su programa político pero sí acostumbraba a hablar del “salariazo y la revolución productiva”. Por el otro, un candidato conservador liberal que, sin dar demasiadas precisiones, nos hablaba del, entonces popularizado, “lápiz rojo” que iba a utilizar para recortar el gasto público y “tachar” (entiéndase suprimir) la supuesta “ineficiencia de las empresas estatales”. Obviamente, la campaña se desarrollaba en el marco de una profunda promoción mediática por hacer creer a la ciudadanía que la raíz de todos los problemas argentinos radicaban en la ineficiente administración estatal, y que para solucionarlos, bastaba con: por un lado despojarse de las empresas en poder del Estado; y por el otro desregular la economía, lo que traería aparejado la afluencia de capitales externos y con ello el anhelado crecimiento.
Un mito por cierto, al fin y al cabo, la mayoría de los capitales que acostumbran arribar a las economías en desarrollo son de franco tinte especulativo y excepto que se establezca un marco regulatorio orientado a satisfacer las necesidades del país es imposible garantizar, con ellos, el crecimiento sostenido. No obstante, “el mito” fue muy bien promocionado por nuestros “queridos” grandes medios comunicacionales. Claro que, simultáneamente, se ocultaba que la verdadera causa que impedía el crecimiento económico del país era resultado de las políticas de endeudamiento externo que, bajo el régimen dictatorial, se implementaron en la Argentina durante la gestión de Martínez de Hoz.
Ya, el tristemente célebre Domingo F. Cavallo, actuando como presidente del Banco Central en el año 1982, se había encargado (a pesar de que hoy lo niegue) de  estatizar la abultadísima deuda que diferentes grupos económicos locales habían contraído en el exterior. Fue así como esa franja del sector privado se deshizo de su condición de deudor, para arrojar el lastre sobre las espaldas de toda la comunidad. El broche de oro lo colocó, posteriormente, otro “célebre” economista del establishment, Carlos Melconian, por entonces jefe del departamento de deuda externa del Banco Central, quien se encargó de archivar las investigaciones por presuntos fraudes cometidos por estos mismos grupos a través de una herramienta financiera que resultaba funcional para este tipo de prácticas: los seguros de cambio.
Uno de las sociedades bajo sospecha (ver artículo “Pollo de Menem, mago de la deuda” del año 2003:http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-19977-2003-05-11.html ) era el grupo “SOCMA” (Sociedades Macri) que se benefició significativamente con dicha transferencia. Pues, de ese manera, se materializaba  la denominada “licuación de pasivos” en nuestro país; que consistió, lisa y llanamente, en desendeudar a estos grupos y convertir en deudores al resto de los argentinos.
Pero regresemos al año 1989, donde como señalábamos un candidato que no expuso su propuesta terminó siendo el presidente de la república. Es verdad que las opciones presidenciales de aquel entonces -al menos la que ofrecían los partidos mayoritarios- eran extremadamente similares. Pues, la diferencia radicaba en que el candidato de la UCR (Eduardo Angeloz) anunciaba públicamente los rasgos generales de su programa  neoliberal; mientras que el candidato del partido justicialista (Carlos S. Menem) no solo ocultaba su verdadera propuesta; sino que declamaba mendazmente algunas medidas que, en principio, sonaban esperanzadoras a los oídos populares. Para colmo de males, la sociedad argentina, se hallaba bajo los efectos traumáticos de la “hiperinflación” que -acicateada por los grupos económicos dominantes- llegó a rondar en niveles superiores al 700%. Esto sin dudas, generó cierta predisposición ciudadana a aferrarse a un “discurso que nada decía, que prometía abstracciones y no puntualizaba nada en concreto.
Lo que sucedió después es archiconocido, una vez instalado Carlos Menem en el sillón de Rivadavia, el programa político, hasta entonces oculto, salió crudamente a la luz.
Se implementaron alarmantes políticas de ajuste, se descuartizó al Estado, se regalaron las empresas nacionales, desembarcaron “inversores” externos que -al amparo de la denominada “seguridad jurídica”- lejos de aportar grandes capitales se apropiaron de las “joyas estatales” y edificaron con el gobierno de turno -en importantes áreas de la actividad económica- una estructura oligopólica que les permitió concentrar la renta en muy pocas manos, se levantaron los ramales ferroviarios, se destruyó todo conato de industrialización, se desprotegió absolutamente a los trabajadores reduciendo sus derechos a la mínima expresión, se desmantelaron  los hospitales, los establecimientos educativos, se aniquiló todo vestigio de desarrollo científico (recordemos que fue el ministro de economía, Domingo Cavallo, quien le sugirió a los hombres de ciencia “que vayan a lavar los platos”); se sepultó el concepto de “soberanía” para arrastrar al país a la práctica de lo que se conoció bajo el nombre de “relaciones carnales” con la, por entonces, primer potencia mundial; se destinó a un sector de nuestras fuerzas armadas a participar de expediciones punitivas (ej. La guerra del Golfo) abandonando nuestra tradicional postura de neutralidad frente a los conflictos externos, etc., etc., etc. Hasta se llego a la inescrupulosidad de sentar en las bancas de la legislatura a “falsos diputados” para levantar la mano aprobatoria -hoy el sistema de votación ha variado- de algunos “proyectos privatizadores”, cuando en los hechos no se había alcanzado el quórum suficiente para ser tratados sobre tablas. Es curioso, pero sorprende observar como los fervorosos “republicanos de hoy”, no reparaban en esos detalles en aquellos tiempos.
Lo cierto es, que infinidad de cosas perjudiciales pasaron una vez ungido presidente el candidato que escondía su verdadero programa. Terminó siendo el mandatario de de los grandes grupos económicos locales y de las grandes corporaciones internacionales.
El país se encaminó indefectiblemente por el derrotero que conducía al precipicio. Sin embargo, los medios de comunicación se encargaron, desde un comienzo, de ofrecernos un paisaje edulcorado de una “realidad” que no era tal; donde los endulzadores de turno eran -además de los conocidos “periodistas independientes”- los “destacados” economistas mediáticos y los funcionarios estrellas (también economistas ellos) que, a sabiendas de la destrucción social que estaban orquestando, no  cesaban en continuar con el engaño colectivo. 
Los artífices de “la emboscada mediática” predicaban el futuro bienestar general de la población, derivado de las medidas instrumentadas por el área económica. Así veíamos desfilar por las pantallas televisivas a los Melconian, Broda, Espert, Sturzenegger, González Fraga, Kiguel, Prat Gay, por solo mencionar algunos, que prodigaban múltiples elogios a la política económica de Cavallo, aseverando que la misma era “la antesala del paraíso nacional”. Precisamente, el último de los mencionados (Alfonso Prat Gay) va a ocupar, de llegar a la presidencia y según manifestaciones del propio Macri, la titularidad de la cartera de economía. Resulta por lo menos contradictorio que el futuro ministro de economía de “Cambiemos” nos hable recurrentemente de la necesidad de afluencia de capitales externos para el país; mientras que como apoderado de la  propietaria de la empresa “Loma Negra” (otro de los grandes “grupos económicos” beneficiados en su momento) se haya encargado –ver declaraciones del ex vicepresidente del JP Morgan, Hernán Arbizu; entidad para la cual también trabajaba Prat Gay- de facilitar la fuga de divisas del país de la Sra. Lacroze de Fortabat. Esta ambivalencia discursiva, parece ser un rasgo característico de esta pléyade de economistas.
Lo cierto es que estos profetas de “los buenos augurios”, asiduos visitantes a la embajada americana -y que a lo largo de esta última década se empeñaron en profetizar toda clase de catástrofes en el terreno económico que, por otro lado, nunca ocurrieron- hoy integran “el flamante equipo” del actual candidato, Mauricio Macri, que no esboza públicamente (¿mera coincidencia?) su programa de gobierno.
Es fácil de advertir entonces, que el retorno del neoliberalismo esta en ciernes. Las similitudes con lo acaecido a principios de 1989 no dejan dudas al respecto. No solo por el mentado plantel de economistas y ex funcionarios neoliberales; sino por otros signos fáciles de descifrar, a saber: el apoyo absoluto de los medios de comunicación dominantes a la figura del candidato es un claro indicio de lo que estamos señalando, el respaldo incondicional de las grandes corporaciones nacionales e internacionales es a todas luces [una muestra de ello la tenemos en el recién designado ministro de agricultura de la Pcia. de Buenos Aires (ex gerente de Monsanto) o el coordinador del plan energético de Cambiemos (el ex CEO de Shell) ¿Acaso Menem no designó en un principio como ministro de economía a un gerente de una multinacional?] un augurio del porvenir. La visión mercantilista que el candidato deja traslucir cuando, olvidándose de los consejos de su inefable asesor -esto es, de mantener herméticamente cerrada su boca-, expresa sus auténticas opiniones. Entre ellas: “Hay un despilfarro en empresas tecnológicas que no hacen falta” en referencia al desarrollo impulsado en tecnología satelital (Arsat 1 y2). O cuando sostiene: “El problema no está en hacer más universidades. Que es esto de hacer universidades en todos lados. Obviamente, muchos más cargos para nombrar”. Como vemos, visualiza los avances tecnológicos y los que corresponden al plano educativo como un costo, y no como un beneficio para el país ¿Será por ello su magro presupuesto educacional en la Ciudad de Buenos Aires?
En fin, este es el panorama que se vislumbra en estos tiempos, esta es la Argentina que se viene; excepto que la ciudadanía el próximo 22 de noviembre decida lo contrario.
No soy de los que creen que “los pueblos nunca se equivocan”, la experiencia universal refuta afirmaciones tan categóricas. Es mucho más razonable, y conveniente por cierto, depositar el “don de la infalibilidad” en el escaparate de la metafísica. Pero sí estoy convencido que los factores comunicacionales (léase: “monopolios de la información”) tienen la capacidad de instigar a las personas a incurrir en el error. Y eso, en algún modo, es lo que viene sucediendo en la Argentina.
Un brillante filósofo del siglo XIX, Arthur Schopenhauer, demasiado pesimista para mi gusto, solía decir que “La historia es un carnaval, solo ocurre lo mismo con diferentes máscaras”.

Y puede que es ciertos aspectos así sea. El problema es que en nuestro país  la historia puede volver a repetirse, con el agravante de que aquí, los personajes ni siquiera necesitan cambiar de máscaras.     

martes, 27 de octubre de 2015

Lo que se define en el ballotage no da margen para la indiferencia.



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Suponer que estamos en condiciones de explicar el porqué del resultado de los comicios en Argentina sería un exceso de presuntuosidad de nuestra parte. En principio porque no hay un patrón común sobre el cual se fundamente el voto de cada ciudadano. Pues algunos lo hacen sobre criterios de racionalidad, otros sobre la base de la intuición, otros sobre impulsos sentimentales, otros en función de lo que determinan los medios hegemónicos, otros atendiendo a un conjunto de prejuicios (culturales, ideológicos, sociales e incluso raciales), algunos -como es lógico esperar- conforme a su interés personal; y otros a raíz de su pertenencia partidaria. Están obviamente aquellos que lo hacen posicionados desde su perspectiva individual y otros en función de lo que lo que conciben como conveniente para las mayorías o necesario para el país. De ahí que procurar efectuar una interpretación universal que nos lleve a encontrar la causa determinante del resultado de la elección es una pretensión que raya en lo quimérico.
Cierto es que en determinados momentos históricos pueden aparecer causas que induzcan a la ciudadanía a manifestarse en bloque y en forma homogénea en una contienda electoral. Pero esto generalmente suele suceder en situaciones de crisis económico-social sumamente graves; donde el anhelo de la población, por superarlas, se manifiesta de manera casi unánime. El mismo fenómeno puede producirse ante la presencia de un gran líder carismático  capaz de reunir un elevado número de voluntades detrás de su propuesta; si bien es cierto que ésta clase de liderazgos suelen aparecer en períodos similares; es decir, en aquellos signados por una profunda agonía social. No por casualidad la proliferación de estos liderazgos tuvo lugar en Latinoamérica después del “huracán neoliberal” que azotó a la región durante las décadas del 80 y de los 90.
Lo concreto es que un sector importante de la sociedad argentina,  estando lejos de esa situación y habiéndose recuperado significativamente de los devastadores vientos de aquel entonces; parece añorar -y así lo demuestran los resultados electorales- los catastróficos soplos huracanados. Resulta difícil comprender, más allá del desgaste típico que ocasiona el ejercicio del poder gubernamental, porqué la respuesta ciudadana orientó su voto hacia un candidato que no solo públicamente se jactó de calificar al ex presidente, Carlos Saúl Menem como “un gran estadista”; sino que cuenta en su equipo de economistas con los más rancios neoliberales que aplaudieron –y peor aún, ejecutaron- a rajatablas el endeudamiento sistemático iniciado por Martínez de Hoz y continuado por Domingo Felipe Cavallo.
No faltará alguno que apele al pueril, y mediocre argumento, de que el candidato del FPV incursionó en la política bajo “la bendición” del propio Menem. Hecho que no desconocemos, ni concebimos en él, la figura de un revolucionario. Pero más allá de ese antecedente, nadie en su sano juicio puede imaginar que un candidato que llega al poder de la mano del Kirchnerismo va a emprender un proceso desregulador y privatizador en la Argentina como sí lo propugna, si bien subrepticiamente, el candidato oficial del establishment: Mauricio Macri.
Tampoco es lo mismo un candidato que se comprometió de antemano a seguir fortaleciendo los vínculos regionales con nuestros hermanos del Mercosur; a otro que se encargó recurrentemente de asistir a la embajada americana para recibir consejos y solicitar que le pongan freno a las iniciativas del gobierno kirchnerista.  
Obviamente son muchas las diferencias políticas que existieron, al menos a lo largo de estos últimos años, entre estos dos candidatos. Uno se opuso a la estatización de YPF, de Aerolíneas Argentinas, de las AFJP, de la transmisión de “futbol para todos”, de la sanción de la ley de fertilización asistida, de la ley de matrimonio igualitario; por solo citar algunas. Mientras que el otro acompañó cada una de esas iniciativas. El primero se llama Mauricio Macri; y el segundo, Daniel Scioli. Uno de ellos será el futuro presidente de los argentinos; pues, resulta entonces razonable preguntarnos: ¿Dónde radica el peligro?  
En la figura de un candidato que aspira a despolitizar la sociedad argentina como aconteció en los años 90 y volver a la ola privatizadora, retrotrayéndonos, de ese modo, a la década neoliberal; o en la figura de Daniel Scioli que, sin ser un candidato que despierte demasiado entusiasmo, sabemos que no nos va a hacer retroceder del camino transitado.
Solo la necedad exacerbada puede conducirnos a dar un paso hacia al abismo; de ahí que sea preciso reflexionar al efecto.
No se trata de ampararnos en el futuro con la cómoda expresión de “yo no lo vote”. Al fin y al cabo; el no votar encierra una decisión y esa decisión no es neutra, contrariamente a lo que muchos suponen. El abstencionismo en el próximo ballotage es funcional a la derecha más recalcitrante que hay en el país y, más aún, termina siendo funcional a los dictados del imperio hegemónico en el plano internacional. Porque, entre otras cosas, la política exterior que asuma el gobierno argentino en los foros internacionales va a estar condicionada por la concepción política del futuro presidente. Ni hablar del rol que puede asumir Argentina en un contexto geopolítico internacional donde a todas luces se visualiza el fin de la hegemonía unilateral, con un candidato que cree que “aislarse del mundo” es no priorizar exclusivamente nuestra relación con EEUU.
Sin duda el factor principal del crecimiento del caudal electoral de Cambiemos (Macri) se debió indudablemente al papel desarrollado por la Corporación mediática (Clarín) qué, a través de sus canales de televisión, no solo se encargó de ocultar los centenares de procesos en que está sumergido el líder del PRO; sino que a su vez, se ocuparon de “ensuciar” a los candidatos del FPV con operaciones mediáticas falsas, de modo de desacreditar su imagen y ahuyentar a sus votantes. Basta comparar el tratamiento mediático que desplegaron recurrentemente sobre la persona del actual Vicepresidente de la Nación, Amado Boudou por dos (2) causas judiciales y la nula repercusión que, en esos mismos medios, tuvieron las más de doscientas (200) causas judiciales que pesan sobre las espaldas de Mauricio Macri.
Ahora bien, si con un gobierno adverso a sus intereses, la Corporación mediática pudo ignorar la ley de medios, “enchastrar” a todo aquel que se le oponía en su camino y manipular la información engañando dolosamente a la ciudadanía; es dable imaginarnos que será capaz de hacer si su candidato se sienta triunfante en “el sillón de Rivadavia”.
Como vemos el ballotage no da lugar a cavilaciones y mucho menos a abstenciones. Puede que algunos ciudadanos incurran en el error por desconocimiento y voten incluso en contra de sus auténticos intereses. Puede que algún asalariado vote a un candidato como Macrí, cuyos asesores reclaman la supresión de las paritarias, sin reparar en lo pernicioso que eso resultará para su bolsillo ; pero aquellos que conocemos el sesgo que ha de tener su gobierno, no podemos ser indiferentes a estas cuestiones. De ahí que el voto en blanco, en estas circunstancias, es una manifiesta agresión a la inteligencia.

Hace muchos años, con meridiana precisión, lo definía un destacado líder político argentino del siglo XX; con el que seguramente, de haber sido contemporáneos, hubiésemos tenido más de una discrepancia. No obstante, eso no es impedimento para reconocer su notoria inteligencia, la misma que le hizo decir: “Hombre que está pensando en poner un blanco sin definición en la urna no merece tener hijos. Porque está faltando al compromiso que tiene contraído con ellos”.      

martes, 20 de octubre de 2015

La Argentina que vendrá: ¿Requiere de ballotage?





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Analizar la campaña electoral a solo horas de las elecciones presidenciales es un ejercicio habitual para quienes estamos pendientes del futuro que se avecina en nuestro país. Por cierto, eso no significa que estemos en condiciones de predecir, con cierto grado de certeza, lo porvenir. Maravilloso sería contar con ese tipo de “dones”, pero ya sabemos que los humanos, en el mejor de los casos, solo podemos guiarnos por la razón qué, por otra parte, no siempre está en condiciones de efectuar un diagnóstico preciso. Sin embargo, tampoco es cuestión de menoscabar el ejercicio reflexivo como método eficaz para llevar destellos de luz ante la oscuridad que suele envolver al incierto futuro.
Evidentemente, un atisbo de lo que podrá suceder nos lo brinda, en ciertos aspectos, la trayectoria de los candidatos, sus propuestas -cuando las hay obviamente-, los pensamientos esbozados o materializados durante su condición de funcionarios y sus conductas en relación con lo público. Es precisamente en base a estas condiciones que resulta casi incomprensible que los ciudadanos de la Ciudad de Buenos Aires hayan erigido, a lo largo de estos últimos años, como  líder político a, nada menos que, Mauricio Macri. Hecho que por cierto ha posibilitado que hoy aspire a ocupar el cargo de presidente de la república. No obstante, esas son las reglas de la democracia y todos, sin excepción, debemos someternos a sus dictados, más allá de nuestras simpatías o atributos que supongamos deba poseer quien aspire a semejante función.  
Lo concreto es que, aun soslayando los más de 200 procesamientos judiciales que pesan sobre el mentado Jefe de Gobierno, las notorias sub-ejecuciones presupuestarias que caracterizan a toda su gestión, los magros presupuestos destinados a áreas claves como salud y educación, su reiterada negativa a urbanizar los barrios más precarios de la capital, su política de endeudamiento sistemático, su marcada predisposición al autoritarismo evidenciado a través de los más de un centenar de vetos a las leyes sancionadas por el Parlamento de la Ciudad; sin mencionar el desconocimiento absoluto que manifiesta no ya por el saber político; sino por interiorizarse de lo que acontece en la misma ciudad en que gobierna, causa prima facie un justificado escozor el mero hecho de considerar que estamos hablando de uno de los potenciales presidenciables en la Argentina.
Ahora bien, se podría sostener que es el candidato más representativo de la derecha y por ello lo votan, y sin duda que esto es así. Lo que de todas maneras deja traslucir el grado de decadencia y de mediocridad en que ha caído el conservadurismo político argentino que si bien, siempre supo estar en las antípodas de las necesidades populares, ha tenido otrora dirigentes muchos más hábiles y capaces -obviamente, dentro del marco de su ideario-  de exteriorizar algunas propuestas.
Por suerte, y esperemos que así sea, el porcentaje de votos que podría llegar a obtener, conforme a las encuestas que circulan en la actualidad, resulta insuficiente para que acceda a la “Casa Rosada”; sin embargo el número que se estipula (alrededor del 29%) es demasiado abultado en relación con la “aptitud” y los procesamientos judiciales que recaen sobre la cabeza del candidato. Es verdad que los medios de comunicación dominantes han sabido blindar la figura de Macri para que no decayeran sus posibilidades (ver: nota. Macri su pacto con los medios y las intencionalidades de la oposición. 15/05/2013)); sin embargo, y deducidos aquellos que sufragan con “conciencia de clase”, el porcentaje de sus posibles votantes está indicando que no son pocos los incautos que elegirían al líder del Pro como futuro presidente. Y es ahí, donde se observa cierto déficit en la conciencia ciudadana que no debería traducirse en elegir a tal o cual candidato, sino en emitir un voto que se corresponda con determinados valores: democráticos, sociales, políticos, morales y lo más lógico aun, con sus intereses. Sin embargo, resulta extraño y poco estimulante en realidad, observar como algunos ciudadanos votan a sus representantes prescindiendo de estas consideraciones y luego ni siquiera se interiorizan de cómo llevaron a cabo la función por la cual ellos lo han elegido.
Una muestra de lo que estamos diciendo aconteció en el año 2009 cuando en las elecciones legislativas Francisco De Narváez  derrotó a Néstor Kirchner por una diferencia de dos puntos y posteriormente, una vez consagrado diputado nacional, solo asistió a poco más del 40% de las sesiones. La misma situación se repitió con uno de los actuales presidenciables, nos referimos a Sergio Massa. Calificado por los medios como el gran ganador de las elecciones del año 2013 y una vez electo se encargó de brindar sólidos ejemplos de cómo no concurrir a las sesiones y, no obstante, cobrar la dieta. Lo tragicómico es que ahora en uno de sus spots de campaña se lo escucha decir: “vamos a terminar con los vagos”. Sería más decoroso que primero asista a las sesiones y a trabajar en las comisiones de la Cámara de diputados para, entonces sí, gozar de un mínimo de autoridad moral para realizar esta clase de afirmaciones. Claro que mucho más preocupante es su otro spot de campaña donde al mejor estilo de estrella hollywoodense nos anuncia su declaración de guerra al narcotráfico.
Sin duda las guerras no son el mejor remedio para poner fin a los flagelos y mucho menos cuando el supuesto enemigo no se encuentra específicamente visibilizado. Así nos anticipa que recurrirá a las fuerzas armadas (cosa prohibida por nuestra legislación)  en su propósito de combatir a un presunto enemigo no identificado (esto es, invisible). Colocando, de esa manera, bajo sospecha a todos los habitantes; pues, un enemigo sin rostro puede adoptar el de cualquiera de los transeúntes y dar lugar, de esa forma, a un estado pre-militarizado. Lo que puede derivar en situaciones catastróficas para el país y para la paz de la república. Los ejemplos de México y Colombia son harto suficientes para no intentar emularlos. Sin embargo, con un mero propósito electoralista, y sin reparar en las consecuencias, se agita la consigna de “la mano dura” que ha demostrado ser un categórico fracaso en donde se implementó. Dejando tras de sí un tendal de víctimas y heridos, la ruptura de la cohesión social, el desmembramiento de parcelas de territorios nacionales, el auge de la corrupción y todo ello sin lograr debilitar en lo más mínimo las estructuras delictivas que, por el contrario, incrementaron la rentabilidad de sus negocios.
No es, obviamente, la primera oportunidad en que el candidato en cuestión hace gala de “la política del garrote”; ya en materia de legislación penal realizó una cruzada a favor del aumento de las penas. A pesar que desde el siglo XVIII y gracias a Cesare Beccaria sabemos que la prevención de los delitos no reposa en la severidad de las penas, sino en la certeza e inmediatez con que se actúe y se impongan las mismas. Y esto depende no de la pena en sí; sino de las instituciones que deben velar por la seguridad de las personas (Policías) como de la celeridad de los órganos judiciales al momento de impartir justicia. La ilusoria creencia de que aumentando las penas se terminan los delitos es un fiel reflejo del pensamiento mágico; pensamiento que por otra parte trae como corolario la implementación de políticas erróneas que terminan agravando el estado de cosas dado.
Hasta aquí dos de los candidatos que pugnan por entrar al ballotage; el tercero en cuestión y que encabeza las encuestas, es el candidato del FPV, Daniel Scioli. Poco se puede hablar de lo que hará Scioli de llegar a la presidencia, es cierto que su gestión como gobernador está lejos de ser calificada como brillante. No obstante, todo indica que seguirá los pasos trazados durante estos años por el Frente para la Victoria.
Sin embargo, tiene una ventaja superlativa respecto a los otros candidatos y es que al tratarse del candidato oficial, juega en su beneficio los significativos logros que el kirchnerismo realizó a lo largo de todos estos años. Por ende, más allá de las legítimas dudas que uno puede depositar sobre la figura de Daniel Scioli; no es menos cierto que un voto de apoyo a su candidatura representa esencialmente la aprobación, en términos generales, de lo ejecutado por “el peronismo del siglo XXI”, como gusta llamar Aníbal Fernández a la gestión kirchnerista.
Sin duda que no se trata de un apoyo incondicional, al fin y al cabo “la legitimidad de origen”, no trae necesariamente aparejada la “legitimidad de ejercicio”. Ésta se logra con políticas que satisfagan las necesidades populares, con la defensa de los intereses nacionales, con el fortalecimiento del Mercosur y Unasur herramientas éstas indispensables para proteger los intereses de la región y concomitantemente los intereses de nuestro país. Sintetizando: la legitimidad se obtiene con el respaldo popular; respaldo que, por otra parte, el kirchnerismo supo ganarse durante el ejercicio de sus mandatos.
Así llegamos al 25 de octubre. Las posibilidades están a la vista, el pueblo ha de decidir quién rige los destinos de la Argentina en estos próximos 4 años. Y nada menos que este domingo se develará la incógnita.
   

jueves, 8 de octubre de 2015

Sensaciones infrecuentes a escasos días de la elección presidencial.


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Extraña sensación se vive en la Argentina preelectoral, a diferencia de otras elecciones el clima imperante revela cierta atmosfera de indiferencia que contrasta obviamente con el entusiasmo que supo despertar, por ejemplo, la última elección presidencial. Tal vez, la medianía de los candidatos, que no despiertan demasiado entusiasmo en buena parte de los votantes, sea el leitmotiv de tamaña apatía ciudadana. Por cierto, el cuadro se agrava aún más si tenemos en cuenta la desconfianza que pesa sobre los medios masivos de comunicación que a lo largo de estos últimos años se han especializado en destruir todo vestigio de veracidad en lo que a información política se refiere. Circunstancia nada desdeñable si reparamos en la impostura que ha caracterizado al periodismo de esta última década (especialmente, el perteneciente a los medios hegemónicos) y que tiene como correlato el desinterés ciudadano por los denominados programas políticos.
 A tal punto llegó la desnaturalización de la información y el ocultamiento de lo que acontece en materia de políticas de estado que la presidenta de la república se vio obligada a recurrir a las apariciones por cadena nacional y, de ese modo, anoticiar todas y cada una de las actividades desarrolladas por su gobierno.
Ha sido tan extremo el ocultamiento de la información que hasta los avances científicos y tecnológicos  más destacados de la historia de nuestro país –como por ejemplo: el lanzamiento del Arsat 1 y Arsat 2- pasaron inadvertidos por las pantallas de la televisión privada. Hecho éste que pone de manifiesto el nivel de desinformación ciudadana que propician los grandes medios de televisión.  
Sin duda esto no es una novedad, pues, la desinformación conlleva, entre otras cosas, inexorablemente a disminuir los niveles de politización social. Y la ausencia de una sociedad politizada siempre ha sido el mejor presupuesto para garantizar el dominio de unos pocos.
Una de las grandes virtudes desplegadas por Néstor Kirchner primero y por Cristina Fernández después, ha sido no descuidar los niveles de politización social; de haberlo hecho no solo gran parte de sus logros hubiesen quedado a mitad de camino; sino que los medios hegemónicos -conjuntamente con el resto del establishment- se hubieren fagocitado todas sus iniciativas.
No es un dato menor recordar que Néstor Kirchner llega a la presidencia con el 22,24% de los votos en el año 2003; ni tampoco lo es el rememorar que Cristina Fernández en el año 2011 obtuvo el 54,11% de los votos. Allí se ve claramente como el proceso de politización social fue in crescendo merced a estos dos políticos notables que, paulatinamente, fueron despertando en la conciencia ciudadana la idea de que la política es la única herramienta que el pueblo tiene a su alcance para transformar la realidad.
Y en ello, un papel preponderante jugó el discurso confrontativo que supo mantener el gobierno  con los dueños del poder real -lo que no significa haber ganado la pulseada ni mucho menos- empeñados  en obstaculizar e impedir cualquier tipo de transformación que implique una mejora para los sectores populares.
Se podrá discutir si se hubiese podido avanzar más o menos, pero lo cierto es que se avanzó en muchos aspectos. Y uno de los campos donde más se percibe ese avance es en el plano cultural; quien suponga que la cultura política argentina es la misma que la que existía previamente a la llegada de los Kirchner al poder o está faltando a la verdad en forma deliberada o esta obnubilado por una concepción dogmática.
Todos sabemos que, en la vida de los pueblos, los procesos históricos no son lineales, hay marchas y contramarchas, avances y retrocesos; y los efectos que se desencadenan en determinado momento histórico no mueren ni súbita, ni instantáneamente. Por el contrario, se prolongan en el tiempo y en ocasiones dan lugar a la configuración de un nuevo momento histórico que en apariencia no guarda relación alguna con el período en que se produjeron aquellos efectos. Para ser más explícito: Cualquiera que intente comprender el porqué del reinado del neoliberalismo en la década de los 90, si bien no puede prescindir de los factores internacionales y locales que se desencadenaron en los años 80; mucho menos puede soslayar la existencia, a partir de marzo de 1976, del denominado “Proceso de Reorganización Nacional” que no solo instauró el terror y la desaparición en la Argentina, sino que “inoculó”, en buena parte de “la conciencia colectiva”, los principios del neoliberalismo económico que posibilitaron la disolución del Estado y la destrucción de la economía nacional.
Por suerte los tiempos fueron cambiando y precisamente el kirchnerismo fue quien se encargó de demostrar, contrariamente a lo que pregonaban e inculcaban -si bien lo siguen haciendo- los medios de comunicación “independientes” y el staff permanente de economistas del establishment, que la construcción de otro modelo económico-social era posible.
Así surgió la reivindicación de la política y con ello el despertar de la sociedad. Actualmente, estamos transitando los últimos días de gobierno del denominado “período K”; en este caso de la primer presidente mujer que tuvo nuestra república. Y hasta el más acérrimo adversario -por no decir enemigo, que los hay y en abundancia- debe reconocer que fue el ejercicio presidencial al que más obstáculos y trabas le colocaron tanto los factores de poder como los medios de comunicación nacional e internacional. Abundaron los intentos desestabilizadores, las operaciones de descrédito y aún hoy prosiguen, ininterrumpidamente, las campañas difamatorias. Sin embargo, la Presidente, Cristina Fernández de Hirchner, culmina su mandato con el mayor consenso popular desde el regreso de la democracia en nuestro país. Sin duda se va a extrañar su presencia en la Casa Rosada, sin duda vamos a extrañar su discurso contestatario en los foros internacionales, hasta las cadenas nacionales -una de las pocas fuentes de información fidedignas- vamos a echar de menos.
Y a propósito de “cadenas nacionales” un párrafo aparte merece el Ing. Mauricio Macri quien recientemente sostuvo que de llegar a la presidencia  “vamos a terminar con las cadenas nacionales para que las señoras puedan ver tranquilas las telenovelas”. Más allá de lo desatinado de la expresión que revela una desvalorización absoluta de la conciencia femenina; su propuesta demuestra hasta qué punto el líder del Pro reivindica la despolitización de la sociedad.
Lo cierto es que se acerca la culminación del mandato presidencial y, a fuerza de ser honestos, ninguno de los eventuales presidenciables -incluido el candidato oficial- alcanza la estatura política de esta mujer que, con más aciertos que errores, supo ser un adiestrado piloto de tormentas para conducir la nave del Estado.

Sabemos que, a diferencia de lo que profesaba Fukuyama, la historia no se detiene y tampoco podemos predecir el curso de sus movimientos. No obstante, si podemos estar seguros que dar marcha atrás no va a ser sencillo para el que llegue a ocupar el Sillón de Rivadavia, y eso, mal que les pese a los encarnizados opositores, se lo debemos a “los K”. De ahí que, quienes ponderamos este momento histórico, también experimentemos esa sensación extraña.