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domingo, 5 de mayo de 2013

La Argentina: ¿Adolescente y temerosa?






 







No son pocas las ocasiones en que los padres reprochamos a nuestros hijos - durante su etapa de adolescentes- de su escaso reconocimiento por el esfuerzo que desplegamos. Tal es así que, en más de una oportunidad, solemos puntualizar a través del diálogo con ellos, cada una de las circunstancias en que tuvo lugar la materialización de ese esfuerzo.
Por cierto, para ello apelamos a la memoria, con el afán de resaltar acontecimientos del pasado que, en principio, parecen “borrados” de la mente de nuestros hijos. 
“El adolescente gusta saciar su sed en el Leteo”, solía decir mi padre, en referencia a aquél río del Hades donde bastaba beber su agua para olvidarlo todo.  
Se podrá decir que es una característica propia de esa etapa y que armoniza con estos tiempos en que el “Yo” ha alcanzado proporciones cuasi gigantescas. Sin embargo, tampoco es cuestión de realizar una generalización absoluta; de lo contrario, estaríamos cayendo en una visión simplificadora de la realidad incapaz de proporcionarnos una percepción “exacta” del mundo adolescente.
Lo concreto es que, sea para demandar “mayores esfuerzos” de nuestra parte o para concentrar “mayor atención” sobre su persona, la ponderación histórica no es la cualidad más sobresaliente en ese período del desarrollo humano. Y, por cierto, eso no debe (o no debería en algunos casos) interferir en la relación con nuestros hijos, ni siquiera representa un mal grave con consecuencias imprevisibles.
Ahora bien, distinto es el caso cuando quien no pondera la historia ya no es una persona individual en determinado período de su desarrollo, sino una franja importante de la sociedad. 
Aquí sí las consecuencias de “beber en el Leteo” pueden ocasionar gravísimos trastornos para el presente y el futuro de todos los miembros de una comunidad.
Por eso es preocupante observar que aquellos protagonistas de un pasado reciente vuelvan al escenario mediático a predicar fórmulas mágicas, que terminaron sumiendo al país en una situación de caos económico y de empobrecimiento absoluto de vastas franjas de nuestra población, con la deliberada intención de captar la adhesión de quienes ignoran la historia.
Hoy contemplamos cómo economistas, como Federico Sturzenegger  (otrora Secretario de Política Económica durante el 2001), salen a manifestar que de ser gobierno devaluarían el peso en un 40% respecto del dólar. Esto traducido en términos vulgares significa, lisa y llanamente, no solo que el poder adquisitivo de la población salarial se reduciría en un 40%, logrando una contracción de la demanda en el mercado interno y posibilitando que los grandes concentradores de la oferta trasladen la devaluación a los precios; sino que a su vez, se acentuaría una profunda recesión que paralizaría la economía nacional y beneficiaría únicamente a los sectores exportadores.  
No es fruto del azar que quien promoviera en los años 90 la privatización del Banco Nación hoy sugiera, inescrupulosamente, este tipo de medidas en un contexto donde el dólar marginal genera temerosas expectativas y donde -como diría Alfredo Zaiat, la “doctrina Sanz”, aquella que anhela que al gobierno le vaya mal, es reivindicada por casi la totalidad de los neoliberales- agitar estos fantasmas favorece a quienes aspiran a materializar una devaluación oficial del peso. 
Nadie ignora las dificultades y el trauma que acarrea el dólar en la economía argentina; solo basta que unos pocos interesados agiten la presencia del “fantasma” para que la totalidad de la población entre en pánico. Aun aquellos pobladores que jamás han poseído un dólar en su billetera. 
Lo cierto es que, el mercado informal del dólar representa fácticamente apenas entre el 3 y el 4% del volumen de divisas que se manejan en nuestra economía; sin embargo, el efecto especulativo es extremadamente mayor. Máxime cuando diariamente nos bombardean, a través de los medios, con la situación del “dólar blue o marginal”; algo similar a lo que paso con otra categoría de espectros, como lo fueron el “riesgo país” o “las necesidades del ajuste” en la década del 90.
Curiosamente, también en estos días apareció otro de “los grandes protagonistas”  de la historia económica de nuestro país que, con su desvergüenza habitual, salió a explicar cuáles deben ser las medidas que se deben instrumentar en la Argentina. 
Nos referimos a Domingo Felipe Cavallo, que con su rosario de recetas atemporales (ya que siempre son las mismas) nos dice que lo que hay que hacer es: achicar el gasto público, establecer un nuevo sistema (regresivo obviamente) en materia de impuestos y acudir al endeudamiento externo por medio de los organismos de crédito internacionales.
¡¡Fabulosas apariciones acompañan al fantasma!!
Al parecer la corrida cambiaria -que suele azotar reiteradamente al gobierno de Cristina Fernández-  tiene sólidos promotores que, a modo encubierto, no claudican en su intencionalidad; su objetivo es subordinar el poder político al poder económico.
No es un acontecimiento nuevo, históricamente lo vienen haciendo, recordemos que le sucedió al gobierno de Alfonsín. No hablemos de Menem que, a priori, ya estaba absolutamente subordinado. Las corridas siempre tienen por propósito debilitar a los gobiernos de turno y, ineludiblemente, desviar ganancias hacia los poderes concentrados. No obstante, el problema se agudiza, con mayor intensidad, cuando nuestra población adulta es incapaz de recordar los nefastos antecedentes que determinados personajes dejaron sentados en el pasado.
Claro que no hubiera sido tan fácil ocultar el pasado sin la complicidad de los medios hegemónicos.
Por ejemplo, no sería tan sencillo para Cavallo sugerir el endeudamiento externo si, esos mismos medios, hubieren explicado lo desastroso que significó para el país y sus habitantes la suscripción -solo por citar uno de sus tantos "aportes"- del denominado “Plan Brady” en su momento. Sin embargo, hoy aparece nuevamente brindando consejos al igual que los tradicionales "economistas del establishment" (Prat Gay, Redrado, Broda, Melconian, etc.) que jamás aciertan una de sus profecías; pero eso los tiene muy sin cuidado ya que su función no es acertar, sino simplemente alarmar a la población para provecho de unos pocos.
Desde luego que la mejor manera de “salvaguardar” a estos hombres para recurrir a ellos en otra ocasión, es ocultando lo que hicieron en el pasado. Y en eso, hay que reconocer que, nuestros medios dominantes, son auténticos especialistas.
De ahí que sea necesario reforzar la memoria, no solo para comportarnos como “adultos”; sino para disipar definitivamente los miedos que, en forma deliberada, otros construyen artificiosamente.

martes, 30 de abril de 2013

¿Que se esconde detrás del republicanismo opositor?






 




Hace mucho tiempo que venimos escuchando, muy especialmente a partir del corrimiento del velo que cubría los intereses “ocultos” de los medios hegemónicos de comunicación, que la población argentina se encuentra dividida en dos posturas antagónicas. No comparto semejante postura, pero apelemos a las simplificaciones con las que suelen deleitarse ciertos periodistas "No K" -rótulo que traducido fácticamente equivale a decir: anti K- y aceptemos por un momento esa separación.
 Por un lado, estamos los que acompañamos (con mayor o menor postura crítica) el proyecto de país impulsado por Néstor Kirchner en el año 2003 y continuado por la actual Presidente de los argentinos, la Sra. Cristina Fernández de Kirchner.
Y por el otro, los que dicen expresar “un modelo de país distinto” bajo el ropaje de un republicanismo tan multifacético que uno no termina de percibir su verdadero rostro.  
De la concepción política de lo que se ha dado en llamar “el kirchnerismo” no es necesario  indagar; pues, ya se han dado sobradas muestras durante estos últimos años (y es precisamente por eso que lo apoyamos) respecto de cuál es el modelo de país que, con aciertos y desaciertos, pretende configurar.
En cambio, resulta imprescindible observar el comportamiento político de quienes subidos al impoluto Carruaje Republicano expresan y ejecutan, tanto desde la función pública como en su proceder diario, esa concepción que dicen abrazar.
Si hay algo que debe caracterizar a quien se digne de ser un espíritu auténticamente republicano es, entre otras cosas, la reivindicación y protección de la libertad –en el marco de los derechos personales-, el respeto a la ley, y el pleno reconocimiento de que el fundamento del poder político reside en la voluntad soberana del pueblo.  
Recientemente, uno de los más “ilustres” miembros de esta cofradía, tan particular, de republicanos, el Sr. Mauricio Macri, ha dejado en evidencia el grado de desconexión que existe entre lo que profesa ante las cámaras de TV y lo que ejecuta en su carácter de Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
La violenta represión desatada, mediante un procedimiento ilegal, en el Hospital Borda sobre un conjunto de trabajadores de la salud, enfermos y ciudadanos indefensos que procuraban evitar la destrucción del Taller de Oficios para los internos, es una muestra fehaciente de que ideología se encubre detrás de la máscara republicana.
Los presuntos republicanos ignoraron la medida cautelar dispuesta por la justicia que paralizaba el derrumbe de los mencionados talleres y destrozaron los mismos mediante el uso de la fuerza.
Notorio contraste con el “abuso de poder” de la Presidenta Cristina Fernández, que debe soportar hace años, y estoicamente, la vigencia de una medida cautelar sancionada por una Cámara Civil sobre la cual recaen serias sospechas de parcialidad.
Mientras la “dictadura” kirchnerista  agota todas y cada una de las instancias judiciales a los efectos de poder poner en vigor una ley sancionada por el Congreso de la Nación; los “conspicuos hombres republicanos” ignoran la justicia y balean a quienes invocan derechos que se oponen a sus intenciones.

 No faltara algún incauto que manifieste que este acto “aislado” no empaña la vocación republicana de Macri; frente a ello sería bueno recordar otra serie de "hechos aislados", tales como: la represión desatada en el Indoamericano, la feroz agresión a los vecinos de Parque Centenario que se oponían al enrejado; sin olvidarnos la tristemente prestigiosa UCEP (Unidad de Control de Espacios Públicos) destinada a “limpiar las plazas de personas sin techo”. Limpieza hecha a base del garrote, obviamente.
Pero eso sí, medidas éstas adoptadas con fervoroso ánimo republicano.
Claro que como bien lo expresaban los antiguos griegos: “Pájaros del mismo plumaje gustan estar juntos”. Así observamos que, con diferencias de formas, los republicanos tienen siempre el mismo propósito: oponerse a toda propuesta kirchnerista.
En ese terreno se sitúa tanto Elisa Carrió equiparando a una presidenta constitucional con un dictador y denunciando “pactos espúreos” absolutamente inexistentes, pero que los medios se encargan de sobredimensionar para que parezcan reales; como  el senador Sanz, cuando exteriorizando sus deseos públicamente se atreve a expresar: “Ojalá que al gobierno le vaya mal porque si la economía mejora un poco ¿Qué pasaría en las elecciones?”.
Esto es lo mismo que decirle al comerciante: “Ojalá tus ventas caigan así me votas” o al trabajador: “Ojalá te reduzcan el salario así me das tu voto”. Más lógico sería que ofrezca una propuesta (cosa que, conforme a los hechos, no entusiasma al arco opositor) que fundamente porqué deberían votarlo.
El único problema es que el “amigo” Sanz ya sentó varios precedentes junto a sus correligionarios en el 2001; si bien es cierto que al parecer algunos ciudadanos se olvidan de aquél significativo aporte realizado por estos hombres y reconozcamos algunas mujeres (Bullrich, entre otras) también.
En verdad, a uno no le causa placer estar mencionando las actitudes abyectas y mediocres de la oposición; pero es inevitable no destacarlas porque a diario las ponen de manifiesto. Y, bajo el amparo de los medios hegemónicos, se divulgan a los efectos de generar miedo y rechazo en una franja de la ciudadanía que, lamentablemente, está cooptada por la comunicación mediática.
No le temen, concretamente,  a que el kirchnerismo se apropie del poder absoluto, porque son plenamente conscientes de que este gobierno no persigue eso en lo más mínimo. Solo le temen a que la ciudadanía despierte del “eterno sueño colonizante”; ese que impide contemplar y comprender la realidad de un país desde la perspectiva de los intereses nacionales.

Es paradójico esto de los “opositores republicanos”, en vez de querer ampliar los derechos de la ciudadanía procuran obstaculizar todo intento de ampliación; en vez de respetar la dignidad humana se encargan de reprimir a quienes se manifiestan, en vez de reconocer que la soberanía radica en el pueblo tratan de “deslegitimar” a un gobierno elegido por la mayoría popular; en vez de defender los derechos de la ciudadanía defienden los derechos de las corporaciones.
Por suerte, cuando uno estudia los principios del republicanismo no lo hace mirando el comportamiento de los supuestos “republicanos argentinos”; sino, que mal parada quedaría la República.

lunes, 22 de abril de 2013

Los cultores del desierto





 





“El desierto avanza” decía un brillante pensador  alemán y con ello expresaba, metafóricamente, el avance de la mediocridad. Sin duda, si el filósofo en cuestión -muy controvertido por cierto, al menos en el terreno de su ideario político- hubiere conocido a buena parte de la dirigencia opositora local, tal vez hubiese afirmado categóricamente que el desierto se expandió más allá de los límites imaginables.
Por suerte, el denominado “loco de Turín” no alcanzó a conocer la realidad política argentina de lo que va del siglo XXI, porque, sin lugar a dudas, hubiere reafirmado con mayor énfasis su expresión metafórica. Si bien es dable reconocer que la misma estaba circunscripta, en virtud del etnocentrismo reinante en el siglo XIX, al espacio geográfico europeo.  
Pero como podemos apreciar la mediocridad no es privativa de continente alguno, sino que es capaz de aparecer en cualquier rincón del planeta diseminando sus nocivos efectos sobre las mentes de un sector de la población que, lamentablemente, no se detiene a analizar los hechos y, en el caso argentino, los hueros discursos de una dirigencia decadente.
Un claro ejemplo de lo que estamos manifestando es la reacción opositora a la tenue “Reforma del  Poder Judicial”
Los dirigentes de la oposición -al igual que los medios de comunicación- al unísono nos hablan de que es una propuesta destinada a cercenar la independencia de los jueces en beneficio de ampliar las atribuciones del poder ejecutivo.
Argumento absolutamente falaz que no resiste el menor análisis; y que solo puede resultar “convincente” en aquellos ciudadanos que no se detienen a auscultar medianamente la propuesta. Por el contrario, para nuestro gusto se trata de una iniciativa relativamente moderada en la que se podía haber profundizado un poco más. Sin embargo, la mediocridad opositora se encarga de sobredimensionarla:
¿Acaso la propuesta de obligatoriedad de hacer pública, y el libre acceso por internet, la declaración patrimonial de los funcionarios judiciales es avanzar sobre sus atribuciones?
¿Puede alguien argüir que la creación de tres nuevas Cámaras de Casación es un mecanismo para mutilar la independencia del poder judicial? A sabiendas de las inconmensurables demoras existentes en materia de resolución de causas.
¿El hecho de querer establecer un Consejo de la Magistratura interdisciplinario (académicos, científicos, ciudadanos) y, no exclusivo de los versados en derecho, no puede ayudar a tener una visión más abarcativa de la realidad?
Es paradójico, años atrás los medios de comunicación se encargaban de incriminar a la “Justicia” de permanecer ajena a los reclamos sociales en cuestiones de seguridad. Ahora, cuando se quiere establecer una “tibia” reforma para obtener un moderado avance en el desarrollo de las causas judiciales, nos salen a decir -conjuntamente con el coro de opositores- que se está avasallando la independencia del Poder Judicial.
La actitud de los medios hegemónicos (Clarín y Nación) es entendible en función de sus intereses, al menos en el marco de su manifiesta oposición a la estipulación de plazos de duración de las medidas cautelares. 
No olvidemos que -cautelares mediante- uno (Grupo Clarín) viene obstaculizando indefinidamente la aplicación de la ley de medios que produciría un quiebre de su poder monopólico; y el otro (Grupo Nación) viene prolongando la vigencia de una medida de este tenor que lo protege de hacer efectiva una deuda que tiene con el fisco de 28 millones de pesos.
Lo que no resulta entendible -excepto que sean meros subordinados de los grupos de comunicación referidos- es la actitud de los dirigentes de la oposición que se podrían haber prestado a incentivar el debate, enriquecer las modificaciones y tornarlo una auténtica reforma con miras al mejoramiento del funcionamiento del poder judicial.
Es una lástima no contar con opositores de talla; de esa manera, se hubiere podido discutir y promover  la extensión de la oralidad a todos los procedimientos, ampliar los mecanismos de acceso a la justicia, la regulación de los jueces subrogantes, la posibilidad de discutir el juicio por jurados, etc., etc., etc.
Pero como bien señala el refrán, no se le pueden pedir peras al olmo.
A esta altura de los acontecimientos, y más allá de los intereses para quienes trabajen los mentados opositores (sin lugar a dudas, con actitudes semejantes nos llevan a concluir que no tienen interés en representar al pueblo; sino confundirlo), solo podemos “justificar” su accionar como portavoces del desierto.
En última instancia, están procurando que la “Corporación Judicial” se regule a sí misma; lo que es verdaderamente un contrasentido, pretender que los propios jueces "dicten sus normas" para su propio control. 
Resulta ahora que el Poder Legislativo no puede, ni debe, sancionar leyes que regulen y determinen el funcionamiento de la Justicia.
Eso es un verdadero disparate en el marco de un sistema republicano; ya que no es otra cosa que cercenar los atributos de uno de los poderes constitucionales.
Y como añadidura los presuntos republicanos (específicamente, la diputada Carrió, Bullrich, el diputado Amadeo, con el apoyo de Macri, Moyano, Piumato, entre otros) convocan a una marcha “popular” para rodear el Congreso y evitar la aprobación de un proyecto de ley que es, como lo establece nuestra Carta Magna, prerrogativa inherente al parlamento. 
La verdad que, en las páginas de la historia argentina, estos personajes dejarán una triste impronta de su paso por la función pública. No obstante, lo más lamentable es que todavía hay pocos ciudadanos, pero ciudadanos al fin, que siguen creyendo en “la vocación republicana” de estos cultores del desierto cuya verdadera intención es obstaculizar toda tentativa de racionalidad política.

domingo, 14 de abril de 2013

Paradigmas, Carrió y enlaces "non sanctos".




 






La predisposición a universalizar su teoría ha sido la ambición de todo teórico; en ese contexto, el autor de una tesis despliega todo su esfuerzo a los efectos de no presentar fisuras en la estructura argumental de su obra. Ahora bien, si partimos del presupuesto de que la realidad es extremadamente compleja y, por ende, la mente humana no está en condiciones de captarla en su totalidad; es lógico concluir que teoría y realidad jamás podrán superponerse simétricamente.
Sin embargo, los paradigmas teóricos -especialmente aquellos que responden a las denominadas ciencias sociales-, en mayor o menor grado, siempre han contado con una faceta cautivadora que permitió, a lo largo de los tiempos, la conquista de adeptos que (ignorando las limitaciones de toda teoría) se lanzaban “a las calles” a propagar  la teoría de referencia como si, la misma, encerrara en sí el germen de la verdad.  
Seria extenso -y, obviamente, excede nuestro conocimiento- pretender analizar cuantos paradigmas cobraron existencia con el propósito de legitimar situaciones de hecho preexistentes (como, por ej., la teoría de la esclavitud en la antigüedad) y cuantos fueron ganando terreno, por motu proprio, en el campo de las ideas hasta ser aceptados por la mayoría de los miembros de una comunidad en un momento histórico determinado.
 No obstante, lo que sí podemos mencionar es que la historia de la humanidad nos provee de un sinnúmero de “teorías” (esclavistas, racistas, religiosas, de inferioridad de la mujer, maniqueístas, lombrosianas, del derecho divino, e incluso económicas como la neoliberal,  etc., etc.) que hegemonizaron el pensamiento de una época, algunas de ellas causando grandes catástrofes en vidas humanas, y que fueron dejando su impronta de generación en generación perdurando aun, hoy en día, a través de muchos prejuicios sociales.
Hoy somos conscientes que “la verdad” es una construcción humana y como toda obra del hombre está sujeta a las variaciones del tiempo y del espacio. Pues, nadie en su sano juicio podría aseverar, por ejemplo, que la verdad del mundo medieval es exactamente la misma que la verdad del mundo contemporáneo. Con esto no queremos minimizar las injusticias y atrocidades cometidas bajo el amparo de “la verdad”  en el mundo del Medioevo, ni tampoco las que se cometen en el mundo actual. Simplemente, intentamos decir que la verdad (como ya lo han expresado una pluralidad de pensadores a lo largo de los tiempos) es una construcción cultural que, instalada en un determinado momento histórico, responde a las necesidades de los grupos dominantes existentes en cada una de las sociedades.
Se podrá decir que ante el fenómeno globalizador las sociedades dominantes imponen “paradigmas universales” a las sociedades subalternas, y por cierto que es así; solo que para ello deben contar con la colaboración de los grupos de poder dominantes arraigados en cada lugar. Lo que acontece actualmente en los países periféricos de Europa es una clara muestra de lo que estamos manifestando; al igual de lo que aconteció en la Argentina durante el reinado en la era neoliberal.  
 Sin embargo, es muy común que cuando se habla de la verdad il uomo qualunque  no acostumbre a referenciar ésta con las relaciones de poder existentes en el seno de una sociedad determinada. Si, por el contrario, el hombre común tuviese en cuenta esa faceta de la realidad; muchas de las “verdades” que hoy se profesan se desvanecerían en el aire casi instantáneamente.
Tampoco debemos olvidar que el lenguaje no es neutral, en consecuencia, condiciona la manera de interpretar la realidad.
No es fruto de la casualidad que los medios de comunicación incidan tanto sobre la percepción de la realidad en buena parte de la población; después de todo, diariamente, acceden a nuestros hogares predicando su palabra a cada uno de los oyentes y/o televidentes en forma ininterrumpida. Son verdaderamente sorprendentes las diferencias que uno observa al dialogar con un hombre influenciado culturalmente por su afición a la TV y con quien no se encuentra bajo su influjo.
Por ejemplo, es digno de observarse como en los últimos tiempos (y, fundamentalmente, a raíz de la sanción de la ley de medios de comunicación audiovisual) los canales de la TV privada se han empeñado en descalificar al gobierno equiparándolo a una “dictadura”. 
Sin duda, establecer un paralelismo entre un Estado de Derecho y una dictadura es una aberración, tanto política como jurídicamente hablando. No hace falta ser un constitucionalista para discernir una cosa de la otra. Solo quien desconozca las más elementales formas de gobierno que han existido a lo largo de la historia de la humanidad no estaría en condiciones de percibir tamaña diferencia.
Sin embargo, en su afán por descalificar al gobierno, los medios reportean a un conjunto de distorsionadores políticos que se empeñan en repetir falazmente (al igual que un número destacado de “periodistas estrellas” signados por la mediocridad y el mercantilismo) semejante paralelismo. De esa manera contemplamos anonadados como se recurre a la mala fe para confundir y desgastar el auténtico significado de los conceptos; que terminan siendo utilizados con propósitos oscuros. Logrando, entre otras cosas, que un oyente o televidente desprevenido internalice como cierta semejante falsedad.
Así, en virtud de esa manipulación deliberada, las nuevas generaciones podrían llegar a interpretar  -erróneamente por cierto- que si una “dictadura” es equivalente a la existencia de un estado de derecho (como sucede con el gobierno de Cristina Fernández) puede que no sea un instituto político deleznable. Cuando en realidad sí lo es.
Lo que no expresan estos señores es que una dictadura gobierna bajo el estado de sitio, que suprime la libertades y garantías individuales, que practica la censura previa, que dispone el arresto de las personas sin necesidad de orden judicial pertinente, que sustrae a sus ciudadanos de sus “jueces naturales”, que impide el derecho de reunión de las personas, que conculca los derechos políticos de la ciudadanía, que según su grado de crueldad ejecuta, o hace desaparecer, ciudadanos indefensos sin derecho alguno y que su único fundamento y sostén en el poder es el uso indiscriminado de la fuerza.  
Una portavoz oficial de este ejército de “desnaturalizadores de conceptos” es la diputada “Lilita Carrió” -recientemente “asociada” a Pino Solanas- que se “arroga” ser la abanderada anti-corrupción; pero que no cesa recurrentemente en corromper los auténticos significados de los conceptos. Cualquiera podría argüir que esta señora "no goza de sanidad de juicio”, cosa que no creo; de ser así, sería la única persona en esa condición que los medios interrogan (en los hechos apadrinan) para que vierta sus opiniones. Lo cierto es que no solo califica de dictadura al gobierno de Cristina Fernández; sino que emparentó a la actual Presidente Constitucional de los argentinos con el ex dictador Leopoldo Fortunato Galtieri.
Demás está decir que además, es una absoluta falta de respeto para todos aquellos argentinos que tuvieron que soportar las sangrientas decisiones de un auténtico dictador que envió caprichosamente a la guerra a buena parte de una generación.
Generación ignorada absolutamente por la mayoría de los gobiernos (y entre ellos, alguno de los que la Sra. Carrió formó parte) y que recién ahora -a más de tres décadas de la Guerra de Malvinas- está siendo considerada por políticas de estado, en virtud del valor y el sacrificio desinteresado puesto de manifiesto al momento de defender a la Patria.
Indigna escuchar expresiones de esta naturaleza; que solo son “entendibles” si se las relaciona con los intentos  destituyentes (antiguamente se los conocía como golpistas) de un sector minoritario de la sociedad.
Como también indigna las expresiones vertidas en la última asamblea de la Mesa de Enlace realizada esta semana en la Sociedad Rural de Santa Fe. Nada más que en ese aspecto han sido mucho más sinceros al sostener que: “El problema que tenemos es frenar  al gobierno. Después, pongámonos de acuerdo en cómo nos distribuimos la riqueza del campo”.
Si, a esta altura, alguno tiene dudas que el embate de los medios, la desnaturalización de los conceptos y las reacciones de los grupos de poder, no están al acecho de potenciales propósitos destituyentes, pues, puede llamarse entonces un verdadero optimista.