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martes, 2 de abril de 2013

El dolar y las profecías liberales





 








Una de las “secuelas culturales” más perniciosas que nos ha legado el neoliberalismo, con la complicidad de los medios hegemónicos de comunicación, ha sido la concepción bimonetaria  en cuestiones económicas. A diferencia de otras poblaciones del mundo, una buena parte de los argentinos, sostiene la mira, no precisamente en la moneda local u oficial de nuestro país, sino en la divisa estadounidense. Lo tragicómico es que no solo se la utiliza en cuestiones comerciales de poca monta; sino inclusive al momento de efectuar interpretaciones o análisis de orden interno que se encuentran fuera del ámbito comercial.
Lo cierto es que, éste enfoque bimonetario, tuvo su origen a partir del golpe del 76 con el entonces ministro de economía, José A. Martínez de Hoz, y su inefable “tablita cambiaria” que dio lugar al surgimiento de la denominada “patria financiera” y, posteriormente, su consolidación en la década del 90 con la intervención de uno de sus discípulos más renombrados: Domingo F. Cavallo.
Claro que la tarea de que los argentinos observen diariamente “las fluctuaciones del tipo de cambio” no fue obra exclusiva de los ministros mencionados; si bien éstos, con las medidas adoptadas estimulaban el instinto de supervivencia de la población que veía en la divisa norteamericana la única posibilidad de preservar sus ahorros. También, es preciso reconocer que, un conjunto de “hombres notables” efectuaron su aporte, a lo largo de los años, para "desvalorizar" la moneda local. No solo con el propósito de referenciar la divisa internacional posibilitando, de ese modo, la realización de sus negocios; sino porque además, la existencia de una doble referencia monetaria es una forma de restarle poder al gobierno de turno al momento de ejecutar un programa distinto al que el neoliberalismo propone.
Así vimos en el curso de esos años -y lo continuamos viendo hoy en día- como los programas políticos, tanto de la televisión como radiales, se encargaron de reproducir hasta el cansancio las opiniones de economistas como Cavallo, Redrado, Prat Gay, Melconian, Sturzenegger, O. Ferreres  y  tantos otros que, al amparo de su concepción ideológica, acentuaban el enfoque bimonetarista.  Actualmente, esos mismos exponentes, siguen fracasando en sus pronósticos y proponiendo las mismas recetas que condujeron (y que promovieron desde la función pública) a la Argentina del 2001.
Todos ellos abogan por la devaluación, la reducción del gasto público, el endeudamiento para financiar aquellos gastos del Estado que no se puedan achicar y reducir los índices de precios (inflación). Sin lugar a dudas, una devaluación implica una transferencia de recursos en beneficio del sector exportador y en detrimento del sector de ingresos fijos (asalariados) que verían reducido sustancialmente su poder de compra. Si a ello le añadimos una reducción del gasto público, nos encontraríamos con una fuerte contracción de la demanda interna que provocaría una merma en el índice de precios.
No hace falta señalar que adoptar medidas de este tenor, sería promover el suicidio de nuestro crecimiento económico. La pregunta que surge indefectiblemente es: ¿Pues, entonces, porqué lo promueven? Y la respuesta, que ellos ocultan, es: por el simple hecho de querer apropiarse de la tasa de ganancia. Aquí lo que se plantea, en forma subrepticia, es “distribuir el ingreso nacional” en beneficio de un sector minoritario de la población.
 Lo problemático es que la lógica instalada en la Argentina, en definitiva, es la lógica que logró imponer el neoliberalismo y debemos reconocer, mal que nos pese, que una importante franja de la población analiza la realidad desde esa óptica. Sin percatarse, si quiera, que dicha lógica esta puesta al servicio de intereses que no son los suyos.
 Se podrá argüir que es difícil enfrentar “prejuicios arraigados” en la población; y nadie desconoce que no es tarea fácil. Pero, no obstante, es menester que alguna medida se adopte al respecto. Pues, el gobierno actual debe realizar (si bien es cierto que la Presidenta se encarga de hacerlo en oportunidad de sus discursos) una suerte de docencia para romper con ese “ruinoso legado cultural” que tanto daño despliega sobre nuestra economía. Pues, debería contrastar las medidas que estos señores proponen con los resultados obtenidos a lo largo de la historia; para que de una vez por todas queden al desnudo estos profetas de la decadencia.
Es paradójico escucharlos, por un lado, plantean la necesidad de combatir a la inflación y, por el otro, sugieren –entre líneas algunos, otros directamente- que el dólar está retrasado; por ende, habría que devaluar. El remanido discurso “antiinflacionario” les dio resultado luego de la traumática experiencia nacional de los años 80 y abonó el terreno para la consagración del libre mercado en los 90. Lo que no explicaron nunca estos señores, ni van a explicar, es quienes fueron los responsables directos de la hiperinflación padecida por la sociedad argentina en aquel entonces.
Pero volviendo al presente, es dable señalar que la inflación no es mala per se. En un contexto de crisis internacional,  tener una “inflación controlada” y que se sostiene sobre la base de la demanda es una manera de atenuar los efectos externos  garantizando, paralelamente, la estabilidad del consumo en el orden interno. Sin embargo, los profetas continúan su prédica sin reparar en los antecedentes históricos; tal vez porque si echamos una mirada sobre la historia descubriríamos cuánto daño han causado sus predicciones.
Las políticas que estos señores sugieren (sin dejar de reconocer el retraso en la adopción de medidas al efecto por parte de la actual administración) posibilitaron que en el exterior existan 190 mil millones de dólares en  cuentas bancarias de unos pocos argentinos. Cifra que apalanca la recuperación económica de otros países, en vez de favorecer el desarrollo de nuestra economía.
Los números son elocuentes, solo cuando Argentina se despoje de la concepción bimonetaria, y muy pocos sigan las profecías manipuladoras, podremos estar seguros que el neoliberalismo perderá la batalla.      

sábado, 16 de marzo de 2013

Argentina y el nuevo Papa





 




Es curioso contemplar, especialmente para aquellos que no adscribimos a credos religiosos, la reacción de la mayor parte de la feligresía ante la consagración de sus máximas autoridades. Uno no podía dejar de preguntarse, mientras observaba atentamente el comportamiento de los concurrentes a la Plaza San Pedro, cuál era el fundamento sobre el que se asentaban tantas emociones, sonrisas, lágrimas y festejos en el instante mismo en que el “humo blanco” anunciaba, a través de sus chimeneas, la coronación de la nueva figura papal.
La alegría que desbordaba el ánimo de los fieles era, en principio, contagiosa y ese contagio operaba aun a través de las imágenes televisivas. ¡Estoy Feliz! Expresaba una señora que cuando se le preguntó el porqué, añadió: ¡Porque tenemos nuevo Papa!
Desde la perspectiva de “un falto de fe” -o si se quiere, de alguien que opta por la razón al momento de formular sus juicios- me preguntaba: ¿Acaso el “viejo Papa”, Benedicto XVI, era alguien incapaz de despertar la felicidad entre los que se dicen cristianos?
Es menester recordar que, los mismos integrantes del Consejo Cardenalicio que eligieron, en su momento, a Joseph  Ratzinger como la máxima autoridad eclesiástica; son los que hoy han consagrado la figura de, el argentino, Jorge Bergoglio. En consecuencia: ¿Qué nos hace suponer que las líneas sobre las que se asienta férreamente la política del Vaticano, han de sufrir un nuevo trazo de ahora en más?  
¿Acaso una vez esparcido el flamante “humo bianco” se podrá auscultar los motivos reales que impulsaron al renunciamiento temprano de Benedicto XVI? ¿O la carismática figura de Francisco I será capaz de echar un manto de olvido al respecto, evitando de ese manera que la luz ilumine un pasado reciente que podría dejar “mal parados” a muchos de los representantes del culto cristiano?  
Éstos, y muchísimos otros interrogantes, serán develados (¿O no?) con el transcurso del tiempo; sin embargo, asombra el fervor que genera la esperanza infundada.
¡¡Maldita sea la razón!! Que nos hace ver el lado “oscuro de las cosas”. Como por ejemplo, el comportamiento nefasto, y reñido con la defensa de las garantías y libertades individuales, que ha tenido en nuestro país la Iglesia Católica durante el período dictatorial y donde el hoy ungido Papa no dejaba de ser un actor relevante.
Tampoco podemos verter elogios sobre la publicidad de las “impurezas” en materia religiosa ya que la práctica del ocultamiento ha sido un hábito de nuestra Iglesia.
Sin embargo, llama poderosamente la atención la postura crítica que ha observado Jorge Bergoglio en su carácter de arzobispo de Buenos Aires sobre el gobierno de Kirchner y de Cristina Fernández.
Como no recordar entre otras cosas, la actitud de respaldo al seminario denominado Consenso para el Desarrollo realizado en la Universidad del Salvador por el año 2010 y donde se concentró lo más granado del neoliberalismo argentino (Roque Fernández, Roberto Dromi, Caro Figueroa, por citar algunos funcionarios menemistas, y también otros como López Murphy, Manuel de la Sota, Francisco de Narváez, el rabino Bergman) a los efectos de propiciar las mismas “recetas económicas” que condujeron a la crisis más grande que asoló a nuestro país a lo largo de su historia.
Es cierto que desde la cúpula del Vaticano se alentó y hasta se promovió la concepción neoliberal como postura globalizadora, y el más claro exponente en ese período fue sin lugar a dudas Juan Pablo II (sin ignorar que Benedicto XVI continuó en la senda); pero eso no era obstáculo como para no reparar en que las políticas que hubieran beneficiado a los más pobres consistían, precisamente, en aquellas que se oponían al libre mercado.
Los argentinos, al menos la mayoría, sabemos muy bien que una sociedad esculpida con el cincel del libre mercado está lejos de convertirse en una obra de arte; excepto que estemos hablando del “arte del terror”.  Sin embargo el, entonces, Cardenal Bergoglio  lejos de desalentar esa concepción terminó aglutinando y bendiciendo a la denominada “oposición” neoliberal en la Argentina. A tal punto que, no pocas veces, en distintos medios se lo llego a denominar el “jefe de la oposición”.
Como vemos, no es sencillo predecir el comportamiento futuro de Francisco I, y mucho menos desconociendo los condicionamientos que preexisten a su novel función.
Solo nos queda el anhelo de que bajo su égida no se promueva una cruzada sobre los “Estados intervencionistas” o “populistas”, como gustan llamarlos los “demócratas” que no respetan la decisión soberana de la voluntad mayoritaria de los pueblos.
Quizá Francisco I abandone las sombras del pasado y se aboque a la tarea de predicar la construcción de una iglesia mejor y, en virtud de ello, de un mundo mejor.
Sinceramente anhelamos que así sea; pero, por el momento, la razón nos impide embriagarnos de alegría antes de que ello suceda. No obstante, si ocurre, una alegría fundada en la razón nos hará más felices; máxime teniendo en cuenta que además el nuevo Papa es argentino. 

miércoles, 6 de marzo de 2013

La rueda de la historia y el agradecimiento a Chávez






 





No han sido pocas las veces en que, como observador político, me he preguntado si los acontecimientos históricos son la resultante exclusiva de los procesos sociales o, por el contrario, están más influenciados por el quehacer de ciertos hombres que asumen  un rol protagónico en un momento histórico determinado. Sin duda, es mucho más lógico -y por ende, más razonable- suponer que ambos factores se entrelazan con un tercero que, a pesar de no tenerlo demasiado en cuenta en nuestras consideraciones, juega un papel muy importante en esto de poner en movimiento la rueda de la historia. Nos referimos específicamente al azar.
Lo cierto es que no podemos ponderar con exactitud, cuál de estos tres elementos aporta -porcentualmente hablando- la mayor proporción para que el proceso histórico se desarrolle en sentido evolutivo. Ya que tampoco debemos ignorar, que cada uno de estos factores puede operar en sentidos diversos; sea procurando detener el avance, o bien intentando desviar del curso adecuado (esto es, del sendero del bienestar de los pueblos) el movimiento del “rodado histórico”. Obviamente, lo más probable es que las proporciones varíen en función de los tiempos.
No obstante, hay algo que sí es digno de observarse, y es que cuando el proceso social se encuentra en plena madurez pero en ausencia de “hombres protagónicos” (liderazgos), aquél no llega a cristalizarse. Posponiendo, en consecuencia, que la rueda alcance el objetivo trazado, concretamente: el desarrollo y bienestar de los pueblos.
En cuanto al azar, debemos decir que el siglo XXI comenzó siendo favorable para América Latina. “El desierto político” que parecía cubrir la totalidad de la región, no dando lugar a que floreciera la esperanza; casi “milagrosamente” tornóse en una pradera donde la naturaleza autóctona, por motu proprio, comenzó  a “producir” sus más destacados frutos.
Como por arte de magia (algunos dirán no sin razón, que fue la negación del auge del cultivo neoliberal caracterizado por brindar “frutos rancios e inconsistentes”) surgieron líderes de talla en diversos puntos de la geografía sudamericana: Chávez, Lula, Kirchner, Correa, Evo Morales, Cristina Fernández, José Mujica, Dilma Rousseff. Dirigentes estos dispuestos a arrastrar, con férrea voluntad, la rueda de la historia en la misma dirección y en el mismo sentido.
No es cuestión, ni de utilidad, discutir aquí quien la arrastró con mayor o menor intensidad; lo que vale es que todos y cada uno de ellos no vaciló en empujarla de manera mancomunada procurando garantizar la felicidad de nuestros pueblos.
Lamentablemente la alegría no contiene rasgos de eternidad y, para colmo, la suerte suele ser extremadamente volátil; por ende, en ocasiones se invierte y acontecen desgracias como éstas, donde se nos termina despojando de dos de esos “maravillosos frutos humanos” que signaron la región en estos tiempos.
 Así hemos perdido a Néstor Kirchner hace poco más de dos años y, recientemente, al querido líder bolivariano Hugo Chávez Frías. Curiosidades del destino, dos de los referentes políticos que, junto a Lula da Silva, abortaron en la Cumbre de las Américas del año 2005 el propósito de George W. Bush de imponer el ALCA en la región; posibilitando de esa forma la consolidación del Mercosur y sentando las bases para la creación de lo que hoy se conoce como Unasur (Unión de Naciones Suraméricanas).
Seguramente la historia hubiere sido absolutamente adversa para nuestros pueblos de haberse coronado el ALCA, la recuperación económica de la región latinoamericana no hubiese tenido lugar, ni el mejoramiento en la calidad de vida de nuestros compatriotas sudamericanos, la Unasur hubiere tenido existencia solo en el plano de la imaginación, el pujante Mercosur se encontraría agonizando y un extenso manto de sombra hubiere cubierto el hoy soleado y promisorio horizonte latinoamericano. Sin embargo, una buena parte de nuestra población desconoce, y tampoco imagina, aquello que no fue. Es más, algunos ni siquiera se habrán enterado del mencionado “aborto” y sus beneficiosos efectos que tuvo para el porvenir latinoamericano. Como tampoco quizá se hayan enterado de la ayuda brindada, oportunamente, por Chávez (y por su intermedio, del pueblo venezolano) en materia de combustibles o en materia de auxilio financiero para independizarnos del “monitoreo” y condicionamiento del FMI.  
Como no recordar las declaraciones de Henrique Capriles, el candidato de la oposición -y al que segun declaraciones recientes hubiere votado H. Binner-, cuando durante la campaña electoral del año 2012 se quejaba del apoyo brindado por Chávez a la República Argentina (ver Clarín, 02/10/2012). Lo paradójico es que el mentado diario “argentino” realzaba y fogoneaba en sus líneas editoriales y a través de su “periodista estrella” de la televisión, Jorge “el augur de los débiles” Lanata, al candidato opositor en desmedro de la candidatura de Hugo Chávez; tal vez, entre otras cosas, por haber ayudado incondicionalmente a la Argentina a superar los condicionamientos externos.  
Si bien es cierto que, y conforme a un cable de Wikileaks publicado por el libro de Santiago O’Donnel  (ArgenLeaks), ya en el 2007 “el gran diario argentino” hacía saber a las autoridades americanas “su firme oposición a Chávez”, demostrando de esa manera su absoluta “independencia de criterio” informativo.
Lo que no comprendían  -o mejor dicho comprenden y quieren ocultar- es que el líder bolivariano sabía que la única posibilidad de desarrollo político social que tienen nuestros pueblos es, inexorablemente, profundizando la unidad latinoamericana.
De ahí el profundo dolor que, más allá de nuestra concepción humanista, nos embarga a todos aquellos que profesamos el ideario latinoamericano por la pérdida de semejante estadista en la región.
No existen dudas respecto de que Chávez ha sido un líder excepcional, de esos que la vida rara vez nos proporciona; su ausencia física va a ser imposible de reemplazar. No obstante, su impronta y su legado han de ser indelebles en la conciencia de los pueblos.
La rueda de la historia latinoamericana continuará girando aun en ausencia de ese “Titán”, llamado Hugo Chávez Frías, que con su simple figura parecía girarla solo.
Las lágrimas de esos millones y millones de personas de la Patria Grande son un fiel reflejo de que no van a faltar voluntarios para que “la rueda” no se detenga y  siga su curso.
Y todo gracias a su inconmensurable labor: ¡¡¡Hasta siempre Comandante y compañero Chávez !!!  Ha sido todo un orgullo el haber podido contarlo entre los grandes hombres de nuestra región!!