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jueves, 4 de septiembre de 2014

La perversidad dominante, la complicidad opositora y las máscaras del establishment





 






Es notable observar como a lo largo de los tiempos ciertas y determinadas palabras suelen ser utilizadas para sembrar temor y, de esa forma, instalar una creencia falaz que, por un lado, sea útil para orientar al común de la población a “visualizar” la realidad desde una perspectiva muy particular, generalmente descalificante.  Y por el otro, atendiendo a fines inconfesables, sirva para desacreditar y debilitar la imagen de quien en los hechos es el ofendido, pero en el mundo de las apariencias queda “etiquetado” como el agresor.
Este mecanismo de perversidad suele ser muy utilizado en muchos medios de comunicación quienes -ante la ausencia de un código de ética que regule “moralmente” su proceder- a sabiendas de la contundente eficacia de este tipo de técnicas, recurren a ellas para “instalar” verdades que no son tales.
Como bien lo destaca en uno de sus libros una célebre psiquiatra francesa: “Para desacreditar a alguien públicamente, basta con introducir una duda en cabeza de los demás No crees que... Con un discurso falso compuesto de insinuaciones y de asuntos silenciados, el perverso pone en circulación un mal entendido que puede explotar en su beneficio”. (1)
En cierto modo, es lo que viene aconteciendo desde hace muchos años en la Argentina mediática, pues, basta escudriñar un poco en el quehacer de los medios para descubrir hasta qué punto han explotado eficientemente esos recursos. Sin embargo, en las actuales circunstancias se ha dado una suerte de rechazo, insuficiente por cierto, pero rechazo al fin; que ha posibilitado que una franja minoritaria de la población desconfíe de esas “construcciones virtuales” que, por lo general, ocultan oscuros propósitos bajo un falso etiquetamiento.
Claro que de todas maneras las técnicas de perversidad pocas veces han sido puestas al desnudo y, en consecuencia, lejos se está de abandonarlas. Por el contrario, los medios siguen desarrollándolas  porque sus efectos le garantizan la obtención de pingües beneficios en un futuro inmediato.
Tal vez, en nuestro país, la perversidad mediática sea un poco más habitual porque coexiste con  una “clase dirigente”, esto es: política, empresarial, gremial y hasta representantes del poder judicial, que en el afán de retornar a la Argentina de los años 90, se encargan permanentemente de desnaturalizar el significado de los conceptos o palabras con ánimo de sembrar temor y descalificar, de antemano, aquellas reformas que pueden redundar o redunden en beneficio de la población. Pasó, en su momento, con la estatización de las administradoras de fondos de jubilación y pensión (AFJP), pasó con la recuperación del 51% del paquete accionario en manos estatales de la actual YPF, paso al impulsar la ley de democratización de los medios, etc., etc.  Ahora el nuevo objeto de descalificaciones, pasó a ser  el proyecto de ley abastecimiento que, eventualmente, ha de regular las relaciones de consumo.
Así, podemos observar  cómo muchos de los economistas pregoneros del “libre mercado” descargan toda su artillería verbal sobre el flamante proyecto de ley acusándolo de estar  inspirado en los vestigios ideológicos del régimen nazi, otros aducen que es un plagio del “modelo venezolano” y otros sostienen que está enmarcado en los postulados de la concepción política estalinista. Al parecer, las voces no se ponen de acuerdo en unificar criterios de descalificación; no obstante, terminan utilizando cualquiera de ellos cual si fuesen sinónimos.
No vamos a detenernos a explicar la incongruencia de asimilar “modelos” esencialmente distintos y de rasgos muy particulares. Si bien no desconocemos que esta “equiparación” está hecha deliberadamente por la carga negativa que encierran los dos modelos totalitarios para  la sociedad en su conjunto; pues, tampoco es necesario resaltar la arbitrariedad en que incurren al colocar al denominado “modelo venezolano”, que a diferencia de los otros dos, goza de una legitimidad (tanto de origen, como de ejercicio) incuestionable, y que ha sido ratificada sistemáticamente en los distintos procesos electorales llevados a cabo en el hermano país. Obviamente, se omite intencionadamente mencionar que legislaciones de esta índole la podemos hallar en cualquier país desarrollado de occidente; sin embargo, eso se encubre para no tener que extender el calificativo de “nazismo” o “estalinismo” sobre naciones como Francia, Inglaterra, Italia, España o el mismo EEUU.   
Sí es necesario contemplar cómo ante la más mínima posibilidad de procurar establecer controles, sea para evitar la distorsión de los mercados, para impedir el abuso de posición dominante, para poner freno a la suba desmesurada de precios que no guarden relación alguna con los costos,  para castigar el desabastecimiento doloso o para defender “al indefenso” consumidor que, en los hechos, al formular un reclamo tiene que acudir en innumerables ocasiones  a la Dirección Nacional de Defensa del Consumidor  y obtener fecha para una futura mediación que se prolongará indefinidamente en el tiempo sin darle soluciones, los portavoces del libre mercado se encargan de desacreditar y descalificar toda tentativa con el fraudulento recurso de tildarla de totalitaria.
El mismo apelativo que, en su momento, utilizaron los medios hegemónicos cuando se trató la sanción de “ley de comunicación audiovisual”. Las mismas comparaciones, las mismas mentiras, el mismo ocultamiento de la verdad para hostigar toda tentativa de legislar en favor de las grandes mayorías nacionales.
Por otro lado, resulta lógico, que el establishment se empeñe en recuperar las porciones de poder (que no han sido muchas por cierto, pero sí significativas) perdidas en estos últimos años; al fin de cuentas de eso se trata la política. El problema consiste en que a excepción del actual gobierno no existe sector político alguno dispuesto no ya a disputarle espacios de poder a éstos sectores, sino a impedirles que avancen en la recuperación de los espacios perdidos.
Por el contrario, los “dirigentes” que se presentan como alternativa a reemplazar a nuestra presidenta, se muestran absolutamente dispuestos a subordinar el accionar político a los requerimientos del mercado. Y no hace falta dar rienda suelta a nuestra imaginación para reparar en lo que harían; es suficiente con observar el discurso y el comportamiento que despliegan, para predecir que el grado de subordinación será absoluto.
Si hoy, sin estar en el gobierno, están coincidiendo plenamente con el discurso de los sectores dominantes que vienen pronosticando el derrumbe de la gestión K desde el año 2003 (no olvidemos aquel editorial de Claudio Escribano, director del diario “La Nación”, vaticinando la caída de Kirchner en menos de un año), y salen a la arena pública a manifestar, tal cual lo hizo recientemente “Pino” Solanas augurando que “sería un milagro que el gobierno de Cristina termine bien”  o de la senadora Gabriela Michetti que encolumnada en un partido de estrechos vínculos con "los fondos buitres" manifiesta que “la Argentina está harta del presente gobierno”, confundiendo -como lo hizo históricamente la Sociedad Rural- el limitado círculo al que pertenece con la patria misma, ¿que deberíamos esperar si este cuerpo de “dirigentes” se instala en un futuro en la Casa Rosada? 
No hablemos ya de la carencia de ideas o propuestas, uno de los rasgos más sobresalientes sobre los que descansa la denomina “la oposición” y las nefastas consecuencias que puede acarrear semejante déficit. Puesto que la ausencia de “propuestas”, en definitiva, resulta funcional al establishment  que a modo de proveedor  histórico empieza ofreciendo sus “cuadros técnicos” en el comienzo, para luego terminar ubicando a todos sus hombres -de férreas convicciones neoliberales-  en los principales lugares donde se ejecutan las políticas de estado. Si bien es cierto que hoy, “la oposición” se ha transformado en un mero  brazo parlamentario de la elite dominante; todo conduce a suponer que ante la eventual posibilidad de constituir  "el equipo" de un futuro gobierno opositor, éste será diseñado exclusivamente por la propia elite.
 Lo concreto es que legisladores que en los hechos deberían fortalecer y propiciar la culminación de los mandatos de los gobiernos democráticos; por el contrario, se empeñan en alimentar la falsa sensación de  un quiebre del mandato constitucional en un futuro más que cercano.   
Si a esto le añadimos la reciente medida de fuerza impulsada por Barrionuevo y Moyano, las estridentes declaraciones del ex candidato a vicepresidente de la UCR, González Fraga, que profetizó “la caída del gobierno a futuro por la ausencia de dólares” o las de Héctor Méndez presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) equiparando al “gobierno de Cristina Fernández con la dictadura” (a la que dicho sea de paso ni la UIA, ni Méndez cuestionaron durante su cruento e ilegítimo ejercicio),no es disparatado predecir que los “sectores del privilegio” nuevamente han comenzado a poner en práctica una campaña de desgaste para la consecución de sus oscuros propósitos.
Se acerca fin de año y, los motores se encienden como de costumbre, "el anhelo" es evitar que el gobierno se retire indemne y sin sobresaltos; procurando con ello dejar la impronta de que los “gobiernos populistas” terminan siempre mal. Para estos personajes, la “última impresión es la que vale”, de ahí que procuren dejar grabada “una mala impresión” en la conciencia colectiva; ya que suponen que, de ese modo, “la gestión de Néstor y Cristina” quedará archivada en las profundidades del  olvido. Ingenua teoría que el tiempo se encargará de desvanecerla.
Un fugaz recorrido por la historia, nos permitirá observar el notable paralelismo con la lógica aplicada en altri tempi donde suponían que con el desgaste de los gobiernos populares y la interrupción de sus mandatos, era suficiente para inhumar sus logros.  
Sin duda, los métodos son distintos, los actores son otros, el momento histórico es absolutamente diferente y los militares, por suerte, se han retirado como protagonistas decisorios del escenario político. Sin dejar de mencionar que el gobierno, pese a las desmentidas mediáticas, goza de un fuerte respaldo popular.
 Sin embargo, el comportamiento del establishment sigue siendo -variaciones mediante- esencialmente el mismo, lo que nos lleva a pensar que no era tan descabellada aquella conocida frase de Schopenhauer que dice: “La historia es un carnaval, solo ocurre lo mismo con diferentes máscaras”. 




(1) El maltrato psicológico en la vida cotidiana. Marie France Hirigoyen

jueves, 28 de agosto de 2014

Una situación incomprensible





             






No son pocas las veces que nos vemos imposibilitados de comprender ciertos y determinados hechos. Tal vez, ello obedezca a que partimos del ingenuo supuesto de que “la razón”, por sí misma, puede desentrañar  todos y cada uno de los interrogantes que nos formulemos. Penosa creencia que nos lleva, por un lado,  a minimizar el enfoque irracional en el comportamiento humano; y por el otro, a asignarle a la razón una omnipotencia de la cual carece. No obstante, y aun aceptando, la capacidad relativa de nuestro entendimiento, pues, debemos intentar proceder como lo sugería el célebre Spinoza: “no reír, no lamentar, no odiar; sino comprender”.
Claro que la comprensión requiere despojarse de todo juicio de valor; de lo contrario, estaríamos observando la realidad desde una perspectiva determinada lo que, en definitiva, nos conduciría a un resultado absolutamente distorsionado. Obviamente no es sencillo intentar situarse más allá del bien y del mal, ni siquiera creo que sea posible despojarnos, absolutamente, de nuestros criterios valorativos; pero la sugerencia spinozista no deja de ser un buen método para alcanzar un mínimo de comprensión. Sin dejar de tener presente que el método en cuestión no es infalible.
Ahora bien, vayamos a lo concreto, observemos -e intentemos comprender- con estos parámetros la Argentina de hoy.
Por un lado, tenemos a un país que se encuentra, en el orden externo, en pleno conflicto con un sector del poder financiero internacional (fondos buitres con la colaboración de una parcela de la estructura judicial estadounidense), quizá el más fuerte de los poderes a nivel global. Por el otro, ya en su frente interno, la cercanía de un proceso eleccionario en donde las distintas fuerzas políticas -opositoras al gobierno de turno- intentan obstaculizar la iniciativa gubernamental y especulan con hacerlo trastabillar permanentemente, de tal forma que vaya desgastando su performance con vistas a los próximos comicios.
La cosa es más grave aun si tenemos en cuenta que una fracción gremial, históricamente más abocada a “los negocios personales” que a la defensa de los trabajadores, acompañados por una “izquierda irracional” (lo que lamentablemente es una contradicción, puesto que lo que debe caracterizar a una “izquierda” es el uso de la racionalidad) que observa la realidad a través del prisma de la “ideología” pero extirpando de ella toda sustancia moral -de lo contrario, no podrían coincidir objetivamente, como sí sucede, con las posturas de los grandes medios hegemónicos, la Sociedad Rural, Confederaciones Rurales Argentinas, la burocracia sindical y la franja más sólida de la concentración empresaria-  se han sumado, hace tiempo, a la comitiva opositora. Desarrollando una huelga que, si no fuese por los “piquetes” que impedían el acceso a la Capital Federal,  lugar precisamente en el que los medios de comunicación concentran exclusivamente las imágenes, hubiere sido de un fracaso absoluto. Ya que en el interior del país, la repercusión fue insignificante.
Y esto no significa que la totalidad de la población económicamente activa este a favor del gobierno; significa, lisa y sencillamente, que el trabajador argentino pondera, en cierta medida, la situación por la que está atravesando el país y no encuentra en “el conglomerado opositor” alternativa alguna para mejorar la situación nacional.
Por el contrario, las encuestas señalan que la mayoría de los argentinos apoya la firmeza del gobierno respecto de no dejarse avasallar por “los fondos buitres”.
Sin embargo, no son pocos -y ya lo hemos manifestado en varias ocasiones- los legisladores que abdicando de su juramento de asunción terminan ignorando aquella promesa de defender los intereses patrióticos.
Y no es cuestión de “malvinizar” la disputa con los fondos buitres, como bien lo hemos manifestado en otra oportunidad, el propio parlamento británico cuestionó la sentencia del juez Griesa. Hecho éste, y apelando a un ejercicio imaginativo, nos permitiría inferir que si trasladásemos el parlamento en cuestión a la Argentina el gobierno hubiere sacado la “ley del pago soberano” por unanimidad.
Paradojas de la imaginación que en ocasiones nos permite observar lo absurdo de la realidad.
Lo cierto es que, en nuestro país, recientemente en la Cámara de Senadores, Ernesto Sanz, uno de los eventuales candidatos presidenciales ha sostenido que su partido la UCR (Unión Cívica Radical) rechazará el proyecto de “Ley de pago soberano” -iniciativa que procura eludir el cumplimiento del fallo a favor de los buitres”- al igual que su correligionario, el senador Gerardo Morales.
Si uno apela al antecedente del senador mendocino, Ernesto Sanz, recordará que no hace mucho (para ser precisos en octubre del 2013), y ante una caída de los niveles de crecimiento económico, adujo la conveniencia de que persista esa tendencia porque si la economía crecía un poco el gobierno podía cosechar algunos votos. Es decir, no importa que la caída de la actividad redunde en perjuicio de los argentinos; lo importante es que no beneficie al  gobierno.
Qué lejos están estos “dirigentes” del más alto referente histórico de esa institución partidaria, nos referimos a don Hipólito Yrigoyen cuando sostuvo a principios del siglo pasado: “Cuando un militante radical es más radical que argentino, en ese mismo momento, ha dejado de ser radical”.
Es verdaderamente lamentable, y aquí si acudimos a criterios valorativos, la existencia de dirigentes que ponen por encima de los intereses nacionales su codicia y ambición personal. Aun sin importarle lo que puede llegar a ocurrirle a este país (específicamente a sus habitantes) si se acata sumisamente el reclamo de los buitres.
Sin duda, ni el senador Sanz, ni el senador Morales, son los únicos dirigentes que asumen una postura semejante; es dable señalar que, en términos más amplios, “la mayoría opositora” no mide (o si lo hace, insiste en sus mezquinos propósitos) las nefastas consecuencias que puede acarrear no poder eludir el fallo de la “justicia” americana.
Lo cierto es que en el marco en que está inserta la República Argentina, y la particular situación que se encuentra afrontando, resulta casi incomprensible que los propios “nacionales” (excepto aquellos que tengan estrechos vínculos con los “buitres”) se presten a debilitar a su propio gobierno en semejantes circunstancias. Sin embargo, acontece.
Como vemos, no se trata de reír, lamentar u odiar; pero aun así se hace incomprensible.

jueves, 21 de agosto de 2014

La doble moral, la ley de abastecimiento y la pérdida de memoria






         






No son pocas las ocasiones en que nos hemos referido a la endeble memoria de los argentinos; al menos en aquellas cuestiones de relevancia para el país y que, por cierto, afectan la vida cotidiana de quienes habitamos este territorio. Sin lugar a dudas es un defecto que deberíamos corregir ya que, al no hacerlo, estamos desvalorizando el conocimiento experimental.
“La experiencia no es lo que te sucede; sino lo que haces con lo que te sucede” predicaba un afamado escritor británico. Y lo peor que uno puede hacer, en estos casos, es no hacer nada; el dejar que se desvanezcan, con el transcurrir del tiempo, las enseñanzas de la experiencia para fortalecer la oquedad de la memoria es, indefectiblemente, poco aconsejable.
Una muestra de esta “insuficiencia memorística” la podemos observar al cabo de estos días a través de las pantallas de televisión o, concomitantemente, al escuchar determinados programas radiales. Es asombroso, casi como por arte de magia, han aparecido nuevamente en escena para hablarnos de “la impericia del gobierno argentino” respecto de su proceder ante los “fondos buitres” la pléyade de economistas neoliberales que en los años 90 nos vaticinaba el “despegue argentino”. Despegue que, por cierto, tuvo lugar en “el año 2001”, cuando la mayoría de nuestros compatriotas soñaba con poder alcanzar un avión para ahuyentarse del país.
Quizá por eso alguno no lo recuerde, aunque quienes nos quedamos en la Argentina deberíamos recordarlo muy bien.
Lo cierto es que indigna sobremanera contemplar como los medios de comunicación vuelven a acicalar la cabeza de los oyentes con los comentarios de estas personas que no solo “nos vendieron” un modelo de país que consagró la marginación y el empobrecimiento social; sino, y lo que es peor aún, fueron, directa o indirectamente, protagonistas principales del fraudulento endeudamiento sufrido por el país a lo largo de su historia.
Obviamente, si la “memoria ciudadana” acumulase a grandes rasgos lo actuado por estos personajes (Cavallo, Sturzenegger, Melconian, etc.) en tiempos pasados; los medios dominantes deberían acudir a buscar -en defensa de sus intereses, que no son otros que los del establishment- otra clase de voceros porque “el archivo histórico” los condenaría al enmudecimiento inmediato.
 Lamentablemente no es eso lo que acontece y con la imperturbabilidad propia de “los cara de piedra” nos vienen a dar consejos -desprovistos del “traje” de su pasado- sobre cómo afrontar los desafíos económicos del país en el futuro.
Se dirá que esto es una práctica habitual en la Argentina donde hasta los procesados por reducción a servidumbre y maniobras fraudulentas -concretamente el presidente de la “prestigiosa” Sociedad Rural-  nos vienen a dar clases de moral sin despeinarse cuando lo hacen.
Bien enseñaba Schopenhauer: “predicar la moral es muy fácil, lo difícil es fundamentarla”. Pero al parecer, el fundamento personal no es algo que les interese a los “sectores del privilegio”.
Otro de los estamentos que acostumbra hacer gala de la prédica moral es el de “los periodistas independientes” -obviamente, “independientes” de las necesidades de la población-  que ahora está empeñado en dar batalla contra el flamante proyecto de ley de abastecimiento orientado, por sobre todas las cosas, a efectivizar los derechos de los consumidores, en detrimento de los abusos de los grandes grupos monopólicos.
El mencionado proyecto establece, entre otras cuestiones:
- Un Observatorio de precios para monitorear y evitar que las empresas en ejercicio de una posición dominante desarrollen maniobras especulativas. Por ej.: aumenten (sin guardar relación alguna con sus costos) desmesuradamente sus precios en perjuicio del bolsillo del consumidor.
- Aumenta las sanciones dinerarias para aquellas empresas que vulneren las disposiciones de la norma; trocando la condena penal de prisión (por otro lado, no de cumplimiento efectivo por lo exiguo del plazo condenatorio) de la ley vigente por una multa más severa y, por ende, más dolorosa para el infractor. Con la posibilidad de establecer un cierre temporal del negocio hasta 180 días en caso de reincidir en conductas violatorias de la norma y definitivo si además persiste.
-Constituye la Comisión Nacional de defensa de la Competencia, órgano que tendrá a su cargo dictaminar en la materia.
-Establece un Servicio de Conciliación Previa en las relaciones de consumo y se crean fueros ad hoc para agilizar el procedimiento judicial. Consagra el principio de “in dubio pro consumidor”; es decir, en caso de duda ante la resolución de un conflicto entre las partes, el juez debe priorizar los derechos del consumidor.
Lo real es que se trata de una ley que protege al consumidor, quien hasta el día de hoy se encuentra en una situación absolutamente desventajosa y que, al momento de reclamar por sus derechos, termina desistiendo en virtud de las demoras y las irresoluciones que determinan los mecanismos legales vigentes. Sin embargo, los grandes dominadores del mercado con la colaboración del “periodismo independiente” se encargan de difundir opiniones adversas atemorizando a los propios consumidores sobre una ley que en los hechos los beneficia.
A tal punto han llegado que no comentan estas cuestiones, pero eso sí, apelando a su “profunda ética periodística” argumentan que se trata de una “ley chavista” (por cierto, al querido Hugo Chávez no lo dejan en paz y siempre vendiéndolo como un “demonio”, algunos desde la ignorancia y otros, desde la falacia), pues, omiten mencionar que esta misma ley existe en los países desarrollados (Alemania, Francia, Italia, EEUU, etc.).
No obstante, si se quiere sancionar aquí no es más que un “síntoma del colectivismo” que propugna el gobierno populista.
 Obviamente, la denominada “oposición política” acompaña en esa tarea; o mejor dicho, más que acompañar se subordina a los deseos del poder económico. En general se oponen a la nueva “ley de abastecimiento”; pues, si hasta se oponen a que el gobierno adopte medidas para impedir que el fallo en favor de “los buitres” se efectivice. Ya con eso, es más que suficiente: está todo dicho.
No cabe duda que algunos hasta se atreverían a levantar la imagen del Juez Griesa como eventual candidato presidencial de no ser que no es argentino y que el pueblo los repudiaría de cuajo.
No obstante, presentan candidatos como Macri -si bien hay que reconocerle cierta coherencia entre lo que piensa y lo que pretende hacer- que abiertamente respalda el fallo del juez neoyorkino. Coherencia que, por otro lado, no demuestra otro de los eventuales candidatos presidenciales, Hermes Binner -por Frente Amplio Unen-, supuestamente dirigente socialista quien recientemente sostuvo: “creo en la mano invisible del mercado”. Ya que un dirigente “socialista” nos diga que “cree” es todo síntoma; pero que, a su vez,  lo haga en la “mano invisible del mercado”, es para que ingrese en el Guinness de los records.
Como se podrá apreciar, en la Argentina ya nada es para sorprenderse; tal vez por nuestra “inconsistente memoria”; pero aun así no somos pocos quienes confiamos en que la recuperaremos llegado el momento.