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martes, 28 de febrero de 2012

Una tragedia con orígenes remotos





La catástrofe ferroviaria acaecida en nuestro país hace escasos días pone de manifiesto una serie de irregularidades que, de no haberse producido el desgraciado hecho, hubieran permanecido ocultas hasta que un suceso de similares características las arrojara a la superficie.
Concretamente, nos referimos al conjunto de deficiencias que padece el sistema ferroviario argentino y, fundamentalmente, al deteriorado estado de las formaciones de trenes y vías de circulación que no gozan de la conservación y mantenimiento adecuado para la seguridad de los pasajeros.
El “accidente” (hoy los familiares de las víctimas nos hablan, y con razón, de “catástrofe previsible”) ocurrido el 22 de febrero es horrorosamente elocuente, con un saldo de 51 muertos y casi 700 heridos; no podemos menos que reflexionar dolorosamente sobre lo sucedido. Sin duda, es preciso determinar quienes, de una forma u otra, fueron los responsables de que semejante hecho se produzca; y para ello, es menester esperar los respectivos informes que los peritos especializados aportarán a la justicia a los efectos de ir deslindando responsabilidades.
Ahora bien, fuera del marco de las responsabilidades penales que serán determinadas por el Juez interviniente; están las responsabilidades políticas, no susceptibles de ser justiciables pero sí pasibles de ser tenidas en cuenta para comprender porque se llega a este estado de cosas.
Y aquí es necesario retrotraernos a la Argentina de finales de los años 80 y comienzos de los 90 para darnos cuenta como una medida adoptada hace décadas puede desamparar a las personas (en este caso, a los usuarios del ferrocarril) con consecuencias nefastas para su futuro.
Cuando el gobierno del Dr. Menem sancionó la conocida “Ley de Reforma del Estado”, en virtud de la cual se dio inicio al proceso de privatización de las empresas públicas, no solo se estaba sancionando una nueva ley que permitiese la transferencia de los activos públicos al sector privado; sino que se estaba estructurando un modelo de sociedad donde el Estado debía abandonar su rol de contralor, administrador y/o interventor en las diversas actividades relacionadas con la esfera económica.
En aquel entonces, el Estado fue asociado deliberadamente con el concepto de “ineficiencia”; y, por ende, no debía desarrollar servicios de índole alguna ya que de hacerlo estaba atentando contra la calidad de los mismos requerida por “la mayoría” de los usuarios.
A tal punto, llegaba la "ineptitud" del Estado que lo mejor que podía hacer según “los grandes comunicadores de la época” -opinión estimulada recurrentemente por los grandes medios independientes- era desregular todo tipo de actividad. Así se fueron transfiriendo todo tipo de servicios estatales a mano de las empresas privadas que, obviamente, hicieron pingues negocios no solo quedándose con apetitosos activos abonados a precios irrisorios; sino preservando una rentabilidad monopólica que le garantizaría suculentos dividendos a lo largo de los años. Si a esto le sumamos la ausencia de inversiones genuinas una vez que se apropiaron de dichas empresas, el despojo estatal terminó siendo absolutamente pernicioso para la población en su conjunto.
Los servicios ferroviarios no fueron una excepción de lo que estamos esbozando; cualquier televidente de aquella época recordará como se machacaba con la famosa frase “el ferrocarril da pérdida en manos del Estado”.
Uno de los tantos exégetas de la privatización del ferrocarril era nada menos que Mariano Grondona (un lobbista disfrazado de periodista) que junto a su inseparable y difunto amigo, Bernardo Neustad, pregonaron insistentemente el modelo privatizador. Y festejaron aquella famosa frase pronunciada por Carlos Saúl, cuando los trabajadores ferroviarios pretendían adoptar medidas tendientes a evitar el intencionado desmantelamiento de los servicios para luego privatizarlo, que decía: “ramal que para, ramal que cierra”.
Es indignante observar como el destacado columnista de “La Nación” responsabiliza ahora al Estado de semejante tragedia, siendo uno de los cultores de la desregulación estatal.
Pero volviendo a las responsabilidades políticas, es bueno tener presente hasta que punto se nos engañó con la dicotomía “Estado vs. Sector Privado”, o “Ineficiencia vs. Eficiencia”.
No existen dudas, que cuando el Estado tuvo a su cargo el funcionamiento de los servicios ferroviarios los trenes gozaban de un mantenimiento y conservación adecuados para seguridad de los pasajeros, aun con las injustas restricciones presupuestarias que algunos gobiernos supieron imponer a su estructura. Lo cierto es que ni el Estado era tan ineficiente como maliciosamente pretendieron hacernos creer, ni el sector privado era tan eficiente como nos lo "vendieron". Con el añadido que el Estado continuó -privatización mediante- desembolsando ingentes sumas de dinero a través de la política de subsidios para que los trenes operen con normalidad y para gratificación de los nuevos dueños.
Con esto no estamos formulando la propuesta de reestatizar los ferrocarriles; simplemente, nuestra intención es poner en evidencia hasta que punto quienes asignaban al  Estado la causa de todos nuestros males, no estaban ocultando la verdad para que unos pocos maximizaran ganancias y se promovieran en el país actividades desreguladas que ponían al desamparo al conjunto de los usuarios de los servicios públicos.
Obviamente, reflexionar sobre estos temas no va a reparar el daño causado sobre las víctimas y sus familiares y, como es lógico, poco puede importar en estos momentos hacer presunciones respecto de si este hecho hubiere ocurrido -o no- si la política de la empresa ( para el caso, TBA) no fuere diseñada por propietarios privados. Pero sí es dable interrogarnos que importante es el rol que debe desempeñar el Estado para garantizar la seguridad de sus habitantes en todos los órdenes y como determinada concepción del mismo puede incidir, directa o indirectamente, no solo sobre nuestra calidad de vida, sino sobre nuestra vida misma.
De ese modo podemos inferir que las decisiones que se adopten hoy, tendrán su repercusión a futuro. Y que sucesos en apariencia estrictamente infortunados, no son fruto de la inevitabilidad del destino; sino que se hallan remotamente concatenados con medidas que no generan el hecho en sí, pero crean las condiciones necesarias para que éste tenga lugar en el marco de las probabilidades.
De ahi que sea necesario una investigación profunda del caso en el terreno judicial sancionando a aquellos que por negligencia, impericia, culpa u omisión hayan posibilitado que esta tragedia se desencadene; pero que a su vez, se adopten las medidas políticas pertinentes para que esto no vuelva a repetirse. Máxime teniendo en cuenta que hay otra concepción imperante respecto del rol que debe desarrollar el Estado en nuestro país; y que dista mucho del Estado Ausente que pregonaban quienes hoy se hacen los distraídos.     

sábado, 11 de febrero de 2012

El crimen mediático








A finales de la década del 80 se emitía por la TV pública -en aquél entonces, ATC- un programa denominado “el monitor argentino". En el mismo se desarrollaban temas de diversa índole: actualidad, literatura, cine, teatro, etc.; sus conductores, Jorge Dorio y Martín Caparros  (este último, por entonces, con las neuronas intactas), solían encarar los mismos con cierta originalidad y sapiencia lo que despertaba determinado interés sobre el público televidente, en esos tiempos, mayoritariamente juvenil.
Recuerdo que uno de esos programas estuvo dedicado a la vida de un “notable” escritor y, a través del mismo, pudimos observar toda su biografía comentada por ambos conductores.
Así, por intermedio de la pantalla pudimos descubrir las fotos de su infancia, adolescencia y hasta de su galardonada madurez, robustecida por el prestigio literario de sus obras. Un sinnúmero de premios ad hoc, y enunciados puntillosamente por la programación, respaldaban la jerarquía del novelista.
Debo confesar que, en un principio, y como “aficionado” a la lectura me sentí atraído por el destacado programa; no obstante, sentirme más ignorante de lo que me imaginaba. Ya que en mi caso, desconocía absolutamente no solo las obras de tan ponderado escritor, sino hasta su propia existencia.
Al cierre de la programación los conductores anunciaron que en la próxima emisión íbamos a  poder contar con mucha más información del “reconocido” literato. Fue así que a la semana, me instalé firmemente ante la pantalla de TV para compensar mi ignorancia; pero notoria sorpresa me lleve cuando el mentado dúo anunció que, tanto el nombre del escritor (que mi memoria no recuerda), como sus obras, sus premios y su biografía, eran falsas porque se trato de un personaje ficticio inventado por la programación para demostrar el poder de engaño de los medios de comunicación.
Sin embargo, la productora atendiendo a la repercusión del programa y durante la semana previa a la revelación de “la verdad”, se encargó de reportear a la gente por las calles de Buenos Aires respecto del falso y afamado escritor.
Lo sorprendente fue que muchos de los reporteados durante la breve entrevista ante la pregunta: ¿Conoces al escritor…….? Respondían que sí, otros aducían haber leído sus obras, y no faltó quienes aseguraban ser seguidores desde "la publicación de su primer novela". Sin hacer mención de aquellos que, a raíz del programa, se habían lanzado a adquirir las mismas en las distintas librerías del país.
No esta en el ánimo de estas líneas (ni al alcance de su autor) desmenuzar hasta que punto los argentinos somos propensos a comprar y reproducir “mitos virtuales”; pero sí reparar hasta que punto somos “reflexivos” con los productos televisivos que nos vienen ofreciendo.
Un claro ejemplo de la imperiosa necesidad de reflexionar al respecto es lo acaecido durante el programa “Mauro 360”. En el mismo se difundió “un asalto en vivo” en el hall principal de la estación ferroviaria de Constitución. Allí una mujer era amenazada con un cuchillo exigiéndole a cambio su campera; mientras los subtítulos anunciaban: “Asalto en vivo”. Lo cierto es que el supuesto asalto era toda una “misa en escena” y “en vivos” estaban los encargados de la programación que, por una insignificante suma de dinero ($20), compraron los servicios actorales de un transeúnte con prontuario. Ahora bien, proceder de esta manera suele tener varios objetivos, a saber:
-Aumentar el rating televisivo. Las desgracias siempre despiertan la atención del televidente.
-Incrementar la sensación de inseguridad en la población. Pues, sabemos que una cosa es la inseguridad y otra, muy distinta, es la sensación de inseguridad que se potencializa sobre la “psiquis” de las personas. Con sus perniciosos efectos que se traducen luego en demandas colectivas de “soluciones que no son tales”. Como por ejemplo: aumento de niveles de represión y punibilidad que no solo no solucionan el problema sino que lo agravan porque no se atacan las causas, sino los efectos. Es muy habitual, la creencia generalizada -por otro lado, ingenua como toda creencia- de que un simple aumento de las penas reduce el delito; como si fuese suficiente cambiar un 6 por un 16 para erradicar, por ej., un determinado delito.
-Y responsabilizar al gobierno por “no estar velando por la seguridad ciudadana”. Evidentemente, incriminar al gobierno de permanecer indiferente ante “el peligro” que acecha a los ciudadanos en su vida diaria, es un modo de desgastar su imagen ante la opinión pública.
Muchas cosas ha realizado (y debe realizar más aun) este gobierno para contrarrestar la inseguridad, entre ellas: reducción del desempleo, mejoras salariales, asignación universal por hijo, incremento de la población educativa en las escuelas oficiales, etc., etc., son cuestiones que, aunque no parezcan, están íntimamente relacionadas con la seguridad.
Indudablemente, delitos de estas características (no simulados) acaecen en todas las sociedades del mundo y pretender erradicarlos definitivamente es no solo ignorar la naturaleza humana; sino también las complejidades de la vida social.
Esto no significa que no se deba reducir al máximo los índices de criminalidad existentes; por el contrario, es obligación de todo gobierno hacerlo, pero sin desconocer que son múltiples los factores que pueden despertar en un individuo su propensión a cometer delitos: sociales, culturales, económicos, familiares, educativos, y hasta propagandísticos. ¿O acaso no es obsceno estimular constantemente al consumo a aquellos sectores que solo pueden hacerlo en su imaginación? ¿Hasta que punto pueden resistir la tentación y declararse no formar parte de la legión de los consumidores?
Un párrafo aparte merecería el intentar descifrar hasta que punto también, determinados programas televisivos fomentan el rol delincuencial al ofrecerles, a quienes cometen actos delictívos, su aparición mediática con reportajes o historias respecto de "sus hazañas" que lo conducen “a la fama” mostrando su rostro en la pantalla chica para deleite de sí mismo y de sus conocidos.  
Lo cierto es que gran parte de estos temas están siendo abordados por el Estado en las diversas áreas –con mayor o menor acierto- y, como es lógico, no son susceptibles de soluciones mágicas; sin embargo, quienes motorizan esta clase de “información falaz” procuran, en última instancia, interrumpir esos avances.
Porque lo que les molesta no es la “inseguridad” sino las políticas enderezadas a mejorar la calidad de vida de la mayoría de los ciudadanos que va en sentido adverso al interés acumulativo de unos pocos.
De ahí que agiten el fantasma de la inseguridad, precisamente, aquellos que no anhelan resolverla; sino, por el contrario, solo se proponen instalarla para, con ese pretexto, corroer la confianza pública en aquellos gobiernos que intentan atacar las causas que la genera.  

martes, 7 de febrero de 2012

"El Veto" Macri y los defensores de la institucionalidad





“Dime de que te jactas y te diré tus defectos” reza un antiguo proverbio árabe. Estas expresiones, si bien no gozan del atributo de la infalibilidad; pues, si condensan –como solía decir un querido amigo- siglos de sabiduría popular.
Y vaya que, no son pocas las ocasiones en las que uno puede apelar a los proverbios con relación a la vida diaria; no solo en referencia a cuestiones particulares, sino también con relación a la realidad política. Sino veamos el caso de los dirigentes PRO. Pues, basta observar las recurrentes declamaciones de los miembros de esa fuerza política liderada por el Jefe de Gobierno porteño, el “Veto” Macri,  para corroborar cuan aplicable es –en este caso- el mentado proverbio.
Si, si, son los mismos que con antelación a los comicios desarrollados el año pasado se “auto-asignaban” ser los verdaderos custodios de la institucionalidad. Según ellos, el respeto incondicional a la división de poderes y al fortalecimiento de las instituciones era (y, supuestamente, lo es)  la piedra basal sobre la que se edifica toda "la propuesta" del PRO.
Claro que, si enfocamos la mirada sobre los actos donde se reflejan los diversos procederes del “institucionalista” Macri, podemos percibir un ostensible ejercicio de la hipocresía. Ya que, el tan mentado respeto a las instituciones brilla por su ausencia; y más que respetarlas se las avasalla periódicamente.
Cualquiera podría comprobar que en la realidad, tanto “el Veto” como sus fieles seguidores son: “institucionalistas profesantes pero no practicantes”; o, en su defecto, tienen una concepción muy particular respecto del significado de la institucionalidad.
Lo cierto es que en la práctica no solo no respetan la misma; sino tampoco lo hacen con  la ley, la ética, las personas, ni siquiera con la voluntad de sus propios electores que, en última instancia, han elegido legisladores con el propósito de sancionar leyes para su ciudad que terminan siendo impugnadas por el monarca sin corona.
Ahora se entiende porque cuando Macri fue legislador no asistía, prácticamente, nunca al parlamento. Obviamente, para Mauricio “lo institucional” excluye la legislatura. Pues, por eso profesa un absoluto desprecio por la labor parlamentaria. Y de hecho, eso se percibe más notoriamente desde que se hizo cargo del ejecutivo porteño.
Pero eso sí, en su concepción, “es un defensor a ultranza de la institucionalidad y el Estado de Derecho” y, si alguien lo duda, a las pruebas me remito, a saber: procesado por escuchas “ilegales” con causas fraguadas e iniciadas  en una jurisdicción provincial, procesado por los delitos cometidos (si bien, fue absuelto recientemente) por la conocida Unidad de Control de Espacios Públicos (UCEP) que se encargaba de expulsar (violencia mediante) de las plazas públicas a los “sin techo”, fuerte convicción republicana exteriorizada en la designación de ministros que reivindicaban (y reivindican) gobiernos dictatoriales; inquebrantable respeto a la ley, permitiendo la adjudicación directa a empresas privadas que contraten con la administración porteña evitando los “oscuros procesos licitatorios”, o autorizando aumentos en el transporte urbano de pasajeros sin ajustarse al “engorroso” procedimiento del llamado a la Audiencia Pública requerido por la norma. Y si con lo expuesto, alguien todavía vacila del “vigor institucional” que caracteriza a los hombres y mujeres PRO; observemos la constante utilización de esa herramienta institucional, denominada, Veto. Que como bien lo destacara la Vicejefa de Gobierno, Lic. Vidal, es un atributo del poder ejecutivo previsto en nuestra Constitución. Claro que como atributo de excepción debería utilizarse razonablemente; pero lógico, tampoco vamos a tratar aquí de desmenuzar que entienden los dirigentes del PRO por "razonabilidad". Ya bastante difícil se nos hace el desentrañar su concepto de institucionalidad, como para querer descifrar otro todavía más vasto.   

lunes, 30 de enero de 2012

Epícteto, Chavez y la construcción de la realidad

                           





Cuan acertado estaba Epícteto cuando pronunció aquella frase que dice: “No es la realidad la que nos preocupa, sino la opinión que tengamos de ella”.
Han pasado muchos siglos desde entonces; sin embargo, es pasible de ser aplicada perfectamente en los tiempos que corren. Precisamente, no son pocas las veces en que los medios de comunicación masiva se encargan de difundir opiniones o rumores –y como tales, desprovistos del minucioso análisis respectivo- que sin ajustarse a la realidad terminan generando un clima de preocupación en buena franja de la humanidad.
El problema es que instalada esa preocupación, comienzan a florecer un sinnúmero de “rumores” al respecto que culminan asignándole a la cuestión una envergadura de tal magnitud que un “hecho inexistente”, como por arte de magia termina cobrando vida. Es por ejemplo lo que aconteció con la conocida invasión a Irak que tras una andanada de infundadas opiniones sobre la supuesta “posesión de armas químicas” por parte del, entonces, gobierno de Saddam Hussein se alarmó a la opinión pública mundial para de ese modo “justificar” una intervención militar en el lugar. Claro que detrás de esos rumores había una intencionalidad oculta (que luego devino manifiesta) enderezada a controlar una zona rica en recursos petrolíferos con el añadido de desencadenar una guerra que, como todos sabemos, es condición indispensable para promover el multimillonario negocio armamentístico.
Así vemos como en "el proceso de construcción de la realidad” una opinión (o un rumor) absolutamente inverosímil puede generar “un hecho concreto” del cual este pendiente –cual si fuese veraz- la opinión publica en general.
En nuestro país, este tipo de procedimientos ha sido muy usual; en no pocas ocasiones los medios de comunicación daban curso a rumores sin asidero –algunas de ellas meras opiniones- que luego, sin fundamento alguno, terminaban cobrando cuerpo en la realidad. Sin ir más lejos basta recordar cuando a comienzos de éste siglo nos tenían en jaque expresiones como: “el riesgo país subió o subirá”. Pues, era suficiente escuchar esa frase para que inmediatamente los desequilibrios ya existentes en nuestra economía se acentuaran sin interrupciones. Lo peor del caso era que la mayoría de las veces ni siquiera se esperaba “la notificación” de las agencias calificadoras de riesgo (partícipes necesarias en la generación de la crisis internacional y, por ende, nada creíbles); sino que bastaba que alguno de los tantos “gurúes” de la trouppe de tecnócratas de la economía que desfilaban por televisión profetizara la supuesta merma en la calificación para que “el mercado” entrara raudamente en pánico.
Claro que esa deliberada turbulencia de la estructura económica-financiera permitía que unos pocos aprovechasen la ocasión para realizar suculentos negocios y, obviamente, los propietarios de los grandes medios de comunicación no permanecían ajenos a ese provecho.
La disputa desatada hace años entre el gobierno nacional y el mayor multimedio  de la argentina (Grupo Clarín) ha posibilitado que quedara al descubierto el verdadero interés de los medios periodísticos locales, que –salvo honrosas excepciones- no ha sido precisamente el de perseguir la verdad. No obstante, es dable reconocer que ese comportamiento no es privativo de los medios autóctonos; por el contrario, como bien destacamos anteriormente, es una práctica generalizada por las corporaciones mediáticas internacionales.
Y sino veamos el caso de la noticia publicada hace escasos días por el periódico español ABC donde se anuncia prematuramente, la supuesta muerte del presidente venezolano Hugo Chavez. Según el mencionado periódico el fallecimiento del líder bolivariano se producirá en aproximadamente ocho meses o un año conforme a “los dictámenes médicos”. Claro que cuando se les consultó la fuente de donde provenía semejante información, se limitaron a decir que alguien allegado al equipo médico les proporcionó la misma. ¿Tal vez haya sido un camillero, una enfermera o el portero del sanatorio donde se prestó asistencia médica al presidente venezolano? Vaya uno a saberlo.
Después se dijo que el informe había sido obtenido pòr una agencia de inteligencia europea que mantenía contactos con personas que tenían acceso al equipo médico del presidente venezolano. Vaya paradoja, es menester preguntarse: ¿Desde cuando las "agencias de inteligencia" se encargan de difundir públicamente  hechos o datos que se ajusten a la realidad? En consecuencia, porqué confiar en ellos.
O quizá las fuentes confiables a las que recurre el diario español sean similares a las que suele acudir un médico argentino dedicado al “periodismo” que, sin ruborizarse, nos dice que la información la obtuvo del “amigo de un amigo de alguien allegado al poder”. 
Lo cierto, es que no hace falta ser muy perspicaz para reparar que ante la proximidad de los comicios en Venezuela el periódico español lanza un infundado rumor a los efectos de deteriorar la imagen de Hugo Chavez. El mendaz mensaje sería: “No vote usted al presidente Chavez porque le quedan escasos meses de vida. O en su defecto, llegará tan deteriorado que no se encontrará apto para desarrollar un buen desempeño".
Sin duda, la ética informativa no es un condicionante para esta clase de periódicos y no reparan que este proceder inescrupuloso termina causando un grave daño al periodismo.
Pero claro, al fin de cuentas, la concepción del periodismo que profesan estos señores esta reñida con la verdad y solo asociada a sus intereses patrimoniales. De ahí que, si es preciso “inventar la realidad” no vacilan en hacerlo; lo importante, para ellos, es la "opinión" que la mayoría de la gente tenga de ella y de esa forma sacar provecho de la oportunidad.
Por suerte para los venezolanos “la profecía de ABC” esta lejos de materializarse.
Por suerte para los argentinos la “creencia” en los medios ha dejado de ser ciega.
Solo resta esperar que la población mundial se preocupe por la realidad y no por la deliberada opinión que fabrican los multimedios. Ya que cuando ello suceda, la posibilidad de construir un mundo más justo estará a nuestro alcance.

martes, 10 de enero de 2012

La salud de la Presidenta, las hipótesis y el deseo





Desde hace días, y a raíz de la anunciada (y ya por suerte superada) intervención quirúrgica de la presidenta, los medios de comunicación no cesan de hablar de un supuesto error de diagnóstico por parte de los médicos que aconsejaron dicha práctica. El motivo de la “discusión mediática” obedece a que en una primera instancia los endocrinólogos actuantes pronosticaron la hipótesis (si leyó bien, hipótesis) de que un carcinoma podía afectar la glándula tiroides de nuestra presidenta y, posteriormente, una vez efectuada la práctica médica resulto ser, algo menos inconveniente, un adenoma.
Ambos son tumores –conforme a lo que señalan destacados especialistas- con la diferencia de que éste último al ser benigno, no se expande, no genera ramificaciones; es decir, “no invade tejidos adyacentes, ni vasos sanguíneos, ni linfáticos y no produce metástasis”(1).
Es indudable que el proceder de los especialistas, al momento de formular el "cuestionado" diagnóstico, obedeció a una actitud correcta. Pues, los médicos formulan hipótesis, y dentro de esas hipótesis se contempla todo el abanico de posibilidades susceptibles de ser encontradas ante determinado cuadro de situación. Desde las más remotas hasta las más manifiestas, y esto es absolutamente lógico, ya que las certezas absolutas no existen en ningún campo de la actividad humana y, mucho menos, en el terreno de la medicina. Por otra parte, no exponer la totalidad de los supuestos posibles, sería mucho más grave y pernicioso que hacerlo.
Sin embargo, para la mayoría de “los periodistas” de los grandes medios –donde muchos de ellos “tocan de oído” los saberes de su profesión; no me quiero ni imaginar cuanto “tocan” en medicina- se sienten con extremada autoridad para cuestionar el diagnóstico formulado por esos notables especialistas.
¿Esto nos lleva a reflexionar sobre el porqué de esta actitud del periodismo? ¿Porqué ciertos “periodistas” piensan que los médicos intervinientes deberían justificar sus dichos como consecuencia de no haber sido un carcinoma?
Y la única respuesta que se nos ocurre es que, lamentablemente, muchos de ellos son tan fatuos que terminan subordinándose a aquella regla de oro que rige habitualmente la cabeza de los mediocres, donde: “el deseo es el padre del pensamiento”.
Pues, no hay otra forma de ver las cosas, al parecer insisten tanto con el tema que no queda otra que imaginarnos que podrían estar molestos porque no se trato de un carcinoma.
Lo notable, es que aquellos que, en realidad, sí temíamos por la salud de nuestra presidenta recibimos la noticia con alegría, y en ningún momento se nos hubiese cruzado por nuestras mentes cuestionar a los médicos por su hipótesis.
En todo caso a los mentados médicos se los debería evaluar por sus praxis y, a juzgar por el resultado -que después de todo, en casos como éste, es lo único que importa-, el proceder de los mismos ha sido excelente.
Como vemos los “heraldos de la democracia”, “los respetuosos de las instituciones”; no son tan tolerantes con ciertas profesiones, ni tampoco respetan mucho a los hombres (y mujeres) especializados, en este caso en el terreno de la medicina.
Tal vez por que sus inconfesables –pero palmarios- deseos son cada vez más fuertes y esto no es cosa sencilla. Ya que con el tiempo (no olvidemos que restan por lo menos cuatro años de mandato), esto puede ocasionarles trastornos agudos, si es que ya no los tienen. Después de todo un deseo reprimido insistentemente, altera la subjetividad del sujeto.
Y ajustándonos a los reiterados hechos: ¿Quien puede descartar que nuestros psicólogos descubran, en un futuro no muy lejano, el “síndrome o trastorno del periodista independiente”? Sin duda, nadie podría desecharlo; pero no se alarmen, al fin y al cabo, .....es solo una hipótesis!!!

(1) Dr. Hugo Boquete Presidente de la Sociedad Argentina de Endocrinología. Pagina 12 10/01/2012

viernes, 23 de diciembre de 2011

Un cierre de año sin mitos y sin milagros!!! Pero felices!!








Atendiendo al panorama internacional deberíamos estar sumamente preocupados por lo que acontece en la esfera económica como consecuencia de la crisis que afecta a las naciones del Hemisferio Norte. Sin embargo, el cierre del año encuentra a nuestro país, al igual que gran parte de las naciones del continente latinoamericano, gozando de cierta tranquilidad fundada en la solidez de sus variables económicas.
Sin hacer alarde de nada, lo concreto, es que nos presentamos ante el mundo como un país que viene creciendo ininterrumpidamente merced a la aplicación de políticas heterodoxas que nada tienen en común con las sugeridas por los organismos internacionales de crédito, ni con las que pregona el pensamiento hegemónico de los países centrales. Un claro ejemplo de ello, es el hecho de que la prensa internacional (estrechamente vinculada al sistema financiero global) omite hacer referencia al caso argentino como modelo a seguir. Obviamente, si nuestro país estuviere aplicando políticas ortodoxas en el campo económico y los indicadores, en ese terreno, fuesen los mismos que hoy esbozamos, los titulares de los grandes periódicos internacionales estarían hablando del Milagro Argentino.
Claro que este supuesto es solo mencionable en el plano de la imaginación; ya que de aplicarse la conocida teoría neoliberal (ortodoxia) el país no solo no se hubiere recuperado; sino que estaría al borde de la desaparición. Sin embargo, el ejemplo resulta válido para contraponerlo a los sucesivos milagros que nos fueron vendiendo a lo largo de las últimas décadas, entre ellos, “los milagros”: chileno, mexicano, letón, irlandés, por citar solo unos pocos. Cada uno de esos “milagros” se caracterizó por afrontar su deuda exterior con políticas restrictivas del gasto público, por planes de austeridad,  por procurar “no distorsionar” el libre desarrollo del mercado y por reducir la capacidad de compra de la mayoría de sus habitantes.
No obstante, y esto en boca de un agnóstico, los milagros no existen en materia económica y resultóse que esas “providenciales economías”, más temprano que tarde, terminaron derrumbándose como "paradigmas dignos de ser imitados"
Desde luego que en política nunca es saludable adoptar un comportamiento simiesco, esto es, imitar a rajatabla el proceder de los otros. No solo porque estaríamos renegando de aquel consejo kantiano que sugiere recurrir a nuestro propio entendimiento -sapere aude- lo que pondría de manifiesto nuestro grado de subordinación a “la inteligencia exterior”. Sino porque al copiar modelos y teorías sugeridas por los grandes centros y aplicarlas en nuestro país tal como vienen, estaríamos soslayando las particularidades propias de nuestra estructura económica-social lo que conduciría inevitablemente al fracaso. Con el agravante que dichas teorías están confeccionadas atendiendo las necesidades de los países centrales que, como es susceptible de verificar a lo largo de la historia, suelen ser incompatibles con nuestras necesidades de desarrollo.
Aún así hay que reconocer que, lamentablemente, las teorías impulsadas por los denominados “Think Tanks” dieron sus frutos y a partir de la década del ochenta se entronizó el pensamiento neoliberal como modelo aplicable de manera universal.
Lo que ocultaron, y ocultan, sus impulsores fue que esa descarnada teoría (la del libre mercado) resultó un verdadero “caza-bobos” para quienes la instrumentaron; ya que con el tiempo provocó (y en esto basta recordar latinoamérica en los años 90) la explosión de todos los indicadores económicos de un país, sumiendo a sus habitantes en el empobrecimiento y el desempleo; mientras que al mismo tiempo se incrementaba su grado de endeudamiento externo y con ello su grado de vulnerabilidad.
Los argentinos la conocemos muy bien, ya que padecimos sus letales efectos; y ahora contemplamos, no sin asombro, su instrumentación en buena parte de los países europeos. Es una pena que no tengan en cuenta nuestra historia reciente (nos referimos a la del 2001) los pueblos de aquellas naciones que hoy están padeciendo las políticas de ajuste. En nuestro caso, y por suerte, sí sacamos provecho de esa triste y nefasta experiencia. Y un ejemplo de ello, es el respaldo recibido por nuestra presidenta en los comicios del mes de octubre.
Ahora, hasta en ambas cámaras legislativas el gobierno tiene mayoría y en los hechos se observa la nueva dinámica impresa por la actual composición de sus miembros.
En solo escasos días se aprobó el nuevo Estatuto del Peón Rural con un sinnúmero de beneficios para los trabajadores del sector; la denominada “Ley de Tierras” que pone límites a la adquisición de predios en manos extranjeras; se ha sancionado la ley que declara de interés público la producción, comercialización y distribución del papel para diarios garantizando en consecuencia el acceso al mismo a los pequeñas empresas del área. Curiosamente este proceder de nuestros legisladores arroja al vacío otro de los mitos montados por el pensamiento neoliberal que “un gobierno con mayoría absoluta atenta contra el buen funcionamiento de la democracia”.
Por el contrario, ha quedado palmariamente demostrado que es al revés. En el último período legislativo “la oposición”, que numéricamente era mayoría en una de las cámaras, imposibilitó cuanto proyecto se enviara al recinto; cajoneando de ese modo toda iniciativa oficial.
La vara para medir la viabilidad de un proyecto no pasaba por la calidad o lo significativo de la propuesta; pues, solo se trataban aquellos proyectos que no tuvieran la impronta del oficialismo. Lo que reducía a la mínima expresión la producción parlamentaria; ya que la mayoría de los proyectos a tratar eran remitidos por los representantes del gobierno. Tal era el grado de “irracionalidad” de los opositores que hasta se negaron a aprobar el presupuesto; e inclusive montando toda una teatralización en connivencia con determinados medios privados, muy propensos éstos a difundir mitos entre sus seguidores (televidentes, oyentes y lectores) para confundirlos políticamente.
Lo concreto, es que podemos esperar la entrada del nuevo año con la satisfacción de avanzar en la dirección correcta. Y eso no es fruto de la casualidad, es obra de un gobierno al que debemos apoyar pero siempre críticamente: No obsecuentemente, porque eso no sería apoyar; eso sería desmerecer todos los avances que se vienen realizando.
Y, por cierto, también es obra de un pueblo que ha sacado provecho de su experiencia. Porque como diría A. Huxley: “La experiencia no es lo que te sucede; sino lo que haces con lo que te sucede”.  
 


Queridos amigos lectores, aprovecho para desearles a todos ustedes y de todo corazón, una Feliz Navidad y un excelente y próspero Año Nuevo!!!!! Y, además, para aquellos que se encuentran fuera de nuestro país un fuerte y cálido abrazo argentino!! Para nuestros compatriotas que se encuentran en el exterior, nuestros deseos que puedan regresar a nuestra querida Argentina. Y para los extranjeros que siguen desde la distancia nuestra realidad; que puedan visitarnos prontamente, que serán bienvenidos.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Moyano y evitemos la "excomulgación"








“Gobernar es crear disensos” (Anátole France)


La frase del escritor francés pone de manifiesto una verdad de perogrullo, todo gobernante que procure modificar el estado de cosas dado va a generar aprobaciones y rechazos, apoyaturas y críticas que van a estar determinadas, generalmente, en virtud de “la víscera más sensible del hombre: el bolsillo” como diría el Gral. Perón.
El acto de ayer donde el líder de camioneros desplegó una serie de cuestionamientos al gobierno nacional no escapo a las generales de la ley.
Más allá de las “heridas” suscitadas, en un primer momento, por la no incorporación en la lista de candidatos a legisladores por parte de hombres afines al titular de la CGT; el incierto futuro de las obras sociales merced a un supuesto proyecto gubernamental que brindaría una cobertura médico-asistencial que traería un sinnúmero de beneficios para la ciudadanía en su conjunto, quizá sea el catalizador que condicionó la retórica de Hugo Moyano. La reacción de éste, que vista desde nuestra perspectiva puede parecer desairosa; observada desde el terreno de los sindicatos es nos guste o no, ineludiblemente, lógica. Máxime si tenemos en cuenta que Hugo Moyano es un representante corporativo –si bien de una corporación de los trabajadores-  y no de los cuarenta millones de argentinos como lo es nuestra presidenta.
Ahora bien, más allá del conflicto que pueda surgir por estos temas puntuales (y otros que no son de público conocimiento) es dable tener presente que quienes se encuentren en una u otra vereda pertenecen, con diferentes enfoques y comportamientos, al mismo espacio político; concretamente nos referimos: al campo nacional y popular.
Por eso debemos ser muy prudentes en nuestro accionar y en nuestras opiniones y no prestarnos a satisfacer a quienes, con extremado deleite, saborearían un recrudecimiento de las posiciones, especulando con una virtual ruptura a futuro entre la CGT y el gobierno.
No es casualidad que los más enconados opositores al gobierno ahora se encuentren “respaldando” con sus declaraciones, en la mayoría de los medios privados de radio y televisión, la figura de Moyano.
El hasta hace muy poco vituperado referente de camioneros, repentinamente paso a ser el centro de la noticia pero no ya como objeto de críticas por su condición de “aliado oficialista”; sino como expresión de los sindicatos que “empiezan a cuestionar el modelo” y la conducción de la presidenta. Si hasta su más enconado opositor en el ámbito gremial, el tristemente célebre Luis Barrionuevo, acaba de verter elogios sobre la figura del Secretario General de los Trabajadores.
Sin lugar a dudas, creemos que Moyano se equivoca  en hacer públicas sus discrepancias con un gobierno con el que, en los contenidos, tiene más afinidades que diferencias.
El debe saber perfectamente que quienes hoy “lo aplauden” son los mismos que se ensañaron sistemáticamente con su persona y su posición gremial durante todos estos años y no vacilarán en retomar esas críticas cuando sus actos, al menos en el plano objetivo, dejen de ser funcionales a sus inconfesables intereses.
No estamos negando la posibilidad de que el sector que representa tenga derecho a disputar espacios de poder; en política siempre se disputan esos espacios. Lo malo no es hacerlo, lo malo es hacerlo sin tener en cuenta las consecuencias que esa disputa puede traer aparejada.
Por eso creemos que Moyano se equivoca, y no tanto en el momento para formular sus demandas; sino en el ámbito en que las realiza. Pero más allá de sus errores tampoco nosotros debemos “excomulgar”  la figura de Moyano, después de todo es dable reconocer que las banderas que enarboló en la década menemista sirvieron para mantener latente la construcción de un proyecto nacional y popular. Y también es razonable reconocer que cuando el actual gobierno (y en ello no hacemos diferencia, ya que no la hay, entre Néstor y Cristina) necesito respaldo, ahí estuvo la CGT apoyando; si bien es cierto que el apoyo no estaba desprovisto en lo más mínimo de carga ideológica. Ya que estaba apoyando la construcción de un proyecto político que tenia al trabajador como destinatario principal del mismo.
La historia latinoamericana nos brinda sobrados ejemplos de lo que suele acontecer cuando los sectores populares entran en confrontaciones banales unos con otros, y ya estamos lo suficientemente maduros como para no pecar de ingenuos.
Por eso estamos convencidos que no es tiempo de escisiones y mucho menos de fomentar divisionismos como pretenden “los auténticos opositores” al modelo que hoy se muestran como “los nuevos amigos” del líder sindical. Por el contrario, es momento de atemperar las aguas y discutir lo que sea necesario pero siempre en el lugar adecuado y en el marco del modelo común que nos contiene a todos los que reivindicamos el modelo nacional y popular.
Los trabajadores saben que tienen en el gobierno un aliado fiel y leal para seguir avanzando en sus conquistas y el gobierno sabe que para seguir dando pasos en esa dirección necesita el acompañamiento de aquellos representantes sindicales que no se prestaron venalmente a traicionar los intereses de los trabajadores. Por eso no es cuestión de dividir, sino de cohesionar posiciones, de aunar esfuerzos; después de todo, no hay que olvidar que ambos sectores están bregando por lo mismo: la felicidad de nuestro pueblo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La construcción de las coyunturas y el discurso presidencial






La presidenta Cristina Fernández prestó juramento, para su nuevo ejercicio presidencial, ante la Asamblea Legislativa. No siempre es muy emotiva la ceremonia de asunción de los presidentes argentinos y, obviamente, esa sensación varía en función de la personalidad y la percepción que se tiene de la figura que asume en determinado momento histórico.
En esta ocasión, para muchos argentinos -entre otros, quien escribe- el clima ha sido por demás propicio para conmoverse en virtud de las particulares circunstancias que rodearon a esta presidenta en el curso de su primer mandato y con más razón, por tratarse de uno de los pocos (con excepción hecha de su ex marido, Néstor Kirchner) mandatarios que pueden exhibir un rosario de realizaciones a favor del pueblo a lo largo de toda su gestión.
Por eso no es casualidad que el pueblo (o la gente, como gustan decir algunos) haya salido a festejar esta nueva jura de, la para muchos “compañera”, Cristina Fernández de Kirchner.
Pero lo cierto es que, más allá de los justificados festejos, la presidenta en el tradicional discurso a la Asamblea Legislativa no solo ratificó los contenidos de su propuesta “nacional, popular y profundamente democrática”, sino que dejó bien en claro que “no es la presidenta de las corporaciones; sino de los cuarenta millones de argentinos”. Esto que tal vez no sea muy relevante para un observador recién llegado a la arena de la actividad política nacional; es, sin lugar a dudas, extremadamente significativo para quienes venimos contemplando la historia política de nuestro país.
Hasta la llegada de Néstor al poder, los distintos mandatarios argentinos fueron “presa fácil” de los diferentes depredadores corporativos. Si bien es preciso reconocer que, exceptuando un “tibio intento” durante la primer etapa de advenimiento de la democracia en 1983, todos los mandatarios se dejaron condicionar dócilmente por los representantes del poder corporativo.
La práctica era tan habitual que al mismo Kirchner intentaron someter ab initio de su gestión. Bien vale recordar, el frustrado intento de condicionar la administración del célebre “pingüino”, por parte de los poderes dominantes (hoy mucho más debilitados, no extinguidos) en aquel momento; intención que se vio plasmada en la nota editorial del director del periódico “La Nación” el mismo día de asunción de Néstor Kirchner.
Allí se exteriorizaba un “pliego de condiciones” a las que debía someterse el flamante gobierno a riesgo de no perdurar por más de un año.
Lo que no podían imaginar estos señores era que, un mandatario que accedía a la presidencia de la república con un bajo número de votantes y ante una ciudadanía profundamente escéptica, iba a ser capaz de articular al pueblo en su discurso y con ello construir, paulatinamente, una hegemonía política capaz de modificar el hasta entonces, inalterable status quo.
La historia ya la conocemos, y Néstor ingreso en ella por la Puerta Grande, al igual que su inseparable compañera.
Por ello la expresión de la presidenta revela felizmente el signo de los tiempos; y pone al desnudo cuanta mendacidad hay en los persistentes predicadores de los supuestos “vientos de cola”.
De no haber llegado los Kirchner al poder la estructura política argentina iba a continuar la senda del sometimiento a las corporaciones. De ahí que jamás, hubiéramos gozado de “coyunturas felices” porque los vientos en política no responden a fenómenos de la naturaleza -esto es, a hechos impredecibles- como quieren hacernos creer. Sino que son la resultante de la voluntad política de los dirigentes y si esos mismos dirigentes están dispuestos a pactar con las corporaciones dominantes no hay vientos capaces de modificar el estado de cosas dado.
Si fuese cierto lo de los vientos: ¿Porqué el resto de las naciones de la región no crece a las mismas tasas que nosotros? ¿Por qué la relación deuda-PBI (producto bruto interno) es la más baja de la historia de las últimas largas décadas, aún en el marco de una crisis económica internacional? ¿Porqué la deuda pública en moneda extranjera, una vez efectuados los pagos de diciembre del año en curso, va a pasar a ser del 8.7% del total? ¿Porqué se pudo superar, como bien lo destacó en su discurso la presidenta, cinco corridas cambiarias?
Sencillamente, porque hay una voluntad política firme que no esta dispuesta a dejarse doblegar ante las presiones que recibe de los sectores del privilegio.
Quien conozca un poco la historia contemporánea, puede recordar que durante el gobierno de Alfonsín las corporaciones lo sometieron a éste ininterrumpidamente, aún habiendo accedido aquél a la mayoría de sus “peticiones”. Sin embargo, y a pesar de sus concesiones, padeció una furibunda corrida cambiaria que lo obligó a retirarse de su mandato antes de tiempo.
Como no recordar la imagen de uno de sus últimos ministros de economía, hablando por cadena nacional con el rostro por demás extenuado como símbolo de su agotamiento y dirigiéndose a los denominados “Capitanes de la industria” con esa frase tan pueril como emblemática: “.....Les hable con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. Pobre Juan C. Pugliese, así se llamaba el ministro, omitió que la regla de oro de las corporaciones es proceder en función de la avidez de sus bolsillos.
De ahí la importancia de haber contado con gobernantes de la talla de Néstor kirchner y Cristina Fernández.
Por eso insisto, en que el significado del discurso de la presidenta es trascendental; los argentinos estamos viviendo momentos inimaginados hace una década atrás. Quién podía imaginar que luego de tantas frustraciones, iba a venir un gobierno capaz de confrontar contra los detentadores del poder real, quien podía suponer que la política iba a destituir el “reinado de los tecnócratas” para fijar, definitivamente, las prioridades a las que debe subordinarse un modelo económico que se precie de humanista.
La magnitud de los cambios que se vienen realizando desde que Néstor y Cristina se hicieron cargo del poder del estado es, verdaderamente, inconmensurable y solo se van a poder apreciar en su cabal dimensión con el transcurso del tiempo. Pero la Argentina de hoy es otra, como serán otros los argentinos del mañana que habitarán un país digno de ser llamado Nación.          

lunes, 5 de diciembre de 2011

Un "pacifista" que integra el batallón liberal



       






La revisión de la historia argentina ha sido uno de esos tradicionales temas prohibidos durante el siglo pasado y lo seguiría siendo, sino fuese que existe hoy en la Argentina un gobierno dispuesto a democratizar “el conocimiento histórico” con el propósito de aproximarnos a la verdad de lo que aconteció en nuestros orígenes como nación.
Hasta el momento, la “ortodoxia liberal” se encargo de defenestrar, a lo largo de los tiempos, a todo historiador que intentase cuestionar los contenidos de la historia oficial. De ahí que, revisar la historia siempre constituyó una “herejía” para quienes expresaban –y expresan- un modelo de país semicolonial, con escaso margen de independencia y proclive a resaltar las bondades de la extranjerización en desmedro de lo autóctono y de lo popular.
El problema, para la ortodoxia, no pasa por mantener incólume la figura de los “próceres” que su  pensamiento político realza; en absoluto, lo preocupante para este sector  es que se conozcan las perniciosas consecuencias que el proceder de muchos de sus “reivindicados héroes” tuvieron para el desarrollo de nuestra nación.
Después de todo, los liberales saben perfectamente que mantener intactos los postulados de la historia oficial garantiza, no solo el desconocimiento de la historia real; sino la posibilidad de conseguir adeptos a las opiniones establecidas a lo largo de los años.
No es casual que uno de los más fervorosos exponentes de la historia oficial o clásica como él mismo la define, Mariano Grondona, salga a cuestionar la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.
Más allá de haber sido amanuense tradicional del diario de los Mitre, Grondona apelando, como es su costumbre, a la técnica del camuflaje se reviste de pacifista (supuestamente una posición intermedia entre los historiadores liberales y revisionistas) para cuestionar la decisión presidencial de la creación del mencionado instituto. Y lamenta que nuestra presidenta no haya adoptado la perspectiva pacifista representada, según sus propias palabras, por “…un prócer tolerante como Justo José de Urquiza aquél que dijo ni vencedores ni vencidos y a quien pudieron continuar los grandes presidentes fundadores que, nos dieron un largo e impar período de prosperidad”.
Sería bueno imaginarnos la opinión que el Cnel. Martiniano Chilavert nos daría del “pacifista de Urquiza”, que luego de la batalla de Caseros decidió fusilarlo por la espalda porque se atrevió a cuestionar que las tropas que el general entrerriano comandaba estaban integradas por soldados extranjeros. O la de los integrantes del batallón de Aquino que luego de rendirse fueron fusilados y colgados en los árboles de Palermo.
O la que nos proveería López Jordan cuando el mismo Urquiza traicionando los esfuerzos de los caudillos  federales pactó con Mitre sepultando las aspiraciones de un verdadero federalismo.
Lo cierto es, que el miedo a que nuestro pueblo conozca la historia real no radica en el descubrimiento de la certeza histórica; sino en las consecuencias que ese descubrimiento pueda tener para el porvenir de nuestra patria. Si ello sucede, ¿Cómo re-instalar el pensamiento colonial una vez que el pueblo conozca la verdad? ¿Cómo engañar a los argentinos si se corre el velo que cubre los intereses dominantes en cada período histórico? ¿Cómo preservar el orden establecido por la mentada ortodoxia si se pone al desnudo el modelo de país que propiciaron históricamente?
Ha habido, desde la traición de Urquiza, como bien lo señaló Don Arturo Jauretche una política de la historia  cuyo propósito consistió en ocultar la verdad a efecto de posibilitar que unos pocos manejen a piacere los destinos del país.
Por eso, siempre es hora de revisar la historia, máxime si tenemos en cuenta aquello de “si la historia la escriben los que ganan; entonces, quiere decir que hay otra historia”.
Sin ir más lejos, cuando observamos ciertos programas televisivos de la actualidad, percibimos que pocos "periodistas" y/o políticos resisten un archivo. Ni hablar cuando leemos las editoriales u artículos de opinión de ciertos columnistas de los denominados periódicos "tradicionales". Obviamente, si no se pudiese revisar sus dichos, sus artículos o sus procederes podríamos no recordar quienes son verdaderamente. En consecuencia, seríamos pasibles del engaño permanente.
Ni hablar en cuestiones históricas, de ahi que solo quienes opten por el falseamiento de la historia pueden oponerse a que se la revise. Al fin de cuentas: ¿Cual es el problema? ¿ Si la veracidad de "la historia oficial" es tal como manifiestan los "señoritos" liberales que problema tienen en que se la revise? ¿O acaso ellos también dudan de la veracidad de la misma?
Observemos el artículo de Grondona, donde se encomia la figura de don Justo José como el gran pacifista de la época. Pues, podríamos mencionar un sinnúmero de atrocidades cometidas por el general entrerriano; sin embargo, las mismas se ocultan deliberadamente -como la de tantos otros "próceres" oficiales- por la denominada historia clásica, que a su vez, lo presenta como un auténtico caudillo federal. ¿Será quizá que don Mariano no conoce la historia fehacientemente? No, en verdad, me cuesta creer que lo ignore; por el contrario, la conoce muy bien. 
Por ello, la mención del “prócer tolerante” no es fortuita en Mariano Grondona, que siempre ha reivindicado a los que proceden en desmedro de nuestra nación traicionando los intereses populares. En los 60 reivindicaba a Onganía, en el 76 a la dictadura, en los 90 a Menem, y hoy a Urquiza,. En su caso, es dable reconocer su coherencia a lo largo de los tiempos.
No obstante, es bueno reconocer que siempre ha tomado partido por la falsificación de la historia; lo que motiva aún más nuestro respaldo a la oportuna decisión presidencial.