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viernes, 28 de septiembre de 2012

Harvard, cacerolas y el pensamiento crítico





 










Recientemente nuestra Presidenta en el marco de su visita para participar en el Foro de Naciones Unidas, inauguró la Cátedra Argentina en la Universidad de Georgetown y, al día siguiente, se presentó para brindar una conferencia en la renombrada Universidad de Harvard.
Nadie ignora que esta “destacada” Universidad ha sido la fuente de formación, por antonomasia, del pensamiento neoliberal y ha proporcionado, al mundo económico-financiero, un vasto ejército de ejecutivos que han colaborado realizando significativos aportes en la producción de lo que hoy se conoce como la más aguda crisis económica internacional. Partiendo de este presupuesto, no podíamos esperar que la presidenta de un país, que ejecuta políticas económicas que se apartan de las férreas y sacrosantas recetas promovidas por los cultores del libre mercado, sea bien recibida en el círculo áulico de la afamada Universidad.
Sin embargo, es notorio resaltar que, la Presidenta desarrolló una encendida defensa de la instrumentación de políticas alternativas a las propiciadas por el modelo neoliberal y asombrosamente los alumnos, lejos de cuestionar desde su formación académica cada una de las mismas, se abocaron exclusivamente a la tarea de repetir -emulando el más llamativo atributo de los papagayos- lo que los grandes medios de comunicación locales pretenden instalar en una vasta franja de la población argentina. Nos referimos, concretamente, a la falsa idea de que en nuestro país no existe libertad de expresión.
Desde ya, es una idea que se derrumba por su propio peso; es por demás evidente que en la Argentina reina la más absoluta libertad de expresión.
A diario, proliferan las críticas no tanto a las medidas de gobierno (porque esto exige, entre otras cosas, cuestionarlas desde una base de fundamentación real; cosa que al parecer esta ausente en los críticos), sino denostando, con los más abyectos improperios a la figura presidencial.
Ésta actitud que refleja, por sobre todo, la mediocridad (y, en algunos casos, la “venta” de conciencia o de la libertad de pensamiento. Notoria paradoja!! Reclaman libertad y están dispuestos a “enmendar” sus expresiones por criterios mercantiles) de ciertos y determinados periodistas colabora, muy sutilmente, con la propagación del odio dentro de nuestro país. Según ellos, en sintonía con los inconfesables deseos del poder monopólico, “éste gobierno no ha hecho nada ponderable”; si hasta no se explica porqué obtuvo el 54% de los votos en las últimas elecciones nacionales; superando, vale recordarlo, a la sumatoria de todos los porcentajes obtenidos por los distintos candidatos opositores. Manifiesta coincidencia esa manera de "pensar" con las elegantes caceroleras que en plena ciudad de Nueva York, exteriorizando su repudio a la visita de nuestra presidenta, portaban un cartel que rezaba: “Kirchner Ruined Argentina” (los kirchner arruinaron Argentina). Sí, sí, al parecer, no fueron las políticas neoliberales las que transportaron al país al borde del abismo; definitivamente, no han sido los Cavallo, los Prats Gay, los Redrado y, mucho menos, los Martinez de Hoz, quienes condujeron al país al fondo de los mares. En absoluto, los causantes de todos esos males han sido, nada menos, que los Kirchner. Esos díscolos gobernantes que se empeñaron en arruinar a la Argentina.
Sin duda, ésto nos hace recordar la expresión de un ya fallecido presidente argentino (otrora, "representación del mal") que también tuvo que padecer las más feroces críticas periodísticas hasta ser derrocado mediante el viejo –pero nunca extinguido, si bien se lo podrá disfrazar- recurso del golpe de Estado. Cuando decía: “El éxito que ha coronado mucho de nuestros esfuerzos, ha excitado los enconos del enemigo derrotado”.
Suena fuerte el término, pero aún subsisten, y en aquél entonces muchos más, los auténticos enemigos de la democracia.
Después de todo, el pretender que un gobierno democrático desnaturalice su propuesta e implemente medidas que solo beneficien a "unos pocos" es procurar, lisa y llanamente, la muerte de la democracia. Curiosamente, algunos dirigentes que se dicen fervorosos simpatizantes de ese ex-presidente; se encargan hoy de agitar permanentemente los enconos sobre la actual Presidenta.
Lo cierto es que, así están dadas las cosas en una franja de periodistas mediáticos; que tal vez no sean muchos, pero al estar presentes en todos los medios de la gigantesca y monstruosa corporación parecen, y en los hechos se hacen escuchar con ilimitada amplitud, muchísimos más.
Es una pena que, ni siquiera reconozcan los beneficios que podrá reportarles la vigencia de una nueva ley de medios. Es tal la subordinación que expresan algunos de ellos que, hasta se muestran alegremente predispuestos a convertirse en simples: “vasallos privilegiados”. Por cierto, no cultivan la tierra de sus “Señores”, ni tampoco -quiero creerlo- reconocen su derecho de pernada; pero sí, están dispuestos a: abjurar de la veracidad, manipular las palabras, distorsionar la información, desdecirse de lo que sostenían en épocas anteriores, desdibujar la realidad cotidiana; todo en aras de una supuesta “libertad de expresión”.
Al fin y al cabo, en los tiempos que corren, “la libertad de expresión” se circunscribe a los estrechos límites trazados por las corporaciones mediáticas; que, según ellos,  son las únicas legitimadas para definir las fronteras de la libertad. Así, sí un canal público promociona los actos de gobierno es un atentado a la libre expresión; en cambio, si la totalidad de los medios privados ofende y vitupera a la Presidenta es en el marco de la libertad. ¿Pero si mienten? Ah, si mienten también, los medios privados no tienen porqué garantizar la veracidad de las informaciones; la gente despues decide escuchar, o no, a los medios que mienten, aseveran quienes defienden los intereses monopólicos. Lo que no dicen es que, al concentrarse los medios en poquísimas manos; esa "gente" no tiene posibilidad alguna de darse cuenta que la están engañando.
El verdadero problema es que, en más de una ocasión, terminan convenciendo al hombre común – y como podemos apreciar, también a los estudiantes de Harvard-, quien luego no vacila en repetir las falacias orquestadas por los medios de comunicación.
Pues, y parafraseando a un escritor francés: Lo que no sería ningún inconveniente si ese tributo a las estupideces dominantes -difundidas deliberadamente- no fueran tan a menudo acompañadas del odio hacia quienes pensando más allá de su época intentan edificar una sociedad más equitativa.
Como es dable apreciar, ni siquiera en los “iluminados” círculos áulicos se estimula el verdadero pensamiento crítico –más allá de que alguno sostenga, no sin asidero, que en esos lugares se forja la mente a la medida de las necesidades imperiales-; que podemos esperar cuando alumnos de una universidad "prestigiosa" y de un presumible “nivel avanzado”, se rigen por la información proporcionada por los medios.  
Si alguien supone que la lucidez es susceptible de ser adquirida sobre la base de la simple apariencia; pues entonces, no resulta aventurado presagiar circunstancias extremadamentes difíciles para el futuro de la humanidad.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La oposición, la reforma y el enigmático porvenir.





 




Frente a la aproximación de las elecciones legislativas del próximo año, los dirigentes políticos opositores están intentando desarrollar una estrategia común a los efectos de conquistar voluntades para desembarcar en el Congreso.
Así vienen desarrollando una serie de encuentros con el objeto de evitar que el oficialismo obtenga un número considerable de votos que le posibilite gobernar con la menor cantidad de obstáculos posible.
Para ello están pensando en implementar una estrategia que tenga por objeto asociar la idea de no votar a los candidatos kirchneristas porque tendrían el propósito de reformar la Constitución Nacional.
Las constituciones no se reforman enseña el pensamiento liberal, al parecer, están para ser aplicadas indefinidamente de generación en generación.
Sin embargo, ese no ha sido el propósito de nuestros constituyentes obviamente, ya que la propia constitución prevé mecanismos para su reforma. Lo que sí,  en líneas generales, debe permanecer inalterada es la denominada “parte dogmática” de la Constitución. Concretamente, aquella que resuelve el status jurídico de las personas; esto es, donde se encuentran no solo las declaraciones, sino los derechos y garantías que protegen las libertades y prerrogativas de nuestros habitantes. Pero fuera de ello, no vemos porqué el resto del plexo constitucional no pueda ser pasible de reforma.
Lo cierto es que, en los hechos, no se conoce texto alguno donde el oficialismo promueva, o tan siquiera haya manifestado alguna intencionalidad de reforma; sin embargo, la oposición ha decidido lanzar su campaña dando por sentado, apriorísticamente, que el gobierno esta decidido a hacerlo con el deliberado propósito de propiciar su reelección. Y frente a esa presunta reforma, aducen que “el pueblo” argentino rechaza contundentemente una medida de esas características.
Es curioso, pero la denominada “oposición” en la Argentina tiene algunos “atributos” dignos de ser resaltados. Por un lado, se expresa en representación del “pueblo” excluyendo de ese concepto a la gran mayoría de la población que en el ejercicio de sus derechos políticos les ha retaceado el apoyo a lo largo de los últimos 12 años. Ignorando, de esa forma, los anhelos de quienes simpatizan, acompañan o, simplemente, apoyan con su voto la gestión oficial.
Por el otro, se agrupan, exclusivamente, en función de su rechazo a la figura presidencial; prescindiendo de la elaboración de un proyecto alternativo en el terreno político.
Lógicamente, no comprenden –y al parecer, jamás comprenderán- que al oponerse rabiosamente a la Presidenta Cristina Fernández de kirchner, no se están manifestando sencillamente en contra de una persona singular; sino que están cuestionando el manifiesto apoyo que un 54% de la ciudadanía le viene brindando a un gobierno qué, con la artillería mediática en su contra, sigue cabalgando en dirección a lo que la gran mayoría popular reclama.
Decir que la mentada “oposición” se ha convertido en un instrumento menor de los sectores dominantes en la Argentina, no es nada nuevo; es suficiente con observar el comportamiento que han tenido, a lo largo de estos últimos años, a través de los medios para corroborar semejante afirmación.
Lo que sí resulta verdaderamente irrisorio –aunque trágico por otra parte-,  es contemplar como esa “ensalada de frutas”, no muy apetecible por cierto; es capaz de reunir a liberales ortodoxos (macrismo), católicos liberales (Carrió), liberales más moderados (Stolbizer), socialistas liberales (Binner), moyanistas, corrientes “clasistas”, y predicadores de una ininteligible “patria libre” que se oponen a todo intento de reforma constitucional, no teniendo en mira el contenido programático de la supuesta reforma; sino adelantándose a los hechos con el ostensible propósito de que el pueblo (y aquí el concepto no es fruto de una construcción mediática; sino que se ajusta a la concreta realidad, en consecuencia, es muchísimo más amplio que el que ellos expresan) no pueda reelegir nuevamente a su presidente.
Sin duda, ésta última referencia plantea “el dilema del porvenir nacional”; esto es, los argentinos nos veremos imposibilitados de reelegir a una presidenta que entre alguno de  sus logros acumula: la recuperación económica del país, la ampliación de derechos a sus habitantes, la construcción de una sociedad más igualitaria, la recuperación de la política como factor determinante a la hora de diseñar el modelo de sociedad deseada y la ruptura del estado de sumisión permanente a las grandes corporaciones a la que se hallaban compelidos los anteriores titulares del poder ejecutivo.
Y bien vale detenernos en este punto, pues, si tenemos en cuenta que “el discurso opositor” es el triste eco de los reclamos de los sectores dominantes (es decir, de las grandes corporaciones); no es difícil imaginarnos hacia donde estarían dispuestos a llevarnos los más “conspicuos frutos de esta ensalada”.
Si uno escucha las expresiones del candidato presidencial del FAP, Hermes Binner cuando sostiene: “ Los tres puntos que son base de nuestra demanda son el respeto a la independencia de poderes, el respeto al federalismo y el respeto a los derechos sociales”(1), no va a encontrar diferencia alguna con el tradicional discurso inconsistente del ex presidente Fernando De la Rúa.
Es más, deberíamos preguntarle cual es el grado de afectación que una “reforma constitucional” despliega sobre cada uno de estos tres puntos. Por el contrario, un dirigente presuntamente “socialista” pondría mucho más énfasis en predicar no tanto el respeto a los derechos sociales; sino la acentuación de los mismos.
Otro de los “dirigentes” opositores Luis Juez, nos dice “nos oponemos a cualquier reforma de la constitución; aun si ni siquiera se menciona la reelección”. Esto y decir desconozco de lo que se habla pero me opongo es, sin margen de dudas, la misma expresión.  
Ni hablar de las declaraciones de Margarita Stolbizer cuando dice: “La propuesta es activar mecanismos de participación popular para poner fin a los atropellos”.
Sería cuestión preguntarle a esta señora a que se refiere con la palabra atropellos; tal vez aluda a los beneficios sociales impulsados durante la gestión del gobierno. Por otro lado, si tanto les molesta la  incierta reforma y, verdaderamente, quiere activar mecanismos de participación: ¿Porqué no sugiere convocar a un referendum para consultar a la población si está de acuerdo o no con una reforma de la Carta Magna?
¿O acaso cirscuncribe “la participación popular” a esa franja minoritaria de personas que le brindaron su voto en las últimas elecciones? 
Nadie está planteando que, a pesar de la escasa representatividad de estas vertientes políticas, carezcan de derecho a expresarse; lo que si indigna es que, al momento de hacerlo, se atribuyan la representación del pueblo en su conjunto, confundiendo la parte (indiscutiblemente minoritaria) con el todo.
Lo que en última instancia, pone de manifiesto que en vez de procurar “la felicidad del mayor número” están dispuestos a favorecer el bienestar de unos pocos; eso si, incluyendo a sus auténticos representados: Las Corporaciones.
Por otra parte un buen ejercicio, para saber que pretende este "aglomerado" de dirigentes, sería preguntarse: ¿Con que no esta en desacuerdo la oposición?
Ya que lo que buena parte de la población concibe como grandes logros, por ej. estatización de los fondos de pensión y jubilación, ley de medios, recuperación de YPF, fútbol para todos, política de derechos humanos; entre otras cuestiones, ha sido rechazado reiteradamente por vastos sectores opositores.
Como vemos en el lenguaje opositor las definiciones están forjadas al calor de “sus necesidades e intenciones”; que al parecer no es otra que retrotraernos a la argentina prekirchnerista.
 Así nos hablan de la dictadura K, en pleno Estado de Derecho, con el Congreso funcionando –donde muchos de ellos forman parte integrante- y con la más virulenta y rabiosa campaña opositora que se haya visto a lo largo de los últimos años. Después de todo, asociar un democracia real con una “dictadura” es, guste o no, cultivar la posibilidad de que cualquier intento destituyente sea tolerado con indiferencia por aquellos sectores que no alcancen a discernir una cosa de la otra.
Así también, no repudian en lo más mínimo las expresiones de ciertos medios de (des)información que no solo descalifican recurrentemente la investidura presidencial; sino que hasta se dan el tupé (en lo que ellos califican como "situación dictatorial") de caricaturizar morbosamente a la Presidenta de la Nación, en tapas de revista .
Con dirigentes que al igual que la mayoría de esos medios, recogen frases descontextualizadas de la presidenta para luego machacar con el propósito de deteriorar la imagen presidencial; legitimando, de ese manera, las mentiras ventiladas por los medios privados.  
En síntesis: dirigentes de poca talla para poder ser calificados de dignos opositores. 
Es en realidad una pena que hasta el momento los rumores de reforma constitucional no hayan sido verdaderamente fundados; tal vez la oposición con su “mediocre inventiva” pueda transformar en realidad el asunto.
Ya que, si el futuro de éste país se deposita en manos de ésto que se da en llamar “La Oposición”; la Argentina habrá perdido definitivamente la posibilidad de consagrarse como Nación independiente.


(1) Pagina 12 7/9/2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La libertad de denunciar...a Fito



 










La manera de concebir la libertad de expresión, de parte de determinados dirigentes porteños, es absolutamente muy particular. Por un lado, responsabilizan al gobierno nacional de atentar contra dicha libertad por la utilización de la cadena nacional para difundir los mensajes presidenciales; por el otro, sostienen que el gobierno y merced a un programa -6,7,8- que se difunde una hora diaria en un solo canal de televisión (que además es público) intenta “adoctrinar” a la ciudadanía. Claro que si se analiza la estructura de medios existente en la Argentina y el volumen de programación audiovisual, aquello no llega a representar proporcionalmente ni el 1% de esa cantidad. Curiosa manera de “adoctrinar” con la ocupación de porcentajes tan bajos en el espectro radiofónico y televisivo; y mucho más si tenemos en cuenta que el 99% restante se encarga de criticar y denostar al gobierno federal por haber, entre otras cosas, interrumpido los grandes negocios de la corporación mediática.

Pero bueno, esto de "sobredimensionar" -cual si fuera una exorbitancia- la regulación del Estado en los medios de comunicación, por parte de los representantes de la oposición, no deja de ser toda una definición política encubierta.

Nadie ignora que en otras épocas (principios del siglo XX) el Estado podía apoderarse del control comunicacional y desarrollar, de ese modo, toda una política orientada a uniformizar el pensamiento colectivo. De allí que fuera necesario, no solo reducir a la mínima expresión la posesión de medios de comunicación en poder del Estado; sino, por sobre todo,  garantizar la existencia de medios de comunicación privados que representaran, en cierta manera, la expresión de la totalidad de las voces y pensamientos existentes en el arco social. El problema devino, para finales del mismo siglo, cuando las corporaciones económicas durante su proceso de agigantamiento fueron extendiendo sus “raíces” (“tentáculos”) en diversas fracciones del terreno económico-financiero y visualizaron el área comunicacional como una buena herramienta para conservar, ampliar y fortalecer sus negocios. A partir de entonces, la finalidad de la información dejo de estar relacionada con la presunta verdad para subordinarse definitivamente a las "necesidades comerciales" de los grupos económicos dominantes.
Esto, variante más, variante menos, es lo que ha acontecido en buena parte de la geografía mundial y, obviamente, la Argentina no ha sido la excepción.
Lo cierto es que ante esta nueva situación las políticas gubernamentales que, eventualmente, podían interferir con las apetencias de las corporaciones económicas se vieron desprovistas de difusión mediática impidiendo, de ese modo, que la gran mayoría de la población llegara a conocerlas y, por ende, brindara su consentimiento a la ejecución de las mismas.
Asi se fue reduciendo el poder político estatal y, contrario sensu, fortaleciendo el poder político de unos pocos que, por su poder de dominio comunicacional, estaban ( y aun están, en menor grado) en condiciones no solo de manipular el consenso social en función de sus intereses; sino de "arrancarle" a los gobiernos un conjunto de beneficios para no alentar a "la opinión pública" en su contra.

Por fortuna, en nuestro país, la disputa desatada entre las autoridades nacionales y la corporación más grande (Clarín) en materia comunicacional ha puesto en evidencia los intereses en pugna. Pero no solo eso, sino que por añadidura pone de relieve cuales miembros de la clase política local están de un lado u otro del conflicto.
Así vemos como un sector de los dirigentes políticos "argentinos" se hace eco (diríamos complices) de las premisas enarboladas por los multimedios, manifestando que en el país no hay libertad de expresión; cuando por el contrario, jamás en la historia de los últimos años hubo tanta diversidad de opiniones.

Sin margen de dudas, los hechos desmienten absolutamente esas falsas imputaciones; pero la incongruencia más ostensible es la, que a diario, revelan quienes se erigen en paladines de la libertad de expresión.

Me refiero específicamente a los dirigentes del PRO (con el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, a la cabeza) que en el curso de los últimos 10 días han protagonizado tres hechos que ponen en evidencia la concepción, tan particular, que poseen sobre la significación de la libertad.


En primer lugar
, el gobierno porteño instala una línea telefónica para denunciar anónimamente actividades políticas en los colegios. Al parecer la actividad política debe estar vedada para los jóvenes que deben desarrollar su intelecto desprovistos de todo contacto “contaminante”. Claro que los “destacados” dirigentes aducen que lo que se trata de evitar es la política partidaria. Sin embargo, cuando los docentes y alumnos de una escuela capitalina realizaron una “parodia” en defensa de la escuela pública sin expresar pertenencia partidaria alguna; fueron separados, lisa y llanamente, de sus respectivos cargos.


En segundo lugar
, se cuestionó la distribución realizada a la salida de un colegio, por parte de un grupo de jóvenes, de la tradicional historieta conocida como “El Eternauta”. Historieta ésta donde lo que prima no son los héroes individuales, sino los héroes colectivos desplegando, en consecuencia, a través de sus páginas mensajes de solidaridad y compromiso social que, en definitiva, hacen a la construcción de una sociedad mejor . A tal punto llegaron los cuestionamientos que el Jefe de Gobierno porteño salió a decir que “El Eternauta” tenía la entrada prohibida a las escuelas. Puede haber algo más ridículo (o fascitoide) que arrogarse la facultad de prohibir una historieta. Si eso no es cercenar la libertad, no se como llamarlo. Claro, después se dio cuenta y rectificó sus dichos con la “ingenuidad” de justificar que quisó decir el “Néstornauta” y no el Eternauta; como si hubiese otra historieta que se imprima bajo el nombre de Néstor (Kirchner) .


En tercer lugar, merced a las declaraciones del músico Fito Paez expresando que le resultaba patético observar la instrumentación de medidas como la de “denuncie ya” (siempre y cuando se vea a un joven militando políticamente en una escuela), en relación a eso expresó: “A mi me sale un monster y pienso esta gente en la dictadura hubiera sido buchona, hubiera entregado gente”. Ya que el método de denuncia anónima, fue uno de los tantos medios utilizado por la dictadura para acallar las voces de protesta.

La reacción de los “incondicionales” defensores de la libertad de opinión, no pudo ser otra que "la  mejor"; pues, amenazar con demandar judicialmente a Fito por sus declaraciones.  Ya vemos como se comportan estos amantes de la libertad; tal vez porque posean una extraña manera de concebir la libertad de expresión.

Como diría el célebre pensador francés (Voltaire) éstos son los dirigentes que dicen: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, pero muera aquél que no piense como yo”.

domingo, 19 de agosto de 2012

La Cámpora, Voltaire y los estigmatizadores






       








El célebre Voltaire expresó la conocida frase que dice: “Si Dios no existiera habría que inventarlo”. El motivo de semejante expresión posibilitó una multiplicidad de interpretaciones respecto de  porqué esa necesidad -en el supuesto caso de ausencia- de crear la mencionada deidad. Algunos sugerían que “esa invención” es la que da lugar a la esperanza en el más allá y, de esa forma, el hombre no padecería la angustia de saberse parte de la nada; otros aducían que el temor “al castigo divino” operaría como un freno en el proceder de los hombres sin escrúpulos, de ahí la necesariedad; otros sostenían que la presunción de la existencia divina posibilitaría, de algún modo, imponer sobre los hombres un conjunto de valores que facilitáse la coexistencia humana sin dañarse los unos a los otros.
Obviamente, estas dos últimas hipótesis se desvanecen con solo contemplar los acontecimientos históricos o, en su defecto, los hechos de actualidad que se desarrollan -o que se desarrollaron- en nuestro planeta a lo largo de los tiempos. Precisamente, el fanatismo religioso, del signo que fuere, ha sido ( y lo sigue siendo) factor determinante en materia de acumulación de víctimas humanas.  Ya que, para algunos grupos, la convicción religiosa ha sido una verdadera fuente de legitimación para justificar grandes “sacrificios humanos”. Y, es preciso recordarlo, no han sido pocas las veces en que esa extrema identidad religiosa ha estado asociada con una exacerbada identidad étnica.
Lo cierto es que, invento o no, los hombres han manipulado muchas veces la imagen de Dios para desencadenar acciones afines a sus intereses.
Pero lo mismo aconteció -y acontece- con la figura de su presunto enemigo, conocido como Satanás; si bien es dable reconocer que esta figura cobra preponderancia recién a partir del siglo XIII, cuando irrumpe en la escenografía mística la terrorífica figura del “purgatorio”. Estadío éste en donde las almas purgaban sus “impurezas” antes de acceder a ese anhelado y placentero lugar de descanso denominado “Paraíso”.
Claro que la purificación no estaba desprovista de suplicios; por el contrario, los espíritus que allí se alojaban debían soportar las mas despiadadas atrocidades a efecto de liberarse de sus pecados, en un ámbito dirigido por el mismísimo Diablo.
No obstante, en aquél entonces, el Vaticano se las ingenió para evitar el sufrimiento de una pluralidad de almas e instituyó el “benéfico” mecanismo de las indulgencias. En virtud de las cuales, y previo desembolso de una sustanciosa suma de dinero, se otorgaba una suerte de “salvoconducto” que posibilitaba al alma del futuro difunto acceder al paraíso sin la obligación de hacer escala en el temible purgatorio. Este “inteligente mecanismo”  posibilitó, sobre la base del temor, un incremento nada desdeñable en las arcas del erario (caja, como dirían ahora) privado del Vaticano.
Como vemos la expresión voltaireana fue susceptible de ser modificada a los efectos de sanear las otrora magras cuentas de los sucesores de San Pedro quienes bien pudieron decir: “Si el diablo no existiera habría que inventarlo”. Por suerte, suponemos que eso ya no acontece en el ámbito de la Iglesia Católica, y nadie que se precie de hablar con fundamento se atrevería, en el sigloXXI, a invocar la existencia del purgatorio. 
Sin embargo, y fuera de la órbita confesional; no son pocos los que todavía invocan la “existencia” de lo demoníaco para sembrar temor en una franja de la ciudadanía y, paralelamente, descalificar a aquellos que, directa o indirectamente, expresen una posición antagónica a la avidez de dominación que caracteriza a ciertos sectores minoritarios. 
El método al que acuden es el de antaño, pues, simplemente se requiere cubrir con el manto de lo detestable, de lo pernicioso o de lo maléfico a toda persona o grupo de personas que por su condición, raza, credo, religión y, fundamentalmente, ideas políticas representan un obstáculo para la concreción de ciertos fines non sanctos.
Para ello hoy en día se apela a los medios de comunicación, quienes se encargan de machacar insistentemente sobre “el peligro” que acecha a la sociedad por el avance creciente de una determinado grupo de personas que por sus creencias pueden desestabilizar el sistema de relaciones de poder existente en una sociedad.
Ocurrió y, lamentablemente, sigue ocurriendo en la acongojadora historia de la humanidad a lo largo de las distintas épocas.
Recordemos la persecución de los cristianos, que en su momento representaban un factor desestabilizador al poder del imperio. Más, posteriormente, cuando Constantino decide abrazar el culto cristiano y elevarlo a la categoría de religión oficial de Roma, la persecución se desata sobre aquellos que no aceptaban al “nuevo” Dios, es decir, los paganos.
Podríamos citar infinidad de ejemplos: la matanza y persecución de los cátaros, de los hugonotes, de los judíos, de los “díscolos” al stalinismo, de los armenios, de los palestinos, de los actuales opositores en Sudan,  de lo que paso en nuestro país hace escasos 36 años; etc., etc., etc.
No obstante, la constante en cada uno de estos ejemplos fue primero estigmatizar a los "dignos de ser perseguidos"; y, luego, “hacer creer” a la amplia franja de la población, no comprometida ideológicamente, que aquellos corporizaban la reencarnación del mal.
Ahora bien, una vez inficionada "la conciencia" de la mayoría de los habitantes con semejante discurso, la legitimación para proceder al exterminio masivo ya estaba garantizada, y con ello se salvaguardaba el sistema de poder de relaciones pre-existente; es decir, eso que tradicionalmente designamos como Status Quo.
Por suerte, en nuestro país, ese tipo de prácticas se visualizan como una mancha negra en las páginas de nuestra historia; sin embargo, existen, al parecer, algunos sectores que añoran reeditarlas. Sino, no se explica como determinados medios de comunicación se ensañan recurrentemente contra esa corriente de pensamiento kirchnerista denominada “La Cámpora”.
A ella le asignan ser portadora de todos los males; entre los cuales se encuentra el “endemoniado” atributo de la juventud; condición ésta que estimula la imaginación de desvalorizados “periodistas” (en realidad, lobbystas de grandes corporaciones) que ven en La Cámpora la representación de los temibles “jinetes del Apocalipsis”.
Curiosamente, son los mismos periodistas que, en las páginas de “La Nación” y “Clarín”, cuando ardía en llamas nuestra sociedad y se pauperizaba a la gran mayoría de la población nos hablaban del cálido futuro que nos tenía reservado el mágico encanto del “Libre Mercado”. Los mismos que durante el proceso dictatorial “gozaban de plena libertad” para escribir sus notas; proceso que, por cierto, jamás emparentaron con “el infierno” pese a la ininterrumpida desaparición de ciudadanos indefensos. Sin embargo hoy, en pleno desarrollo de la democracia, no cesan de vincular a los jóvenes politizados con el demonio. Ahora le atribuyen "el adoctrinamiento" de chicos de jardín de infantes y de las escuelas primarias. ¿Será que los muchachos camporistas estan pensando en las elecciones del 2050?
No tengo una opinión formada de “La Cámpora” ya que, en los hechos, tampoco es una estructura de “cuadros políticos consolidados”; sino simplemente una corriente interna que va buscando su cauce en la difícil topografía del peronismo. No obstante, esta lejos de infundir miedo, y tampoco sobresale por posiciones contestarias; por el contrario, su postura de encolumnarse fielmente detrás de las decisiones gubernamentales la transforman más en una corriente de contención que de avanzada. Característica ésta que, por cierto, no es criticable; siempre y cuando –y como así sucede- se acepte en su seno la discusión y el debate dentro de un marco ideológico determinado.
Los que sí en cambio son de temer, son precisamente “los periodistas” de los grandes medios que han dado, a lo largo de nuestra historia, sobradas muestras de intolerancia y de asociación con el poder conservador en la Argentina.
Son los mismos que brindaron cobertura informativa a la dictadura y legitimaron con sus artículos la concentración del poder en pocas manos.
Los mismos que recientemente se opusieron a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central porque intentan evitar que se desarrolle un sistema financiero al servicio de las necesidades del país.
Los mismos que cuestionan al gobierno por su reclamo sobre las Islas Malvinas y ven con buenos ojos la postura británica.
Los mismos que salieron en defensa de Repsol cuando la Presidenta Cristina Fernández adoptó la sabia decisión de recuperar YPF.
Los mismos que no se ajustan a la ley (por ej. la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual), ni a las disposiciones judiciales; pero califican de “autoritario” a un gobierno que garantiza el Estado de Derecho.
Los mismos que no vacilan en distorsionar la información para la consecución de fines más que oscuros.
Los mismos que apelan al falso esquema de “bueno o malo” para arrogarse a si mismo los atributos de bondad, posicionando a quienes no comulgan con sus intereses en la vereda de lo diabólico. Para luego, entonces, alentar la llegada de un "inquisidor" que venga a purificar las almas de quienes osan ubicarse en la vereda opositora.
Los mismos que saben que el diablo no existe, pero no vacilan en inventarlo. Al fin de cuentas, para ellos, todo es justificable siempre que se trate de acumular poder o evitar que lo pierdan.

sábado, 11 de agosto de 2012

Macrí, el rey del laissez faire







 










Cuando en el siglo XVIII un fisiócrata francés expresó aquello de “laissez faire laissez passer, le monde va de lui même” (Dejad hacer, dejad pasar, el mundo va solo); seguramente no imaginó, en aquél entonces, que su mentada frase iba a transformarse en el lema, por antonomasia, de los neoliberales.
Claro que Vicent de Gournay -el fisiócrata en cuestión- tampoco hubiera imaginado que un siglo más tarde en el continente americano, y como consecuencia del desarrollo de un proceso emancipatorio en la región, tendría lugar la formación de lo que hoy se conoce como República Argentina.
Obviamente, ni por asomo se le hubiere cruzado por la cabeza que en el siglo XXI, un “dirigente (a)político” argentino, que responde al nombre de Mauricio Macrí, concibiera el ejercicio de la función pública desde la lógica del “dejar hacer, dejad pasar”. Claro que la lógica de don Mauricio es dejar que otros hagan y él, entonces, abstenerse de hacer algo útil; no obstante cuando se trata de hacer cosas con nulo sentido utilitario (como las bici-sendas) o desplegar comportamientos reñidos con los más elementales principios éticos (ej.: realización de escuchas ilegales, creación de una suerte de “grupo de tareas” a los efectos de desalojar a los sin techo de las plazas públicas)  u obstaculizar avances (veto mediante) en la legislación porteña que contengan preceptos imbuidos de justicia o de equidad social, el Sr. Macrí procede. De lo contrario, se abstiene; ya que para su concepción política la mejor administración es la que se limita a no hacer, absolutamente, nada.
Una muestra de lo que estamos diciendo es el cada vez más prolongado “conflicto con los subtes” que tienen a maltraer a millones de argentinos que utilizan a diario ese transporte público.
La historia se remonta a comienzos de este año; más precisamente, al 3 de enero fecha en que el gobierno porteño y el gobierno nacional firmaron el acuerdo donde el primero aceptaba el traspaso de los subterráneos.
Inmediatamente formalizado el acuerdo el Jefe de Gobierno porteño incremento el precio de la tarifa de subte en un 127%, justificando dicha decisión en que la Nación reduciría los subsidios en un 50%. Subsidio éste que, por otra parte, la gestión porteña viene recibiendo.
Esta posición (la del aumento tarifario) fue claramente expuesta por el Ministro de Hacienda de la Ciudad, Néstor Grindetti, el día 5 de enero del corriente año (ver Clarín del 5/01/2012). Es dable destacar que semejante determinación se adoptó ignorando las disposiciones de la ley 210 que requiere convocar a una Audiencia Pública para el incremento de tarifa. A pesar de ello, el gobierno porteño se arrogó la facultad de hacerlo.
En el ínterin también surgió el problema de cual de las policías, la dependiente de la ciudad o la federal, debía ejercer la vigilancia en el mencionado transporte.
El Jefe de gobierno porteño sostuvo que la policía metropolitana no podía hacerse cargo de la vigilancia en la red subterráneos exigiendo, paralelamente, al gobierno nacional que se hiciese responsable de la custodia. Pues, a la Ciudad, según el funcionario, no le daban “los costos”. Y vale la pena reflexionar unos instantes sobre estos parámetros de “racionalidad mercantil” que utilizan ciertos empresarios devenidos en políticos; ya que trasladan al terreno estatal esa lógica absurda de costo-beneficio en términos exclusivamente monetarios, sin reparar en los beneficios sociales que un Estado debe brindar a todos sus habitantes y que son imposibles de mensurarse en dinero.
Pero retornando al conflicto en sí, es menester mencionar que el Gobierno de la Ciudad, envió, antes de que se desate la huelga por mejoras salariales, un pedido de endeudamiento por U$S 216 millones a la legislatura porteña con el propósito de destinarlos a la compra de vagones para la línea H de la red de subtes.
Es insólito que alguien que sostiene no corresponderle la gestión de los subterráneos, aumente la tarifa y solicite la aprobación para contraer una deuda destinada a la compra de material rodante para ese servicio. ¡¡¡Verdaderamente de locos!!!
Si a esto le añadimos que la red en cuestión solo se desplaza dentro la zona geográfica de la Ciudad de Buenos Aires, es inadmisible que por lo menos el Jefe porteño no se involucre así sea para intentar restaurar el normal funcionamiento del servicio. Es inimaginable suponer que la Estatua de la Libertad se este por desmoronar y el Alcalde de Nueva York  se desentienda de la situación porque (hipotéticamente) los fondos se los debiera proveer el gobierno federal.
Lo concreto es que el paro continúa y la Justicia tuvo que conminar al Jefe de gobierno porteño a convocar a una mesa de negociación para resolver el conflicto. Mientras tanto, los días transcurren y millones de usuarios de la red no sabemos como ha de finalizar esta  historia.
Lo que sí sabemos -algunos- es que la inoperancia demostrada por el Sr. Mauricio Macri es inconmensurable; pero goza de la protección de los grandes medios de comunicación que se empeñan en preservar su imagen para proyectarlo como candidato presidencial en el 2015. Y es lógico que lo protejan, al fin de cuentas, si Macrí fuese presidente los dejaría hacer del Estado Nacional: un mero instrumento para la multiplicación  de sus  riquezas.           

viernes, 3 de agosto de 2012

Cuando los números ahuyentan fantasmas












Es notable observar como las predicciones se derrumban frente a la certeza numérica; máxime teniendo en cuenta que se trata de un país, donde las imágenes y las palabras suelen ser el fundamento sobre las que se asientan las “creencias” de una franja importante de la población.
Por cierto, nadie puede pretender que la ciudadanía adopte criterios científicos al momento de ponderar los dichos de quienes se arrogan la potestad de predecir el futuro económico argentino; no obstante, sería saludable que pongamos en duda sus “habladurías” para no dejarnos envolver por sus tradicionales engaños.
En el día de ayer, al cumplirse 158 años de la creación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner desenvainó una suerte de espada numérica que puso en evidencia la nula solidez que tienen las predicciones realizadas por el cúmulo de “economistas” liberales que se encargan de predecir la llegada de la catástrofe nacional. Anuncio que, por otra parte, les proporciona ingentes beneficios monetarios.
Curiosamente, los gurúes de la desdicha no solo se vienen encargando de vaticinar aluviones y huracanes económicos para nuestro país cuando no existe el más mínimo indicio de que ello va a suceder; sino que gozan “del prestigio” de haber anunciado la belle époque primaveral (año 2001) cuando en la Argentina se desataba el terremoto económico más grande de su historia. 
Nadie ignora que una crisis internacional como la que estamos atravesando ha de esparcir sus efectos, en mayor o menor grado, sobre toda la geografía del planeta. Lo llamativo es que los "pitonisos" locales se empeñan en augurar sobresaltos exclusivamente en nuestra región geográfica, asignándole al gobierno ser la causa originaria de los males. Por ejemplo, se escucha hablar que la Argentina exporta menos carne vacuna, pero no se menciona que es a raíz de que cayó el consumo en los paises centrales; dejando de ese modo la sensación de que la merma exportadora obedece a que el gobierno no tiene una idílica relación con algunos sectores del campo. Y así se encargan recurrentemente en predicar, con cierto aire de "objetividad", el pesimismo opositor.  
Como bien lo destacó la presidenta, entre otras cosas, auguraron el no pago del Boden 2012 primero, luego a medida que se acercaba la fecha presagiaban que no se iba a pagar en dólares, sino que se iba a pesificar. Lo concreto, es que en el día de ayer se anunció su pago y cancelación conforme a las condiciones emitidas; sin dejar de tener presente, y como bien lo mencionó la mandataria “Es dinero que tendrían que haber devuelto a los ahorristas otros gobiernos”.
Lo ilustrativo del hecho, es que al momento de emitirse esos bonos (Boden) que garantizaban la devolución de los fondos “congelados en el corralito”; la gran mayoría de los tenedores -por no decir, la totalidad- eran de nacionalidad argentina.
Merced a las falsas e intencionadas predicciones de nuestros conocidos gurúes; los originarios tenedores se fueron desprendiendo de esos bonos. Actitud medianamente “lógica”. Si diariamente anuncian que no se va a pagar, o que no se va a cumplir con las condiciones de emisión o que se va a pesificar; el tenedor ante “el miedo” -instalado deliberadamente- adopta la postura de deshacerse del bono a cualquier precio; entiéndase a un precio menor. Y fue, de ese modo, como el coro de gurúes posibilitó a través de su “cántico terrorífico y mediático” que se produzca una transferencia de bonos de manos nacionales a manos extranjeras.
Y después nos quieren hacer creer que no existen cipayos en la Argentina. En todo caso no existen en el gobierno; pero si están a la espera de retornar con alguna de las variantes opositoras. No debemos ignorar que todos estos gurúes fueron los defensores a ultranza del modelo privatizador y liberal imperante en los noventa.
Pero retornemos a los actuales números y a la veracidad que esas cifras expresan. Nuestra presidenta hablo de la relación Deuda-PBI, la misma en el año 2003 era de 142%; hoy es solo de un 19%. No solo se redujo a escala sideral en tan pocos años (recordemos que estamos hablando de años de un país), sino que además se canceló la deuda con los organismos internacionales de crédito permitiendo ejecutar políticas económicas autónomas que, de otra forma, no se hubiesen podido llevar a cabo. ¿O acaso suponemos sinceramente que nuestra situación económica sería la de hoy, si aun estuviésemos monitoreados por el FMI? Obviamente, creer eso sería darle fidelidad a otro de los argumentos "clásicos" de los gurúes que siempre destacaron: las bondades del endeudamiento externo.
¿Alguien puede suponer seriamente que el anuncio formulado ayer, de una mejora en los haberes de nuestros jubilados iba a ser posible si el gobierno no hubiese cancelado la deuda con el Fondo Monetario? Basta con recordar nuestra propia experiencia o, en su defecto, leer someramente los diarios internacionales para observar como en Grecia y España, esos mismos organismos internacionales, hacen recaer las políticas de ajuste sobre el sector pasivo y el asalariado.
Pero si hasta los números del propio universo financiero local desmienten las predicciones de muchos de sus miembros. Bien lo señaló Cristina Fernández: “El panel MerVal -índice que representa las acciones de las empresas líderes- creció un 5% durante la convertibilidad (gobierno Menem-Cavallo-De la Rua) y un 254% durante la gestión de este gobierno nacional y popular”.
Como vemos, los números son incontrastables y ponen al descubierto la realidad económica del país. Pero claro, los predicadores nunca hablan de realidades, al fin de cuentas apelan a la magia o al engaño, porque el ocultamiento de la realidad es el “leitmotiv” de su profesión.      

sábado, 7 de julio de 2012

El sindrome de la lateralidad política





 









Bien lo señalaba un destacado dirigente, en uno de sus discursos, a principios del siglo pasado cuando hacía referencia a los posicionamientos políticos “Derecha e izquierda son posiciones antropocéntricas. No se esta a la derecha sino no se tiene alguien a la izquierda y viceversa”.
El problema surge en que, en los tiempos que corren, la ubicación adoptada por los referentes políticos no siempre es la misma y, en consecuencia, podemos contemplar como, quienes se dicen ubicados en un sector, terminan  ocupando el mismo terreno de quienes “supuestamente” son sus antagonistas. Sin embargo, en esto de posicionarse en función de sus intereses hay que reconocer que la denominada “derecha” local -pese a la mediocridad de sus dirigentes- ha sabido pararse siempre en la vereda que representa la negación de los reclamos populares. Claro que camuflándose, para que esos mismos sectores (populares) no se percaten de sus inconfesables intenciones.
Distinto es el caso de la denominada “izquierda clasista” que al parecer históricamente (al menos en la Argentina) padece de profundos trastornos de lateralidad; pues, supone que transita por la sinistra, cuando fácticamente lo hace por la destra. A esta altura de las circunstancias cabría preguntarse si semejante trastorno es propio de sus longevos dirigentes o, simplemente, obedece al “patrimonio genético” heredado de la estructura partidaria.
Lo cierto es que, y ya entrando en el quehacer diario de nuestra nación, tenemos dos enfoques en el plano político que son dignos de ser destacados.
Por un lado, una derecha que invoca las banderas de un “republicanismo” que, en su verdadera concepción, consiste en convertir al país en una insignificante republiqueta, donde los grupos dominantes (entre ellos, los detentadores de los medios de comunicación), conjuntamente con los organismos financieros locales, e internacionales, diseñen a su gusto las políticas públicas.
Por el otro, una “izquierda” que acompaña denodadamente cuanta crítica, con fundamento o sin el, se realice al gobierno nacional prescindiendo, como es su costumbre, de contemplar la compleja configuración de la estructura de poder real, y que no vacila, a su vez, en acompañar todo intento desestabilizante por parte de los cultores del neoliberalismo.
Dicho acompañamiento, lo pudimos observar en el denominado “conflicto con el campo” donde apoyó a lo más granado de la oligarquía; y en la reciente movilización realizada por el gremio de camioneros reclamando la eliminación del impuesto a las ganancias, donde buena parte de los que se congratulaban con el acto eran fervorosos defensores del liberalismo económico.
Mucho más llamativo resulta observar que ante determinadas medidas que el oficialismo adopta y que tienen un claro perfil popular “la izquierda local” suele estar ausente y, peor aun, siempre encuentra un “pero” para descalificarlas.
Por eso no resulta extraño que, determinados referentes de ese sector, suelan recibir asiduas invitaciones para concurrir a los programas televisivos del multimedio más grande del país a los efectos de despachar sus críticas hacia el gobierno.
Si bien es cierto que, esta pretendida “izquierda” no tiene incidencia alguna en los comicios nacionales por su escasa representatividad ; no es menos cierto, que su discurso siempre es funcional para obstaculizar todo intento de avanzar en la consecución de logros que redunden en beneficio de los sectores populares.
Descalifican toda reforma con el apelativo de “burguesa” como si la toma de decisiones políticas en el país fuesen adoptadas en un escenario sin ninguna clase de presiones. Actitud ésta que no solo  posibilita ocultar la existencia de los grupos de poder; sino que alienta la confusión ciudadana facilitando, de ese modo, la tarea de quienes pretenden desdibujar la imagen del gobierno en razón de sus políticas populares.
Ni siquiera consideran los intentos desestabilizantes o destituyentes desplegados en la región (como el caso del Paraguay; o los frustrados propósitos desplegados en Bolivia, Ecuador y Venezuela) como una reacción destinada a evitar la profundización de modelos que se oponen al neoliberalismo y que tienen fuertes componentes de inclusión social.
Al parecer, y conforme a sus enigmáticos criterios, son simples actos aislados que no deben ser considerados al momento de analizar las circunstancias políticas locales; argumento éste que coincide plenamente con los más enfervorizados voceros de la derecha. 
No obstante, es dable reconocer que semejante actitud posee cierto grado de coherencia; después de todo, en el intento destituyente de la elite agraria-mediática donde algunos ya descorchaban champagne ante una posible asunción del ex vicepresidente Cobos (algo así como el Federico Franco argentino), estos representantes autodenominados de izquierda estaban acompañando la movida.
El interrogante es: ¿Ignoran estos señores la complejidad de la trama o simplemente la simplifican a los efectos de satisfacer la vieja y absurda premisa de “cuanto peor mejor”? Sin dudas un empeoramiento de la situación político institucional en la Argentina tendría sus perniciosos efectos sobre la gran mayoría de la población; pero eso no crearía condiciones “objetivas” para el desarrollo de un programa revolucionario como confían ciertos lunáticos ( o quizá auténticos contrarrevolucionarios) que se dicen de izquierda.
Sino fuese porque la historia nos brinda sobrados ejemplos de los “recurrentes errores” que se han cometido a lo largo de los tiempos; sería imposible encontrar un hilo de racionalidad en algunos procederes que se vienen desarrollando en nuestro país.
Tal vez, la concepción neoliberal dominante en los años noventa, ha dejado más secuelas de lo que imaginamos y terminamos “interpretando” la realidad desde la perspectiva de lo particular sin contemplar las necesidades del conjunto.
Por eso, resulta habitual observar los contaminantes efectos que dicha "ideología" esparció sobre el comportamiento particular de los distintos actores políticos.
Uno de ellos, ha sido la irresistible tentación de adoptar conductas modeladas en función de la utilidad personal. No es para menos, después de todo es precisamente “el vil metal” quien ejerce su señorío sobre ese ilimitado -y por ende, casi indefinido y abstracto- territorio que se conoce bajo el rótulo de Mercado.
Así podemos observar como, otrora, periodistas que se hacían eco de los reclamos populares hoy adoptan un comportamiento venal al mejor estilo de los corsarios; o como sindicalistas que se forjaron al calor de la lucha contra quienes reivindicaban políticas de ajuste, hoy comulgan con éstos para desestabilizar al gobierno que más beneficios le proporcionó a los trabajadores. O como quienes se dicen enarbolar banderas de “Justicia”, terminan marchando, codo a codo, con los abanderados del “Orden”; simplemente para satisfacer intereses mezquinos que presumen de "utilidad" para su sector.
Menuda confusión la que reina en estos tiempos. Sin embargo, y por más que algunos imaginen lo contrario, los trabajadores saben que éste gobierno, con sus errores, sigue siendo la única posibilidad concreta para evitar el reestablecimiento del neoliberalismo al poder. Y eso, no es poco cosa, en un país que está empezando a encontrar el rumbo para recuperar su dignidad. 

jueves, 21 de junio de 2012

Moyano y el sindrome del poder


 









Resulta difícil comprender la situación política argentina; solo si se la analiza bajo la influencia de lo que podríamos denominar el síndrome del poder podría ser parcialmente comprensible. Lo que acontece, hoy día, con la postura adoptada por el titular del Gremio de Camioneros, Hugo Moyano, es una muestra más de lo que estamos afirmando.
En un mundo donde lo que se visualiza es la instrumentación de políticas neoliberales y la variable de ajuste es, esencialmente, el salario; es por demás ininteligible observar como, en nuestro país, uno de los sectores mejor remunerados de la economía, decide realizar un paro en aras de reclamar un aumento mayor al ofrecido oportunamente. Si bien, ahora acordada la mejora, se mantiene de todos modos la  medida en reclamo a la supresión del impuesto a las ganancias.
Nadie, que siga con detenimiento las vicisitudes del proceso político argentino, ignora que “el conflicto salarial" es, en los hechos, el velo que cubre la encarnizada embestida de Moyano contra el gobierno nacional.
El problema tuvo su origen en la denominada “causa de los medicamentos” que salpicó al hombre de camioneros y arrojo como resultado la detención de algún sindicalista histórico por manejos fraudulentos, luego continuó con el pedido de informes de la justicia suiza que a través de un exhorto intento indagar sobre la persona y el patrimonio del líder sindical; y finalmente, con los roces surgidos como consecuencia de la imposibilidad de colocar más hombres de su confianza (ver nota del 16/12/2011) en las listas de candidatos a legisladores nacionales.
Posteriormente la acusación de Moyano -con ciertas aristas de verosimilitud-, haciendo referencia a que algunos miembros del gobierno intentaban desplazarlo de la Secretaría General de la CGT, fue enrareciendo el clima hasta llegar a la actual situación; donde el líder de camioneros, en su irrefrenable propósito de pretender acumular poder, se pone en sintonía con la tenebrosa lógica de las corporaciones. Esto es: intentar condicionar al gobierno en ejercicio de sus funciones para preservar sus intereses.
Alarma observar como alguien que tiene aspiraciones políticas (no olvidemos que Moyano dejo entrever sus deseos presidenciales y anunció la formación de un nuevo partido político) actúa tan irresponsablemente.
Cuesta entender -y más allá de los errores del gobierno para tender puentes en su debido tiempo- que quien fuera uno de los pocos dirigentes gremiales que se opuso al modelo neoliberal, ahora se abrace con quienes hasta no hace mucho han sido sus más enfáticos detractores y que gozan en su haber todo un historial al servicio de las políticas de ajuste.
Pero mucho más incomprensible es que se empeñe en desatar una crisis para perjudicar a un gobierno, que guste o no, ha sido el que más beneficios le aportó a la clase trabajadora durante las últimas cuatro décadas.
Cuando un dirigente de cualquier índole hace prevalecer sus intereses por encima de los intereses del país; en ese preciso momento ha dejado de ser dirigente para convertirse en un espurio representante sectorial o individual.
Es dable reparar que las acciones no se miden simplemente por la audacia o por el valor que puedan simbolizar; sino por las consecuencias que han de producir sobre el conjunto de la población que constituye la esencia de un país. No basta reclamar un mejor salario para mejorar el bolsillo de los representados; sino se tiene en cuenta el contexto nacional e internacional en que se transita. De ahí que quien desconoce estos aspectos no tiene fibra de dirigente; tampoco la prepotencia es un rasgo digno de elogio.
No es cuestión de jactarse como lo hizo uno de sus hijos: “Nosotros no vamos a acatar las resoluciones del Ministerio de Trabajo”; cuanta similitud con el proceder de otra corporación que se niega a adaptarse a las disposiciones de la ley en materia de medios.
No es esa una actitud muy democrática a decir verdad; sin embargo, el gobierno no esta exento de errores al respecto. No debería haberse llegado a esta instancia; por acción o por omisión algunos fogonearon las divergencias.
Lo decíamos en el artículo del año pasado cuando vislumbrábamos el rumbo de una posible confrontación, y la imperiosa necesidad de atemperar las aguas:
“Por eso debemos ser muy prudentes en nuestro accionar y en nuestras opiniones y no prestarnos a satisfacer a quienes, con extremado deleite, saborearían un recrudecimiento de las posiciones, especulando con una virtual ruptura a futuro entre la CGT y el gobierno.
No es casualidad que los más enconados opositores al gobierno ahora se encuentren “respaldando” con sus declaraciones, en la mayoría de los medios privados de radio y televisión, la figura de Moyano”.
Hoy las aguas están por demás agitadas, será preciso aplacarlas. Pero evidentemente es muy complicado hacerlo, máxime si observamos que la respuesta de Moyano, al enterarse en un estudio de televisión (TN) que el gobierno recurriría a la justicia para evitar el bloqueo forzado que están ejecutando los adjuntos a su gremio, fue automática: haremos un paro general. Al parecer, ni necesito consultarlo con sus bases; tal vez  lo haya hecho con los voceros del grupo Clarín que, en ese instante, eran los encargados de entrevistarlo; y dicho sea de paso es notorio observar como se ha convertido en el invitado habitual en todas las emisoras del Grupo. Si hasta podríamos afirmar que; lejos de representar fielmente a los trabajadores, ésta mucho más próximo a coincidir con quienes intentan -al igual que el multimedio y los notorios "dirigentes" del agro- destituír al gobierno; sino, como explicar su triste frase "parece que estaríamos en una dictadura militar".
La historia universal esta plagada de ejemplos donde la irracionalidad de unos pocos hace retroceder los logros alcanzados por una comunidad luego de muchos años de esfuerzo y sacrificio. Hoy nos encontramos ante un caso de estas características; ojalá la disputa se vaya desinflando hasta tornarse inexistente. Sería, extremadamente, lamentable que por la sola avidez de poder, el hasta hoy, secretario general de los trabajadores termine formando parte de otra página negra de nuestra historia.

lunes, 4 de junio de 2012

El dólar y los trastornos colectivos



                                                            
  





Se dice que la Argentina tiene uno de los índices más altos de graduados en psicología con relación a su densidad demográfica. Sin embargo, y a pesar de ello, nuestro comportamiento colectivo lejos de carecer de trastornos psíquicos, presenta un número significativo de los mismos que podríamos calificar de típicamente argentinos. Claro que estas “patologías autóctonas” no son identificadas plenamente por “la conciencia social”; lo que nos lleva a la reiteración de conductas signadas por la aparición de ideas y sentimientos discordantes. El problema se agudiza merced a que el “catalizador electrónico” (entiéndase televisión) se encarga de brindar sistemáticamente la dosis diaria a “los teledirigidos” para estimular los comportamientos contradictorios.
Lo que acontece hoy día con el dólar en nuestro país es una de las tantas muestras de los mencionados trastornos. Por un lado, anhelamos gozar de una economía sana que se mantenga dentro de los carriles del crecimiento y, de esa manera, seguir sorteando los perniciosos efectos que la crisis internacional despliega sobre cada una de las naciones. Pero por el otro, actuamos de manera desaconsejable para garantizar esas premisas, dejándonos influenciar por las corporaciones mediáticas -voceros e integrantes del poder económico- que aspiran a debilitar al gobierno para, de ese modo, reinstalar en la Argentina un modelo económico que les procuró ingentes beneficios; mientras el conjunto mayoritario de la población se vio reducido a la desesperación y a la lucha por la subsistencia.
Sería verdaderamente interesante estudiar a fondo (si bien existen trabajos al respecto) hasta que punto los medios de comunicación masiva -para el caso, concretamente la TV- logran anular la capacidad de análisis de los televidentes. Obviamente, para ello se acude a un conjunto de técnicas que, entre otras cosas, suprimen intencionadamente aportar datos que induzcan a la reflexión, o bien se proporciona información sesgada a los efectos de imposibilitar el razonamiento o, en su defecto, para arribar a conclusiones erróneas, se prescinde del cotejo y comparación de situaciones similares para evitar que el televidente opte por el camino discursivo (por ej. no se informa fehacientemente de lo que acontece en Europa y, mucho menos, de las medidas que desencadenaron la crisis europea), se oculta la historia en forma deliberada para que el espectador no saque provecho de experiencias anteriores, se miente descaradamente a sabiendas que la mayoría de los televidentes no se tomará el trabajo de corroborar la información, etc.,etc. Esta última postura es más que ostensible en los canales de televisión privada en nuestro país.
Otro de los inescrupulosos recursos a los que se solía (y aun se suele) apelar para preservar el orden conservador  ha sido la creación de “periodistas estrellas” con sus adláteres habituales los “economistas estrellas”. Un logro no poco significativo, si tenemos en cuenta que sus expresiones son escuchadas, por una franja importante de la población, más por su carácter de luminaria de la TV que por la solidez de sus argumentaciones. Por el contrario, en más de una ocasión han pronunciado argumentos tan banales y desprovistos de conocimiento que, parafraseando a Schopenhauer, podríamos decir que “Algunos periodistas son como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar”. 
Un párrafo aparte se requiere para hablar de los denominados “economistas estrellas” que desarrollaron el rol de vedette durante los años noventa.
Se trata del staff de economistas del establishment que suelen visitar reiteradamente los canales privados de la TV con el deliberado propósito de pronosticar siempre “un nefasto futuro económico”, mientras no se apliquen las salvadoras medidas neoliberales que ellos propugnan.
Lo cierto es que se trata de “los hombres de amianto”, pues, han prendido fuego la estructura económica argentina en la década de los 90 (algunos de ellos funcionarios del gobierno menemista) con sus frecuentes elogios al, por entonces, modelo reinante; han desacertado desde el 2003 en cada una de sus estruendosas profecías, y sin embargo, siguen profetizando como si la certeza los acompañase inexorablemente como su sombra. 
Claro que uno no sabe si estos tecnócratas (Broda, Melconian, Prat Gay, Redrado, etc.) se equivocan recurrentemente de “buena fe”, por ignorancia o premeditadamente lo hacen a instancias de engañar a la población para confundir a la ciudadanía y obstaculizar el normal desempeño del gobierno nacional. Lo que sí podemos aseverar es que su accionar no se centra en defender los intereses de la mayoría de la población; sino el de un círculo muy reducido de integrantes del sector agro-financiero-mediático para quienes trabajan. Sinceramente, es una verdadera pesadilla tener que soportarlos a diario, merced a que los medios de comunicación hegemónicos se encargan de sobredimensionar sus pronósticos, cual si fuesen la verdad revelada.
Ahora se encargan de vaticinar la llegada de un dólar alto en nuestro país, generando un clima enrarecido para perturbar a nuestra población y orientarla hacia la compra de la moneda estadounidense. Por otro lado, y a expensas de ignorar lo que acontece en el mundo, se esmeran por sugerir “políticas de contención del gasto” (no utilizan la palabra “ajuste” porque está muy desgastada en el ámbito local) con el propósito de frenar el desarrollo del mercado interno. Lo cierto es que, pese a lo que pronostican estos gurúes de la decadencia, en Argentina rige un tipo de cambio denominado de flotación administrada; que sufre modificaciones graduales conforme a la política económica establecida por el Banco Central.
Últimamente, para evitar la salida de divisas de nuestro país el gobierno nacional ha adoptado una serie de medidas, de carácter precautorio, tendientes a restringir las vías de escape de la deteriorada, pero aun deseada moneda. Medidas éstas saludables ya que apuntan a preservar el nivel de divisas que nuestro país requiere y evitar la remisión indiscriminada de la moneda extranjera, sea por parte de las sucursales de las multinacionales con destino a sus casas matrices; o bien, por parte de aquellos que procuran orientar la salida de capitales rumbo a paraísos fiscales.
Ahora bien, una vez establecidas estas restricciones, algunos sectores comenzaron a presionar para impulsar la suba del dólar y, de ese modo, generar una transferencia de recursos en beneficio de los sectores vinculados al comercio exterior y a expensas de provocar una pérdida del poder adquisitivo de los asalariados. Esto redundaría en una suba exagerada de los precios internos provocando una compresión del consumo local y con ello un desaceleramiento de la economía. Lo que traería aparejado, a  su vez, el descontento de la población despojando, de esa manera, al gobierno del único sostén en que se afirma para profundizar un modelo de equidad e inclusión social.
Variante más, variante menos, son los mismos grupos que produjeron a mediados de los ochenta la desestabilización del gobierno del ex presidente Raúl Alfonsín, los mismos que aplaudieron el reinado de Menem a posteriori, los mismos que fogonearon los propósitos de destituir al gobierno en la llamada “crisis con el campo”. Los mismos que se empeñan en ocultar la historia para poder volver a repetirla.